turismo

Domingo, 17 de enero de 2016

ESTADOS UNIDOS > UN HOMBRE Y SU OBRA, CERCA DE MIAMI

El castillo de coral

Al sur de Miami se encuentra una rara construcción levantada a lo largo de dos décadas -durante la primera mitad del siglo XX- utilizando más de 1100 toneladas de puro coral. Un lugar lleno de curiosidades, digno de ser recorrido para conocer la historia de su creador, un inmigrante letón, y sus muchos secretos.

 Por Graciela Cutuli

Fotos de Graciela Cutuli

Los folletos turísticos que muestran el mapa de Miami y lo rodean con recuadros de ofertas de todo tipo para los visitantes suelen tener un pequeño espacio publicitario dedicado al Coral Castle. Como toda publicidad que se precie, invita a visitarlo y descubrir esta rareza que se promociona como un “encantador destino en el sur de Florida”. Pero los 50 kilómetros que separan esta construcción de la meca del shopping hacen dudar a más de uno a la hora de resignar un día de playa o de compras, la actividad favorita de los turistas en Miami. Y sin embargo vale la pena el viaje -que no llevará más de una hora de travesía por cuidadas autopistas- para descubrir la historia que se oculta detrás de ese cuadrito publicitario casi desapercibido entre muchos otros.

El Coral Castle es más un jardín de esculturas de coral que el auténtico castillo que proclama su nombre. Pero haberlo bautizado así en realidad no es exagerado: hay que pensar que fue construido por un solo hombre, el inmigrante letón Edward Leedskalnin, para empezar a comprender la medida de la hazaña, que se llevó a cabo secretamente entre 1923 y 1951. Y no sólo: piedra a piedra, el castillo fue creciendo cada día cuando caía la noche y sin medio moderno alguno de construcción. Leedskalnin dedicó gran parte de su vida a cortar, transportar y diseñar una historia de amor en pura piedra, muy lejos de su patria.

La luna en cuarto creciente –tallada en un bloque– es una de las figuras más conocidas.

UN HOMBRE, UNA HISTORIA Edward Leedskalnin nació en Riga en 1887. A los 26 años se comprometió con su joven novia, Agnes Scuffs, de 16 años. Pero la adolescente canceló su boda sólo un día antes de la ceremonia, sin que se conozcan los motivos de la decisión.

Para el joven Ed fue una tragedia sin retorno. “Su vida entera –cuentan los guías del Coral Castle- fue dedicada a crear un monumento al amor perdido”. Y lo hizo con sus propias manos, moviendo piedras gigantescas sin que se sepa cómo, sin ayuda siquiera de una fortaleza física extraordinaria: el hombre medía poco más de 1,50 metros y pesaba 50 kilos. Contaba, eso sí, con la experiencia de su familia, picapedreros letones, y con cierto saber aprendido entre los leñadores durante los años vividos en Canadá, California y Texas antes de desembarcar en Florida motivado por problemas de salud. Entre 1918 y 1936 vivió en Florida City y luego compró algunas hectáreas de terreno en Homestead, a unos 15 kilómetros, hacia donde mudó estructuras que ya había comenzado a construir en su residencia anterior.

Fue el comienzo de un misterio nunca resuelto. “Tenía el chasis de un viejo vehículo al que le puso dos rieles. Con ayuda de un amigo, cargó su obra en el trailer y la trasladó. Su vida era muy sencilla, no tenía un auto. Sólo una bicicleta, con la que recorría cinco kilómetros cada vez que iba a la ciudad a comprar provisiones”, contaba uno de los vecinos que lo conoció.

Más allá de los rieles, ¿cómo pudo mover los bloques de piedra a lo largo de varios kilómetros? Aunque mucha gente vio que los trasladaban a lo largo de la Dixie Highway, nadie vio nunca a Ed cargando o descargando su remolque. Si la preguntaban, se limitaba a responder que conocía muy bien las leyes del peso y las palancas. Gran parte del trabajo lo hacía de noche, a la luz de una linterna, parapetado detrás de las paredes de su propiedad, donde había instalado además numerosos puestos de vigilancia. Casi sin educación, y sin testigo alguno de sus métodos, la forma en que levantó su castillo se convirtió en un quebradero de cabeza para científicos e ingenieros, que hiperbólicamente llegaron a comparar el Coral Castle con la construcción de Stonehenge o las pirámides egipcias.

Las paredes se terminaron en 1940, cuando las esculturas ya estaban ubicadas en sus lugares respectivos: se calcula que pesan unos 1800 kilos por metro cúbico, y cada sección del muro tiene dos metros y medio de alto por 1,25 de ancho, con un peso superior a las 58 toneladas. Los guías del Coral Castle explican todo en detalle, bajo el sol ardiente de la Florida, a medida que llevan a sus grupos entre las formaciones y esculturas del inmigrante letón: casi un recordatorio de que si para el visitante es una hazaña moverse con ese calor, lo de Ed Leedskalnin fue una obra absolutamente titánica.

Un día de 1951, Ed se sintió mal y fue al hospital en Miami. Allí murió apenas tres días más tarde, cuando tenía 64 años. Dejó como testimonio algunos escritos –que hoy se consiguen en la tienda de recuerdos del Coral Castle- y sobre todo el gran trabajo de su vida, como un hito inamovible al borde de la autopista. Una obra no muy apreciada, sin embargo, por el sobrino de Michigan que la heredó: un par de años después de la muerte de su tío, la vendió a una familia de Illinois sin haberla siquiera visto. Sólo entonces se descubrió también una caja con todos los ahorros de Ed: 35 billetes de cien dólares, que reunió penosamente con la venta de la tierra por donde la ruta cruza el Coral Castle, realizando visitas que cobraba entre 10 y 25 centavos y vendiendo algunos de los folletos con su escritos.

Distintas esculturas conforman los jardines del Coral Castle, al sur de Miami.

UN MUNDO DE FANTASIA El jardín de esculturas en piedra no tiene ninguna pieza librada al azar. Durante la recorrida, los guías pueden explicar detalladamente el uso y el significado de cada una, algunas de ellas verdaderas obras maestras: como la puerta de nueve toneladas que se mueve con apenas un toque del dedo, el telescopio o las mecedoras totalmente realizadas en roca.

¿Tenía Ed Leedskalnin poderes sobrenaturales? A los amantes de lo oculto les gusta creerlo, pero durante la visita se impone el sentido común: lo que tenía era un gran conocimiento de su materia prima y una voluntad mucho más fuerte y dura que el coral con que trabajaba. “Es fácil, si se sabe cómo hacerlo”, solía responder el hombre a las preguntas de los curiosos. También se rumoreaba que usó técnicas de inversión magnética y hasta que movía las piedras como si tuvieran la liviandad de los globos de helio. Lo que sí se puede ver, en las fotos que han quedado de la construcción, es que Ed usó un trípode de madera con cadenas, su peso y una caja negra –de función desconocida pero siempre presente- para mover las toneladas de piedra. Quién sabe por qué, solía decir que conocía el secreto de las pirámides y sabía cómo hacer que no se sintiera el peso de las rocas…

Toda esta historia se revive hoy a medida que se recorre el gran predio con las figuras, cuya fortaleza y notable técnica de ensamblado resistió sin problemas en 1992 el paso furioso del huracán Andrew. Allí está la torre de dos pisos donde vía Leedskalnin, y que revela la pobreza de su vida diaria; el obelisco; la fuente; las estrellas y la luna creciente; los muebles, como una famosa mesa en forma de corazón; las mecedoras; un trono… La mayoría fueron hechas con una sola pieza de madera de 14 toneladas en promedio, en homenaje a aquella novia de 16 años que lo dejó alguna vez en la lejana Letonia, pero que nunca vio el castillo de coral ni pudo haber imaginado el calor tropical –sólo comparable con el ardor de un amante abandonado- en el frío norte de Europa.

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La figura de Edward Leedskalnin y su estatura dan la bienvenida a su monumental obra.
 
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