turismo

Domingo, 12 de febrero de 2012

BRASIL. MAR Y MORROS

Llamado catarinense

Cada verano, Florianópolis, Bombinhas, Camboriú, Ferrugem, Itapema y otros paraísos de aguas claras, buceo y mariscos son alternativas que convocan a pasar unas vacaciones bien tropicales.

 Por Pablo Donadio

En estos tórridos veranos, las ganas de oír el mar y disfrutar la playa se vuelven una necesidad. Se sueña, se planifica, se sacan cuentas y de a poco se empieza a disfrutar. Si bien muchos sondeos afirman que tres de cada cuatro argentinos tomarán vacaciones en el país, se sabe que Brasil es un imán por demás tentador. Y el estado de Santa Catarina, en particular, una atracción recurrente para los compatriotas. Pueblo de ascendencia tupí-guaraní y azoriana, pero sobre todo pesquera, ha desarrollado sobre las márgenes costeras un estilo de vida que atrapa más allá de los paisajes. La magia de la mata atlántica y el garapuvú con que se fabrican barcazas, los sonidos de tambores devenidos en sambas y, claro, los frutos de ese mar inmenso que besa su orilla y la transforma en la mayor exportadora de ostras del país, son el complemento de más de cuarenta y tantas playas agrestes para vivir a pleno.

FLORIPA Cabeza del distrito, Florianópolis es uno de los principales destinos turísticos del país, considerada por los propios brasileños como la capital con mejor calidad de vida. “La isla”, como se la nombra en sus calles, está a 1144 kilómetros de Río de Janeiro y 1850 de Buenos Aires y su corredor costero es una invitación a la sorpresa y la seducción. A todo el estado llegan más de cuatro millones de turistas al año, que recalan aquí como base de operaciones para conocer una gran diversidad cultural, étnica y geográfica, nutrida de nativos, portugueses, húngaros, alemanes, italianos, holandeses y polacos.

Habitada por más de 400.000 personas en su península y otras 300.000 en la porción continental, representa el 1 por ciento del territorio brasileño, pero con importantes índices sociales y económicos. Destacada a nivel turístico y también como polo informático, sumó un crecimiento del 300 por ciento en las tres últimas décadas. Icono de ese progreso es el moderno y cuádruple puente Pedro Ivo Campos, que conecta la península con el continente con una gran mole de cemento, entre los verdes de la mata y los azules del mar. Sus carriles cruzan las bahías Sul y Norte, subiendo y bajando en sentido contrario a las manos del tránsito. Desde allí se puede recorrer el circuito histórico-arquitectónico del centro, comprar en los muchos comercios o partir de inmediato a las más de 40 playas.

Su exuberante naturaleza, protegida con leyes y costumbres ya arraigadas en el pueblo (45 por ciento de la isla es un área de preservación permanente), es el punto de partida para múltiples actividades de ecoturismo, que van desde salidas náuticas hacia Costa da Lagoa y la pacífica Ilha da Campeche, a trekkings y cabalgatas por la montaña, escenario propicio para el aladelta. Sobre la costa hay balnearios para todos los gustos: pequeños y desiertos, largos y poblados de sombrillas. Algunos ubicados entre la isla y el continente, como Tapera do Sul, Joaquina o Cacupé, reciben el mar suave y generan espacios tranquilos para las familias con niños pequeños. En otras, como Do Santinho, los amantes del windsurf y el surf vibran con las olas vírgenes que llegan del Atlántico. Sobre el litoral se extiende el espíritu azoriano, máximo contribuyente del carisma catarinense, arraigado a la vida portuaria. Sus barcazas pesqueras esperan silenciosas en las playitas como quien deja el auto estacionado en la puerta. Y es que cada mañana, defendiendo la pesca artesanal, pobladores de distintos balnearios arrancan la jornada para proveer a los locales gastronómicos con los manjares del día y las ostras, muy populares aquí, consumidas bien frescas junto a las gambas, el mayor “aperitivo” de los litoraleños.

La imponente red hotelera de la ciudad ofrece hospedajes top, campings y humildes posadas para compartir habitación. Allí el precio es de R$50 por persona y los departamentos para una familia estándar (Praia de Ponta das Canas, Ingleses, Cachoeira do Bom Jesus o Canasvieiras) rondan los R$200 a 250 el día. Si se quiere lujo total, inmensos resorts donde los hoteles cinco estrellas plus quedan perdidos en medio de selvas vírgenes y playas privadas con restaurantes, piscinas, saunas y gimnasios, hay que hablar de R$ 2400 en adelante, con base doble y pensión completa.

MARDEL SAMBEIRA Desbordante de comercios, hoteles, restaurantes e inagotables ofertas de cine, música y entretenimientos callejeros, Camboriú se asimila a Mar del Plata paisajística y emocionalmente. Es una de las ciudades balnearias más populares del país, que vive la llegada masiva de turistas en temporada con una relación 1/8, y luego se desinfla, nostálgicamente, generando ese amor-odio tan particular de las grandes urbes costeras. Claro que la atención es siempre cordial y nunca falta un gesto amable en la ciudad que surge como una herradura natural entre su morro y el río. Desde las alturas de esa mole verde llega un teleférico, que pasa sobre el cauce de agua dulce que da nombre a la ciudad hasta que estaciona en la costa, pegadito al sitio donde las aguas saladas del mar le quitan protagonismo.

Fundada en la década del ’60 tras el programa de gobierno que lanzó urbanísticamente otros grandes destinos como Belo Horizonte y Goiania, las zonas de mayor glamour y grandes marcas predominan en el centro y la costanera, mientras una serie de barrios humildes se extienden hacia los suburbios, contrastando con calma una ciudad aparentemente frenética. La playa céntrica es la primera que se visita, con su muelle infinito hacia la mar, donde las multitudes se toman fotos y molestan a pescadores cascarrabias que extrañan precisamente esos meses de ausencia.

La Ilha das Cabras, a la que se puede llegar en lancha, al igual que el Morro das Pedras Brancas y Morro da Cruz, son perfectos miradores de sus luces nocturnas. Un poco más lejos, Laranjeiras, Taquaras, Taquarinhas, Estaleiro, Estaleirinho, Mata do Camboriú y Praia do Pino son las playas de la Costa Brava, promocionadas por su lejanía tranquila de golfos y ensenadas y los buenos servicios al turista. Como en toda la región, la cocina de Camboriú se destaca por sus platos de especies marinas recogidas muy cerca y consumidas bien frescas. Con valores más que razonables, es posible almorzar y cenar en hoteles, restaurantes o paradores los mejores mejillones, langostinos, camarones y ostras gratinadas en su concha, acompañados por la tradicional caipirinha y tragos con frutas frescas como el maracuyá.

Desde allí una clásica visita es a Itapema: el lugar promete costa y noches con exquisitos platos gourmet, aunque también están las ofertas para mochileros con pizza y algunos chiringuitos playeros para andar de tragos. Pero sobre todo, Itapema es el “pulmón” para los residentes de Camboriú, quizá como Santa Clara para los marplatenses, donde se encuentra la paz lugareña cuando el verano abarrota las calles.

DOS PARAISOS De las muchas playas de Santa Catarina, algunas sobresalen por su infraestructura y condiciones naturales. Ferrugem es una de ellas. Conocida como la “meca del surf”, es elegida año tras año por muchos argentinos. Por su parte, Bombinhas es el paraíso del buceo y otra de las predilectas. A la primera se la conoce como “Costa Ocre” por el azufre que derrama uno de sus morros. A ella se llega desde otra gran playa y ciudad, Garopaba, sede de la coqueta Praia do Rosa, y a la que recurren quienes no consiguen hospedaje cerca. Su bahía supera los tres kilómetros, con arenas finas y dos morros a ambos lados, que encajonan las aguas francas que llegan desde el mar y crean “tubos” geniales para “correr olas”. Sus anchos playones de costanera se llenan de grupitos y desfilan tragos frutales y frescos abacaxis, mientras suena el axé a todo volumen con bandas en vivo o grabaciones desde los paradores. Tierra de tablas, aquí la otra disciplina juvenil es el sandboard, aprovechado gracias a los médanos del sur.

Bastante más al norte hace su presentación Bombinhas, bautizada desde el turismo local como Capital Sureña del Buceo. En sí: apenas 1000 metros de extensión conforman su playa pero desde allí, como el nudo de la telaraña, parten lazos hacia islas y peñascos que son un verdadero sueño. En plena costa, las lojas de buceo muestran carteles con horarios de salida para esas visitas, y se dan cursos para iniciarse en la actividad.

Madre de las actividades en la zona, el buceo mejor está en la Ilha do Arvoredo (dos horas de lancha), poseedora de una Reserva Biológica Marina. Hay también un importante centro de estudios científicos de la fauna y flora marina, un criadero de especies de aves migratorias, y un sitio dedicado a lo arqueológico. Pero allí lo importante es lo que puede descubrirse bajo las aguas: al confluir las frías corrientes del sur con las aguas tibias del norte, el lugar ha sido enriquecido con la vida de corales, moluscos y peces tropicales. Hay opciones de snorkeling, pero si se sabe del tema o se ha tomado un curso previo, lo que ha de venir es realmente fascinante: sus aguas limpias y cálidas (entre 15 y 20 grados), permiten una visibilidad de hasta 20 metros. Los maravillosos universos ocultos de Deserta y Galés –dos porciones de tierra de asombrosa perfección– atraen con cavernas, arrecifes y hasta un barco hundido en la década del ’50: porque si de mundos se trata, el subacuático sigue siendo tan atractivo y misterioso como diverso. Casi una analogía de la propia Santa Catarina.

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Naturaleza, sol y sensualidad en las playas de la siempre bella Florianópolis.
Imagen: Pablo Donadio
 
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