turismo

Domingo, 21 de junio de 2015

CHILE. LA CASA SANTIAGUINA DE NERUDA

El poeta y La Chascona

En el bohemio barrio de Bellavista, una casa de frente azul como el mar revive el fascinante mundo del poeta chileno Pablo Neruda. Un mundo hecho de iconografía oceánica y recuerdos de infancia, de amores ocultos y de raros objetos reunidos en viajes alrededor del mundo.

 Por Graciela Cutuli

Fotos de Graciela Cutuli

Al pie del San Cristóbal –uno de los dos cerros que, junto al Santa Lucía, dominan el relieve santiaguino– la discreción del pasaje Fernando Márquez de la Plata se ve interrumpida por una casa de frente azul cuyo cartel de hierro forjado blanco reza “La Chascona”. Con ese término se llama en Chile a las mujeres de pelo revuelto y despeinado: como Matilde Urrutia, la última compañera del poeta Pablo Neruda, que acompañó al marinero en tierra hasta sus últimos años y su muerte, en el oscuro 1973. La Chascona, entonces, ya no es cualquier mujer de pelo despeinado: es ella, Matilde, la de leonina cabellera, y por extensión también su casa.

Una casa de escaleras angostas y empinadas, techos con los que se choca fácilmente, desniveles raros, ventanas pequeñas como ojos de buey y barandas de metal dignas de una cubierta, pero que no dan al mar sino a los jardines de Matilde, que reinventan el mar en la ciudad. Una suerte de casa barco, acorde con la pasión marinera del poeta. Este lugar, al que hoy se acercan en peregrinación los admiradores de Neruda, es un milagro de reconstrucción, ya que fue incendiado e inundado durante el golpe militar de 1973: no en vano escribía Matilde en sus memorias, publicadas muchos años más tarde, que “no ha sido fácil recomenzar mi vida en esta casa. Necesito de todo mi valor para soportarlo. Esta casa me duele. Por todas partes surge el recuerdo de Pablo, nuestras risas, siempre el bullicio y la alegría. Es como una casa siempre iluminada que se hubiera ensombrecido”.

EL MUNDO DEL POETA Se cuenta que a Neruda no le importó el consejo de los arquitectos, y quiso que su casa en Santiago estuviera orientada hacia la Cordillera de los Andes y no hacia la ciudad. Tampoco tuvo en cuenta o consideró como problema que la casa tuviera más de diez escaleras, por los obligados desniveles de su ubicación al borde del cerro San Cristóbal.

A la hora en que los visitantes se reúnen en la puerta para esperar la apertura de la casa, Bellavista todavía es un barrio silencioso en plenos preparativos de una animación que no se revela en sus numerosos bares y restaurantes hasta después del atardecer. Antiguamente conocido como La Chimba, en tiempos coloniales, se unió al resto de la ciudad cuando se construyó el puente de Cal y Canto: y si en sus comienzos fue un barrio sobre todo aristocrático, con el tiempo se impusieron la bohemia y el arte, que se vuelven tangibles en sus bares y centros culturales. Y sobre todo, en la emblemática Chascona que los admiradores de Neruda en cualquier idioma buscan conocer para descifrar junto con su trazado arquitectónico el universo del poeta.

Algunas claves puede ofrecer seguramente la propia casa, construida casi como un laberinto donde cada uno puede recrear la vida y la obra de Pablo Neruda a partir de cada objeto expuesto. La visita a La Chascona es autoguiada, con una audioguía que va indicando el itinerario y relatando las muchas curiosidades, secretos y las anécdotas que inevitablemente impregnan todo lo relacionado con Neruda. Como su infancia en Temuco, allá en el extremo sur chileno, una infancia llena de árboles y pájaros, acompañada por la revelación de la poesía y el conocimiento de la poetisa Gabriela Mistral. Fueron los años en que Ricardo Eliezer Neftalí Reyes se transforma en Pablo Neruda, el nombre de pila buscado por amor al sonido de la palabra y el apellido querido como homenaje al poeta checo Jan Neruda. Esa infancia hecha de naturaleza asoma de algún modo en el tronco incrustado en el comedor, en toda la madera que reviste la casa, hasta en ese armario sorpresa donde con picardía pueril el escritor se escondía para sorprender en plena cena a los amigos ya hechos a sus excentricidades.

POESIA AYER, POESIA HOY La Chascona funciona hoy como museo pero también como un centro cultural gestionado por la Fundación Pablo Neruda. En el nutrido calendario de actividades se destacan los Jueves de la Chascona, que se organiza el primer jueves de cada mes con las nuevas generaciones de poetas y artistas chilenos y latinoamericanos. El objetivo es cumplir de algún modo el mandato de Neruda de difundir su obra, a la vez que se apoya la creación artística y literaria de una nueva generación de poetas. La cita es en el Espacio Estravagario, una sala multimedia que funciona como un espacio de encuentro entre el público y la comunidad artística.

Mientras tanto en el interior de La Chascona, a través de las ventanas, la luz ilumina las colecciones de botellas de formas caprichosas, los dibujos del poeta firmados por artistas amigos, las lámparas marineras y la multitud de objetos inspirados en el mar. Hay que subir una pequeña escalera para llegar al dormitorio –una cama austeramente cubierta por un acolchado que contrasta con el laberinto de objetos que la rodea–, pero tal vez uno de los objetos más interesantes está en la sala inferior: es el retrato de Matilde, La Chascona, pintado por Diego Rivera. La cabellera revuelta se convierte en una Medusa, pero en la silueta irregular del pelo castaño se advierte, como en un trompe l’oeil, el perfil de Pablo Neruda.

Que así se definía, en su autorretrato: “Por mi parte, soy o creo ser duro de nariz,/ mínimo de ojos, escaso de pelos en la cabeza,/ creciente de abdomen, largo de piernas,/ancho de suelos, amarillo de tez, generoso/ de amores, imposible de cálculos, confuso/de palabras, tierno de manos, lento de andar,/inoxidable de corazón, aficionado a las/ estrellas, mareas, maremotos, admirador de/ escarabajos, caminante de arenas, torpe de/ instituciones, chileno a perpetuidad...”.

Un perfil oculto, como escondido estaba el amor del poeta por la joven chilena durante los últimos años de su matrimonio con la argentina Delia del Carril. La misma que lo había ayudado a elegir su casa-mito: Isla Negra, al borde del Pacífico, aquella que junto con la Sebastiana –en Valparaíso– completa el imaginario arquitectónico-marinero de Neruda en su Chile natal.

La imagen del poeta Neruda aparece también en los murales de los alrededores de la casa-barco.

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El frente azul de La Chascona y su cartel blanco, distintivos en el barrio de Bellavista.
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