turismo

Domingo, 2 de diciembre de 2012

DIARIO DE VIAJE. CUBA EN EL SIGLO XIX

La Habana como era

Mercedes Santa Cruz y Montalvo, condesa de Merlin, regresa a La Habana colonial después de treinta años de ausencia, y describe su experiencia iniciática a modo de diario de viaje. Así Cuba y su capital se reinterpretan en su obra, publicada en 1844, como un paisaje destinado al lector europeo invitado a descubrir los entonces exóticos trópicos.

 Por Mercedes Santa Cruz y Montalvo *

Estoy sentada en mi taburete. El sol vibra sus rayos sobre mi cabeza, y te escribo sobre mis rodillas. Soy dichosa, y quiero hacerte participar de mi dicha. Vamos avanzando con la costa querida siempre delante de nuestros ojos. Una multitud de barcos de pescadores se deslizan por todos lados; se alejan, y se vuelven a la playa. La brisa de mar que se ha levantado hace dos horas llena las velas de los barcos que se encaminan hacia la entrada del puerto. Los unos nos adelantan y los perdemos de vista; los otros nos siguen o nos disputan el paso, y animados todos en su movimiento, y alumbrados magníficamente por un hermoso cielo, se dibujan en el aire, y se reflejan en la superficie de este mar tan sereno y tan azul, mientras las olas, divididas en todas direcciones por una multitud de quillas, se elevan orgullosamente para caer luego con una especie de voluptuosidad en penachos de espuma, arrastrando en pos de sí millares de peces de mil colores cambiantes que se deslizan, saltan y juegan en el agua. Ya distinguimos el Pan de Matanzas; la más elevada de nuestras montañas. En la cumbre está la ciudad de este nombre, habitada por dos mil almas, y rodeada de ingenios de azúcar. A alguna distancia, y más cercana a la costa, descubro la aldea de Puerto Escondido. Al ver las cabañas de formas cónicas, cubiertas hasta el suelo de hojas de palmera; al ver los arzales entretejidos de plátanos, que con sus largas hojas protegen las casas contra los ardores del sol; al ver las piraguas amarradas a la orilla, y al contemplar la quietud silenciosa del mediodía, parece que estas playas son todavía habitadas por los indios. Henos aquí enfrente de la ciudad de Santa Cruz, que recibió su nombre de mis antepasados, y que se adelanta graciosamente hacia la orilla. Su puerto sirve de abrigo a los pescadores y de mercado a los frutos de las poblaciones vecinas. Todas estas pequeñas ciudades situadas a la orilla del mar no tienen privilegio de exportación sino para La Habana, depósito general de la isla, que las derrama en seguida por todas las regiones del globo. ¿Qué ciudad es aquella tan bonita, tan pintoresca, con un puerto tan resguardado de los huracanes? Es la ciudad Jucaro, a la cual va unido el título primitivo de mi familia. Mi hermano es justicia mayor de la ciudad, y lo que es más, es su bienhechor. Vamos avanzando rápidamente, y ya se queda detrás de nosotros el Castillo de la Fuerza, con sus dos bastiones desmantelados y sus dos soldados de guarnición. En tiempo de Felipe II se trató por primera vez de levantar fortificaciones en sus nuevos estados de ultramar; pero el consejo real decidió que no había necesidad: tan grande era entonces en los españoles el convencimiento de su propia fuerza. Sin embargo, los piratas de todas las naciones no tardaron en asolar las costas de la Española y de Cuba. En 1538, esta última isla fue saqueada, incendiada y destruida por una tropa de filibusteros, y sus habitantes tuvieron que refugiarse en los bosques con sus familias. El Adelantado, D. Fernando de Soto, cuya autoridad era soberana en la isla, mandó que se volviese a levantar la ciudad, e hizo construir el Castillo de la Fuerza, que no se acabó hasta 1544. Hasta esta época no se permitió a los buques y a las escuadras de los españoles entrar en el puerto.

En este mismo año, una porción de buques de guerra, mandados por Roberto Bate, atacaron otra vez la ciudad, que fue valerosamente defendida por el comandante del puerto y por los habitantes. El consejo real mandó que no se perdonase gasto para fortificarla. Entonces fue cuando se levantó el Castillo de El Morro, con sus formidables bastiones, y el puerto de La Habana, que era ya el más hermoso y el más seguro de América, se hizo también el más fuerte de toda ella. La antigua fortaleza de la Fuerza fue casi abandonada; sin embargo, teniendo en consideración su antiguo servicio y su situación al norte, se le conservó en la honrosa calidad de obra avanzada, se le dejaron sus dos soldados de guarnición y su antiguo nombre de Fuerza, añadiéndole solamente el adjetivo Vieja. Ya volveremos a tratar de todo esto, querida hija mía. Estoy ya enfrente del puerto, y mi emoción es tan grande, que apenas puedo contenerla. Aquí está El Morrillo, cuyos contornos se dibujan en la masa rojiza de la luz con su campana y su ligera cúpula chinesca. Alrededor de ella flotan a merced del viento y en diferentes direcciones mil banderolas de variados colores que anuncian la nación y el calibre de los barcos que están en el puerto.

EL 7 A MEDIODIA Delante de mí, hacia el lado de Occidente, el Morro, edificado junto a una roca, se levanta atrevidamente, y se destaca por cima del mar. ¿Pero qué ha sido de esa enorme masa que parecía amenazar al cielo? De esa roca colosal que me figuraba en mi imaginación tan alta como el Atlas? ¡Ah! Me había engañado, no tiene las mismas proporciones; en lugar de aquella pesada y colosal fortaleza, la torre del Morro me parece solamente atrevida, delicada, armoniosa en sus contornos, una esbelta columna dórica asentada sobre una roca. Todos los sentimientos del hombre se modifican con el tiempo. El Castillo del Morro está blanqueado, y su brillo contrasta con la negrura de la roca y con la cintura sombría que forman alrededor de él los doce apóstoles que lo circundan. Ahora nos dirigimos hacia la izquierda; el viento viene de popa; algunas brazas aún y tocamos al puerto. Antes de entrar en él, sobre la orilla derecha, al lado del norte, se divisa un pueblo cuyas casas, pintadas de colores vivos, se mezclan y confunden a la vista con los prados floridos, donde parecen sembradas. Parecen un ramillete de flores silvestres en medio de un parterre. Estos son los arrabales de la Luz y de Jesús y María, compuestos antiguamente de bojíos, y transformados ahora en quintas elegantes. Como un pensamiento de muerte en un día de felicidad, se eleva un colosal fantasma en medio de bonitas habitaciones, a las cuales parece rodear con un blanco lienzo.

En estos espesos muros, cuyas agudas y mortíferas puntas se descubren a lo lejos sobre cada uno de los pisos, reconozco la cárcel de Tacón. A algunos pasos de distancia, y rodeado de gigantescos cipreses, se distingue un cementerio, el cual no existía en mi infancia. Yo reconozco ese lugar fúnebre con la cruz negra que, como una morada de misericordia, se extiende sobre los sepulcros. En otro tiempo se encerraba bajo las losas de las iglesias la ceniza de los muertos, y en vano pedía un reposo solitario bajo la bóveda de los cielos. Más allá, no lejos de la playa, en medio de un arenal ardiente, a la orilla del mar, está la casa de beneficencia.

Pero he aquí, hija mía, que la ciudad empieza ya a confundirse con los barrios. ¡Hela aquí! Ella es, ella, con sus balcones, sus tiendas y sus azoteas, con sus preciosas casas bajas de la clase media, casas de grandes puertas cocheras, de inmensas ventanas enrejadas; las puertas y las ventanas, todo está aquí abierto; se puede penetrar con una mirada hasta en las intimidades de la vida doméstica, desde el patio regado y cubierto de flores hasta el aposento de la niña, cuyo lecho está cubierto de cortinas de linón con lazos de color de rosa. Más allá están las casas aristocráticas de un piso, rodeadas de galerías que se anuncian a lo lejos por sus largas filas de persianas verdes. Ya distingo el balcón de la casa de mi padre, que se prolonga frente por frente del Castillo de la Punta. A un lado hay un balcón mas pequeño... Allí era donde, siendo yo niña, contemplaba el cielo estrellado y resplandeciente de los Trópicos. Allí donde, al ruido sordo y regular de las olas que se deshacían en espuma sobre la playa, exhalaba mi alma sus primeros perfumes, y se perdía en religiosas contemplaciones. Allí donde inquieta, turbada, enternecida, con los ojos fijos en la inmensa extensión de la mar azul y centellante, adivinaba yo en los candorosos ímpetus de mi corazón que había una cosa tan vasta como el mar, tan movible, tan grande, tan poderosa. Sentía yo ya moverse fuera de mí misma este mundo inferior en donde bullían a lo lejos todas las alegrías y todos los dolores humanos; pero cuyos primeros rumores llegaban a mí acompañados de tan puros deleites y de tan deliciosas armonías... He aquí los campanarios de la ciudad elevándose en los aires; entre ellos reconozco el de Santa Clara, y me figuro distinguir encima de él la imagen de Santa Inés, sosteniéndose allí como una nube ligera, con su rostro pálido y sus grandes ojos negros. Allí está el antiguo espectro de Dominga la mulata espiándome al través de los claustros con su linterna sorda. Las ilusiones y las realidades se confunden en mi turbado cerebro, y hacen latir mi corazón como si quisiera salirse del pecho.

* Autora de Viaje a La Habana (1844).

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El Castillo de El Morro, fortaleza que hizo de La Habana el puerto más fuerte de su época.
 
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