turismo

Domingo, 8 de junio de 2014

BUENOS AIRES. CHASCOMúS, AGUA E HISTORIA

Ahicito nomás

Es un clásico del miniturismo durante todo el año, o cuando se va y viene de la Costa Atlántica por la Ruta 2: Chascomús, que nació “allá lejos y hace tiempo” en la línea de fortines, hoy invita a un fin de semana de descanso, comida de campo, pesca en la laguna y paseos históricos.

 Por Graciela Cutuli

Fotos: Chascomús Turismo

No hace falta andar muchos kilómetros para descubrir que la paz puede estar cerca. Apenas 120 separan Chascomús de Buenos Aires, por una de las rutas más clásicas de la familia argentina: la Autovía 2, que desemboca en aquella Mar del Plata de veraneos míticos a largo de todo un siglo, tan cambiantes –pero también tan fieles– como la propia historia social del siglo XX. Sin embargo, bastante antes de llegar a la costa marítima están las costas del sistema de lagunas encadenadas para disfrutar algo de verde y naturaleza siempre a mano: entre ellas la de Chascomús, una de las viejas conocidas de los pescadores, junto a Vitel, Chis Chis y La Adela.

La Capilla de los Negros, cerca de la laguna y el casco histórico, testimonio de la herencia africana.

PAMPA Y FORTINES Hoy la principal frontera que hay por aquí es virtual y es la que separa la autopista de los campos, lagunas y pueblos linderos. Pero cuando se fundó Chascomús –allá por 1779, cuando el propio Virreinato del Río de la Plata aún estaba en pañales– la frontera era otra, la que oponía a los colonos españoles con los pueblos nativos de la Pampa. Los nuevos ocupantes buscan, en particular, ocupar con sus haciendas las tierras de los pueblos nativos y lograr algo más de protección: así fue que el 30 de mayo de 1779 se fundó el fortín San Juan Bautista, germen de la futura Chascomús. Con el tiempo –mucho tiempo– se instaló la pulpería de don Fermín Rodríguez y se estableció también un puñado de familias gallegas que conformaron el núcleo primitivo del pueblo.

Pasados 235 años, el viejo fuerte es una ciudad de 40.000 habitantes con un casco histórico construido en torno de la fundacional Plaza Independencia. Todos los sábados y domingos, en dos horarios, un servicio guiado gratuito de la Secretaría de Turismo acompaña el paseo por la parte vieja de la ciudad. La Casa del Casco es una de las casas más conocidas, una construcción típicamente colonial, de fachada blanca sobre dos pisos, situada frente a la plaza y con un historia singular. Se cuenta que fue construida en 1831, dos años después de que un malón se llevara a uno de los 16 hijos de Vicente Casco y su esposa Francisca: así el hombre, uno de los que acompañó el levantamiento de los Libres del Sur (que tuvo episodios clave también en la cercana Dolores), decidió levantar una casa diferente de las otras de su tiempo, con dos pisos y una escalera desmontable que impediría a cualquier extraño subir o bajar. La suerte, sin embargo, volvió a serle esquiva, porque Casco fue juzgado y fusilado en 1840 por traición a la patria. Con el tiempo su casa –por donde pasaron muchas personalidades, y que por un tiempo fue escenario también de la filmación de Camila, la película de María Luisa Bemberg– pasó a la municipalidad local, que allí estableció la sede del Archivo Histórico de Chascomús.

Siempre en el casco histórico están la Catedral, de 1832, coronada por dos torres blancas, y el Teatro Brazzola, que data de principios del siglo XX pero se convirtió en espacio cultural a mediados de los años ‘60. En una esquina de la plaza hay también una casa que es alto obligado de todo recién llegado, porque allí vivió el ex presidente Raúl Alfonsín, oriundo de Chascomús y siempre vinculado a su ciudad natal. La casa, que continúa el estilo colonial propio de estas calles, está en la esquina de Mitre y Cramer, frente al Concejo Deliberante local, precisamente donde comenzó Alfonsín su carrera política.

A pocas cuadras hay otro lugar curioso, que no hay que dejar de visitar durante el paseo por Chascomús: se trata de la Capilla de los Negros, fundada (no donde está ahora sino en el antiguo Barrio del Tambor, cerca del casco histórico) por la comunidad africana local, establecida en estas pampas el siglo XVIII. Sencilla pero expresiva, la capillita tiene techo de zinc, piso de barro cocido y una decoración que combina San Cayetano con el Gauchito Gil, pasando por San Martín –el prócer, no el santo– e iconos de la comunidad negra.

Antes o después, el complejo La Botica invita a probar los platos de El viejo Vizcacha o a visitar La Usina Cultura de la planta alta, donde se organizan actividades artísticas, exposiciones y obras de teatro. Y quien quiera llevarse un recuerdo único bien podría hacerlo en la galería de arte Viejas costumbres, que organiza muestras de artistas locales y completa la vida cultural local.

Además de la tradicional pesca, la laguna es ideal para deportes como el kitesurf.

LA HORA DE LA LAGUNA Pero quien dice Chascomús dice campo y dice agua. Porque no hay lugar más clásico para un atardecer tranquilo, mate en mano, que las orillas de su laguna, que convocan no solamente a los pescadores sino también a quienes prefieren recorrer la zona a caballo o en bicicleta. No hay época del año que no se preste para la visita, porque incluso en invierno le ponen calor a la temporada varias actividades de pedestrismo y duatlones. Si lo que atrae, en cambio, es el aire, la opción es sumarse a un vuelo de bautismo en el aeroclub local, o bien animarse al paracaidismo.

En la laguna se pueden alquilar botes –en esta temporada el pejerrey convoca e invita a desafiar el frío– o bien tomar un paseo de una hora en el barco Elisa Madre, que parte del espigón municipal. Para los más experimentados en eso de unir navegación y viento, hay competencias de vela y kitesurf que aprovechan a fondo las posibilidades de las 3000 hectáreas de la laguna. Recientemente se inauguraron dos nuevos paradores sobre la laguna, que incluyen servicio de cafetería y actividades recreativas (una de ellas es la sucursal del conocido Minotauro que da sobre la Ruta 2).

Además, Chascomús está en proceso de recuperación de un edificio emblemático, el Castillo de la Amistad, situado sobre la circunvalación de la laguna y con una larga y curiosa historia que arranca en 1946. Ese año un grupo de amigos decidió establecer el “Reino de la Amistad”, al mando de Manuel I, Rey de Copas, significativo nombre sobre las intenciones del grupo. Con el tiempo varias de las “autoridades” del Reino –donde “estaba prohibido tomar leche”– impulsaron la construcción del castillo, con su torre y almenas como Edad Media manda. La idea es que el complejo se complete con cabañas en estilo medieval, servicios de bar y restaurante, y la conexión del castillo directamente con la laguna. Un motivo más para no dejar pasar más tiempo y volver a darse una vuelta por el lugar, combinando historia, descanso y deportes “ahicito nomás”.

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La Catedral y la Plaza Independencia, en el núcleo fundacional de la ciudad.
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