turismo

Domingo, 3 de febrero de 2013

SUDAMERICA. GALáPAGOS, CHILOé, ISLA DEL SOL, TIERRA DEL FUEGO

El discreto encanto insular

Recorrido por algunas de las islas más bellas, lejanas, misteriosas y llamativas del continente sudamericano. Desde la abundancia de vida de las Galápagos, el paraíso natural del Pacífico que cautivó a Darwin, hasta la extrema latitud de Tierra del Fuego, pasando por las antiguas tradiciones de Chiloé, en Chile, y la fascinante Isla del Sol, en Bolivia.

 Por Mariana Lafont

Fotos de Mariana Lafont

Basta imaginar una isla para pensar en aguas cristalinas, palmeras, aislamiento, tranquilidad y algún tesoro escondido por viejos corsarios. Sin embargo también las hay en confines menos amigables, ideales para cárceles con prisioneros de la peor calaña. O convertidas en un gran laboratorio natural que alberga una magnífica diversidad biológica. En cualquiera de sus formas, cada isla tiene sus rasgos y personalidad: por eso son únicas y las hay para todos los gustos, desde el norte al sur del vasto continente sudamericano.

Solo 90 kilómetros separan Puerto Montt de Chiloé: hay que cruzar en transbordador el Canal de Chacao.

CHILOE, TIERRA DE GAVIOTAS El lluvioso archipiélago de Chiloé parece un mundo aparte, gracias a su insularidad y a que los chilotas defienden sus tradiciones y se oponen a la construcción de un puente que los una con el continente. Además, el influjo de sus habitantes originarios –chonos y huilliches– perdura en lengua y costumbres, con una mitología que es parte fundamental de la isla. Tan sólo 90 kilómetros separan Puerto Montt de Ancud, la antigua capital del archipiélago, pero el viaje parece más largo ya que hay que cruzar el Canal de Chacao en transbordador. Ancud da a una bahía que en la colonia fue custodiada con un fuerte en cada punta: San Antonio y San Miguel de Ahui. El primero está en la ciudad misma y del segundo sólo quedan ruinas y cañones. Los chilotas querían seguir perteneciendo a España, y por eso en las guerras de independencia se defendieron hasta que, en 1826, los chilenos derrotaron al último bastión español en Sudamérica.

En 1608 llegaron los jesuitas a evangelizar este complejo territorio y establecieron un sistema de Misión Circular que duraba meses. Hacían kilómetros en bote y a pie y se alojaban en capillas. Construidas enteramente en madera, las iglesias de Chiloé son todo un símbolo arquitectónico: al principio los templos eran rústicos, pero luego se refinaron con tejuelas de alerce. Con la llegada de misioneros de Baviera, Hungría y Transilvania, las construcciones se hicieron más duraderas e inspiradas en iglesias europeas. Hoy cientos de iglesias están en pie, esparcidas por el archipiélago desde hace unos 300 años, y 14 de ellas son Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. En Ancud se puede dar un paseo por la costanera y luego ir hasta la plaza central, donde está la catedral, típico ejemplo de arquitectura chilota con las clásicas tejuelas de madera. Frente al templo está el Museo Regional, con una colección de objetos históricos, figuras mitológicas y una réplica de la goleta Ancud, que llegó al Estrecho de Magallanes en 1843.

Recorriendo 85 kilómetros hacia el sur, por la ruta 5, se llega a Castro. La capital de Chiloé está entre el estuario del río Gamboa y el estero de Tentén, a orillas del sinuoso fiordo de Castro. Entre sus atractivos están la iglesia de San Francisco y el mercado artesanal, pero la cita obligada son los coloridos palafitos (casas construidas sobre pilotes de madera en la ribera), donde hay restaurantes de mariscos. Sin dudas, los chilotas expresan su hospitalidad a través de la comida. El plato típico es el curanto al hoyo, que se hace en un pozo en la tierra y con piedras calientes. En el hueco se cuecen mariscos, carne, embutidos y masas a base de papa y verduras. Luego se cubre todo con nalcas o helechos y tierra, simulando una gran olla a presión. Delicioso.

Las tortugas gigantes de Galápagos, el gran atractivo de estas islas volcánicas del Pacífico.

GALAPAGOS, EDEN NATURAL Las Galápagos parecen perdidas en el Pacífico. Son 13 islas grandes, seis pequeñas y cientos de rocas e islotes esparcidos por la línea ecuatorial y a casi 1000 kilómetros de Sudamérica. El archipiélago emergió por actividad volcánica hace unos seis millones de años, y como está al borde de la placa de Nazca está en continuo movimiento y transformación con increíbles erupciones donde la lava brota del mar. Por su aislamiento, en Galápagos la evolución de las especies siguió su propio camino y se transformó en un gran laboratorio natural. Las islas fueron casualmente descubiertas el 10 de marzo de 1535 por Fray Tomás de Berlanga, en ese entonces obispo de Panamá. Luego llegaron saqueadores de galeones españoles y cazadores de lobos y tortugas. En 1832, Ecuador anexó las islas y envió convictos, artesanos y granjeros para colonizar. Pero la visita más importante llegó en septiembre de 1835 a bordo del “HMS Beagle”: era Charles Darwin, joven naturalista inglés que tomó datos cruciales para desarrollar su Teoría de la Evolución.

La mejor manera de ver Galápagos es navegar de isla en isla partiendo de Puerto Baquerizo Moreno, en la isla San Cristóbal. A Genovesa la llaman “la isla de los pájaros” porque en 14 kilómetros cuadrados hay gran cantidad de fragatas, gaviotas de cola bifurcada, piqueros, golondrinas, gaviotas de lava, palomas, petreles y pinzones de Darwin. En esta isla con forma de herradura abundan juguetones y curiosos lobos marinos de Galápagos. También hay fragatas con sus grandes pichones (dependen de sus padres muchos meses) que ni se inmutan al ver visitantes, y piqueros enmascarados, de Nazca y de patas rojas. Lo que asombra es que las aves no huyen, ya que no hay mamíferos predadores: y como evolucionaron aisladas tanto tiempo, las aves no ven amenaza en la gente.

En la zona oeste y más joven de Galápagos surgen las islas Fernandina e Isabela. En la primera habitan iguanas marinas, reptiles únicos en el mundo que sólo comen algas en el mar y se mimetizan en las rocas al sol. Además de iguanas está el raro cormorán no volador, gran ejemplo de adaptación que llegó aquí y, como había tanto alimento, no tuvo que volar a otros sitios buscando comida. Sus alas se atrofiaron, se deformaron y dejaron de volar. En Caleta Tagus, en Isabela, se ven pingüinos de Galápagos, ave que llegó con la corriente de Humboldt y se quedó aquí transformándose en el único pingüino de aguas cálidas que no migra. Y en la isla Bartolomé está el famoso Pináculo, llamativa formación que es parte de un cono de ceniza volcánica sedimentada. Aquí el mayor atractivo son los rasgos geológicos de la isla. Para admirarlos hay un cerro de 115 metros con la vista más famosa de las Galápagos: dos bahías con playas de arena dorada, el Pináculo, vegetación y el azul del mar.

Para ver las coloridas iguanas de tierra hay que ir a la isla Seymour, al norte de Baltra. En la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos tuvo una base aquí para vigilar el Canal de Panamá y las iguanas huyeron. Pero en 1933 un excéntrico millonario y naturalista llevó 72 iguanas de Baltra a Seymour, salvándolas de la extinción. Finalmente la tortuga gigante, el animal más famoso del archipiélago, está en la isla Santa Cruz. En las frondosas tierras altas se las puede ver en estado silvestre en una granja privada y si no en la Estación Darwin, donde se incuban artificialmente huevos de las islas Pinzón, Santiago y Santa Cruz y se las cría hasta los cinco años.

El lado peruano del lago Titicaca, con las célebres islas de totora de los uros.

LAGO TITICACA, ISLA DEL SOL En el lado peruano del lago Titicaca se conocen las famosas y turísticas islas de totora de los uros. Sin embargo, en el lado boliviano se halla la más mítica de las islas del azul y altísimo lago Titicaca, situado a más de 3800 metros de altura: la Isla del Sol, cuna de la cultura inca. Con casi diez kilómetros de largo por 4,6 de ancho, es la isla más grande del lago navegable más alto del mundo y en su paisaje predomina un relieve accidentado, salpicado de terrazas de cultivo hechas por los antiguos incas. La mayoría de la superficie está poblada por indígenas de origen quechua y aymara que se dedican a la agricultura, el turismo, las artesanías y el pastoreo.

La isla se encuentra a 15 kilómetros de la localidad de Copacabana (una de las principales de la zona, a 155 kilómetros de La Paz) y centro de peregrinación para ver la imagen de la Virgen de Copacabana. De allí parten lanchas todos los días rumbo a la isla del Sol y de la Luna. Otra opción, si se cuenta con más tiempo y energía, es hacer el trekking de Yampupata. Desde Copacabana al Estrecho de Yampupata se caminan 17 kilómetros en tres o cuatro horas, y luego se cruza el estrecho en alguna lancha. La isla está colmada de pequeñas comunidades, pero las más grandes son Cha’llapampa en el norte y Yumani (con más oferta gastronómica y hotelera de diversos precios) en el sur. Si bien muchos van por el día, lo ideal y más placentero es al menos pasar una noche disfrutando de increíbles atardeceres y noches estrelladas.

Además, en la parte norte de la isla hay playas de arena blanca. Si el bote se detiene allí se puede hacer una caminata muy recomendable (pese al fuerte sol y la altitud) por la parte más alta de la isla, desde donde se contempla todo el lago y los Andes nevados en el horizonte. Y además se pasa por varios sitios arqueológicos, sobre todo el de la Chincana, con la Roca Sagrada desde donde, según cuenta la leyenda, Manco Cápac y Mama Ocllo partieron en busca del lugar donde fundarían luego su imperio, el Cusco. La Chincana es una serie de edificaciones de estilo inca, pero más rústicas, emplazadas en varios niveles y comunicadas por puertas y pasillos. Se dice que aquí vivían los monjes adoradores del sol. A lo largo de la caminata por la parte alta de la isla se deberán ir pagando varios “peajes”, ya que se atraviesan diversas comunidades y una chola estará allí para cobrar. Por su parte, al llegar a la parte sur (la más visitada), se podrá visitar las ruinas arqueológicas del Templo Pilkokaina y las escalinatas de piedra del muelle de Yumani, que llevan a la Fuente de la Vida.

La parte chilena de Tierra del Fuego se recorre navegando, y desde los zodiacs se pueden avistar pingüinos de Magallanes.

LA ISLA DEL FIN DEL MUNDO Tierra del Fuego, separada del continente por el estrecho de Magallanes, está rodeada al sur por el canal Beagle, al este por el Atlántico y al oeste por el Pacífico. A tal escenografía se suma un inhóspito clima con veranos cortos y frescos e inviernos largos y húmedos en los que el sol ni asoma. Por ello se instaló allí una cárcel para los peores reclusos. El presidio tuvo un rol fundamental en los orígenes de Ushuaia, fundada en 1884 para asegurar la soberanía argentina. Sin embargo esta tierra estaba habitada desde antes por selknam, haush, yámanas y kawésqar hasta que llegaron los blancos. Con la construcción del penal nació el “tren de los presos” para transportar materiales, hoy convertido es una atracción turística más de la isla con un recorrido que atraviesa el Parque Nacional Tierra del Fuego. La reserva se creó en 1960 y protege la zona más austral de los Andes, los turbales y el bosque subantártico lleno de lengas que en otoño se tiñen de rojo intenso.

El parque es un sitio ideal para el acampe y trekking. Una de las sendas va del camping Lago Roca al Hito XXIV, límite con Chile. En el recorrido de cinco kilómetros se aprecian este lago glaciario y su entorno. Un poco más lejos, a 20 minutos del camping, hay una bifurcación al cerro Guanaco. El ascenso de cuatro kilómetros tiene mucha pendiente y desde la cima se ven la cordillera, la bahía Lapataia y los alrededores. Uno de los más visitados es el sendero costero que comienza en bahía Ensenada, recorre la costa y luego de bahía Lapataia culmina en el río homónimo. En el trayecto se ven el bosque, muchas aves y, quizá, lobos marinos.

Fuera del parque hay una divertida excursión, un off road al lago Fagnano pasando por el Paso Garibaldi (con una gran panorámica de los lagos Escondido y Fagnano) e internándose en antiguos caminos madereros y vadeos.

La parte chilena de la isla es elevada, accidentada y con fiordos, de modo que la única manera de recorrerla es navegando. De Punta Arenas parten los cruceros Australis a Ushuaia, que en tres días y cuatro noches visitan algunos de los fiordos más solitarios del mundo. Allí está el Parque Nacional Alberto de Agostini, que agrupa las islas al sur del estrecho de Magallanes, al oeste de la isla Navarino y una porción de Tierra del Fuego. Su principal atractivo es la blanquísima cordillera Darwin (la parte sur de los Andes) y sus glaciares Pía y Marinelli (sobre la bahía Ainsworth, este último es el más grande de todos los glaciares que bajan de esa cordillera). Mientras se recorre la costa es posible toparse con elefantes marinos, animales que pasan casi todo el año en el mar y en primavera arriban para reproducirse. Allí se aprecia el bosque magallánico con coihues, lengas, ñires y canelos. Y para ver pingüinos de Magallanes se visita el islote Tucker, en el sudoeste del canal Whiteside. El siguiente punto es el brazo noroeste del canal Beagle, donde está el glaciar Pía que, a diferencia del Marinelli, avanza y se ve claramente su morrena. El viaje sigue por la Avenida de los Glaciares, donde se suceden los glaciares España, Romanche, Alemania, Italia, Francia y Holanda, los últimos ventisqueros antes de tocar la costa de Ushuaia, la última ciudad del fin del mundo.

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Al borde de la placa de Nazca, las Galápagos están en continuo movimiento.
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