turismo

Domingo, 14 de marzo de 2010

BRASIL PLAYA DE JERICOACOARA

Un paraíso descalzo

 Por Ines Barboza y Emiliano Guido

La plácida belleza de la playa de Jericoacoara, en el nordeste brasileño.

Un burro salvaje masca los restos de una maleza rala adherida aún, por obra divina, en la cima de una duna. Segundos después, por la otra ventanilla de la camioneta 4x4 llega el reflejo incandescente de una laguna hundida entre las alturas de los arenales. Más allá, tras remontar un tramo escarpado que sacude la nave con ferocidad y aminora la marcha a paso de hombre, se ensancha la visual del Parque Nacional Jericoacoara: un pequeño desierto de dunas móviles, palmeras tropicales y fauna en estado libre recostado sobre una franja costera diáfana, extrema, solitaria.

Estamos, se ha dicho, en Jericoacoara, 300 kilómetros arriba de Fortaleza –la cuarta capital estadual en importancia, detrás de San Pablo, Río de Janeiro y San Salvador de Bahía–, en el estado de Ceará, el vértice norte de la patria playera brasileña. En un país-continente como Brasil, cada referencia geográfica tiene su particular connotación climática, cultural y, por qué no, política. El nordeste es un pariente bastante lejano del sur gaúcho sojero, blanco y pudiente. Tiene otro aroma, otra piel. Es el corazón militante del “lulismo” y del gobierno trabalhista, la capital de la danza tradicional y melosa conocida como forró y, turísticamente hablando, el enclave de sus mejores playas: por clima y escenario, nada del litoral brasileño se asemeja tanto al Mar Caribe como estas costas. Por algo el Washington Post, por ejemplo, caracterizó a Jericoacoara –“Jerico” o “Jeri”, directamente, para los más amigos– como una de las mejores diez playas del planeta. ¿Excentricidad mediática anglosajona? No esta vez. Si no lo creen, pasen y vean.

BUGGIES, KITESURF Y CABALGATAS Las primeras oleadas del turismo a Jericoacoara fueron algunos contingentes de surfistas que, informados por el boca en boca, llegaron a principios de los noventa con la buena nueva de un lugar retirado y pleno de olas crespas; un “mar con tubos de fantasía”, se entusiasmaban entre sí. Los cearenses ávidos de un balneario bucólico y agreste hicieron el resto. El rumor corrió como reguero de pólvora y, tras el paso de un par de temporadas estivales, la mutación de la comarca de pescadores en un centro vacacional alternativo se tornó irreversible. Comenzaron a construirse las primeras posadas, un par de hoteles cinco estrellas con salida al mar, locales nocturnos para albergar marcas de indumentaria playera de primera línea y llegaron, como siempre sucede en Brasil, algunos italianos con ímpetu empresarial gastronómico para mixturar ollas y sartenes como sólo ellos saben hacerlo.

Excursiones a caballo o a pie a la Pedra Forada, una curiosa formación rocosa.

Eso sí, jamás pasó por la cabeza de ningún funcionario provincial tirar una carpeta de asfalto, civilizar la barbarie. Jericoacoara era y es una “gallina de los huevos de oro” turística por no alterar lo que fue desde su génesis: una aldea exiliada en el interior de una reserva forestal, un pueblo prologado por jorobas de arena, un oasis, un remanso. Y las dunas castas, claro, para asegurar el sello distintivo; las dunas como artesanías del viento, la postal inequívoca, un lunar en el rostro, una exquisitez. Por eso, las barcazas rústicas y las redes siguen bamboleándose ahí, contra el rincón de la duna estelar –la loma más cercana a la villa y al paso de los turistas– que besa el mar de Jerico. Aunque más no sea por su vocación “for export”, Jericoacoara no debe romper su encanto, su promesa. Terminar con el espejismo sería una herejía en este lugar encorsetado por un desierto delgado y pétreo.

UNA PLAYA DE DOS CARAS Por otro lado, Jerico es una playa bipolar. Una moneda de dos caras con identidad elástica: o un lugar pleno de ofertas para nichos sociales disímiles, si se prefiere un anuncio menos metafórico. En Jericoacoara se puede, por supuesto, encallar y disfrutar de la quietud romántica de un lugar que en plena temporada no debe sobrepasar el millar de almas. Si ése es el plan, los pobladores serán los aliados perfectos para un buen retiro espiritual. Menos invasivos que sus compatriotas del sur o de las grandes ciudades del nordeste, la gente de Jeri cumple su papel de anfitrión a la perfección y sin las estridencias de aquellos que convierten paradójicamente la amabilidad persistente en un “pegoteo” excesivo, que hace ruido y espanta en vez de cobijar al recién llegado. Eso sí, el portugués cearense es más cerrado e inaccesible que el “portuñol” que puede escucharse en balnearios como Florianópolis. Pero si el Plan A es hacer una pausa, relajarse y simplemente tomar sol –en sus dos estaciones, invierno y verano, la temperatura promedio siempre sobrepasa los 30 grados–, con un racimo de palabras claves como tudo bom, caipirinha, café da manha, papaya o acerola, otra vez tudo bom y bonita praia, alcanza y sobra para establecer contacto con los locales.

Jericoacoara es, a su vez, una playa extrema apta para realizar deportes acuáticos de alta gama, montarse en cabalgatas al filo de desfiladeros, lanzarse en parapente desde el cenit de las dunas y subirse a expediciones en buggies acondicionados para atravesar los caminos de ripio del parque nacional. Esta última oferta es el tipo de excursión más atractivo: en general, los nativos de Jeri agrupados en cooperativas de “buggeiros” ofrecen dos tipos de paquetes estándar que no sobrepasan los 200 reales por persona. Ambas travesías tienen unas seis horas de duración –se parte bien temprano y se regresa tras el almuerzo– y la hoja de ruta tiene como norte llegar a las hondas lagunas que las lluvias del invierno logran abultar al pie de las dunas más alejadas del pueblo. Una de las expediciones, por ejemplo, aparte de visitar las lagunas Lagoa Azul, Lago Coraçao y Lagoa Paraíso, ofrece la posibilidad de conocer la famosa playa de Pedra Fourada, donde el paso del mar ahuecó las rocas de un enorme peñasco y estampó la silueta perfecta de un arco en forma de portón decimonónico. No será la única instantánea impactante; el circuito también incluye una pausa al pie de “Los árboles de la pereza”, como fue bautizado aquel rincón donde el viento deformó tanto algunos árboles que ahora crecen en dirección horizontal.

Caminar, batirse en el buggy o cabalgar por las dunas. Acaso reposar en la arena cálida con la compañía de un libro. O aprovechar el entorno intimista que invita al romance. En cualquier caso, irse de Jericoacoara tendrá ese sabor amargo que siempre tiene dejar atrás un momento perfecto. El último consejo: viajar de mayo a noviembre, cuando los vientos se apaciguan, las nubes no aparecen y puede disfrutarse de un sol que brilla hasta la hora de verlo caer en el horizonte desde la cima de la duna del puebloz

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