turismo

Domingo, 16 de mayo de 2010

CHILE. VALLES, QUEBRADAS Y GEISERES DE ATACAMA

Desierto extremo

 Por Julián Varsavsky

El pueblo de San Pedro de Atacama, con sus 2500 habitantes, se levanta en la región chilena de Antofagasta, sobre la inmensa altiplanicie que se forma entre la Cordillera de los Andes y el océano Pacífico, justo por donde pasa el Trópico de Capricornio. Las casas, en su mayoría de adobe, mantienen el estilo original que le imprimieron al pueblo los primeros españoles a partir de 1550. Como un auténtico oasis en medio del desierto de Atacama, con hoteles de lujo y restaurantes de alta cocina entre casas coloniales, San Pedro es al mismo tiempo una de las zonas más resecas del mundo, a 2400 metros sobre el nivel del mar. Los visitantes, que llegan desde todos los rincones del globo para recorrer sus desolados parajes, pueden elegir las excursiones tradicionales en mini-bus o bien, ya sin la mediación del vidrio de un vehículo, pueden sumergirse en el paisaje con los pies sobre la tierra, en bicicleta, a pie, a caballo o sobre una tabla de sandboard. A continuación, un abanico con las diferentes alternativas aventureras para disfrutar el desierto de Atacama.

EL VALLE DE LA MUERTE Los paisajes que rodean San Pedro de Atacama no son particularmente románticos, sino más bien de una aridez melancólica que remite a tiempos muy remotos, a antiguas eras geológicas. Uno de esos lugares de dolorosa belleza es el llamado Valle de la Muerte, que los aventureros pueden recorrer a caballo, en bicicleta o simplemente a pie.

La excursión comienza temprano desde San Pedro para evitar los calores del mediodía, ya que aun en invierno el altiplano tropical puede llegar a ser asfixiante. Por eso hay que llevar un potente protector solar y abundante agua, ya que en el camino no hay ni un solo lugar donde comprar nada. Es puro desierto.

A un costado del sendero se levanta la Cordillera de la Sal, una extraña formación surgida de un antiguo lago que al evaporarse, hace millones de años, dejó al descubierto una salina. Como consecuencia de los movimientos tectónicos, un sector de este lago se elevó formando una cordillera.

A los 20 minutos de recorrida se llega a las ruinas del Pucará de Quitor, una de las tantas fortalezas que la cultura atacameña estableció en la región. Su ubicación es estratégica, ya que se encuentra sobre un cerro en la Cordillera de la Sal, coronando un barranco de 40 metros: así los atacama se aseguraban de repeler los ataques de pueblos invasores. Las bicicletas y los caballos se pueden dejar a buen resguardo para subir a la fortaleza y obtener una vista espectacular del Valle de la Muerte, surcado por el río San Pedro.

Según los arqueólogos, los primeros pueblos del norte de Chile se asentaron hace unos 11.000 años, dando origen a la cultura atacama. Dejaron de ser nómades para dedicarse a la agricultura, alcanzando un alto nivel de complejidad en sus técnicas con la construcción de terrazas o andenes de cultivo al pie de los cerros. Así producían siete variedades de maíz, porotos, papas, quinoa y algodón, mientras desarrollaban la ganadería, fundamentalmente la carne y la lana de alpaca y llama, animales que a su vez servían de transporte. A lo largo de los siglos los atacama recibieron la influencia de los tiwanaku de Bolivia, los incas del Perú y más tarde de los aymara. A mediados del siglo XVI llegaron las expediciones de Diego de Almagro y Pedro de Valdivia, y los españoles describieron a los atacameños como “un pueblo tranquilo y abierto”.

La Cordillera de la Sal, surgida de una laguna seca que se levantó como una montaña.

El Pucará de Quitor, una fortaleza preincaica del siglo XII, se extiende sobre 2,5 hectáreas y está totalmente amurallado tras una pared de piedra, que encierra alrededor de 200 compartimientos habitacionales levantados con paredes de piedra. En 1540 el pucará fue invadido por los españoles, que llegaron a caballo blandiendo armas de fuego. Tanto los caballos como los arcabuces eran desconocidos por los nativos, así que la desigual lucha terminó con la decapitación pública de todos los caciques.

LA QUEBRADA DEL DIABLO La excursión continúa por el desierto y la Cordillera de la Sal va quedando atrás. Cada tanto el río San Pedro interrumpe la marcha, obligando a los viajeros que pedalean a sacarse los zapatos, echarse la bicicleta al hombro y atravesar sin problemas sus refrescantes aguas. En el desierto, el silencio es absoluto.

La desolación y la aridez crean un ambiente de extraña y colorida belleza, esencia de esta región, marcada por la soledad y la escasa presencia de algunos cactus medio deshidratados. Al llegar a la Quebrada del Diablo, lo ideal es dejar la bicicleta o el caballo en la entrada y comenzar a caminar por ese angosto pasadizo de paredes horizontales, cuevas y sierras afiladas. El lugar parece el escondite perfecto para escaparse del mundo. Y si hay algún tipo de vida, es la que se encuentra escondida en el infinitesimal espacio entre las rocas y la arena.

El paseo continúa retomando el camino para avanzar dos kilómetros por el Valle de la Muerte hasta el Centro Incásico Catarpe. El lugar era un centro administrativo y metalúrgico del imperio incaico, que se expandió por estas tierras a partir de 1450 hasta la ocupación española un siglo después.

A los pies del gigante volcán Licancabur, un pequeño caserío.

Al llegar a las ruinas, se dejan otra vez los medios de transporte para ascender a pie una suave pendiente que lleva hasta la planicie donde está el sitio arqueológico, bastante derrumbado pero con sus cimientos de piedra aún visibles.

SANBOARD EN EL DESIERTO Los restos incaicos quedan atrás y el camino se interna por el Valle de Catarpe, que se atraviesa en unos 30 minutos. Y un desvío hacia el oeste lleva hasta el Túnel de los Arrieros, antiguo paso de lugareños y sus animales que se internaban por un oscuro pasadizo de piedra que llega hasta la cumbre de la Cordillera de la Sal. Para llegar se debe sortear una subida complicada, que hay que enfrentar con calma si uno no es experto en el dominio de la bicicleta (los caballos, en cambio, suben sin problema). Es una ascensión difícil y esforzada, a 3000 metros sobre el nivel del mar, pero tiene su recompensa al llegar a la cima y contemplar el mejor panorama que existe en la zona, con el pueblo de San Pedro en la lejanía como un oasis rodeado por el desierto de Atacama.

El camino continúa más todavía, caracoleando con audacia por la cornisa de la Cordillera de la Sal, mientras el viento golpea con fuerza las enormes dunas. El sol no da tregua, pero eso no es impedimento para practicar el deporte más taquillero en San Pedro: el sandboard. La disciplina consiste en tirarse por las dunas como un surfer en las olas del mar, pero aprovechando la ley de gravedad. Para ello hay que alquilar previamente una tabla en el pueblo (se puede solicitar también el acarreo de la tabla hasta el lugar). Allí es posible pasar horas a todo vértigo y luego disfrutar de un bucólico atardecer en el desierto mientras la luna comienza a aparecer entre los volcanes. Pero el frío llega de repente, marcando la hora de regresar entre las rojizas formaciones del Valle de la Muerte en todo su esplendor.

EL VALLE DE LA LUNA Allí donde el Salar de Atacama se encuentra con la Cordillera de los Andes, hay en el terreno una gran depresión formada hace 22 millones de años, donde alguna vez existió una laguna salada que al evaporarse dejó a la vista un salar. El extraño lugar –ubicado a 13 kilómetros de San Pedro– es el Valle de la Luna, uno de los principales atractivos turísticos de la región. El valle se caracteriza por una sequedad tan absoluta que no se percibe el más mínimo vestigio de vida en su superficie, ni animal ni vegetal. Al lugar se puede llegar con una excursión común o también caminando en un extenuante trekking de 30 kilómetros.

La singularidad del Valle de la Luna es su susceptibilidad a los efectos del viento, cuya erosión produce una serie cambiante de extrañas formaciones sedimentarias con escarpes rojizos, amarillentos, verdosos y azulados. Durante el paseo se camina entre crestas filosas, montículos y hondonadas que conforman un escultórico paisaje desolado: al fin y al cabo, cabe preguntarse si así habrá sido la tierra en sus orígenes, o si éste será el paisaje que reinará algún día, cuando todo termine.

Se recomienda hacer la visita al Valle de la Luna al atardecer, reservando para el momento cumbre la Duna Mayor. Allí un observador agudo descubrirá una estrella solitaria por encima del horizonte, apuntalando el volcán Licancabur. Es el planeta Júpiter, visto desde esta “luna” chilena. A medida que el sol decae, los cerros y desfiladeros se van coloreando con tonos pastel, mientras el viento sopla entre las rocas y el cielo pasa de rosa a púrpura y de malva a negroz

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A caballo por la Quebrada del Diablo, en las afueras de San Pedro de Atacama.
Imagen: Ignacio López
 
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