turismo

Domingo, 21 de diciembre de 2014

CHACO. EL PARQUE NACIONAL CHACO

Pequeño gran parque

Viaje al corazón del Chaco Húmedo, un sitio de biodiversidad apabullante, paraíso de ornitólogos y amantes de la naturaleza en estado salvaje. Paseo por los senderos de un parque nacional que transformó la vida de los pobladores y de la región.

 Por Guido Piotrkowski

Fotos de Guido Piotrkowski

Del monte a la sabana de palmeras. De los esteros y lagunas a los bosques de quebracho, esos árboles de gran fortaleza que alguna vez estuvieron en peligro de extinción y fueron la razón de ser del Parque Nacional Chaco, uno de los más antiguos del país. Creado en 1954 en la zona del Chaco Húmedo, con el objetivo de proteger el bosque de las especies colorado y blanco, el parque chaqueño es uno de los más diversos del país a pesar de tener sólo 15 mil hectáreas.

“Después de la selva de Misiones y las yungas, sigue el Chaco. Es una de las regiones más biodiversas de la Argentina”, afirma Leo Jubert, guardaparques e hijo de guardaparques. Jubert sabe de qué habla. Nacido y criado en zonas protegidas, trabajó en todos los parques de nuestro Litoral. “Antes había una estación experimental para el estudio de las especies forestales –continúa–. Se dice que hubo una exposición en La Rural, llevaron un rollizo de quebracho y se lo mostraron a Perón. Le dijeron que tenía que crear el parque y así fue.”

El Parque Nacional Chaco protege el quebracho colorado y el blanco.

NUEVOS PARADIGMAS Es mediodía y nos reciben con tremendo asado en el quincho. El encargado del agasajo es el intendente del parque, Sergio Arias Valdecantos, quien, entre chori, vacío y tira, resalta y destaca no sólo la importancia del área para proteger flora y fauna autóctonas, sino también la relevancia que tiene, desde hace unos años, para el factor humano.

El portal de entrada al parque es la localidad de Capitán Solari, un pueblito de 1500 habitantes a 120 kilómetros de Resistencia. El año pasado se abrió allí una oficina de informes. “Desde que se abrió la oficina, Capitán Solari dejó de ser de paso. Hace un año no teníamos ni un restaurante. Y entonces la preceptora de la escuela dijo: ‘Yo voy hacer el esfuerzo y voy a invertir’. Alquiló un lugarcito y ahí está.” Ella es la encargada del asado que ahora disfrutamos.

“Ese es el eje nuevo de parques –sigue Valdecantos–. La actividad empezó a ser valorada por lo que genera, y no sólo por un trabajo, sino por el orgullo de ser habitante de acá. El concepto del parque evolucionó. Es bueno rescatar otra mirada que se tiene de los parques.” Valdecantos se enorgullece hablando de estos logros colectivos. Explica que la gente está aprendiendo otros oficios, que en general eran cosecheros de algodón, pero en estos tiempos se les abren otras posibilidades. “Uno de los guardaparques era cazador furtivo. Iba descalzo caminando por el medio del campo, no tenía ni para los zapatos y no tenía luz. En cambio, el otro día se quedaron sin luz, y sus hijos no sabían qué hacer. Hoy es guardaparques baqueano y los chicos van a la escuela. El parque está generando ingresos genuinos a gente de afuera.”

El Parque Nacional Chaco recibe unos 7000 visitantes al año, casi nada comparado con Iguazú. Por eso se pensó una estrategia en común para captar una parte de aquellos visitantes. Junto a otros parques de la zona, como el Pilcomayo en Formosa y el Mburucuyá en Corrientes, se armó un folleto regional que se distribuye en Cataratas, desde donde invitan a recorrerlos. Una buena alternativa para quien viaja en auto, ya que desde allí son unos setecientos kilómetros.

“Algunos de los visitantes son extranjeros y llegan en motorhome –señala Valdecantos–. Muchos viajeros vienen en carpa y quieren despertarse y ver a los monos carayá ahí arriba de los árboles, quieren que los zorros les roben las zapatillas.”

Mirador hacia una impresionante biodiversidad, sobre todo las más de 350 especies de aves.

FLORA Y FAUNA Luego del suculento almuerzo, nos aprestamos a recorrer algunos de los rincones. Pegadito al área operativa está el Sendero Peatonal del río Negro, un recorrido de 2,5 kilómetros de largo con un puente colgante. Por ahí se pueden ver los monos carayá, el emblema del parque, que en primavera devoran las hojas de los lapachos en flor. También, con un poco de suerte y afinando el oído, se pueden avistar tucanes en la copa de los árboles. Por aquí, además del quebracho, crecen el algarrobo, el guayacán, la palmera caranday, varias especies de cactos y bromelias.

La fauna de aquí es, como el mismo sitio, bien diversa. Se adivina la presencia del puma, del oso hormiguero, del aguará guazú, del tapir o del chancho moro, porque dejan rastros por todas partes, aunque son difíciles de ver. Otros, como el yacaré overo o el carpincho, son más fáciles de encontrar, en los esteros y lagunas. Pero el dato que sobresale, e impresiona, es la enorme cantidad de aves. “Hay 350 especies, más de la cuarta parte de lo que hay en todo el país”, asegura Jubert. El paraíso de los ornitólogos.

Guardaparques, responsables del cuidado de las 15 mil hectáreas del parque nacional.

LAGUNA Y PALMERAL Con Jubert al volante de una de las camionetas de Parques Nacionales, vamos primero hacia la laguna Panza de Cabra, a unos once kilómetros de la zona de acampe. En el camino hay varias cactáceas en flor. Hay tunas y ucles. Y hay, sobre todo, un quebrachal que se eleva al lado del camino, dejando entrar unos pocos rayos de luz, que ahora se cuela oblicua en este bosque con algo de la Patagonia y reminiscencias de un guión de Tim Burton. “Esta es la joya del parque”, dice Jubert, y nos detenemos entonces a contemplarlo por unos instantes.

La laguna Panza de Cabra es un claro que se abre en el monte. Parece un sitio ideal para refrescarse, pero no está habilitado para bañarse. “Siempre fue un lugar muy visitado por la gente de los alrededores –indica Jubert–. Esta era una zona poblada, pero cuando se creó el parque la mayoría se fue y quedaron unas pocas familias.”

Tres familias viven aquí desde antes de la formación del parque. Tienen unas doscientas hectáreas asignadas y “permiso precario” de pastaje para hacer uso de las tierras con ciertas regulaciones, manteniendo así una actividad tradicional como el ganado vacuno. “Tienen su casa y sus animales de granja. Viven como en cualquier otro lugar, pero regulado por la zonas de parques –explica Jubert–. Cada poblador es titular de un permiso, si sus hijos viven en el lugar y siguen haciendo uso efectivo de la tierra, se les renueva.”

De ahí vamos al palmeral, que se abre paso más allá del monte como una sabana infinita plagada de palmeras caranday. Aquí hay unos miradores ideales para apostarse con los binoculares y sorprenderse con la apabullante cantidad de aves. Pasa una garza, blanca, estilizada, que se recorta en un cielo diáfano. Otras cientos se escuchan pero no se ven a esta hora. Es que aún no atardece, la hora indicada, junto con el amanecer, para la observación. La luna llena se alza detrás del monte.

Valdecantos, el intendente, sube al mirador. Binoculares en mano, observa. Se ve que disfruta de su lugar de trabajo e infla el pecho cuando habla del parque, de los avances, de la belleza indómita que lo caracteriza. “Acá hay más aves que en toda Europa. Las más emblemáticas son el carpintero, el tucán, el loro hablador, la cotorra, la garza, la cigüeña y el jabirú. Al que le gustan las aves hace la diferencia. Es una linda variedad.”

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Un tucán sobrevuela la densa vegetación chaqueña junto a la luna inmensa del atardecer.
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