turismo

Domingo, 6 de mayo de 2012

KENIA Y TANZANIA. LOS LLANOS DEL SERENGETI

Africa, la fauna infinita

Entre Kenia y Tanzania, las llanuras y lagos africanos permiten asomarse al increíble espectáculo de la fauna en movimiento. Un safari asombroso para acercarse a elefantes, guepardos, antílopes y toda la mítica fauna africana, sin barreras que limiten la naturaleza imponente de un continente aún rico en áreas vírgenes.

 Por Andres Ruggeri y Karina Luchetti

Los parques nacionales y reservas de Africa son un espectáculo desbordante de naturaleza. Mientras en otras zonas del planeta los parques naturales muestran sobre todo paisajes de montañas, lagos o bosques, en Africa se mueven: manadas de animales de todo tipo y tamaño, depredadores que deambulan a la búsqueda de presas fáciles, pájaros que siguen a los animales mayores, gigantescas migraciones que traspasan fronteras. Tal cual se ve en los abundantes documentales filmados sobre la vida salvaje de un continente que todavía aparece como enigmático y, también, atemorizante.

Ese enigma se puede descubrir visitando una de las zonas más atractivas del continente (y del mundo) en cuanto a naturaleza y fauna se refiere. Se trata de un área a caballo del límite entre Kenia y Tanzania, cerca de los grandes lagos africanos y en el corazón del valle del Rift, la falla geológica que atraviesa todo el continente y en la cual se han encontrado la mayoría de los grandes hallazgos que prueban la evolución humana desde remotas especies de primates hace millones de años. Allí se encuentran los llanos del Serengeti, una amplia planicie surcada por cifras asombrosas de animales como el ñu, un antílope grande como un caballo que protagoniza uno de los momentos más impresionantes de la naturaleza africana: una migración anual a lo largo de cientos de kilómetros en busca de mejores condiciones de supervivencia.

Todo es, en realidad, un enorme complejo de áreas protegidas y refugios de vida salvaje. Del lado de Tanzania, el Parque Nacional del Serengeti y los más pequeños Parques del Lago Manyara, el Tarangire y la espectacular Area de Conservación del Ngorongoro. Del lado de Kenia, el Parque Nacional Masai Mara y, un poco más lejos, el de Tsavo. Hacia el oeste, el lago Victoria –las legendarias fuentes del río Nilo– y, hacia el este, las moles del monte Meru y el imponente Kilimanjaro, la cima más alta de Africa. Es posiblemente la concentración de áreas naturales protegidas más famosa del mundo y, sin ninguna duda, uno de los espectáculos más maravillosos de la naturaleza.

Encuentro cercano con un elefante, el imprevisible rey del Serengeti, imponente por tamaño.

UNA NOCHE EN EL SERENGETI Una de las cosas que más impresionan al visitante en un parque como el Kruger, en Sudáfrica, es pernoctar en uno de los campamentos en la sabana y oír los ruidos y los choques de los animales contra la cerca electrificada que, a modo de protección, rodea las zonas de camping. No resulta muy tranquilizador descubrir, al día siguiente, que el barullo que despertó al viajero a las tres de la mañana se debía a la mole de un búfalo rebotando contra la valla. Tampoco el brillo de los ojitos de una hiena del otro lado, en medio de la oscuridad. En el Serengeti, en cambio, no hay reja. Los campamentos para pernoctar en medio de la sabana no tienen ninguna protección especial: si bien es posible sentir los movimientos de los animales y el preocupante resplandor de los ojos de los carnívoros, más allá de la intranquilidad natural raramente pasa algo. Para los guías y los guardaparques del Serengeti la cerca electrificada es una crueldad innecesaria. Los leones, afirman, tienen por lo general miedo de los seres humanos y basta con un par de fogatas para mantenerlos al margen. Y, de hecho, se pasa una noche tranquila si se logra hacer caso omiso de los rugidos y movimientos de las bestias.

A diferencia del célebre Kruger sudafricano, el Serengeti y el resto de los parques de esta zona de Africa son lugares donde los animales vagan y se reproducen libremente desde siempre, sin haber sido corridos en ningún momento por la ocupación humana. El famoso parque del Africa austral fue en realidad repoblado y rearmado trayendo la fauna desde otros lugares. El Serengeti, en cambio, es territorio de los ñus, las cebras y los leones desde hace miles de años. Los habitantes de la zona, los masai, una etnia de guerreros y pastores, convivieron históricamente con el ambiente, cuidando su ganado y cazando los leones que intentaban acabar con sus vacas a golpe de lanza. Ahora son cuidadores de lujo de la naturaleza.

El parque tiene una superficie de casi 15.000 kilómetros cuadrados, a los que se le suman los 1500 del Masai Mara. Las otras áreas son de menores dimensiones.

Toda la zona se puede visitar en cualquier época del año, pero la mejor es, sin dudas, el momento de la gran migración, entre mayo y junio. En ese momento, una cantidad aproximada de un millón de ñús, más cientos de miles de otros antílopes y cebras, se desplazan unos 600 kilómetros en busca de mejores pastos y agua. El espectáculo es impresionante en todo sentido, una expresión mayúscula de la lucha por la supervivencia. Las manadas son enormes y hacen tronar la superficie, mientras los carnívoros siguen a los animales migrantes atraídos por la oportunidad de caza fácil. Muchos animales mueren aplastados o en las fauces de leones, guepardos, leopardos, hienas y otros cazadores menores. Es, también, la gran oportunidad para los documentalistas, que filman estas escenas desde hace décadas. En la estación seca, de octubre a noviembre, los animales vuelven hacia el sur desde el Masai Mara.

Empieza a hacerse de noche en la sabana africana, una hora que aumenta sus enigmas.

SAFARI EN AFRICA ORIENTAL Para visitar el Serengeti y sus alrededores hay que ir en un safari, que ya no es una expedición de caza sino un tour en 4x4 a través de la sabana. Ir por cuenta propia no está permitido y además no es aconsejable, pues los caminos internos son una telaraña que sólo los guías y guardaparques pueden seguir sin perderse.

Si para el viajero moderno la palabra “safari” suena a cacería, matanza indiscriminada de animales o película de Hollywood de los años ’50, en realidad esta palabra swahili significa “viaje”, “travesía”, acepción que se aplica mucho mejor a los safaris actuales, excursiones en los grandes parques africanos donde se disparan cámaras en lugar de rifles.

Entrar a la zona del Serengeti a través de una llanura plana como la pampa, pero de una vegetación amarillenta cortada cada tanto por grupos de árboles achaparrados que sirven de alimento a las jirafas, dista bastante de la idea común de Africa como una gigantesca selva. De hecho, sólo en los alrededores del lago Manyara se encontrará bosque cerrado, donde monos de distinto tipo y tamaño deambulan entre las ramas y se puede ver el curioso dik-dik, el antílope enano. Pero en las márgenes del lago, un terreno pantanoso deja ver a las distintas especies animales conviviendo y buscando un lugar junto al agua, una de las escenas más características de la zona. Grupos de elefantes se dejan ver aquí y allá, y a veces tapan los caminos que usan las camionetas que llevan a los turistas. La sensación de verse enfrentado a un elefante que quiere pasar por el mismo lugar que uno y que parece enojarse por ello como un conductor “sacado” en el tránsito del microcentro porteño puede ser un tanto atemorizadora... especialmente cuando el elefante decide pasar igual y el chofer tiene que poner marcha atrás y salir rápidamente por donde vino.

Ya en la llanura del Serengeti, el safari se convierte en un deambular por los caminos que surcan el parque en busca de los animales. No es que estén escondidos, sino que, una vez vistos los impalas, ñús y gacelas de Thompson que se encuentran por todos lados, hay que buscar las demás especies, menos abundantes. Especialmente difíciles son los leopardos, muy esquivos y que suelen salir por las noches de cacería. Los guepardos o chitas, en cambio, andan más a la vista, pero su extraordinaria velocidad hace que sea difícil acercarse. Los leones y leonas, en comparación, son relativamente más fáciles de avistar, porque no se mosquean frente a los autos cargados de fotógrafos profesionales y aficionados. Los elefantes son, por obvias razones, más visibles, aunque su imprevisible conducta aconseja guardar distancia prudencial.

La llanura parece interminable, pero cada tanto la cortan unos montículos escabrosos llamados kopjes, donde a veces hay instalados miradores que permiten admirar la planicie en todo su esplendor. Los kopjes son refugio de otro tipo de fauna más difícil de observar: curiosos roedores de la sabana, coloridos pájaros y huidizas lagartijas escarlata.

La diversidad es tanta y las situaciones que se pueden observar tan variadas que deambular tres o cuatro días por los recovecos del Serengeti no aburre, aunque puede ser cansador. Los guías suelen estar bien preparados para explicar las costumbres de los animales, identificar las distintas variedades –incluso dentro de una misma especie– y tienen el ojo entrenado para divisar situaciones que al forastero se le pasarían por alto.

La última noche suele ser en el refugio del Area Protegida del Ngorongoro, un campamento a 2000 metros de altura en los bordes del gigantesco cráter cuyo interior muestra uno de los espectáculos más increíbles que se pueden ver en el recorrido. Se trata de un cráter volcánico sin actividad, de unos 20 kilómetros de diámetro, en cuyo fondo se formó un refugio de fauna donde todas las especies conviven en forma aún más concentrada que en las áreas circundantes. Lo que por alguna circunstancia no se haya podido observar antes se ve sin duda en el Ngorongoro, un despliegue de belleza natural que combina el paisaje extraordinario de un cráter apagado con las manadas de animales en armoniosa confusión. En el campamento que se forma en los bordes, vagabundean las cebras y los curiosos marabúes, unas cigüeñas carroñeras que están a la pesca del contenido de los tachos de basura.

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Una manada de hipopótamos en el río, a sus anchas y en su ambiente.
 
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