turismo

Domingo, 10 de febrero de 2002

GUATEMALA VOLCANES Y PUEBLOS DE ATITLáN

El lago perfecto

Un viaje al mundo maya del lago de Atitlán. Pueblos que rodean un lago azul de aguas levemente tibias; alrededor, las sierras cubiertas de selva y los conos perfectos de tres volcanes que asoman sus cumbres negras por
encima de las nubes, como en un grabado nipón. La emoción de caminar, contemplar y compartir un lugar mágico.

Texto y fotos: Florencia Podestá

El colectivo que va al lago Atitlán, un schoolbus como esos amarillos que aparecen en las series norteamericanas, espera en la parada mientras se va llenando hasta el tope de gentes y productos para el mercado; nuestro equipaje, si es mucho, irá sobre el techo custodiado por “el ayudante” (el segundo del chofer), quien también viajará en el techo.
Tres o cuatro vendedoras, vestidas con los colores y dibujos característicos de sus pueblos, aprovechan el coche detenido y se hacen lugar como pueden entre la gente. “Dulcitos de coco, dulcitos de mamey... ¿no va a querer?”, canturrean con una dulzura única las señoras mayas. Uno casi les compraría todo por ese tono de invitar, más que de vender. Se pasean entre los asientos atestados, con el canasto sobre la cabeza, deslizándose con gracia y sin esfuerzo como si fueran de aire. El motor se pone en marcha. La radio Galaxia, favorita del chofer, nos empapa a contrapelo con marimba, con cumbias y rancheras trágicas, a volúmenes siderales (“ya no puedo vivir con el cáncer de tu amor”).
Una experiencia clave en Guatemala: viajar en los cientos de schoolbuses que usan los locales y que llegan a los lugares más remotos. Nadie, y menos el viajero argentino, se asombrará de que en los colectivos la gente viaje de pie. Si bien –claro– una ley lo prohíbe, siempre se cuenta con la complicidad de conductor y pasajeros. Por eso, al llegar a un cruce de rutas en donde acecha un auto de la policía, el conductor dará la voz de “Agáchenleee, agáchenleee..!”, y todos los que van en el pasillo (incluido el viajero) obedecerán sin chistar, con algunas sonrisas de circunstancia. Como es habitual en América latina, la diferencia entre lo que realmente es y lo que la ley dice que debe ser deviene de la experiencia cotidiana y de un saber necesario para sobrevivir.

Desde “Gringotenengo” Seis de la mañana. El schoolbus desciende de las alturas del altiplano guatemalteco hacia la orilla del lago Atitlán, a 2000 metros de altura. El viajero semidormido se confunde, ya no sabe qué siente: si un cosquilleo adrenalínico por la velocidad con que el colectivito toma las curvas, o el asombro ante el paisaje: un lago azul sumido en la niebla rosada y rastrera del amanecer; alrededor, las sierras cubiertas de selva y los conos perfectos de tres volcanes (o cuatro, según la visibilidad), que asoman sus cumbres negras por encima de las nubes, como en un grabado nipón.
La puerta de entrada a Atitlán es Panajachel. Este pueblo fue en los años ‘60 y ‘70 una meca para los viajeros hippies, pero hoy de aquello sólo sobrevive el aspecto más mercantil: una larga calle principal repleta de puestitos de artesanía indígena y neohippie. “Gringotenengo” es el apodo que le dan los locales; significa en maya “lugar del gringo”, cosa que se ve a los cinco minutos de estar allí. Junto al puesto de tacos de cerdo brilla el letrero del CyberCafé.
De Panajachel salen lanchas hacia otros pueblos sobre el lago, que debido a su situación más aislada conservan todavía cierta virginidad de costumbres y tradiciones o, al menos, mantienen el carácter adquirido tras la primera pérdida, hace unos siglos a manos de los conquistadores españoles. La lancha se carga con hombres y mujeres indígenas que llevan sobre la cabeza enormes canastos con alimentos, o con telas multicolores que compraron o que no pudieron vender en los mercados de Sololáy de Chichicastenango. Hablan entre ellos en tzotzil y kaqchikel, dos de los veinticuatro dialectos del maya que, dicen algunos, suenan parecido al hebreo. En el Altiplano el español sólo se habla como lengua franca.

Un enigma para Diógenes A bordo de la lancha viaja Diógenes, un agricultor que nunca en su vida ha salido de los contornos del lago (por alguna extraña razón entre los indígenas son comunes los nombres griegos). Diógenes no comprende por qué viajan tanto los extranjeros. Como los niños, quiere saber por qué, la pregunta fatal. El simple motivo de por conocer nomás le resulta inconcebible, insuficiente para justificarsemejante traslado. Cada vez que puede inquieta a los “gringos” preguntándoles “¿Cuánto tiempo viaja usted? ¿Y para qué? ¿Y deja a su familia, su trabajo, su casa, por conocer nomás?” Las respuestas que recibe no le resuelven el enigma. Y los preguntados comienzan a preguntarse ciertas cosas por primera vez.
La lancha llega a San Pedro Atitlán, un pueblo pequeño sobre el lago, entre los cafetales y bajo la sombra del volcán San Pedro (3000 m). A sus pies, el agua del lago es azul y límpida, no muy fría. Quien pase una tarde en la playa tendrála compañía de los habitantes de San Pedro, que también acuden a jugar y refrescar cuerpo y mente bajo el sol montañés. Las mujeres van al agua con sus pesadas blusas bordadas (huipil) y sus polleras negras (enredo); algunas, las osadas, se quitan la blusa y se quedan en enagua, pero no más; el maya es un pueblo pudoroso.
Sin embargo, los criterios del pudor son relativos y no necesariamente coherentes. Más allá de la playa hay una saliente de grandes piedras grises que se interna en el agua. Un grupo de mujeres está usando esta caleta natural para lavarse, apoyando sobre las rocas su jabón, toalla y una muda de ropa (la ducha es una rareza que adoptaron en el pueblo sólo para los visitantes). Hablan en voz alta, hacen bromas y se ríen con desparpajo, y además –niñas, jóvenes, viejas– están casi desnudas. También aprovechan las piedras para lavar la ropa, esa ropa tan pesada, gruesa y trabajada, y a veces, tan antigua. Golpean y golpean la tela empapada contra la piedra. Es una labor de horas y paciencia; no más liviana que la de los hombres en los cafetales.

Sobre el volcán Los alrededores de San Pedro son tierras ideales para explorar. La excursión más interesante es el ascenso al volcán San Pedro, de 3000 m.
“Mañana los busco a las cuatro y media por la mañana.” El guía Tomás, un niño de once años que habla poco español o que sencillamente habla poco, da a entender a los viajeros que conviene comenzar a subir antes del alba para llegar arriba al mediodía, que es cuando el aire está más diáfano y no sopla el viento en la cumbre. Pero no dice nada del amanecer desde las alturas; luego de dos horas de caminar cuesta arriba en una semioscuridad sin ruidos, a través de las plantaciones de café, el sol ilumina de golpe el lago; la luz dorada que parece entrar por una rendija enciende las montañas, y la noche desaparece bajo los pájaros que despiertan. Poco después el sendero entra en una selva nubosa, insospechada, con árboles centenarios, lianas y helechos gigantescos. Tomás, quien seguramente sube al volcán una vez por día, corretea arriba y abajo y se balancea colgado de las lianas; los guiados admiran y envidian un poco. Finalmente, la selva y los caminantes entran en una nube, y ya no se ve mucho más allá de tres metros. La vegetación se torna menos exuberante, similar a la tundra, y hay un viento helado. “Ya llegamos”, dice Tomás despreocupado y se sienta en una piedra a comer sus tortillas; si hoy se nubló, mala suerte, él no se pierde de nada. Los viajeros, un poco decepcionados, se sientan a comer algo sobre una saliente rocosa que tiene aspecto de mirador, aunque lo único que se ve por delante y abajo es una nada blanca moviéndose a gran velocidad. Pero mientras hay viento hay esperanza. Sorpresivamente, un manchón azul, verde, dorado; fue muy rápido pero dejó entrever la maravilla; los viajeros se congregan en la piedra y poco a poco el viento desgarra la nube, que ya no es una sino muchas nubes, se deshilachan, se disgregan y finalmente se esfuman: el lago entero de un azul zafiro se muestra bajo el sol, rodeado por las montañas cubiertas de vegetación; muy cerca, casi a mano, los picos de los otros volcanes del lago, el Tolimán (3133 m) y el Atitlán (3500 m); más allá, detrás de las nubes, volcanes de nombres desconocidos.

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El atardecer tiñe de color azafrán el cielo y el agua del lago de Atitlán.
 
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