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Domingo, 18 de octubre de 2015

TIERRA DEL FUEGO > UN NUEVO CRUCERO AL CABO DE HORNOS

Memorias del finis terrae

Desde el año pasado existe un nuevo circuito de crucero desde Ushuaia hasta el legendario Cabo de Hornos. La novedad es que ahora se regresa al punto de partida en lugar de seguir hasta Punta Arenas. Un viaje entre fiordos y glaciares, con historias de desencuentros entre el hombre blanco y el aborigen.

 Por Julián Varsavsky

Fotos de Julián Varsavsky

Hago migraciones en el puerto de Ushuaia, en Tierra del Fuego, y avanzo por el muelle, una lengua de asfalto que se interna en las aguas brumosas de la bahía. Algunos marineros cargan cajas, hay chillidos de gaviotas y me parece estar en el arquetipo de los puertos del mundo, el último de ellos antes del “fin”, donde conviven lujosos cruceros con fantasmales cascos oxidados y barcos pesqueros que parecen un cascarón de nuez.

Me detengo frente a la proa de acero de la nave que nos llevará a uno de los últimos confines de la tierra, navegando 195 kilómetros hasta el Cabo de Hornos. El aura melancólica de esta bahía -donde termina el mapa de América- ilustra con precisión el límite real de nuestro mundo, el punto más remoto después del cual ya no queda nada, salvo el azote del viento, la inmensidad oceánica y el continente blanco. Iremos hacia la quintaesencia de la desolación patagónica, el lugar geográfico que encarna la vieja idea de un finis terrae habitado por sirenas, monstruosas aves y calamares gigantes que hundían buques en los bordes de un planeta plano, del que los antiguos navegantes temían caerse en los abismos del universo.

Me paro, pequeñísimo, frente a la mole transatlántica estirando el cuello para mirarla bien. Lo pienso un instante y subo por la escalerilla.

Los gomones Zodiac se usan para desembarcos los días en que el clima acompaña.

A LA MAR Zarpamos bajo un cielo malva crepuscular, atravesando la espejada bahía con la suavidad de un cisne. El capitán Jaime Iturra presenta a su tripulación con un cóctel de bienvenida: pisco sour y tapas españolas de almejas y mejillones.

Primero que nada el capitán conceptualiza el viaje, dejando en claro que se trata de un crucero de expedición con 64 cabinas, confortable y con muchos lujos. Pero que no tiene –ni necesita– spa, piscina, casino ni discoteca: “Aquí lo más valorado es el paisaje y los desembarcos en lugares casi vírgenes donde no hay nadie”. Además no se trasnocha y las excursiones arrancan muy temprano.

El barco tiene cinco cubiertas, la última de ellas abierta como una terraza con asientos para observar la naturaleza. En otra se dan las conferencias patagónicas y, al decir de los guías, es donde está “el lugar más importante del barco”: el bar, que ofrece bebidas libres hasta las 12 de la noche.

Después de la cena tomamos un Dramamine preventivo: la primera noche es la única en que saldremos a mar abierto, allí donde se nota que chocan dos océanos, a las puertas del agitado pasaje Drake que conduce a la Antártida. Pero nosotros doblamos hacia la derecha rumbo a otro lugar legendario, que fue hasta hace unas décadas un desafío para los navegantes del mundo: el Cabo de Hornos.

La primera noche el barco se mueve. Pero estando en cama casi no se siente. Amanecemos bajo un cielo límpido y sin viento frente al Cabo de Hornos: estamos de suerte y podremos desembarcar.

A las 7 de la mañana, un gomón Zodiac nos lleva hasta un pequeño muelle en la isla de Hornos. Una escalera y un entablonado nos conducen por la desolada isla donde se erigió un monumento a “los hombres de mar que perdieron su vida en el cruce del cabo de Hornos”: se calculan unos 800 naufragios en cinco siglos. El monumento, de siete metros de altura, simboliza un albatros y está construido en metal para aguantar los vientos de 180 kilómetros por hora que suelen castigar a la isla. La vegetación de lengas achaparradas, guindos y canelos desperdigados está inclinada hacia un mismo costado por el viento del sudoeste, como petrificada en el momento de mayor tensión.

Luego visitamos un faro de la Armada chilena donde vive una familia con su perro Melchor: “El más austral del mundo”, bromea el guía. Además del faro hay aquí una estafeta postal donde los viajeros hacen timbrar sus cartas en el “el fin del mundo” y las mandan al desembarcar.

Entre el promontorio rocoso donde estamos parados y la Península Antártica hay 954 kilómetros. Aun con las tecnologías modernas de navegación, el Cabo de Hornos sigue siendo un lugar respetado por los capitanes de barco, pero el riesgo de naufragio es bajísimo. Hasta la inauguración del canal de Panamá en 1914, este paso interoceánico fue muy usado, incluso por quienes debían navegar desde Nueva York hasta San Francisco (tardaban 89 días). Los únicos que naufragan aquí hoy son algunos veleros de aventureros que se plantean dar la vuelta al mundo con esa antigua tecnología. De todas formas, esos náufragos tienen comunicación satelital y suelen ser rescatados.

Al regresar a bordo el guía nos dice exultante: “El clima que tuvimos hoy no sucede casi nunca; consideren que esto fue una ilusión óptica. Hace un tiempo vinieron dos holandeses fanáticos de la navegación; tomaron nuestro crucero que va a Punta Arenas y luego el que regresa a Tierra del Fuego por la misma ruta, algo que no hace casi nadie porque es muy caro. El objetivo de su viaje fue pisar el mítico cabo descubierto en 1616 por Willem Schouten y Jacob Le Maire, quienes estaban al mando de una expedición que había partido desde la ciudad holandesa de Hoorn (Hornos es una deformación del nombre original, que en inglés derivó hacia la palabra Horn). Tanto a la ida como a la vuelta los dos turistas no pudieron desembarcar”.

Monumento a los muertos de los 800 naufragios en el Cabo de Hornos, el mítico final de la tierra.

HACIA TIERRAS YAMANA Luego de doblar en “la esquina del mundo” nos internamos en las calmas aguas chilenas de los canales fueguinos y los fiordos. Vista en el mapa, esta geografía irregular –donde se forman mares interiores conectados por canales– parece un delta con una intrincada red de islas e islotes, con la diferencia de que aquí no hay un río desembocando en el océano sino un mar que ingresa al continente centenares de kilómetros: es la Cordillera de los Andes desmembrándose de a poco en el Pacífico.

Durante el almuerzo anuncian por los altoparlantes que a estribor hay fauna a la vista: una cuarentena de delfines australes saltan como alocados con brillos plateados porque han encontrado un cardumen. Un rato más tarde, los altavoces anuncian el desembarco en la bahía Wulaia, un lugar con una densidad histórica impresionante. Salimos a caminar por un bosque de este paraje descripto por Charles Darwin en el diario del viaje que hizo con el capitán Fitz Roy. Aquí la tripulación apresó en 1829 a cuatro indígenas de una tribu yámana porque les habían robado un bote. Uno de ellos era Jemmy Button, quien junto a otros aborígenes fue llevado a Londres con la intención de “refinarlo” según los parámetros de la corona inglesa. Allí conocieron a los reyes y fueron a un colegio para huérfanos donde aprendieron inglés.

En su segundo viaje Fitz Roy los trajo de vuelta –uno de ellos había muerto- para reinstalarlos en su lugar de origen, donde se pretendía que cultivaran la tierra y se sedentarizaran. Al regresar Button parecía un dandy dentro del barco: no salía a cubierta sin sus guantes blancos, tomaba el té de las seis de la tarde y estaba obsesionado por mantener el lustre sus botas.

La idea era que este representante de los yámanas se convirtiera en “embajador de la palabra de Dios entre los salvajes”. Además dejaron con ellos a un misionero inglés de 19 años. Pero dos semanas después de haberlos liberado, los ingleses pasaron por la zona en su viaje de regreso y, para su sorpresa, Button no solo no había “civilizado” a nadie sino que él mismo y los demás habían recuperado su desnudez y su identidad yámana. Al misionero le habían destruido su choza y lo encontraron desnudo en estado de shock. Casi de inmediato, los “civilizados” “volvieron” a ser yámanas.

Darwin creía haber encontrado en ellos el eslabón perdido, unos humanos menos evolucionados que comían con las manos mariscos crudos, vivían desnudos con el cuerpo maloliente lleno de grasa para aislarse del frío, medían un metro y medio, tenían el torso desarrollado por el remo pero las piernas delgadas y estaban siempre despeinados. Pero lo que más llamó la atención de los europeos es que fuesen nómadas de mar que vivían en grupo familiar arriba de una canoa, donde los niños tenían la función de avivar un fuego permanente que llevaban a bordo, mientras los padres cazaban y juntaban leña.

Aquí en la reparada Wulaia –Bahía Bonita- se juntaban los yámanas cuando el mal tiempo no les permitía navegar y construían unas precarias chozas. Al caminar por la costa vemos unas hoyadas de dos metros de diámetro donde los yámanas tiraban las conchas vacías de los mariscos: consideraban de mal agradecidos devolvérselas vacías al mar. Estos conchales sirvieron de sitio arqueológico para estudiar a esta etnia diezmada por las masacres, las enfermedades introducidas y el cambio de vida en misiones religiosas que se les impuso. De los 20.000 yámanas que habrían coexistido, hacia 1940 quedaba un centenar.

Al día de hoy queda una sola yámana pura, que vive en Puerto Williams. Doña Cristina tiene 86 años y es la única que sabe aquella lengua originaria, que no tiene con quien hablar. Uno de sus hijos, de padre criollo, trabaja en la cocina del barco. Y una nieta suya estudió lingüística e hizo grabaciones con transcripciones idiomáticas, para que no desaparezca la lengua de sus antepasados. En una de las últimas entrevistas que dio, doña Cristina dejó un mensaje para los pueblos aborígenes del mundo, donde les dice que nunca dejen que desaparezca su lengua, para que no les pase lo que a los yámanas: cuando ella muera su cultura habrá terminado.

Una caminata lleva casi hasta el borde del glaciar Pía, enclavado en la cordillera de Darwin.

ENTRE GLACIARES Amanece en nuestro tercer día de travesía mientras recorremos el seno Garibaldi hasta acercarnos al frente del glaciar del mismo nombre, una muralla blanca de dos kilómetros de ancho. Subimos a la quinta cubierta para observar la imponencia de esa lengua de hielo que se pierde viboreando por un valle. Al desembarcar caminamos hasta la costa del lago que forma el glaciar Garibaldi, y nos damos el gusto de tocar los témpanos varados en el suelo de roca.

Por la tarde hay otra vez aprestos de desembarco y luego caminamos frente al glaciar Pía con su laguna llena de témpanos, a los que vemos nacer después de estruendosos derrumbes.

Ya de regreso hacia Ushuaia recorremos la Avenida de los Glaciares con sus blancas moles fulgurosas pasando una tras otra detrás de los ventanales del cuarto. Enciendo el circuito cerrado de música y suenan los primeros acordes del Réquiem de Mozart, poniéndole una solemnidad casi mística al paisaje: tras el vidrio, un glaciar enorme –de tantos– parece brillar con luz propia, con puntas de aguja como catedrales transparentes cuyas grietas dejan traslucir sus entrañas azules.

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Delicias de la gastronomía de mar chilena a bordo del crucero, una mole con 64 cabinas.
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