turismo

Domingo, 8 de junio de 2014

ESTADOS UNIDOS. DE PUNTA A PUNTA SOBRE RIELES

El tren del Far West

Crónica de un viaje a través de Estados Unidos a bordo del California Zephyr, por una de las rutas ferroviarias más bellas de Norteamérica. A lo largo de casi 4000 kilómetros este fabuloso tren atraviesa, en poco más de 51 horas, los estados de Illinois, Iowa, Nebraska, Colorado, Utah, Nevada y California.

 Por Mariana Lafont

Fotos de Mariana Lafont

Los viajes en tren han sido, desde siempre, una bella y romántica experiencia. Viajar en ferrocarril permite atravesar vastos territorios a la velocidad del paisaje, haciendo paradas y conociendo geografías por tierra a través de la ventanilla. Cuando se elige viajar en tren no apremia el apuro y el viaje en sí importa más que el destino final. Por ello existen los llamados “trenes escénicos”, que en su recorrido atraviesan atractivos turísticos y bellos paisajes. Tal es el caso del California Zephyr, una experiencia fascinante para amantes de los rieles y viajeros sin prisa, dispuestos a pasar dos días a bordo de un tren.

De visita en Estados Unidos, casi todo el mundo va en avión de un punto a otro de este enorme país. Pero para explorar un territorio y conocer a fondo su geografía el tren es ideal. Además durante el viaje se conoce a otros pasajeros, gente interesante que va desde amantes del tren a personas temerosas que nunca viajaron en avión y prefieren seguir con los pies en la tierra. Pero lo mejor es no tener que padecer la “psicosis de seguridad” de los aeropuertos, tan común en la actualidad. Realmente parece increíble subir a un medio de transporte de larga distancia sin que nadie nos registre.

La Union Station de Denver, punto de partida de esta travesía, se levantó en 1881.

DENVER Union Station es una hermosa y antigua estación de 1881 que en 1894 fue reconstruida a raíz de un incendio. Sus techos son elevados y en el amplio hall central hay añejos asientos de madera con altos respaldos, ideales para descansar mientras se espera la llegada del tren.

El guarda me pidió que fuera al andén, y mientras me ayudaba con el equipaje noté que éramos pocos pasajeros: además, el tren no había llegado de Chicago sino que partía de Denver. Aquella vez habían cancelado el servicio por grandes inundaciones en Iowa. Y eso no era todo, además el California Zephyr desviaría su recorrido, no iría por las Rocallosas sino por Wyoming, ya que estaban arreglando vías en las montañas. Mi primera reacción fue una gran decepción. No podía creer que justo pasaba todo esto el día en que yo viajaba. Y no era la única desilusionada; otros pasajeros habían venido especialmente desde varios puntos del país para hacer este viaje y ver las Rocallosas en todo su esplendor. Pero no se podía hacer nada, de modo que me relajé y pensé que las cosas por algo suceden, y que en una travesía diferente seguramente algo interesante vería. Mientras pensaba en esto, arrancó el tren cuando eran las ocho y media de la mañana.

En el recorrido habitual, el Zephyr asciende a 2816 msnm y atraviesa entonces la Divisoria Continental de Aguas a través del túnel Moffat. Al salir, los pasajeros pueden divisar el centro invernal Winter Park y la pequeña localidad de Granby, puerta de entrada al Parque Nacional de las Montañas Rocallosas. A partir de allí nace el curso fluvial del Colorado, que nace al pie de este emblemático cordón montañoso y recorre más de 2300 kilómetros hasta desembocar finalmente en el Golfo de California. El tren acompaña el recorrido del Colorado durante 380 kilómetros. Según contaban unos pasajeros, es habitual que en algunas secciones del río haya gente practicando rafting que, cuando se acerca el tren, se bajan los pantalones y muestran el trasero, generando más de una sorpresa y carcajada ante semejante saludo. En ese tramo se ve cómo el curso de agua –inicialmente angosto– se transforma poco a poco en un ancho río luego de pasar por los cañones Glenwood y Grand Junction. Probablemente, una de las mejores etapas del trayecto ferroviario es la sucesión de los cañones Byers, Gore, Red, Glenwood, De Beque y Ruby. Al llegar al Cañón Ruby estamos a las puertas de un cambio sobre rieles en esta magnífica constelación de paisajes: el tren se despide del río Colorado, entra a Utah y continúa hacia el oeste a través del desierto. Una vez más la formación trepa hasta la cima de las montañas Wasatch, que se encuentra a 2268 msnm, para luego descender y llegar a Provo y Salt Lake City, capital del estado, fundado por los mormones en 1847.

El vagón panorámico, ideal para reunirse con otros pasajeros y ver correr el paisaje.

OTRA RUTA A BORDO En el viaje atípico que me tocó vivir en aquella oportunidad, varios de los viajeros nos acomodamos en el coche mirador –que ostentaba ventanales hasta el techo– para disfrutar del paisaje. Al dejar atrás Denver ingresamos esta vez en una verde y extensa planicie colmada de venados, con las Rocallosas a la izquierda.

La formación tomó rumbo noroeste e ingresó en un nuevo estado, el de Wyoming, ubicado sobre un relieve diferente, el de una inmensa y alta meseta. Inmediatamente todo cambió a nuestro alrededor y la aridez dominó el panorama a lo largo de varias horas. La monotonía circundante sólo fue interrumpida por algunos búfalos y antílopes que se veían pastando en los campos, ajenos al paso del tren y sus curiosos pasajeros. Pruebas a la vista: no cabía duda de que estábamos atravesando el estado más despoblado de Estados Unidos.

A la hora del almuerzo me dirigí al coche comedor y comprobé que al menos algunos de los pasajeros aún estaban desilusionados. Afortunadamente algunos camareros hacían bromas y sacaban sonrisas para compensar la expectativa frustrada. Como el caso de aquel que se hacía llamar “Mr. B” y que, con voz seria y profunda, decía: “Atención por favor, miren hacia su izquierda e imaginen el hermoso río Colorado corriendo a través de las Montañas Rocallosas” (con bastante imaginación sin duda, ya que no había en verdad nada más que una plana y desértica llanura). Luego pasamos entre medio de dos interminables trenes de carga –sólo dos de los muchos que pasaríamos durante todo el viaje– y Mr. B volvió a invitar a la imaginación: “Ahora estamos atravesando el Gran Cañón”.

La primera parada donde pudimos bajar fue Green River, porque había que esperar a operarios que debían sumarse al tren. En medio de un seco e intenso calor aproveché para acercarme a la locomotora, luego caminé hasta el último coche y le pedí a un pasajero que me sacara una foto posando junto al legendario tren. Enseguida nos pusimos a hablar y gracias a él mi impresión del viaje cambió totalmente. Mark resultó ser un apasionado de la historia, que sabía con antelación del cambio de recorrido y había viajado expresamente para hacer el tramo Denver-Salt Lake City a través de Wyoming. Así me enteré de que este recorrido era sumamente importante desde un punto de vista histórico y que muy pocas veces al año se hacía para pasajeros. Este historiador avezado me explicó que estábamos viajando por el trazado del primer ferrocarril transcontinental, es decir, la primera línea que unió antiguamente el este y el oeste de Estados Unidos yendo de la ciudad de Omaha (en el este, en el estado de Nebraska) a Sacramento (en el oeste, California).

Este tren –probablemente la mayor proeza tecnológica estadounidense del siglo XIX– representó un cambio revolucionario en el Viejo Oeste y su construcción requirió enormes hazañas de ingeniería. Las compañías involucradas en ese entonces fueron la Union Pacific y la Central Pacific. Fue una empresa titánica, luchando contra numerosas adversidades, en la que trabajaron miles de inmigrantes, sobre todo chinos. Al llegar a la Sierra Nevada las obras se complicaron y fue necesario construir una serie de túneles, lo cual dilató aún más la tarea. Por su parte, la Union Pacific avanzó más rápido por las llanuras, pero al entrar en territorio indio también comenzó a sufrir retrasos. Los habitantes nativos veían en el ferrocarril una violación de sus tratados con Estados Unidos, y querían impedir, lo que sería en realidad el inevitable avance del “caballo de hierro”, el nombre –hoy romántico– que le daban al tren.

De bosques a desiertos, el Zephyr atraviesa Estados Unidos de costa a costa.

DESTINO OESTE Las horas volaron y el avance firme del tren nos hizo entrar de a poco en el rojizo estado de Utah. Al pasar Echo Canyon descendimos esta vez hasta ver las Montañas Wasatch (que funcionan como uno de los límites naturales del Valle de Salt Lake) y luego Weber Canyon, con una espléndida vista del río del mismo nombre. Finalmente entramos en el valle y cuna de los mormones.

La ventaja de ir por Wyoming y sus terrenos tan planos fue una aceleración en el trayecto total, ya que hizo que el tren fuera más rápido y llegara tres horas antes de lo planeado, es decir, un tiempo más que suficiente para hacer una breve visita a la ciudad (otra ventaja de no tener traslados desde y hacia alejados aeropuertos). Pasadas las 23 horas, el California Zephyr se puso en movimiento nuevamente y atravesó el extenso puente que cruza el inmenso lago salado. Mientras todo el pasaje dormía, la formación entró al desierto de Nevada, donde permaneció hasta la mañana siguiente. Al despertar, no había muchos incentivos: el tren estaba parado en Winnemucca y, si bien ya era de día, el paisaje se mostraba monótono con su vegetación rala, tierra seca y árida. Y todos seguimos durmiendo.

No sería siempre así: al pasar Reno, frontera con California, todo cambió casi en instantes y el verde pasó a dominar la escena. Al ingresar a Sierra Nevada, miles de pinos invadieron las laderas a nuestros costados, mientras algunos manchones de nieve coronaban las montañas. Una sucesión de curvas y túneles nos entretendría por largo rato, con excelentes vistas del tren y la locomotora, que resultaron ideales para fotografías de la mítica formación. Llegamos al Blue Canyon y luego al río Truckee, donde se podía ver la ruta interestatal 80, hasta que por último apareció un hermoso espejo de aguas azules, el lago Donner.

El paisaje permaneció así de bonito hasta el Valle de Sacramento, la parte norte del Valle Central de California. En este valle, que alcanza los 600 kilómetros de largo, se realiza la mayor parte de la agricultura del estado, donde hay regiones que algunos llaman “la ensaladera de Estados Unidos” por su producción. Apenas dejamos la estación de Sacramento cruzamos el puente que atraviesa el impresionante río que da nombre a la capital de California. Al llegar a la bahía de Suisun (se trata del brazo norte de la bahía de San Francisco, donde desembocan el Sacramento y el río San Joaquín) nos llamó la atención la vista de viejos barcos abandonados de la Segunda Guerra Mundial. Continuamos viaje por el estrecho de Carquinez hasta la penúltima estación, Martínez, ubicada en el extremo sur del estrecho. La ansiedad era innegable, después de tantas horas de viaje, pero a su vez la intrincada y bella geografía de las bahías y el mar era un espectáculo digno de disfrutar. El último tramo lo hicimos paralelos al mar, en medio de una neblina que le daba cierto halo de misterio a la multiforme, fascinante, ciudad de San Francisco. Y cuando estábamos vislumbrando las siluetas de los puentes colgantes el tren frenó en Emeryville, un suburbio de Oakland que le puso el punto final a un gran recorrido por el vasto territorio de Estados Unidos.

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En invierno la nieve añade encanto a los variados paisajes que atraviesa el tren.
Imagen: Gentileza Alex Mayes/Amtrak
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