turismo

Domingo, 29 de enero de 2012

MEDIO ORIENTE VISITA A JERUSALéN

Santísima y sagrada

Pocos sitios generan tanta pasión y sentimientos encontrados como la Ciudad Vieja de Jerusalén. Y pocas ciudades en el mundo son sagradas simultáneamente para tres de las religiones más importantes del planeta, uno de los motivos que generan desacuerdos irreconciliables y a la vez le brindan un halo místico inigualable.

 Por Mariana Lafont

Sus más de cinco mil años de historia están marcados por idas, vueltas y conflictos políticoreligiosos sin fin. Se puede leer y leer sobre ello, pero sólo se capta la dimensión del problema pisando Tierra Santa, caminando y sintiéndola. Por ello Jerusalén es un destino único para vivir los contrastes entre Oriente y Occidente; entre lo antiguo y lo moderno. La capital de Israel es la ciudad más grande y poblada del país y se ubica en los montes de Judea, entre el mar Mediterráneo y la ribera norte del mar Muerto. La moderna Jerusalén se divide en Oeste (que es de Israel desde 1948) y Este (de Jordania entre 1948 y 1967, año en que se anexó a Israel tras la Guerra de los Seis Días). El Oeste es judío, próspero y moderno, con barrios, tiendas y cafés elegantes. Mientras tanto en el Este, menos desarrollado, el ritmo de vida es relajado y predominan árabes y zocos callejeros. Entre estos opuestos se halla la Ciudad Vieja –Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1981– protegida por murallas de piedra caliza del siglo XVI. Esta compacta meca turística reúne todas las atracciones en menos de un kilómetro cuadrado.

Mágica también de noche. Piérdase en las callejuelas de Jerusalén iluminadas con faroles amarillos.

De todos sus atractivos, tres son emblemáticos para cada una de las religiones monoteístas más grandes del mundo. Para los cristianos: la Iglesia del Santo Sepulcro, sitio donde se cree que Jesús fue enterrado tras llevar la cruz por la Vía Dolorosa y ser crucificado. La Cúpula de la Roca, en el Monte del Templo, es por su parte el tercer sitio más importante del Islam (luego de la Meca y Medina). Allí se cree que Mahoma ascendió a los cielos. Y para los judíos, el Muro de los Lamentos, al pie del Monte del Templo, es lo que queda del segundo templo de Jerusalén, el lugar de oración más importante del judaísmo. Y mientras se camina por las callecitas del casco antiguo, sorprende la mezcla religiosa y cómo, en una misma tienda de souvenirs, conviven crucifijos, jamsas, kipás y menorás.

La Cúpula de la Roca no es una mezquita sino uno de los santuarios más sagrados del Islam.

CAPA SOBRE CAPA Resumir la prolífica historia de la disputada Jerusalén no es tarea fácil. La ciudad fue construida, derribada y reconstruida tantas veces como pueblos la dominaron en cada momento histórico. Y los vestigios de cada uno de esos pueblos han quedado superpuestos como las capas de una cebolla. Jerusalén, sin duda, se ha construido sobre sí misma a lo largo de milenios y la ciudad actual está varios metros elevada sobre los cimientos más antiguos. Según textos bíblicos, en el siglo XI a. C. el rey judío David conquistó Jebus, bastión de los jebuseos. Su hijo, Salomón, extendió la construcción de los muros, edificó el templo que llevó su nombre (para contener el Arca de la Alianza y las Leyes que Moisés recibió en tablas de piedra en el Monte Sinaí). Al morir Salomón, el pueblo judío se dividió en dos estados: Israel, con capital en Samaria, y Judá, con capital en Jerusalén.

Esta capital resistió varios ataques hasta caer ante los babilonios, que destruyeron el templo. Siglos más tarde, el rey persa Ciro II el Grande conquistó el Imperio Babilónico y permitió la reconstrucción de Jerusalén y su templo. Luego llegó el turno de Alejandro Magno, quien conquistó el Imperio Persa sin arrasar Jerusalén. Sin embargo, cuando la ciudad estaba en manos del Imperio Seléucida hubo una gran revuelta judía en el año 70, en la cual se destruyó por segunda vez el Templo de Jerusalén.

La Vía Dolorosa culmina dentro de la Iglesia del Santo Sepulcro en el Monte del Calvario.

Los asedios continuaron durante la dominación romana, cuando hubo varias revueltas judías. Una de las mayores fue en el año 135, cuando el emperador Adriano proyectó convertir Jerusalén en una ciudad completamente latinizada: Aelia Capitolina. El pueblo judío luchó... pero la victoria fue romana. El resultado: Judea pasó a ser la provincia romana de Siria Palestina, que más tarde sería –junto con Constantinopla, Antioquía y Alejandría– una de las cuatro sedes religiosas más importantes del Imperio Bizantino. Bajo el dominio musulmán, entre los años 687 y 691 se construyó la Cúpula de la Roca y un poco después la Mezquita de Al Aqsa. Luego, en 1099 y por doscientos años, estuvieron los ejércitos cristianos de las Cruzadas tratando de reconquistar Jerusalén del Islam y crear el Reino de Jerusalén. Los otomanos llegaron en 1517 y se quedaron hasta el final de la Primera Guerra Mundial.

La expansión fuera de las murallas comenzó en 1860, cuando se fundaron los primeros barrios exteriores, aunque Jerusalén creció aún más con el movimiento sionista y el arribo de grandes olas inmigratorias. La moderna Jerusalén empezó a surgir en 1917, cuando el ejército británico desplegado en Egipto avanzó y venció la fuerte resistencia turca durante la Primera Guerra Mundial. Cuando el conflicto terminó, la Sociedad de las Naciones le dio el territorio al Reino Unido en calidad de Mandato, pero los británicos no pudieron aquietar la hostilidad árabejudía. Además grupos paramilitares judíos se opusieron al régimen británico, ya que reclamaban un estado judío independiente y la libre entrada de refugiados judíos perseguidos por la Alemania nazi. La tensión aumentó hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial y los británicos se retiraron en 1948. El territorio se dividió en un estado árabe y otro judío, quedando Jerusalén internacionalizada hasta que, luego de la Guerra de Independencia de Israel, quedó dividida en dos: oeste para Israel y este para Jordania. Y finalmente en 1967 Israel ocupó el sector oriental luego de la Guerra de los Seis Días.

En otoño se cosechan las granadas que pueblan las calles del barrio árabe.

BARRIOS BIEN DIFERENTES Los barrios de la Ciudad Vieja reciben su nombre de las comunidades que los habitaron en la Edad Media: árabes, judíos, cristianos y armenios. Caminar y perderse en sus estrechas y laberínticas callejuelas es como un viaje en el tiempo vivenciando el bullicioso Oriente Medio. Es sorprendente cómo, en pocos metros, se va del ajetreado zoco árabe a la paz de un jardín armenio, pasando por la ciudadela medieval. Caminarla de noche también es muy especial: negocios cerrados, más calma y faroles amarillos que dan un toque único a la ciudadela. Las murallas que protegen los cuatro barrios tienen varias puertas, y las principales son Yafo, Damasco, de los Leones y Sion. La única sellada es la Puerta Dorada o de la Misericordia, por donde, según la tradición judía, entrará el Mesías.

El Monte del Templo, sagrado para musulmanes y judíos, es una colina natural que fue soporte del gran Templo Judío en tiempos bíblicos. Y, según el Corán, fue desde esta loma que Mahoma ascendió al cielo tras su Viaje Nocturno desde La Meca. Además, el monte figura en la Biblia como el sitio donde Abraham ofreció a su hijo Isaac en sacrificio. Con la llegada del Islam en el siglo VII, se levantó la octogonal y dorada Cúpula de la Roca, así llamada porque el santuario (no es una mezquita) se erigió sobre una gran roca negra. El bello edificio domina el perfil de la Ciudad Vieja, es uno de los sitios representativos de Jerusalén y no falta en ninguna postal. En el mismo monte, con cúpula plateada, está la Mezquita de Al Aqsa, la más antigua de Israel y lugar de oración de la comunidad musulmana. Para entrar al complejo, si no se va a orar se usa la Puerta de AlMughradia, ubicada a la derecha del Muro de los Lamentos.

Al histórico HaKotel (Muro de los Lamentos), a los pies del Monte del Templo, acuden los judíos durante el ayuno anual a orar y lamentar la destrucción del templo. Lo que se ve es lo que queda del muro de contención del Segundo Templo que construyó Herodes en el año 30 a.C., y que los romanos destruyeron en el año 70. Los restos del muro han sido el lugar de oración más sagrado de los judíos, que vienen de todo el mundo a rezar, meditar y poner papelitos con mensajes, sueños y deseos en sus grietas. Siguiendo la costumbre judía ortodoxa (el lugar es técnicamente una sinagoga), el muro está dividido en secciones para hombres y mujeres. El clima que se vive allí es intenso y cuesta encontrar un hueco para tocar el muro. Una a una se suceden las mujeres que apoyan su cabeza contra la pared. Muchas están en silencio, algunas rezan y otras sollozan. Y también se ven jóvenes con uniforme, que cumplen sus dos años de servicio militar (tres en el caso de los hombres).

Recorrer la Ciudad Vieja de Jerusalén es hacer un viaje al pasado de Medio Oriente.

TURISMO RELIGIOSO El turismo religioso hace furor. Grupos de peregrinos de todo el mundo pueblan Jerusalén. Son llamativos los que recorren los últimos pasos de Jesús por la Vía Dolorosa, mientras uno lleva una cruz alquilada al hombro. Por este vía crucis se cree que Cristo caminó con la cruz hacia el Monte del Calvario. El vía comienza en la Puerta del León (cerca de la Iglesia de Santa Ana, donde según el cristianismo nació la Virgen María) y pasa por el animado barrio musulmán. A lo largo del camino hay catorce estaciones hasta llegar al Calvario, a la Iglesia del Santo Sepulcro. Si bien en todo Jerusalén se respira el poder de la fe, ver una misa en el Santo Sepulcro eriza la piel hasta al menos devoto. El emplazamiento lo eligió la reina Helena –madre de Constantino el Grande– en el siglo IV, indicando que allí Cristo murió en la cruz y luego resucitó. Dentro, una pequeña escalera lleva a la Capilla del Gólgota y las últimas tres estaciones. El sepulcro está en el centro de la iglesia y señala el lugar en el que Jesús fue enterrado y resucitó. Cuando la procesión de curas deja libre ese sitio los fieles se abalanzan al sepulcro, se arrodillan y lo besan. Una escena fuerte e imborrable.

Fuera de la Ciudad Vieja, hacia el este, la visita obligada es al Monte de los Olivos, en el valle de Kidrón y escenario de muchos eventos bíblicos importantes. Según la Biblia, en esta colina Jesús solía hacer sus oraciones y además fue allí donde lo arrestaron. Por ello este es otro de los lugares más sagrados de Tierra Santa y aquí se encuentran las iglesias de Getsemaní, Pater Noster y Dominus Flevit. Su nombre se debe, obviamente, a los olivos que pueblan sus laderas. Por su parte, en el Libro de Zacarías este monte aparece identificado como el sitio desde el que Dios, al final de los tiempos, comenzará a redimir a los muertos. Por ello los judíos siempre han intentado ser enterrados aquí y, desde tiempos bíblicos hasta hoy, hay un imponente cementerio con 150.000 tumbas incluyendo las de varias figuras famosas. El monte sufrió graves daños cuando fue ocupado por Jordania entre 1948 y 1967 y cerca de 50.000 lápidas (muchas con más de mil años de antigüedad) fueron utilizadas para la construcción, en tanto en algunos sectores del camposanto se instalaron estacionamientos. Recién desde la reunificación de la ciudad, en 1967, los israelíes repatriaron laboriosamente varias lápidas.

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La Cúpula de la Roca y su inconfundible dorado visible desde cualquier punto de Jerusalén.
Imagen: Mariana Lafont
 
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