turismo

Domingo, 12 de febrero de 2012

SANTA CRUZ. HISTORIA Y SOBERANíA

Puerto de pioneros

Puerto Santa Cruz es apenas un puñado de cuadras, a orillas del estuario del río con el que comparte su nombre. Pero su historia y el legado que dejó en sus calles y la región circundante es mucho más importante. Una guía para conocer en detalle este puerto que fue capital provincial y el artífice de la soberanía nacional en toda la Patagonia Sur.

 Por Graciela Cutuli

Cada año a principios de febrero, el apacible Puerto Santa Cruz bulle de gente, de ruido y colores. Es como si por unos días hubiera recobrado su rango de capital provincial, tal como lo fue hasta 1887. Durante tres días, el puerto saca la mochila llena de historia que lleva todo el año al hombro, la vuelca y vive a lo grande para olvidar meses de vientos, de frío y aislamiento. ¿El motivo? Es la Fiesta Provincial del Róbalo, pero es más importante el festejo en sí que su causa: lo importante es ver gente acudir a la plaza San Martín transformada en patio de comidas, ver visitas, sentir el vértigo de los grandes momentos y de la fiesta.

El resto del verano la calma volverá a apoderarse de las calles, sobre todo por la tarde, cuando el sol estira las sombras y parece estirar también el tiempo. El viejo cine de antaño cerró hace mucho. Los negocios no llegan ni a formar un centrito comercial, porque tampoco hay un centro real. El puerto es más bien un damero estirado a lo largo del estuario del río Santa Cruz, sin epicentro. O sería quizás el recodo de su avenida costera, una plaza donde el pasto lucha contra la arena y el viento. Allí está el monumento más curioso que se pueda ver en toda la Patagonia. Es un marco gigantesco, con molduras, como caído de la pared del castillo de un gigante renacentista. Y lo que enmarca es una vista de los buques y del desembarco del comodoro Py. Gracias a su presencia todo el sur de la Patagonia quedó en manos de la Argentina en momentos en los que Chile tenía aspiraciones sobre toda la región. Es la gesta más importante de la ciudad, y por eso mismo fue enmarcada a orillas del mismo lugar donde estuvieron los barcos, en el año 1878.

Un marco gigantesco. El monumento recuerda el desembarco del comodoro Py y su escuadra.

UN CAÑADON DE PIONEROS. Sea por la fiesta del róbalo o la gesta de Py y sus marineros, Puerto Santa Cruz vive mirando hacia el agua. No es el mar directamente, sin embargo, porque está unos kilómetros más abajo, en la desembocadura del estuario, donde se levantan las instalaciones del puerto Punta Quilla. Su ancho muelle forma como un tajo sobre el azul del mar. Por lo menos, así se ve cuando se tiene la suerte de participar en los vuelos que ofrecen los pilotos del aeroclub de Santa Cruz. Vistos desde arriba, el estuario y la ciudad tienen otra dimensión en su aislamiento. Por supuesto está también la vecina Comandante Luis Piedrabuena, una especie de oasis a orillas del río que aprovecha sus aguas para crear la mancha más verde de toda la región. Pero aunque el avión sobrevuela más allá de la Ruta 3, la estepa parece no tener fin debajo de él. La vista se pierde y Puerto Santa Cruz parece destinado a sobrevivir entre dos desiertos: uno de agua frente a él y otro de suelos ocres en sus espaldas. Sin embargo, el paseo aéreo enseña muchas cosas. Si se cuenta con tiempo y con el beneplácito de los vientos se puede llegar hasta el parque nacional vecino de la ex estancia Monte León. También se puede ver la isla sobre la cual se estableció el explorador Piedrabuena una vez retirado de sus navegaciones por el Atlántico Sur, entre dos brazos del río Santa Cruz y cerca del pueblo que lleva hoy su nombre. Finalmente, antes de volver a la pista del aeródromo se puede conocer desde los aires el Cañadón de los Misioneros, que fue el embrión original del puerto y de su posterior desarrollo.

Pero hay que volver a tierra para seguir más de cerca esta historia que se remonta a la segunda mitad del siglo XIX. En aquellos tiempos esta parte del territorio era disputada por Chile, y hasta un aventurero francés se nombró rey de toda la Araucania y Patagonia. Al mismo tiempo, misioneros europeos desembarcaban en las costas para convertir a los indios. Fue así que, en 1862, los religiosos suizos Theophilus Schmid y Fredrich Hunziker se instalaron en este repliegue del terreno, a orillas del agua. Luego de algunos primeros éxitos con los tehuelches, debieron abandonar su obra y se marcharon a bordo de un buque ballenero. En 1873 su asentamiento fue utilizado de nuevo por el coronel Lawrence, que llegó para crear la primera Capitanía de Puertos de Santa Cruz. Su estadía duró pocos meses pero pudo prestar asistencia a un pionero francés que armó una planta para procesar pescados. Se llamaba Ernest Roucaud y su iniciativa dio origen del primer embrión de pueblo en el cañadón. Es increíble pensar que un lugar tan apartado del mundo haya recibido tanta gente: misioneros suizos, piratas, exploradores, navegantes, funcionarios y hasta un industrial llegado de la lejana Francia. Sin embargo, la historia del cañadón no termina allí, porque en 1874 un barco chileno llegó para fundar otra Capitanía de Puertos, esta vez respondiendo al gobierno de Santiago. No permaneció mucho tiempo pero, al retirarse, el francés y parte de sus obreros también se fueron. Quedó una capilla como recuerdo de sus intentos de industrializar el punto más remoto del continente sudamericano. En los años siguientes, Antoine de Tounens izó en ese lugar la bandera de su hipotético y autoproclamado reino de la Araucania y Patagonia. Su aventura no duró mucho y la soberanía sobre la región fue seriamente reivindicada en los años posteriores por el gobierno argentino: fue así que el comodoro Luis Py llegó e izó la bandera argentina en el Cañadón de los Misioneros el 1 de diciembre de 1878.

El letrero con el nombre del pueblo y un barco en la entrada del casco urbano.

POR LA COSTA DEL ESTUARIO Hoy el cañadón es una visita obligada para quien pase por Puerto Santa Cruz. El gigantesco marco que presentan las naves al mando del comodoro Py es como un espejo de este lugar histórico, en otra punta de la costa del estuario. Entre ambos queda muy poco del Quemado, tal como se conoció el caserío entre 1878 y 1884, cuando se convirtió en Puerto Santa Cruz y accedió al rango de capital territorial. Si bien hoy día la ciudad se enorgullece de este título de primera capital, no lo fue por mucho tiempo: tres años apenas. Hasta 1887, cuando el gobernador Ramón Lista decidió trasladar la administración a Río Gallegos. Pero no por eso la ciudad deja de reivindicar este título que le dio su historia: un letrero y un barco azul y blanco en medio de la avenida Roca se encargan de recordarlo a todos los recién llegados.

Al final de la misma avenida, en su intersección con la rambla costera Piedra Buena, hay una cruz. Oficialmente se llama la Cruz del Centenario, pero no remite al Centenario de la República sino a los cien años de la llegada de la escuadra naval del comodoro Py.

El paseo costero de la ciudad concentra la mayoría de los monumentos y museos. El más reciente de todos es el mausoleo erigido hace muy poco en memoria de Néstor Kirchner. Otro más imponente es el que custodia los restos del primer gobernador de Santa Cruz, Carlos María Moyano, que se encuentra en un lugar conocido como Punta Reparo: se dice que allí Magallanes hizo decir una misa durante una escala en tierra firme durante su búsqueda de un paso hacia el oeste. Muy cerca está la iglesia, inaugurada en 1909, uno de los primeros edificios de mampostería de la ciudad en aquellos años. Un tiempo antes los habitantes habían juntado fondos para construirla y para 1904 habían alcanzado la suma de 2005 pesos, como lo indica un cartel en la vereda. El tesoro más importante de esta iglesia, dedicada a la Exaltación de la Santa Cruz (naturalmente), es un Cristo articulado que fue enviado desde la ciudad italiana de Turín por los hermanos salesianos. Viajó junto con los vitrales, las campanas, las imágenes y el reloj que llegaron al mismo tiempo desde Italia.

A pesar de su lejanía, en los primeros años del siglo XX el pueblo se transformaba en una pequeña ciudad y confiaba en un futuro radiante gracias –entre otros– al comercio de la lana y los intercambios comerciales con las Malvinas (el propio gobernador Moyano se había casado con Ethel Turner, nieta del gobernador malvinense de entonces). En 1909 se fundó una Sociedad Española, que años más tarde construiría un gran salón, el mismo que hoy todavía ostenta el título de Teatro de la Sociedad Española. En 1918 empezó también a funcionar una sala de cine, el Perfect, una especie de Cinema Paradiso local que logró mantener su programación hasta 1980 cuando fue transformado en boliche. Otros edificios recuerdan la trágica historia de la Patagonia rebelde: en una de las más antiguas casas en pie de la ciudad (hoy la Posada de Pinky) fueron encerrados los heroicos protagonistas de las huelgas de 1921.

Colonia de cormoranes y gaviotas en el parque Monte León.

PASEOS Y VISITAS No hace falta agregar que Puerto Santa Cruz tiene mucha historia a cuestas, y la concentra oficialmente en dos museos: uno es el Carlos Borgiali, a orillas del estuario, creado en 1987 para recordar la vida de los primeros habitantes indígenas y los primeros colonos, pero también para conocer mejor la naturaleza de la región. El museo tiene un interesante archivo de fotos de los tehuelches y un “desfile” de animales embalsamados, todos originarios del sur de la Patagonia. El otro museo es la Casa de los Pioneros, una entidad privada con una importante colección de recuerdos, objetos, muebles y testimonios de los primeros habitantes de Puerto Santa Cruz y del sur de la Patagonia.

El comodoro Py y el industrial Roucaud se asombrarían al ver la ciudad hoy. Se extrañarían de su tamaño, que seguramente nunca habrían imaginado en el siglo XIX, y también de la cantidad de esqueletos de buques encallados sobre la costanera, que hoy marcan como señaladores los paseos que hacen los chicos y adolescentes de una punta a otra de la avenida Piedrabuena.

Los visitantes, entretanto, completan la recorrida con cabalgatas desde la escuela de equitación hasta el Cañadón de los Misioneros, hacen una visita a la localidad vecina de Piedra Buena, con sus calles llenas de referencias a la obra de Dante Quinterno, recorren la isla Pavón entre dos brazos del río para visitar el museo y la réplica de la casa del comandante Piedra Buena o bien se adelantan a la Fiesta Provincial del Róbalo para una salida de pesca. Está también el Parque Nacional Monte León, no muy lejos. Más cerca hay una pingüinera, la de Punta Entrada, donde se censaron unos 20.000 pingüinos de Magallanes. También se pueden hacer paseos náuticos para ver la costa, el cañadón y llegar hasta la desembocadura como lo hicieron los primeros pioneros. Como los navegantes de los barcos del comodoro Py, en los tiempos de esa imagen curiosamente enmarcada hacia la infinitud de la Patagonia.

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En el paseo costero, la obra-homenaje a la memoria de Néstor Kirchner.
 
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