turismo

Domingo, 28 de junio de 2015

CHACO EL FOGóN DE LOS ARRIEROS EN RESISTENCIA

La casa de los locos

En la capital chaqueña hay 608 esculturas y murales callejeros creados a partir de una idea surgida en El Fogón de los Arrieros, por donde pasaron artistas como Pettoruti, Soldi, Fontana, Castagnino, Urruchúa y Juan de Dios Mena, cuyas obras se exhiben en este vanguardista edificio con murales y jardines con esculturas.

 Por Julián Varsavsky

Que en la pueblerina Resistencia con calles de tierra a comienzos de los ’50 un grupo de artistas introdujera el cubismo y la abstracción artística –y además los instalara en la calle– convertía a quienes se congregaban en el Fogón de los Arrieros en “locos de remate” frente al imperante tradicionalismo. Lo extraño es que con un fino trabajo de varias décadas, orientado a sacar el arte moderno a la vía pública, esos persistentes hombres y mujeres dejaron de ser considerados “locos”: o en todo caso la locura se hizo popular, el estado natural de la mayoría.

Aquel vanguardismo que parecía fuera de lugar se tradujo en 608 esculturas y murales callejeros de gran valor artístico y en una bienal escultórica –donde la abstracción es regla– de cuya jornada final participan 70.000 personas, muchísimo más que el clásico futbolero más popular de la ciudad. El Fogón de los Arrieros, con sus 72 años de historia, sigue muy activo, congregando nuevos “locos” con actividades culturales y una muestra de grandes muralistas, pintores y escultores argentinos y extranjeros de mediados del siglo XX. Su presidente, Marcelo Gustin, dice que el lugar no es un museo aunque lo parezca: “Carece de un guión, una cronología o un ordenamiento, pero hay obras de Gino Severini, Raúl Soldi, Emilio Pettoruti, una serigrafía firmada por Marc Chagall dedicada al Fogón, Juan Carlos Castagnino, Lino Spilimbergo, Leopoldo Presas, Lucio Fontana y grabados de Audivert mezclados en las paredes. Es decir que los grandes de los ’50 y ’60 están casi todos. Entre las obras mayores tenemos el mural de Demetrio Urruchúa llamado Encuentro de culturas, el cuadro La Dama del sombrero, de Raúl Soldi, y una obra en madera de Stefan Ersia, máximo exponente de la escultura rusa, quien estuvo aquí. Pero quizá la colección más importante sea la de tallas en madera de Juan de Dios Mena”, cuenta Gustin sobre aquel escultor inspirado en la imaginería popular que retrataba personajes de la vida diaria del Chaco. Entre los murales interiores también hay obras de Marchese y Monségur. Mientras tanto las paredes, escaleras y puertas están pintadas con obras de Capristo, Jonquíères, Gorrochategui, Líbero Badii, Bonome, Fernández Navarro y Brascó. En el frente del edificio hay un gran mural de venecitas por Julio Vanzo, llamado Mano abierta de la amistad.

HISTORIA DE LA LOCURA Aldo Boglietti fue un santafesino que en 1943 llegó a vender latas de tomate a Resistencia y terminó siendo representante de Aerolíneas Argentinas. Pero sus verdaderas pasiones eran el arte y el don de la charla. No fue artista ni tuvo estudios formales en el tema, a diferencia de su compañera chaqueña Hilda Torres Varela, doctorada en Letras por La Sorbona, quien acercó a Boglietti a las vanguardias y fue otro pilar del Fogón de los Arrieros, en un principio en la casa chorizo donde vivía Aldo y recibían a amigos, artistas e intelectuales en tertulias convocadas por un cartel: “Hoy martes, café y entrada gratis”.

Los otros pilares del Fogón fueron Efraín Boglietti –hermano de Aldo– y Juan de Dios Mena, llegado al Chaco como peón de campo, quien se instaló a vivir en la casa de Boglietti en 1944. El nombre elegido fue porque un fogón es un lugar convocante y los arrieros son hombres que están de paso y se van. La idea era que los amigos vinieran, dejaran su arte y siguieran viaje. Un lema que se lee en las paredes del fogón dice “desensille, haga noche pero no se aquerencie”. No fue el caso de Mena, quien se aquerenció una década en la casa, ejerciendo su arte de escultor en madera de curupí con un cortaplumas, de la cual salían cuerpos con rasgos gauchescos.

EL ARTE PARA TODOS Podría decirse que la filosofía principal del Fogón era una especie de antielitismo que planteaba la necesidad de que “el hombre de la calle aliviase su rutina entre obras hermosas, jardines y esculturas”, impulsando entonces la creación artística y su exhibición callejera. Boglietti buscaba combatir la apatía de la gente y cierto provincialismo desmovilizador que relacionaba con el “crisol de razas” de la inmigración. El veía una falta de sentido de pertenencia que se podría contrarrestar comprometiendo a las personas a hacer algo por la ciudad, embelleciéndola desde el punto de vista del arte: que cada quien pinte o haga pintar un mural en el frente de su casa o instale una escultura. Y para concretarlo comenzó regalando algunas de las obras del Fogón a aquellos dispuestos a instalarlas y cuidarlas frente a su casa. De hecho las primeras en salir fueron en la vereda de la sede misma del Fogón. Luego hizo acuerdos con empresas constructoras, que aportaban el dinero para los materiales y Boglietti conseguía quien las creara: después la empresa la instalaba en la vereda. Para ello creó una comisión destinada a la promoción artística que convirtiera a la ciudad en un museo al aire libre.

Mural de Demetrio Urruchúa, llamado Encuentro de culturas, una de las obras mayores del Fogón. Imagen: Julián Varsavsky

EL NUEVO EDIFICIO En 1955 Boglietti y su mujer le encargaron una casa más grande al arquitecto Humberto Mascheroni, quien inspirado en el modernismo lecorbusiano creó un vanguardista edificio de dos pisos sin columnas y frente vidriado, donde comienzan a borrarse los límites visuales entre el adentro y el afuera. Ese es el edificio con una terraza-jardín que se visita ahora, donde están el atelier en el que trabajaron los artistas que pasaron por aquí, y un jardín escultórico con piscina. Esta pasó a ser la nueva casa de Boglietti y la nueva sede de El Fogón de los Arrieros: un espacio público abierto a quien quisiera entrar.

La “casa de los locos” tenía ahora ella misma su forma “loca” y decorada con toda clase de obras de arte que se exhiben hasta hoy, incluyendo una cabeza reducida por los jíbaros, una armadura de samurai donada por un embajador japonés, máscaras africanas, un piano de cola en la sala con sillones, un bar y por sobre todo un abigarramiento de cuadros y esculturas que cada cual observa a su gusto, o guiado por un audio ambiental con la voz de Hilda Torres Varela ordenando la recorrida.

Al morir Jean Vilar, Torres Varela fue su sucesora en la dirección del Teatro Nacional Popular de Francia. Años después sería nombrada Caballero de las Letras y las Artes de la República de Francia. En el Fogón están las cartas enviadas por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, con felicitaciones por la presentación de las obras de teatro de filósofo francés, dirigidas por ella.

Un desacartonado humor estuvo siempre muy ligado al vanguardismo del Fogón. Muestra de ello es el jardín donde está la Colonia Salsipuedes, una especie de cementerio sin muertos pero con esculturas y lápidas, creado bajo la idea de que había que interrogarse sobre la muerte, con respeto pero sin solemnidad. “La muerte es una cosa necesaria. Ojalá se mueran todos”, dice allí una “publicidad” de la empresa funeraria Lázaro Costa. En el jardín hay esculturas de Páez Vilaró, del chileno Lorenzo Domínguez y Carlos Maure, un plomero que venía a hacer arreglos al Fogón e inspirado en lo que veía alrededor terminó siendo escultor él también.Además hay una obra de David Abt, un joven escultor local que ganó en Quebec el primer premio en un concurso de esculturas de nieve, material que no había tocado nunca en su vida.

Por el Fogón pasaron grandes escritores como Borges, Sabato, Cortázar, Haroldo Conti, Rafael Alberti, Nicolás Guillén y Mempo Giardinelli, quienes quedaban cautivados por el espíritu vanguardista del lugar y su carácter hospitalario, bohemio e intelectual. Pero el vanguardismo reinante era tan de avanzada que al principio fue incomprendido, incluso por artistas modernos como Libero Badii, de quien hay aquí una carta quejándose de que una premiada escultura suya donada al Fogón terminara instalada en una calle peatonal.

En el archivo del Fogón se guarda una fotografía que pinta el espíritu del lugar: una conferencia de arte en un cementerio. Resulta que en 1956 el artista René Brusau trabajaba en una escuela secundaria enseñando arte y tuvo una fuerte discusión con el director, quien se negaba a que el profesor saliera a la calle con sus alumnos a buscar inspiración en el estudio de la perspectiva. Parece que el artista se tomó muy a pecho el asunto y murió fulminado de un infarto en pleno intercambio de palabras. El velorio se lo hicieron en el Fogón rodeado de sus pinturas. Y después se dio en el cementerio una conferencia sobre su obra, con cientos de asistentes bajo la premisa de que el arte no necesita espacios cerrados ni ámbitos especiales.

Aldo Boglietti dedicó los últimos 20 años de su vida a emplazar esculturas por la ciudad, hasta su muerte en 1979. Su hermano Efraín siguió al frente del Fogón y tuvo en 1988 la iniciativa de convocar artistas a la plaza 25 de Mayo para trabajar la madera de urunday: las obras quedarían para la ciudad. En 1990, Fabriciano Gómez –amigo del Fogón– creó la Bienal de Esculturas que ya ha ganado prestigio mundial. Cada dos años, obras creadas in situ participan de la bienal y pasan a engrosar el patrimonio escultórico de la ciudad, que va camino a convertirse en una mezcla de arte y urbanismo acaso única en el mundoz

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Hasta la parte de abajo de las escaleras del Fogón están decoradas por grandes artistas.
Imagen: Julián Varsavsky
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