turismo

Domingo, 27 de marzo de 2016

BUENOS AIRES PULPERíA LA ROSADITA, GENERAL RODRíGUEZ

Una legui, una ginebra

Cada sábado, medio centenar de nostálgicos hombres a caballo vestidos de gaucho llegan hasta el viejo local de campo a comer un asado, disfrutando de un espacio que funciona con lógicas de antaño adaptadas a la modernidad: plasma y horno de barro, “gauchos” o peones que trabajan en haras de polo, juegos de naipes bajo los árboles y un almacén de ramos generales.

 Por Julián Varsavsky

La Rosadita –en un punto equidistante entre General Rodríguez y Luján– es una pulpería centenaria cuyo rasgo más curioso es que sigue funcionando más o menos con su misma lógica original. Sería imposible que no hubiese cambiado, o que el tiempo estuviese falsamente congelado entre sus descascaradas paredes de adobe, porque a su alrededor la vida de campo tampoco es la misma. El edificio en sí también es diferente: en lugar de remozarlo lo dejaron envejecer de manera natural, salvo por algunas manos de pintura. Seguramente antaño La Rosadita no tendría la sobrecarga de telarañas –con sus negras tejedoras muy visibles en plena acción– decorando la lámpara a la altura de nuestra cabeza, sobre la mesa de pool y en los tirantes de madera del techo.

El mayor rasgo de autenticidad de esta pulpería –adonde históricamente venían los peones desde los lugares aislados para aprovisionarse y jugar a los naipes o guitarrear– es que a la hora del almuerzo y la cena aparecen por aquí los gauchos modernos, los trabajadores de los campos sin más urbanización que este edificio, a la vera de un camino de tierra frente a una plantación de maíz. Es el caso de Pedro, 30 años, alpargatas, bombacha de campo y boina: es un gaucho de los de ahora, que en los tiempos de la tecnificación agrícola cuida caballos de polo en un haras vecino.

Los penachos de los plumerillos decoran el horizonte bonaerense de la pulpería.
Imagen: Julián Varsavsky

LOS RAMOS GENERALES La vieja usanza perdura también en el almacén que es parte de la pulpería y la actividad principal a la que se dedica La Rosadita los días de semana. Ya no tiene al frente la típica caña tacuara al estilo mástil del siglo antepasado, cuando las pulperías ponían una bandera blanca si había alcohol y una roja cuando carneaban una vaca. En el almacén hay productos en común con los de antes y otros más actuales: yerba, peines, fósforos, fideos, ristras de ajo, vino, salamines colgando en la pared, medialunas, caramelos y algunas frutas.

Una pulpería de hoy no sería popular si no tuviese un plasma para mirar fútbol. Esta lo tiene: desprovista de las tecnologías actuales no atraería a los “gauchos” modernos y el lugar sería un museo interactivo para turistas.

Sin embargo, los fines de semana la pulpería funciona de otra manera. Llegan visitantes, por supuesto. Pero a lo largo de un sábado pueden haber sido amarrados en los palenques hasta 50 caballos. Aunque no son tanto “gauchos de verdad” como grupos de nostálgicos, a quienes les gusta vestirse a lo criollo de pura cepa y llegan en grupos de cuatro o cinco amigos desde Buenos Aires y General Rodríguez, luciendo su bombacha recién planchada, botas de fino cuero, la rastra con monedas en la cintura, el rebenque y algunos con sombrero o un fastuoso facón de esos que en siglos pasados hicieron correr tanta sangre en las pulperías.

En su mayoría son gente mayor que viene con el caballo recién peinado y cepillado como para un desfile, ya que lo dejan “en pensión” en algún campo de la zona para usarlo casi todos los sábados de su vida. Por alguna razón no juegan al truco sino a la escoba de quince. Los que llegan por la mañana comen un asado y los que se acercan por la tarde acompañan la charla y el juego con picadas criollas. Pero no se trata de puristas fanáticos: en general toman cerveza más que vino.

Entre estos grupos hay uno que frecuenta el lugar desde hace décadas y rebautizó la pulpería. Los dueños históricos le alquilan las instalaciones a una pareja de jóvenes, quienes quisieron mantener el nombre original: El Viejo Almacén. Pero esos amigos –algo así como informales socios vitalicios- la seguían llamando como la conocieron siempre por el color de sus paredes: “Nos vemos en La Rosadita”. Así que por pedido de ellos, en un acto de justicia, le cambiaron el nombre por el actual.

Una picada simple y sustanciosa a la sombra de los árboles, sello de un fin de semana campestre.
Imagen: Julián Varsavsky

MÁS QUE CENTENARIA Se calcula que la pulpería fue creada en la primera década del siglo XX y supo ser sede en algún momento de la Sociedad de Fomento Club Atlético Pueblo Viejo. Su última dueña, fallecida hace cuatro años, había nacido en esta misma casa.

Los pobladores vecinos de la zona también vienen a la pulpería los fines de semana pero en otros medios de transporte: cuatriciclos, camionetas 4x4, motos, bicicletas, autos comunes e incluso sulkis. Los domingos hay un público más bien familiar. Y los chicos a veces se suben a un petiso que tienen los encargados de la pulpería, el matrimonio Cañete, que reside en el mismo edificio tal como ha sido siempre en las pulperías.

El personaje más popular de La Rosadita vive allí: la lora Filomena, grandota y meterete, que anda por las mesas mendigando lo que no le falta. La encontramos en la rama de un árbol y la dueña de casa pretende sobornarla con comida para que ofrezca su show y baje para tomarle una foto. Pero hoy Filomena está arisca, no quiere prensa. Lo normal es que suba al dedo de un parroquiano y desde allí se coma el salame, el queso, la carne y el pan en lo que parece una estrategia premeditada para abultar la cuenta, recibiendo ella una comisión. Además hay siempre a la vista caballos pastando, gatos mimorreros y perros como El Gringo, que tiene la mala costumbre de correr a los autos que pasan dejando una nube de polvo.

La fauna de campo es omnipresente: un cotorrerío infernal se oye de manera permanente desde una hilera de altos eucaliptos, ya que en estos días las cotorras andan de festín porque el maizal del otro lado del camino está con sus mazorcas maduras. Y cada tanto, con suerte, se ve algún zorro o una comadreja: alrededor no hay otra cosa que campo a los cuatro costados.

De vez en cuando, aparece en la pulpería algún anciano y cuenta sobre los tiempos en que venía a este lugar –era una zona de tambos– cuando aun no tenía luz eléctrica.

En un parque lateral hay mesas sobre el césped a la sombra de los arboles (donde suele estar Filomena y corretean las gallinas). En el interior y delante de la fachada al aire libre hay más mesas. El piso y el techo son de ladrillo, la barra de madera y hay una salamandra a leña. En los estantes se exhiben botellas de bebidas blancas. En invierno se toma mucha ginebra, Legui y café con gotas de licor, además de Gancia y Fernet.

El menú es sencillo: milanesas, asado para el almuerzo sábados y domingos, empanadas fritas de carne cortada a cuchillo, pizza casera, budín de pan y vigilante de queso y dulce. Las picadas son con salame de Mercedes y quesitos de Lincoln con pan recién sacado del horno de barro. Así funciona La Rosadita, una pulpería de pura cepa con la lógica de antaño pero adaptada a los tiempos de hoy. En esta diferencia con aquella pulpería original, está su rasgo más ajustado de autenticidadz

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Tirantes con tela de arañas y pool sobre un piso de ladrillos, distintivos de la pulpería.
Imagen: Julián Varsavsky
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