turismo

Domingo, 21 de octubre de 2012

PERU. EXPERIENCIAS EN MACHU PICCHU

Vías de la ciudad perdida

Viaje en tren a Cusco y la ciudadela inca descubierta por Hiram Bingham, nueva maravilla del mundo moderno y obra maestra de la arquitectura precolombina. Cómo llegar en tren hacia uno de los destinos turísticos más populares del planeta, enclavado en el Valle Sagrado donde aún hoy se venera al sol.

 Por Mariana Lafont

Fotos de Mariana Lafont

Nuestro viaje a Machu Picchu comenzó en Cusco, “el ombligo del mundo”. Según la mitología inca, allí convergían los tres mundos que formaban el universo de esta antigua civilización. Con la extensión del Tawantinsuyo, el Imperio Inca absorbía y potenciaba las expresiones culturales de los pueblos que dominaba, y así llegó hasta los actuales territorios de Perú, Argentina, Bolivia, Chile, Colombia y Ecuador. Su bella capital está a 3300 metros y es heredera de una tradición cultural milenaria, que conjuga el pasado incaico con el español.

Luego de aclimatarnos a la altura y recorrer la ciudad, partimos al Valle Sagrado de los Incas. Como teníamos varios días, decidimos recorrer con tiempo pueblos y ruinas llenos de historia. El primero fue Pisaq, a unos 40 minutos en auto desde Cusco, y cuyo sitio arqueológico es uno de los más importantes del Valle Sagrado. Rodeado de altas montañas, sus laderas tienen las típicas terrazas de cultivos formando un colorido tapiz. La plaza principal es el corazón del pueblo, con una animada feria artesanal. Todos los días se arman puestos con tejidos, cerámicas, joyas y pinturas. Los domingos se suma la feria de frutas y verduras de la gente local y las comunidades vecinas.

El siguiente pueblo fue Ollantaytambo, uno de los complejos arquitectónicos más monumentales de los incas, que no fue una fortaleza sino un tambo o ciudad-alojamiento para la nobleza construido por Pachacutec (el primer inca). Luego sirvió como fuerte de Manco Inca Yupanqui, líder de la resistencia indígena, aunque finalmente cayó bajo el dominio español en 1540. Sus serpenteantes callejuelas empedradas son una invitación a caminar, en especial de noche cuando se iluminan. Cerca de la plaza y en los alrededores, hay cafés y restaurantes para tomar o comer algo, pero el gran atractivo son sus ruinas, ubicadas en imponentes terrazas de contención y desde las cuales, tomando bastante aire, se divisa el Valle Sagrado. Después de recorrerlas fuimos a la estación para tomar el tren que venía de Cusco (de la estación Poroy, a 20 minutos del centro de la ciudad). Dos empresas de trenes van hacia la ciudadela: Inca Rail y Perú Rail. La primera sólo hace el trayecto Ollantaytambo-Machu Picchu y la segunda sale de Poroy. Perú Rail, la más usada por los viajeros, ofrece tres servicios: el más lujoso es el Hiram Bingham, con elegantes camareros, restaurante gourmet y acceso al Sanctuary Lodge, un exclusivo hotel con vista a Machu Picchu. La opción intermedia es el Vistadome, un tren con servicio a bordo y grandes vistas panorámicas. Y la más económica es el Expedition, con coches muy cómodos, limpios y espaciosos.

El estrecho pueblo de Aguas Calientes, con el tren y los andenes ocupados por las mesas de bares y restaurantes.

LLEGO EL TREN De Poroy a Machu Picchu, el viaje dura poco más de tres horas y en el kilómetro 41 llega a Huaracondo, un camino en zigzag que se adentra en el desfiladero Huaracondo-Pachar, formado por la quebrada de Pomatales. Pero al subir en Ollantaytambo, en el kilómetro 67, sólo restaba una hora y media de viaje. El guarda nos recibió, chequeó los billetes y subimos al vagón prácticamente lleno, con amplias ventanas panorámicas y vidrios en el techo. Enseguida el tren se puso en marcha y a los quince minutos nos sorprendió el gran Nevado de Verónica (5700 metros), con sus nieves eternas. La ruta hacia Machu Picchu es muy bonita: la formación va paralela al río Urubamba, mientras la vegetación se hace cada vez más tupida y se va entrando a las yungas o selva nubosa.

El Camino del Inca, el trekking más famoso de Perú, comienza a la altura del kilómetro 82 de la vía férrea. Desde la ventana vimos cómo un grupo de caminantes alistaba sus mochilas, mientras jóvenes porteadores hacían lo suyo con cacerolas, víveres, carpas y objetos de acampe. Lo impresionante es que, cuando el viajero recién comienza la marcha, los porteadores ya les han sacado gran ventaja cargando mucho más peso y sin usar ni mochilas ni botas sofisticadas. La senda está muy bien conservada y recorrerla es remontarse a un pasado milenario en plena zona de transición entre el altiplano andino, los bosques nubosos y el comienzo de la selva amazónica. En poco más de 40 kilómetros se observan misteriosos paisajes, vestigios arqueológicos y una riquísima flora con orquídeas, begonias y árboles exóticos.

El viaje en tren siguió, pasando frente a sitios arqueológicos como Qente, Patallaqta, Choquesuysuy y Wiñaywayna. En el kilómetro 110 arribamos a la estación Machu Picchu, en Aguas Calientes. Allí el correntoso río Urubamba se encajona aún más y el tren circula entre los grandes paredones de roca que forman las montañas. En ese minúsculo espacio día a día crece (de manera un poco desordenada) esta población que vive para y por el turismo. Tan estrecho es el sitio que a los costados del tren no hay andenes sino veredas pobladas de mesas de bares y restaurantes. Después de elegir un hotel entre una lluvia de ofertas, nos instalamos y empezamos a notar rápidamente la diferencia entre Aguas Calientes y Cusco, pasando del clima seco y frío de la ex capital imperial a un ambiente cálido y muy húmedo.

Un grupo de llamas descansa en Machu Picchu, inmutables ante los visitantes.

AL PIE DE LAS RUINAS Para ir a Machu Picchu se puede salir temprano de Cusco, llegar a las once de la mañana a las ruinas y tomar el tren de regreso a las cinco y media de la tarde. Pero si se tiene tiempo es ideal llegar el día anterior, pasar la noche en Aguas Calientes y, al otro día, tomar el bus de las 6.30 hacia Machu Picchu. Así lo hicimos: con las primeras luces del alba nos sumamos a la larga fila de turistas que, uno tras otro, iban subiendo a los pequeños colectivos para trepar el camino de caracol que lleva al santuario. Al llegar caminamos envueltos por una gran nube. No se veía nada, hasta que de repente las nubes se corrieron como un gran telón y la ciudadela pareció brotar de entre las altas montañas. La emoción nos inundaba pero duró poco, ya que otra inmensa nube tapó el espectáculo. Y así fue toda la mañana, las nubes iban y venían generando una atmósfera especial y misteriosa. Luego del mediodía, sin embargo, pudimos disfrutar una tarde de sol.

Mientras tanto fuimos al Intipunku o Puerta del Sol, que ofrece una gran vista de las ruinas y su entorno. A medida que avanzábamos por el sendero de roca nos cruzamos con mucha gente del Camino del Inca que había logrado su meta, delatados por la cara de felicidad. En el Intipunku nos sentamos a esperar que a las nubes se les antojara moverse y nos quedamos contemplando el increíble escenario, levantado –no se sabe si como santuario religioso o como residencia de Pachacutec– entre 1438 y 1470. Además de ser Patrimonio de la Humanidad de Unesco desde 1983, en 2007 fue incluido entre las nuevas siete maravillas del mundo moderno.

Al volver de la Puerta del Sol, el día estaba despejado y caminamos al llamado Puente del Inca, linda senda que se aleja de las ruinas y permite tener más contacto con la naturaleza. Por la tarde hicimos una visita de dos horas junto a un guía, quien iba indicando las dos grandes zonas del complejo: la agrícola con terrazas de cultivo y la urbana para actividades civiles y religiosas. Paso a paso recorrimos el Templo del Sol (usado para ceremonias del solsticio de junio), la Residencia Real, el Templo de las Tres Ventanas y la piedra Intihuatana, uno de los puntos más estudiados de Machu Picchu, porque se han establecido alineamientos entre acontecimientos astronómicos y las montañas circundantes. Lamentablemente, cuando compramos la entrada a las ruinas ya se habían agotado los boletos para subir al empinadísimo Wayna Picchu, de 2700 metros, pero quien las tenga –y aún goce de energías– bien apreciará el esfuerzo de subir para tener una vista excepcional y poco convencional de Machu Picchu. La última antes de despedirse.

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Vista general de la ciudadela de Machu Picchu, un imponente complejo accesible en tren.
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