turismo

Domingo, 7 de julio de 2013

CHILE. BAHíA INGLESA Y CALDERA

La pareja del desierto

Lejos del Caribe, Bahía Inglesa tiene también aguas turquesa y arenas blancas. Pero si se busca cultura, basta con visitar la vecina ciudad de Caldera, donde se descubre la romántica historia del primer ferrocarril de Sudamérica y uno de los más completos parques paleontológicos de Chile.

 Por Ignacio López

Unos 75 kilómetros al noreste de Copiapó y a 882 kilómetros de Santiago, el puerto de Caldera y el pueblo de Bahía Inglesa surgen al unísono, en lados opuestos de la Ruta 5 norte, que los une después de cinco kilómetros. Ambos forman y han formado por décadas una relación ideal de cara al turismo, potenciando sus diferentes cualidades, que no dejan de ser bastante marcadas: Bahía es playa y naturaleza; Caldera es historia de puerto y salitre. El primero es sofisticado, el segundo más popular.

Pero como en toda alianza bien constituida, hay algo de fondo que los une: en este caso, ambos lugares despiertan interés con actividades para cualquier época del año.

Las aguas cálidas de Bahía Inglesa, al norte de Copiapó, conforman un inesperado “Caribe chileno”.

BAHíA DE PIRATAS Bahía Inglesa debe su nombre a Edward Davis, un corsario británico que naufragó en estas costas en 1687, sin imaginar jamás que se fundaría aquí uno de los balnearios más hermosos de Chile y el más importante de la Región de Atacama.

Bahía Inglesa es refinada, pulcra y ofrece una infraestructura turística mucho más exclusiva que Caldera: así resulta, a lo largo de todo el año, un lugar ideal para quienes buscan tranquilidad y comodidad, ya sea en cabañas, hoteles, departamentos o casas.

Afuera hay varios pubs con música en vivo, como el club-discoteca Equus, y restaurantes que ofrecen desde sushi hasta un excelente menú del mar, con ostiones, lenguados y albacoras. Muchos de estos establecimientos se ubican en la Avenida El Morro, principal arteria del pueblo que corre paralela a la costanera. Durante el verano es visitada por jóvenes, familias y turistas, que no buscan grandes masas sino espacios amplios en alguna de las tres caribeñas playas de Bahía Inglesa: La piscina, Las Machas y Rocas Negras.

Las aguas cálidas de Bahía Inglesa son ideales para sumergirse, pasear en bote o practicar kayak y buceo, tanto en sus orillas como mar adentro. Estas actividades se ofrecen en distintas agencias de deportes sobre la avenida El Morro, como la experimentada Océano Aventura.

Y aunque el verano ya es pasado, lo cierto es que los días despejados y las altas temperaturas continúan todo el año en Bahía Inglesa, invitando a broncearse sin tumultos, pasear sin prisas por su mercado artesanal o almorzar sin esperas en el llamativo Domo, una gigantesca cúpula blanca que oficia tanto de hostal como de restaurante. Desde allí hay una visión estratégica de la playa, coronada por rocas negras que ofician de miradores de una bahía que se pierde hacia el sur.

El paisaje es digno del Sahara, pero son las dunas de Caldera, para recorrer en 4x4.

LITORAL VIRGEN ¿Qué mejor que salir a recorrer estas costas, insertas en un Area Marítima Protegida, por la flamante Carretera Costera que poco a poco está uniendo Chile por el mar? Si no se cuenta con vehículo se puede realizar el circuito arrendando un paquete turístico por el día o un par de bicicletas: es una opción que permite interiorizarse lentamente en estos parajes costeros.

La ruta se inicia bordeando la colorida quebrada de Añañucal y sus extrañas formaciones. Añañucal es una palabra quechua que significa justamente “quebrada”, aunque fueron los changos –pescadores precolombinos nómades– quienes habitaron este litoral, entre el sur de Perú y la bahía de Coquimbo.

Son 35 kilómetros atravesando una docena de hermosas playas de película. Rodillo, Ramada, Caleta El Pato, Bahía Salada y El Cisne son algunas de las que se suceden hasta llegar a Puerto Viejo, antiguo puerto de Copiapó hoy reconocido por su pesca y vientos perfectos para el kitesurf.

Cinco kilómetros más allá se encuentra playa La Virgen. Un verdadero oasis de fina arena blanca y aguas color turquesa, que se esconde en una pequeña ensenada. Su nombre se debe a una extraña formación rocosa con forma de virgen que da la bienvenida.

Si hay alguna playa de Chile perfecta para visitar en plan romántico, esa es La Virgen, que desde hace muchos años los medios especializados incluyen entre las más hermosas del país. Cuenta con un panorámico restaurante y cabañas, por si se busca prolongar la estadía en el paradisíaco lugar, olvidando que existe mundo más allá de estas arenas.

Playa Ramada, donde hay todo el año altas temperaturas y cielos despejados para disfrutar el mar.

TREN AL MAR El 25 de diciembre de 1851, el desierto de Atacama se despertaba con el sonido de los fierros de La Copiapó, la primera locomotora a vapor de Chile y Sudamérica, que salía por primera vez desde Caldera rumbo a Copiapó.

En sus elegantes carros viajaban acaudaladas familias que habían hecho fortuna con el salitre, producto estrella de esos tiempos, que necesitaba un punto de embarque para salir al mundo. Eso llevó al gobierno de Chile a fundar en 1849 la ciudad de Caldera, que se convertiría rápidamente en un puerto de importancia a nivel nacional.

Pero La Copiapó no sólo era la locomotora encargada de transportar el “oro blanco”, también daba inicio a un tráfico constante de pasajeros que no tardó en darle nuevos bríos al naciente puerto, comenzando a fructificar en labores comerciales que convirtieron a Caldera en una ciudad con todos los adelantos del siglo XIX.

Hoy la historia del primer ferrocarril que corrió por Sudamérica es un acontecimiento celebrado en Caldera a mediados de julio con una fiesta durante la cual los 16.000 habitantes, turistas y autoridades se visten a la usanza de mediados del siglo XIX para recrear la época del primer viaje de La Copiapó. Y aunque el protagonismo que alcanzó Caldera por aquellos años es un glorioso recuerdo, en la actualidad se ha sabido mantener gracias al trabajo de conservación patrimonial, uno de sus grandes atractivos turísticos. Un viaje al pasado que se presta perfectamente para conocer entre suspiros y miradas cómplices.

Se puede empezar recorriendo las aristocráticas casas que servían de residencia a la socialité salitrera, muchos de ellos empresarios extranjeros que se asentaron en el centro de la ciudad. Viviendas hasta hoy en pie, caracterizadas por largos corredores, columnas dóricas y amplios salones de madera, como la casa Siggelkow, cuyo nombre recuerda al cónsul alemán que habitó en el lugar por más de 60 años. Hoy es un museo con artículos de la época de oro de la ciudad.

En el mismo casco histórico se ubica la remodelada Plaza de Armas y la iglesia de San Vicente de Paul, construida en 1862 y sobre un diseño del ingeniero francés Gustave Eiffel.

Para seguir conociendo la historia local vale la pena visitar el primer cementerio laico de Chile, fundado en 1876: quienes descansan aquí dieron vida a Caldera. Hombres de todo el mundo, llegados a estas desoladas pampas siguiendo la fiebre del salitre, lo que se atestigua en pagodas japonesas, estrellas de David, epitafios en inglés y mausoleos con leyendas en alemán. Junto a ellos reposan soldados y marinos chilenos que murieron durante la Guerra del Pacífico contra Perú y en la guerra civil de 1891.

Y, por supuesto, un recorrido por Caldera no puede dejar de lado la antigua estación del ferrocarril. Declarado Monumento Nacional en 1964, este antiguo galpón de adobe y vigas de madera que hasta hoy mantiene sus cuatro líneas férreas permaneció abandonado hasta 1999, cuando el gobierno aprobó su restauración, convirtiéndolo en un centro cultural que recibe obras de teatro, exposiciones de pintura y fotografía y conferencias.

La Fiesta de la Usanza revive los tiempos de los primeros viajes en ferrocarril en Caldera.

AMOR PREHISTORICO Entre Bahía Inglesa y Caldera, junto a la carretera, se encuentra uno de los yacimientos fosilíferos más ricos de Sudamérica. Tanto que basta escarbar unos centímetros para hallar restos de caracoles, conchas y pequeños dientes de tiburón.

Se trata del primer Parque Paleontológico de Chile. Una zona protegida, de 450 hectáreas, que según cálculos científicos hace entre 16 y dos millones de años fue el hábitat de gran cantidad de animales marinos vertebrados únicos en el mundo. En particular, pingüinos del tamaño de un niño de 12 años, pelícanos dentados y extraños cocodrilos voladores. Animales que sin duda temblaron cuando se vieron acechados por uno de los mayores depredadores que ha existido en el planeta: el megalodón, un tiburón blanco de 23 metros de largo con mandíbulas de más de un metro de diámetro.

Estas mandíbulas fueron reconstruidas y son la gran sensación del Museo Paleontológico de Caldera, que además atesora el enorme cráneo fosilizado de una ballena de 14 millones de años, una notable muestra de fósiles extraídos del Parque y la reconstrucción de muchas especies que vivieron en aquella época.

Los amantes de la ciencia deben tener en cuenta otro dato: doce kilómetros al norte de Caldera se encuentran en una solitaria playa las rocas de granito orbicular que cuentan con curiosas incrustaciones circulares minerales y volcánicas. Una piedra única que se da sólo en ocho zonas del mundo y que fue declarada Santuario de la Naturaleza en 1981.

Volviendo a Caldera, saliendo de este baño científico, se ubica la costanera Guillermo Wheelwright, así llamada en homenaje al ingeniero norteamericano que construyó el primer ferrocarril que llegó hasta aquí. En un costado se levanta el muelle donde salen y entran botes artesanales, embarcaciones que ofrecen paseos por la bahía, además de cantidad de picadas y restaurantes con los afamados mariscos y pescados chilenos.

Tras bordear la playa de la ciudad se llega al llamado anfiteatro, lugar donde se realizan actividades culturales durante el verano y que destaca también por ser el mejor mirador de la ciudad, con Caldera, el azulado Pacífico y el inmenso desierto de Atacama como únicos testigos de su viaje por estas costas.

Informe: Julián Varsavsky

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