turismo

Domingo, 18 de octubre de 2015

SANTA CRUZ > VISITAS DE LUJO EN LA PATAGONIA SUR

Pingüinos de primavera

Vestida de smoking –como les gusta decir a los pobladores de Puerto Deseado–, la colonia de penachos amarillos llega a las costas de la ciudad para poner sus huevos y completar el show de naturaleza que vuelve cada año. La visita a los recovecos del río interno, el puerto, la ciudad y los vecinos Magallanes.

 Por Pablo Donadio

Atrás y adelante, atrás y adelante… el autofoco del lente se vuelve loco con el romper de las olas detrás. Lo cambio entonces a la función manual, y al fin entra en escena la pose rocker del pingüino de penacho amarillo, uno de los aparentes líderes del grupo que hace días está de gira en las costas de Puerto Deseado. Me mira, y lo miro. Se rasca, sacude un poco la cabeza y posa al sol su mejor perfil. Estamos a fines de septiembre y, como ocurre todos los años, estas aves por demás curiosas llegan en colonia para incubar sus huevos durante 40 días. Cuestión que además de ser toda una fiesta de naturaleza, permite escenas sorprendentes para los amantes de los safaris fotográficos. Quizá lo más espectacular es que, como ocurre también en esta provincia con el glaciar Perito Moreno, la experiencia se vive bien de cerca, en un rincón privilegiado de Sudamérica por sus características topográficas, al alcance no sólo de científicos sino de la familia entera.

Caminata en la Isla Pingüino, donde anidan los penachos amarillos y se los puede ver a corta distancia.

ECOTURISMO GRUPAL Hace frío, pero el cielo está diáfano. Son varias las familias y parejas que suben al gomón con largavistas en la mano y un nerviosismo latente. Hay madres cuyo miedo inicial a que los chicos se larguen al turquesa del agua, o quieran manotear un ave, tensiona el ambiente: pero ni bien la embarcación se mueve, se entra en clima. El mar se sacude un poco más hoy que ayer, pero no lo suficiente para arruinar la partida a la Isla Pingüino, una de las áreas naturales protegidas por la provincia, distante no más de 20 kilómetros del casco urbano. Allí se dan cita unos dos mil “pingüinos rockers”, a estas horas los dueños de casa. Todo alrededor es un derroche de color en tonos esmeralda y azules, sumado a la fauna, ya que aquí cerca están los pingüinos de Magallanes (blanco y negro) que también nidifican y cuidan a sus crías.

Llegan además otras especies de aves migratorias: pero hoy la estrella es el pingüino de penacho amarillo, y los expertos explican por qué. Ocurre que sus colonias se distribuyen en tres grandes comunidades entre la Argentina (en la Isla de los Estados y las Malvinas) y Chile; otra al sur de Nueva Zelanda y, por último, el océano Indico. Eso hace la visita todo un privilegio, y lo vamos sintiendo a medida que alcanzamos a ver en los acantilados su cuerpecito de entre 40 y 50 centímetros de altura. Su fisonomía y movimientos son tan disparatados que hacen reír a unos cuantos. La isla, ubicada dentro del nuevo Parque Interjurisdiccional Isla Pingüino, no tiene aún senderos peatonales, de modo que es posible acercarse mucho, siempre con autorización de los guías. En la gran colonia hay subgrupos que se agitan, mientras algunos lobos y elefantes marinos se retuercen o yacen inmutables. Cuentan aquí que la cuestión se alborota de veras cuando llegan las hembras, lo que genera una revolución en los machos: es el tiempo en que se formarán, estiman, unas 1200 parejas. Ya para diciembre habrá unos nuevos 500 juveniles, y la gran familia estará unida. Antes de despedirnos de ellos trepamos algunas rocas y encontramos otro grupo, al que nos acercamos aún más. Ese contacto permite ver con claridad el rojo encendido de sus ojos, y los huecos en el suelo donde van preparando los nidos en los que depositarán dos huevos, con un día de diferencia. Si se sienten en peligro, como todo animal -sobre todo las hembras- pueden ser bravos. Pero en general su comportamiento permite que todo el mundo se lleve una gran impresión de estos cordiales visitantes, en un entorno de calma y mar que invita a contemplarlos con simpatía.

La postura rockstar del penacho amarillo, gran atracción de primavera en Puerto Deseado.

ENTRE CAÑADONES Aseguran que fue Hernando de Magallanes en su afán de salir al Pacífico, allá por 1520, quien descubrió la ría sobre la que se asienta Puerto Deseado. Esta suerte de desagüe correspondiente a un viejo río, que abandonó su cauce y fue ocupado por el mar, es uno de los motivos de todo este espectáculo. Unica en el continente, la ría de Deseado ocupa un poco más de 40 kilómetros de extensión, y ha sido desde entonces un reservorio de aves estables y migratorias, de lobos de uno y dos pelos, y de cuanto animalito necesite un hogar. Pero también ha sido un buen escondite para piratas y navegantes. Los primeros con sus naves alistadas para salir al acecho; los segundos resguardándolas de tormentas y temporales famosos por estos lares. “La ría es una falla geográfica que se produjo cuando los glaciares se retiraron hace unos 10 millones de años. Luego fue invadida por el océano y eso generó una erosión sobre la meseta contigua, formando cañadones y recovecos que además de muy hermosos, son la casa de nuestra fauna”, explica Francisco, nuestro guía, desde los Miradores de Darwin. Justamente en algunos escritos del padre de la Teoría de la Evolución hay menciones a este “desolado e inmenso” paisaje. A la zona se accede en 4x4 a través de la estancia La Aurora, distante 70 kilómetros de pueblo, y luego lo mejor es caminar explorando hasta que la voz de alerta del conductor invita a subir y partir a otros miradores. El Cañadón Giménez y el Torcido (ideal para paseos tranquilos en kayak), así como las enfrentadas islas Quiroga y Larga, son las estrellas del recorrido, así como la previa de los ocres y rojizos del Paso Marsicano, otro tramo desértico e inabarcable típico de las pinturas patagónicas. Más adelante esperan un castigado faro centenario y la reserva Cabo Blanco, donde el guano de las aves reviste los morros, islotes y caletas como otra gran obra.

El islote entre las islas Quiroga y Quinta, repleto de lobos marinos, a minutos del puerto de la ciudad.

PESCA EN LA MESA La actividad aquí es tan intensa -tanto por las distancias como por el clima- que si bien ha estado despejado los ojos y la piel se enfrentan constantemente al viento y el frío. Pero el cansancio se combate primero con descanso, y en ese sentido la oferta de alojamientos de la ciudad es buena y completa, secundada por una exquisita gastronomía que invita a probar pescados y mariscos frescos y abundantes. El puerto es la razón de todo esto, porque más allá de lo turístico la industria pesquera es la principal actividad y una referencia nacional. Sus barcos y pescadores son el gran emblema deseadense, y sus dársenas famosas internacionalmente por su función en los concursos de pesca de róbalo, pejerrey y tiburón. Especialmente este último se ha convertido en un clásico local. La contienda comprende las categorías embarcada y de costa, y sus piezas llegan a superar los dos metros. Pescar y ser en Puerto Deseado son así una misma cosa. Claro que quedan muchas otras opciones para los visitantes que quieran pasar más días. Las de poca actividad, que pueden ir desde un buen café o chocolate contemplando el amanecer a la visita de los museos municipales y del ex ferrocarril patagónico; o la opción que implica mover un poco más el cuerpo y recorrer la costa en bicicleta, frenando para tomar fotos de las bahías inmensas y sus cabos. Ya para los auténticos deportistas hay varios trekkings que convergen en Roca Leona, una zona que permite la visita a distintas cuevas como la del Indio y la de los Leones, llegando al excelente punto panorámico de Punta Cavendish.

Pero nosotros dejamos ya el pueblo. Nos esperan casi tres horas de traslado a Comodoro Rivadavia y unos 2000 kilómetros en vuelo hasta Buenos Aires. Estamos exhaustos, pero bien ha valido la pena el contacto cara a cara con esta geografía tan viva como lejana para nuestros ojos capitalinos.

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El kayak, unas de las actividades más buscadas en el Cañadón Torcido, sobre la ría.
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