turismo

Domingo, 24 de marzo de 2013

PASEOS POR LA PAZ Y ALREDEDORES

El cuenco naranja

El valle de La Paz cautiva con sus casas colgantes, edificios históricos y los famosos mercados de alimentos de pura cepa boliviana. Hacia las afueras, distintos circuitos tientan con sus miradores, paseos tranquilos y nuevos emprendimientos ecoturísticos como Pamparalama, autogestionado por su comunidad nativa.

 Por Pablo Donadio

Fotos de María Clara Martínez

A casi 4000 metros sobre el nivel del mar poco puede hacerse con velocidad. Esa templanza es sin embargo buena consejera, y si el paseo dura al menos dos días, el cuerpo se acomoda y poco a poco La Paz se torna un sitio sorprendente. Sus famosos mercados de alimentos donde todo se vende; algunas calles turísticas en las que se encuentran desde fetos de llama y hojas de coca a ropa de última moda; museos y plazas como la San Francisco y Murillo, y circuitos de paseo que se alejan hacia El Alto o la zona sur conforman un escenario diverso y atractivo para pasar una semana disfrutando de distintas actividades culturales, religiosas y recreativas. Desde la imponente terraza del Hotel Gloria, en pleno centro, las luces de las laderas parecen millones de luciérnagas estáticas rodeando la ciudad. Así, El Alto se integra y forma el núcleo urbano más grande y poblado del país, que envuelve el valle y posibilita muchas de las actividades en las afueras. Temprano en la mañana, emprendemos la visita a una zona no tradicional, ubicada unos 10 kilómetros hacia el sur en la parte más rica de la capital boliviana, que se desparrama entre quebradas y valles fértiles que animan al turismo. Al atractivo clásico de los miradores se suma un parque sorprendente, el Valle de la Luna. “Es un sitio de belleza única”, dice Jacqueline Argote, responsable de Turismo de la ciudad. Con ella nos alejamos de la urbe ladeando la ribera del Choqueyapu, el río que parte la ciudad de norte a sur y recibe su caudal de pequeños afluentes sobre las laderas altas.

Tras los barrios residenciales Obrajes, Alto Florida y Mallasa, llegamos al parque. Allí se compra un ticket (extranjeros 15 bolivianos; nacionales 3) que habilita a dos circuitos, el rápido de 25 minutos, y el más extenso de una hora, menos familiar y con algunas trepadas audaces. Aquí llama la atención el efecto que ha producido la erosión sobre la montaña, consumiendo su parte superior de arcilla con los siglos, modelando y remodelando sus siluetas, cavernas y esbeltas torres. Su suelo, de apariencia lunar por los relieves y tonos amarronados, beiges y grisáceos, crea ilusiones ópticas según la luz que le llega en los distintos horarios del día. En ese desierto de totem de arcilla atravesamos puentes, senderos angostos y algunos abismos, hasta dar con descansos donde el guía relata detalles de su creación. Desde marzo, hacia el final de la temporada de lluvias, la poca vegetación reluce con sus verdes en el suelo monótono, y así flores y hierbas silvestres parecen únicas e irrepetibles. Sobre uno de los miradores contemplamos la Muela del Diablo, un pico que sobresale abruptamente y que es el sueño de los escaladores del macizo del barrio de Calacoto. Justo allí el sonido de la quena irrumpe en el silencio marrón. Es un músico y luthier que trabaja en el predio junto a otros vendedores, y que cada mañana da un miniconcierto de altura (se sube hasta la cima de uno de los totem de arcilla) para promocionar sus instrumentos.

Vista desde uno de los miradores del Valle de la Luna, el parque de arcilla erosionado por los siglos.

EN LA CUMBRE Hacia la otra punta, exactamente a 20 kilómetros de La Paz, el Albergue Ecoturístico Pamparalama es tal vez una de las promesas cumplidas más interesantes de la ciudad. Ante los nevados Charquini y Wilamankilisani, rodeado de macizos de hielo, una inmensa laguna cristalina y la flora y fauna nativa, el albergue –manejado por aymarás de la comunidad Chacaltaya– parece la única muestra de vida humana de la zona. Allí invitan al turismo vivencial, compartiendo la elaboración de sus comidas ancestrales, ritos religiosos y musicales, y caminatas por esa tierra que atesora historias como la de su ex pista de esquí. La cosa comenzó hace un par de años al borde de la laguna, cuando se les ayudó a construir un completísimo refugio ecológico que hoy es de su propiedad, y donde ya reciben turistas con frecuencia. “Estamos contentos: es nuestra tierra y ahora la podemos dar a conocer”, resume un guía-poblador. Es conveniente no mandarse solo hasta aquí, primero por la dificultad del camino, y después porque el albergue suele estar completo. Una vez realizada la reserva, los locales preparan alguna de las cinco habitaciones dobles (todas con baños privados ecológicos, agua caliente y vista a la laguna y el nevado Wilamankilisani) y comienzan a elaborar sus mejores recetas. Porque ante la soberbia mirada de los gigantes blancos, pocas cosas se valoran tanto como una buena sopita de quinoa con queso umacha, o una trucha a la plancha recién salidita del agua. Hay también una sala de reuniones que suele ser el lugar de encuentro, como en todo refugio de montaña, y un restaurante con capacidad para 20 personas con comidas a base de papas khaty, quinoa, maca y charque de llama y alpaca. Además del paseo off road hasta el albergue, se navega la laguna, se anda en bici por múltiples circuitos y se disfruta de varias caminatas de baja, media y alta dificultad. En el lugar está habilitado el camping y hay actividades como rappel y ascenso a las grandes cumbres. Incluso algunos montañistas lo usan para aclimatarse y desafiar luego otros gigantes. El clima permanente en la zona obliga a llegar e irse de día, antes de que la bruma de la tarde baje y complique la visibilidad de la ruta. Por eso aquí, siempre, hay que estar bien abrigado, pero no al punto de pasarla mal, sino por la lógica cercanía con glaciares y picos nevados de monumental presencia. Es decir, calavera no chilla.

El tapizado de casitas anaranjadas decora todo el valle paceño, que la altura invita a recorrer sin apuros.

EN LA CAPITAL Al regresar, la bruma ha abandonado el embudo del valle y la ciudad luce espléndida, naranja y verde, enmarcada por el Illimani y sus nieves a 6462 metros. Desde las laderas superiores vemos con claridad la cuestión de las casitas “colgantes”, y nos explican que la mayoría de estos barrios fueron producto de la migración interna del campo hacia fines de los años ’60/’70, en plena dictadura boliviana. Allí mucha gente llegó a La Paz por una mejor vida, y se asentó en las afueras generando más mestizaje entre aymarás, quechuas, capitalinos y extranjeros. Al crecer, la ciudad se “comió” los barrios periféricos, transformando el valle en un enorme tapizado de hogares humildes que penetran hasta el centro. Topográficamente, muchos de esos sectores están formados por materiales poco sólidos, similares a los del Valle de la Luna, y tras algunos movimientos del suelo y las permanentes lluvias las casas han quedado literalmente colgadas de algunos barrancos. Es un atractivo visual para los turistas, pero todo un desafío de urbanización para el gobierno local, por lo que hoy continúa y se recicla el programa Barrios de Verdad, que intenta reubicar a las familias en sitios sin peligro de derrumbe.

Ya en el centro, la vida es otra. Por sus calles serpenteantes se enciende el sector administrativo, comercial y de servicios, combinando a cada paso lo moderno y lo antiguo, con automóviles cero kilómetro luchando por un huequito de avenida con viejos colectivos de la Dodge, taxis y las combis-colectivos, con curiosos porteadores que gritan incansablemente los destinos con la puerta abierta. En ese rubro, es interesante la campaña La Cebra, varios jóvenes disfrazados que intentan ordenar el caótico tránsito paceño señalando semáforos que nadie parece mirar.

Bares, comercios y edificios históricos en la calle Jaén, durante un paseo a pie por La Paz.

La calle de las Brujas y la Jaén son ideales para tomarse unos mates (la yerba aquí se consigue sin problemas), mientras se pispean tiendas artesanales, ropas coloridas y puestos de comidas típicas que exponen usos y costumbres de antaño, junto a la indetenible modernidad. Una muestra: en una de las peatonales tres hombres con sus máquinas de escribir tipean telegramas, declaraciones juradas, cartas familiares y oficios a campesinos que llegan por trámites al centro y no manejan el castellano. Al lado, una cadena de electrónica ofrece celulares imposibles, computadoras supersónicas y plasmas de dos metros de ancho. En esas calles hay cholitas con sus guaguas cargados en el aguayo, caminando junto a sensuales oficinistas de trajecito, y kallawayas, los médicos indios ambulantes que aconsejan también a hombres de portafolios y en plena plaza pública. Para la despedida dejamos la visita a La Alasita, toda una fiesta más que una feria, que evoca prácticas y comidas de la comunidad boliviana desde lo artesanal, pero cuyo verdadero fin es el de pedir buena suerte a los dioses. En ella se venden infinidad de miniaturas con la esperanza de que se conviertan, mediante la intervención del Ekeko, en realidad: billetes, autos, casas y hasta parejas en miniaturas se comparan cada 24 de enero, y justo a las 12 del mediodía se implora por su materialización. “No importa si estamos en febrero, o marzo, tú compra, que si tienes fe, se cumple”, asegura una entusiasta vendedora.

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Aymarás, quechuas, capitalinos y extranjeros conviven en la multifacética capital boliviana.
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