turismo

Domingo, 18 de septiembre de 2011

LA RIOJA PARQUE NACIONAL TALAMPAYA

Un trekking por el Triásico

Una excursión por la Quebrada Don Eduardo para recorrer a fondo sus vericuetos menos visitados. Entre los rojos cañones del circuito más largo, solitario y deslumbrante de todo el Parque Nacional, un viaje por la historia del mundo.

 Por Julián Varsavsky

En los rojos paredones del parque riojano hay cuatro circuitos que son el clásico Cañón de Talampaya –que se puede hacer en combi, bicicleta o a pie– y los trekking Ciudad Perdida, Quebrada Arco Iris y Quebrada Don Eduardo. Todos ofrecen paisajes diferentes y son valiosos por igual –se necesitan dos días para completarlos–, aunque para la mayoría de los guías oficiales la Quebrada Don Eduardo es el circuito que ofrece la visión más completa y espectacular del parque. Es también el menos visitado, porque requiere mayor esfuerzo: hay que caminar entre seis y doce kilómetros. Pero así y todo vale la pena, ya que en este circuito se recorre el parque como en ningún otro, trepando lomadas para pasar bajo túneles de piedra y recorrer laberintos de extrañas formaciones de arenisca cuyas líneas gaudianas varían casi de un día para el otro.

Al avanzar por los rincones del parque en los que se interna la Quebrada Don Eduardo, se tiene la sensación de estar en otro mundo. O por lo menos no en el actual, ya que el suelo y las montañas de alrededor son los que estaban en la superficie de la tierra hace 250 millones de años, en tiempos del Triásico. Después de quedar sepultada por convulsiones terrestres, esta geografía brotó a la superficie al surgir la cordillera de los Andes, un fenómeno que no se repite en ningún otro lugar del planeta. Por esta razón la Cuenca Talampaya-Ischigualasto fue declarada Patrimonio de la Humanidad.

Al pie de los rojos paredones, un trekking por la Quebrada Don Eduardo.

RUMBO A LA QUEBRADA La excursión arranca bien temprano en la mañana para evitar el sol, en una camioneta junto a la entrada del parque. Un remolino de tierra roja en la lejanía le sirve de disparador al guía para explicar que un viento zonda es una corriente de aire caliente característica de la zona que se da durante un momento del período invernal, más o menos entre el 15 julio y el 15 de agosto (el famoso veranito de San Juan). Esta falsa primavera con temperaturas entre los 25 y 30 grados, que engaña a las flores haciéndolas florecer, se produce porque el aire que viene desde el Pacífico hace fricción contra la cordillera de los Andes y se calienta. Y llegado a cierta temperatura se eleva en masa de golpe, succionando a su vez las corrientes frías del Sur para producir un cambio de temperatura que en minutos puede pasar de los 36 a los cero grados. Esta fricción molecular altera la presión atmosférica y el sistema nervioso central de las personas, potenciando la euforia de los más inestables emocionalmente, de allí que se lo llame también el Viento de los Locos. Además aumenta la tasa de mortalidad por los picos de presión que genera en las personas hipertensas.

A los pocos minutos ya se está caminando por el curso seco del río Talampaya, cuyo régimen de aguas transitorio lo hace crecer de manera aluvional. Cuando uno observa el desierto casi absoluto de alrededor, es difícil imaginarse que el curso de este río pueda alcanzar los 400 metros de ancho y un metro y medio de profundidad en cuestión de minutos. “Alguna vez me ha pasado estar haciendo una guiada y tener que irme arriba de una duna porque se nos vino el agua”, cuenta el guía Alejandro Tello, quien parece haber estado contentísimo con la experiencia antes que preocupado por el inconveniente.

A la vera del río crecen algarrobos de tronco retorcido varias veces centenarios, algunos incluso cercanos a cumplir el milenio. Y tras uno de ellos se entra en la Quebrada Don Eduardo. La fauna del parque es de hábitos crepusculares, así que al comienzo se hace desear. Pero al caer la tarde suelen verse –pasando como rayos por el sendero– desde un gallito arenero que mide 15 cm y tiene la cola perpendicular al suelo, igual que el correcaminos de Norteamérica, hasta un zorro gris, que vendría a ser el equivalente al coyote de los dibujitos animados.

Un poco de sombra bajo un alero sedimentario del Triásico.

CRONICA DE LA HISTORIA DEL TIEMPO En un momento de la caminata el guía nos hace sentar a todos en una gran roca triásica y nos propone el juego de hacer un viaje por la historia del tiempo desde el origen mismo de la vida, traspasado a un esquema de 24 horas en que la hora cero es el Big Bang.

Alejandro nos cuenta con la misma naturalidad de quien habla de cómo hornear un pan casero, que los organismos unicelulares surgieron hace 3000 millones de años en los océanos y allí se desarrollaron hasta hace 250 millones de años, cuando la evolución les permitió salir tímidamente a la tierra con la forma de los primeros anfibios. Aquélla fue la Era Paleozoica. Nuestro guía se espantó una mosquita que se le había parado en la punta de la nariz y como si nada siguió avanzando millones de años por minuto hasta “la era del medio” –la Mesozoica–, cuando los anfibios y reptiles se adueñaron de la tierra mientras surgían los primeros mamíferos y dinosaurios.

–Es justamente en ese momento de la historia del tiempo donde estamos parados hoy, a comienzos del Triásico (un período interno de la Era Mesozoica), cuando surgieron los reptiles mamiferoides de los cuales provienen los mamíferos, incluso nosotros –prosigue Alejandro.

De hecho, fue en el vecino Valle de la Luna –que es parte de la misma cuenca con Talampaya– donde se encontraron los fósiles de aquellos ancestros nuestros y del Eoraptor lunensis, el dinosaurio más antiguo que se conoce, es decir el primero de la cadena evolutiva (70 cm de alzada).

Al surgir los dinosaurios y crecer hasta convertirse en verdaderos gigantes como el Argentinosaurus huenculesis –el más grande conocido hasta ahora, encontrado en Neuquén–, los mamíferos se quedaron estancados y escondidos entre las rocas bajo la forma de roedores que los dinos no podían ver. Hasta que un día –supongamos, el 5 de marzo del año 65.193.012 a. C., a las cinco de la tarde– cayó un gran meteorito que oscureció el cielo por varios siglos con una nube de polvo cambiando el clima –con ayuda de la actividad volcánica– y los dinosaurios se extinguieron. Cuando salió el sol, los mamíferos emergieron de sus madrigueras, miraron para un lado y al otro, vieron que los dinos no estaban y salieron a corretear por el planeta. Entonces copan los espacios vitales y comienzan a evolucionar. Cuando desaparecen los dinosaurios, hace 65 millones de años, se termina el segundo capítulo de los cuatro de esta breve historia del tiempo.

Un laberinto de torres gaudianas se interna por el corazón de Talampaya.

EL MEZOZOICO De acuerdo con el esquema de las 24 horas, a las 23.20 comienza la tercera era, la Mesozoica, durante la cual los mamíferos se desarrollan a sus anchas y conquistan hasta el último rincón de Laurasia y Gondwana (Pangea partida en dos). El Cenozoico transcurrió entre 65 y cuatro millones de años atrás. Y durante esa era cobra fuerza una nueva rama mamífera –los homínidos–, que un buen día se levantaron para caminar en dos patas, ampliaron su horizonte visual y hábitos alimentarios aumentando su capacidad craneana. Hasta que otro día se vieron la cara reflejada en un espejo de agua y, en lugar de salir corriendo, se reconocieron tomando conciencia de sí mismos. Ese fue el final del Mesozoico y el comienzo de la Era Antropozoica –la actual–, donde reina la bestia humana, cuya racionalidad se impone sobre las demás especies como los dinosaurios en el Paleozoico. Ya son las 12 de la noche en la teoría y las 12 del mediodía bajo el ardiente sol riojano. Y nosotros hablando del tiempo.

Seguimos caminando en silencio, algo inquietos por preguntas filosóficas que nadie exteriorizaba, y Alejandro aprovechó para volver al ataque: “Miren esos estratos en la pared horadada del cañón. Como ustedes saben, la superficie de la Tierra es una sucesión de placas de cuatro a 60 kilómetros de profundidad que flotan en el magma incandescente del núcleo terrestre”, teoriza con firmeza mientras a nosotros se nos mueve el piso. Y agrega que estamos parados sobre la placa Sudamericana, que choca desde hace millones de años con la placa de Nazca, la cual llega desde las profundidades del océano Pacífico. Por eso Chile se sacude cada tanto y surgió la cordillera de los Andes, como un plegamiento de la placa Sudamericana, resultado de la potencia descomunal del choque. Y lo compara con las ondulaciones de una alfombra mal estirada.

Este choque trajo muchísimas otras consecuencias, entre ellas que nosotros estuviésemos allí parados escuchando a un guía ya eufórico por el veloz paso del tiempo. Al cortar hoy los Andes el viento que llega del Pacífico, el aire descarga su humedad sobre las montañas y llega seco al lado argentino. Por eso el ambiente selvático en que vivieron los dinosaurios se convirtió en el semidesierto que es hoy y fue sepultado bajo muchos metros de sedimentos por el polvo del tiempo. Pero justamente fue el lento surgimiento de la cordillera de los Andes –específicamente las fracturas que generó a sus pies– lo que hizo salir otra vez a la superficie el mundo del Triásico con los huesos ya petrificados de los dinosaurios.

Por todo esto, lo que vemos hoy en Talampaya es un momento específico en nuestro esquema de las 24 horas, apenas unos minutos que equivalen a uno de los tres períodos de la Era Mesozoica: el Triásico. Y lo singular es que en esta cuenca se puede ver la secuencia completa del Triásico, parte de ella reflejada en la pared en la que nos apoyamos. “Miren esta franja color marrón y compárenla con la de abajo, que es más oscura”, desafía Alejandro. Eso demuestra que hubo un cambio en la atmósfera y por lo tanto en los sedimentos que se acumularon, dando lugar en términos geológicos a una determinada formación.

El Triásico duró 43 millones de años y se subdivide en seis formaciones (estratos de sedimento compactado). Y la secuencia completa de las seis formaciones del Triásico están en esta cuenca. “Esta de acá abajo es la primera, la más antigua –248 a 242 millones de años atrás–, llamada formación Talampaya”, explica el guía. La de más arriba corresponde a la segunda formación, Los Tarjados (242 a 238 millones de años atrás). En el Valle de la Luna se ve la formación Ischichuca de color amarillento. En la zona del Parque Talampaya llamada Los Chañares –circuito Quebrada Arco Iris– está la cuarta, la formación Los Rastros. La quinta es la formación Ischigualasto, en la Cancha de Bochas y el Valle Pintado del Valle de la Luna, de color grisáceo y bordó por su contenido de ceniza volcánica. Y la última es Los Colorados, que está en el Valle de la Luna sobre las montañas detrás de El Hongo.

El circuito permite caminar sobre las paredes, junto al filo de los precipicios.

LA DUDA EXISTENCIAL La excursión avanza y el suelo que pisamos ya tiene otro significado para nosotros, al igual que esa lagartija con patas y cola naranja que se nos cruzó, o aquel escarabajo que caminaba parado en dos patas. Atravesamos finalmente el Cañón de Talampaya –un agregado opcional a la Quebrada Don Eduardo, que duplica el trayecto hasta los doce kilómetros– para caminar entre descomunales paredones de 180 metros hasta los vestigios de la Era Antropozoica, un conjunto de petroglifos y morteros cavados en la roca por individuos de los pobladores originarios, que llegaron a la zona hace once mil años. Así termina nuestro completísimo viaje por la historia del tiempo. Hay en el grupo de caminantes exhaustos quien nos recuerda que el capitán Fitz Roy –el “timonel” de Charles Darwin en la Patagonia– fue un hombre muy creyente que se suicidó, según se sospecha, al no poder soportar los descubrimientos que el gran naturalista hacía frente a sus propios ojos y le iba comentando.

Al caminar por este gran cañón horadado por un glaciar hace 17.000 años, en medio de la desolación absoluta del ardiente desierto y con los dinosaurios al acecho del otro lado de la colina, nos abruman dudas existenciales. Hasta que aparece la combi al final del camino, esperando con la puerta abierta, para rescatarnos de este viaje en el tiempo en el que algunos creíamos haber quedado atrapados para siempre, en una burbuja atemporal

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Las rojas murallas del Parque Nacional Talampaya.
Imagen: Julian Varsavsky
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