turismo

Domingo, 6 de junio de 2010

MADAGASCAR. BAOBABS, LéMURES Y LEYENDAS

La isla roja

Sobre las aguas del Océano Indico, Madagascar ofrece un mundo increíble por descubrir: por las tradiciones de su pueblo, por sus árboles legendarios y por una fauna digna de película. Crónica de un viaje a una isla lejana y exótica, misteriosa y exuberante.

 Por Pablo Sigismondi

Madagascar es una isla grande en todos los aspectos. La más grande de Africa, y una de las de mayor superficie en el mundo. País desconocido, alejado y misterioso para la mayoría de los argentinos –porque está fuera de sus preferencias turísticas–, es un auténtico paraíso soñado de la flora y fauna. Por eso aún hoy conserva parte de esa magia tan primitiva e invocadora de los primeros tiempos de la Creación que caracterizan al continente africano.

“Nuestras casas no tienen chimeneas, porque los buenos espíritus se van a través del humo y si no dejamos salir el humo del fuego, los espíritus se quedan dentro de la casa”, me explicaron casi con voz susurrante los sakalava, o “gente del valle largo”, habitantes de Morofandilia. Esa pequeña aldea situada 800 kilómetros al sur de Antananarivo, la capital del país, presenta viviendas de color rojizo, como la tierra misma, siempre orientadas en dirección Este-Oeste “para recibir mejor toda la bendición de Dios, a través de los rayos del sol”, según dicen sus ocupantes.

“Grandes como iglesias”, los baobabs impresionaron al Principito en el relato de Saint-Exupéry.

Todos los sábados el mercado bullicioso hace vibrar al pueblo, que se tiñe de colores, sabores y aromas, a la vez que se pueden escuchar las más variadas lenguas ancestrales. Este heterogéneo grupo étnico se formó a partir de pobladores nativos sumados a la llegada de pobladores del continente negro: desde tiempos ancestrales, se dedican a la crianza de grandes manadas de cebú y al comercio de ese ganado. También, por ser los primeros habitantes de la isla en poseer armas de fuego, antiguamente traficaban esclavos y así lograron expandirse entre las diversas tribus.

PUEBLO DE TRADICIONES Sin embargo, los sakalava se distinguen principalmente por practicar el culto a los difuntos y antepasados, que ellos denominan “fomba” o “razana”, y son divinizados. A estos antepasados se les consulta cada actividad importante por realizar, y se les ofrecen animales (pollos, cebúes) o comidas (ron, miel) como sacrificio, al igual que en las ceremonias indígenas latinoamericanas que honran a la Pacha Mama. Sus creencias también indican la existencia de un Dios único, creador del universo y de la vida, al que llaman “Andriamanitra” (el Señor Perfumado) o también “Andriananahary” (el Señor Creador).

A su vez las tumbas, elaboradas en madera policroma y ornamentada, están decoradas con estatuas eróticas que simbolizan la vida. “Durante la ceremonia fúnebre, el ataúd es sacudido mientras bailamos alrededor y cantamos agitando palmas. Después lo enterramos en elaboradas tumbas de madera, con vistosos ornamentos y colores, decorando el lugar con estatuas eróticas que representan la vida. Para finalizar de honrar al difunto, repartimos abundante carne entre los presentes”, cuentan los pobladores.

SABANA Y BAOBAB En ese rincón de Madagascar (“la isla roja”), los campos lucen, antes de la temporada lluviosa, opacos. La sabana es el paisaje predominante, con una alfombra de hierbas y pastos amarillentos. Sin embargo, los amantes de la naturaleza y los árboles se pueden llevar una sorpresa mayúscula: en efecto, desde el momento mismo en que se llega al lugar, el visitante queda hipnotizado a medida que camina por la celebérrima “avenida de los baobabs”.

Los baobabs (Adansonia grandideri) se hacen cada vez más grandes, hasta que llegan a medir más de 50 metros de altitud y 12 de circunferencia, manifestando la fuerza de su naturaleza milenaria. Son los mayores ejemplares que existen sobre la Tierra. Sobrecoge pensar que algunos árboles están allí observándonos desde hace más de 3000 años. Y que pueden almacenar hasta la increíble cantidad de ¡100.000 litros de agua! Al atardecer, sus siluetas misteriosas dan paso a inquietantes sombras oscuras sobre un telón de fondo anaranjado.

Desde el punto de vista biogeográfico, Madagascar es uno de los lugares con mayor endemismo del mundo, donde la flora y fauna únicas se originaron a partir del aislamiento de la isla en los últimos millones de años. Así, muchas de sus especies tienen más relación con la India que con Africa, debido a la unión que existía en aquel primigenio continente de Gondwana. Por eso faltan en ella los grandes mamíferos tan propios del continente africano, aunque los baobabs los reemplazan con creces.

Baobabs, un gigante cotidiano y un árbol legendario por su fuerza y altura.

PARQUE NACIONAL ISALO Hace cientos de años, un rey mandó a esconder todos sus tesoros dentro de estas montañas para protegerlo de los piratas portugueses. El rey envió a sus soldados con el cargamento desde Tana, y cuando ya pasado el peligro les preguntó dónde habían puesto sus tesoros, ellos respondieron: “En las montañas de Isalo están protegidos”.

El Parque Nacional Isalo, con una extensión de 80.000 hectáreas, presenta una geología y paisajes espectaculares. En el fondo de sus profundos cañones, una rica vegetación cubre las formaciones de roca arenisca erosionadas por el agua. Cuando se camina por los bosques, se oyen ruidos secos y crujidos en las ramas de los árboles: son los lémures, mamíferos primates de larga cola anillada.

El trekking en el Parque Nacional es uno de los mejores momentos del viaje. Ese es el territorio del pueblo bara; allí las escarpadas montañas forman un inmenso grupo pétreo que divide la tierra y encierran en su seno valles llenos de árboles, torrentes, pequeños lagos y muchas leyendas. Dicen que los espíritus habitan en el bosque.

Cuando algunos rayos de sol logran romper esa maraña de verdes, todo se llena de colores. Detenidos en la catedral de la naturaleza, en silencio, comenzamos a mirar rama por rama, hasta que divisamos por fin a los esquivos lémures, uno de los animalitos más simpáticos y extraños del mundo, saltando de rama en rama y retorciéndolas. La agilidad y precisión de cada uno de sus movimientos sorprenden al visitante. Una reacción que parece mutua, ya que sus enormes ojos, bien abiertos, también miran como asustados al intruso.

Un paisaje verde hasta el infinito, en una de las islas más grandes y exóticas del mundo.

En Madagascar, que tiene una de las faunas y floras más variadas y extravagantes que existen, a veces resulta difícil distinguir pasado y presente, realidad y ficción. Más que entender sobre biología, es mejor la revelación literaria de Antoine de Saint-Exupéry en su relato inolvidable: “Le hice comprender al Principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab”

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Mujeres malgaches, en una pequeña aldea a varios cientos de kilómetros al sur de la capital.
Imagen: Pablo Sigismondi
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