turismo

Domingo, 27 de marzo de 2016

SANTA CRUZ GLACIARES, OBJETO DE CULTO

Patagonia «on the rocks»

La reciente ruptura del glaciar Perito Moreno en El Calafate invita a descubrir muchas formas diferentes de vivir una experiencia en el hielo eterno. El mensaje milenario del paisaje, los misterios de la formación de los campos helados y la aventura de vivir, en primera persona, caminatas y navegaciones entre las gigantescas masas blancas.

 Por  Sonia Renison

La cresta de la ola de atracción que perfiló la ruptura del glaciar Perito Moreno a principios de marzo despertó la inquietud de cientos de viajeros ávidos de conocer los secretos de los hielos eternos. Quizá el quiebre el puente helado sobre el lago sea uno de los espectáculos más extraordinarios para presenciar por obra y gracia de la naturaleza: sin embargo, el campo de hielo –el segundo en importancia después de la Antártida– ofrece un sinfín de actividades para compartir y vivir experiencias únicas inmersos en la naturaleza congelada.

SECRETOS MILENARIOS Los amantes de la Patagonia buscan descubrir los misterios que revela este paisaje formado hace millones de años; un relieve donde la estepa desértica y plana contrasta con los recovecos que forman los bosques y lagos. Sin contar el centenar de ventisqueros aún sin visitar. Porque el Perito Moreno es la masa helada de más fácil acceso, pero el campo de hielo patagónico abarca en realidad unos 47 glaciares conocidos, de los cuales trece descienden hacia la cuenca del Atlántico y conviven con otros 200 de menor magnitud e igual belleza.

La aventura de El Calafate comienza desde el aterrizaje. El lago Argentino parece al alcance de la mano, aunque el avión se detiene justo a tiempo y el pasaje, que ostenta pasaportes de todo el globo, premia al piloto con un generoso aplauso. Ya en el pueblo, las opciones hoteleras y de restaurantes están a la orden del día, pero hay una perla imperdible: el Museo del Hielo Glaciarium, que desde la fachada imita un corte de glaciar o un témpano gigante encallado en las afueras. Todo está pensado; hasta la tienda de souvenirs. Adentro, el cine interactivo y las maquetas que interpretan la conformación de los hielos, las fotos y filmaciones son parte de la nueva generación en centros de interpretación. Al punto que hay un GlacioBar donde se entra equipados con trajes especiales, porque se trata de un habitáculo extremadamente frío. Paredes, bancos, barra e incluso los vasos son de hielo.

Vale la pena sumar esta experiencia antes o después del plato fuerte del viaje: conocer la belleza del Perito Moreno. Desde El Calafate hay excursiones hasta el ingreso del Parque Nacional Los Glaciares (unos 40 kilómetros); luego se sigue por un sendero demarcado hacia el balcón del glaciar, y es cuando llega lo mejor. Se trata de un mirador que permite observar el monumento que forma el ventisquero, con sus cinco kilómetros de frente y la pared de 70 metros de altura .

Quienes tienen más tiempo pueden aprovechar la navegación que los lleva hasta unos 300 metros de los bloques congelados. A simple vista sus azules y profundos turquesas, colores formados por la cantidad de hielo concentrado, dejan ver cavernas, ríos internos y lagunas que se dibujan en el interior.

Una caminata de dos horas, pensada para viajeros de 10 a 60 años, es otra de las opciones tras navegar y cruzar el brazo Rico, pasando por un bosque que se atraviesa hasta un sitio donde cada pasajero recibe los grampones necesarios para aferrarse a la superficie congelada, que se calzan sobre la suela del zapato de trekking. Allí el paseo cobra otra dimensión, entre agujas de hielo que parecen torres, grietas de color turquesa y pequeñas lagunas que se ven, ahora, de cerca.

Las paredes de hielo del glaciar Spegazzini, uno de los tesoros accesibles del Parque Nacional Los Glaciares.
Imagen: Gentileza Daniel Wagner

UNO, DOS, TRES GLACIARES El lago Argentino, cuyas orillas albergan El Calafate, es el principal escenario de las navegaciones y conduce a diversos paseos. Uno de ellos es el glaciar Upsala, que también se puede visitar tras desembarcar en el campo de la Estancia Cristina, un establecimiento pionero que tiene más de un siglo. Desde allí hay un trekking o se puede continuar en 4x4, hasta que la geografía impone caminar sobre la “morena”, es decir, la formación que dejó a su paso la glaciación en tiempo inmemorial y que se parece por momentos a un suelo de mármol color caramelo. Hay un puesto en medio de la roca y, desde allí, el viento constante hace que la travesía se convierta en una proeza. Bien vale la pena: al final, la vista del glaciar corona una experiencia única. De regreso, un cordero patagónico asado en el comedor de la estancia le devolverá el alma al cuerpo. Una visita por las instalaciones y el galpón de esquila permiten conocer también la historia de la familia fundadora, con objetos de la vida cotidiana de un siglo atrás.

Lo colosal del glaciar Upsala son sus medidas: se dice que es el más extenso y alcanza los 595 kilómetros cuadrados (tres veces la Capital Federal), con unos diez kilómetros de ancho y una lengua de hielo de 50 kilómetros de largo. Por su parte, el Spegazzini mide unos 66 kilómetros cuadrados y 1,5 de ancho, pero sus paredes alcanzan los 135 metros de altura: ¡más de dos obeliscos! Con la navegación también se lo puede conocer, dado que se recala en bahía Onelli, donde se desembarca y se recorre un bosque hasta el lago del mismo nombre. Partiendo este sitio se pueden ver asimismo los glaciares Agassiz, Onelli y Bolado.

Hay que transitar unos 51 kilómetros desde El Calafate hacia el lago Roca, al sur del lago Argentino, donde es posible pasear en bicicleta, practicar pesca deportiva y visitar sitios arqueológicos con pinturas rupestres. Muy cerca también, la estancia Nibepo Aike –famosa por sus almuerzos y cenas a puro cordero, pero también la mayor criadora de ganado Hereford– ofrece hospedaje y demostración de esquila. La novedad es que dicta un curso de amanse con Martín Hardoy a fin de abril (del 23 al 29) y que propone cabalgatas para sentir la inmensidad del paisaje y conocer glaciares ocultos como el Frías y Dickson, además de divisar hasta donde alcanza la vista la cordillera de los Andes y Chile.

EL CHALTÉN El portal de acceso al Parque Nacional Los Glaciares es El Chaltén, a unos 220 kilómetros de El Calafate. Esta villa de montaña –famosa por haberse creado en 1985 para poblar una zona en el litigio limítrofe– se convirtió en la Capital Nacional del Trekking: más de 50 opciones hacen que el visitante pueda elegir, desde un día hasta una semana, las propuestas para caminar y adentrarse en el paisaje. Lagos y lagunas escondidas. Glaciares desconocidos. Fue atracción de escaladores desde la década del 50, cuando empezó a atraer a los apasionados con las cumbres de granito que dibuja el cordón montañoso. Entre ellos dos célebres: el Fitz Roy (3405 msnm) y el cerro Torre (3102 msnm), cuya dificultad técnica marca el destino de los deportistas de alta montaña.

Para los que buscan adrenalina, la mayor experiencia es la Vuelta al Hielo, que contempla unos siete días y es para aventureros exigentes. Pero hay opciones para todos los gustos. Una caminata corta, por ejemplo, lleva al cañadón del río Las Vueltas e invita a llegar en más de dos horas hasta la laguna Capri, entre otros rincones de máxima belleza. En pleno verano, es posible ver un domingo a las siete de la mañana a grupos de extranjeros en cada esquina, mapa en mano y bastones para trekking, preparados para iniciar la caminata elegida. Chinos, alemanes, franceses, suizos: no hay rincón en el mundo que no recale aquí. En pleno verano, las propuestas incluyen los camping organizados, estancias centenarias y las hosterías del El Chaltén… una más linda que la otra. Si el tiempo alcanza, hay propuestas de una hora en lago del Desierto para conocer el glaciar Huemul caminando, o de dos horas hasta el hito con Chile. Si se extiende el esfuerzo unas cinco horas, se llega a Villa O’Higgins, en el país trasandino.

Lago del Desierto está a unos 37 kilómetros del centro de El Chaltén, y allí sólo existe un hospedaje, Aguas Arriba Lodge, que fundaron Ivor Matovic y Patricia García en un rincón de 700 hectáreas en la margen este, desde donde se ven la cara norte del cerro Fitz Roy y el glaciar Vespignani o el Huemul. Se llega luego de una caminata de tres horas por el bosque o en lancha.

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Túneles de hielo en el cerro La Torta, cerca de Esquel, donde Chubut tiene su propio paraíso helado.
 
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