turismo

Domingo, 24 de julio de 2016

ESPAÑA MADRID CERVANTINA

Cuatro siglos después

A 400 años de la muerte del creador de Don Quijote, emblema de la literatura castellana, el territorio español transita su año cervantino. Con el reciente hallazgo de sus restos todavía desatando polémicas, un recorrido por los sitios fundamentales del paso de Miguel de Cervantes por la capital española, aquellos de la gloria, muerte y rescate del hombre-mito.

 Por Sebastián Benedetti

“El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. Con esa frase extraída de Los trabajos de Persiles y Segismunda, su obra póstuma, un sencillo monumento funerario pone un punto (¿final?) en la historia de Miguel de Cervantes Saavedra en el Convento de las Trinitarias, en el corazón del Barrio de las Letras de Madrid.

Pasaron cuatro siglos desde aquel viernes 22 de abril de 1616 en el que la diabetes se llevó a la pluma más alta de la literatura castellana y desandamos ahora paso a paso los sitios clave en la construcción del hombre y el mito en la capital española. Y en las coordenadas de tan solo un barrio es posible, aun hoy, encontrar las piezas para rearmar un rompecabezas de la historia cervantina.

Madrid fue apenas uno de los mojones en la historia de Miguel de Cervantes, aunque uno central en los orígenes del mito. Nacido en 1537 en Alcalá de Henares, a unos 30 kilómetros, vivió luego en Valladolid, rumbeó más tarde hacia Italia y participó de la batalla de Lepanto, aquella en que una coalición católica se enfrentó al Imperio Otomano. En esa lucha se ganó un estigma físico que sería parte de su destino: la herida en la mano izquierda lo transformó para siempre en “el manco de Lepanto”.

Hacia 1585 en su natal ya había conseguido que viera la luz La Galatea, su primera obra, pero fue recién de la mano de la publicación en 1605 de Las aventuras del ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, impreso en las profundidades de un sótano madrileño, que el curso de su historia cambió para siempre.

Cajistas, correctores, batidores y prensistas trabajaron aquí para imprimir la gran novela del Siglo de Oro.

HIDALGO AL PAPEL En esta Madrid del siglo XXI, caminar por las calles de Barrio de las Letras –también conocido en su tiempo como Barrio de las Musas– es una experiencia para todos los sentidos. Cerca de la enorme estación de Atocha, centro nervioso de la ciudad, y de ese triángulo cultural a escala mundial que conforman los museos Del Prado, Reina Sofía y Thyssen Bornemisza, hace siglos ya era este el eje bohemio de los hombres de letras de Madrid. Aquí, delimitando sus calles angostas de esquinas sin ochavas, que en estos días de cierto aire fresco tardío regalan el aroma de sus cafés y bares de paso, se extiende la avenida Atocha. En el número 87 de la que hoy es una arteria viva que une a la estación con el centro, aparece una de las joyas más entrañables para los corazones cervantinos.

“Si el libro se vendió tan bien no fue por Cervantes”, sentencia con firmeza José Francisco Castro, el especialista en la historia cervantina que me va guiando escalones abajo hasta al sótano de la vieja imprenta de Juan de la Cuesta. La afirmación, que en principio parece un ataque, tiene su trampa: “Cervantes no era conocido cuando publicó el Quijote; más bien se hizo famoso gracias a él. En realidad el éxito inmediato se debió a una persona que aparece nombrada en la portada de la primera edición. Se trata de Francisco de Robles, el librero que puso todo el dinero para imprimir el Quijote”, aclara.

Este edificio de Atocha, sede actual de la Sociedad Cervantina, abrió al público el sótano en el que José Francisco explica la historia. Reacondicionado hasta el mínimo detalle como lo estaba a comienzos del 1600, por este mismo subsuelo de techo bajo pasaron cajistas, correctores de imprenta, batidores y prensistas que dieron forma a la primera versión del Quijote. Con el empuje y la confianza del mentado Francisco de Robles (librero del rey, pequeño detalle) la primera edición tuvo una tirada de alrededor de 1500 ejemplares, cuando en la época una nueva impresión rondaba, en el mejor de los casos, los 600.

En los días de ese primer Quijote los libros nuevos se vendían por pliegos, con un precio decidido por el Consejo Real, el mismo que hacía las veces de censor. Así, el público lo compraba a modo de fascículos para después, y según las posibilidades de cada uno, encuadernarlo.

Nuevamente escalones arriba, y luego de hacer una demostración del proceso de impresión en una máquina similar a las del siglo XVII, el especialista pone los datos del éxito inicial en contexto: “Actualmente en España sabe leer el 99 por ciento de la población. En 1605 sabía hacerlo entre el 10 y el 15 por ciento”. En síntesis, el Quijote fue una verdadera explosión desde el comienzo.

No hacen falta mapas: la presencia de una placa revela la morada donde vivió Cervantes.

BARRIO Y CASA De vuelta al aire libre y las callecitas del Barrio de las Letras, al retomar el recorrido van a apareciendo ante la vista –y casi sin buscarlas– las casas que habitaron varios de los estandartes del Siglo de Oro español. Las antiguas residencias de Francisco de Quevedo, o la hoy casa-museo de Lope de Vega van sembrando pistas. Así se avanza hasta llegar a la antigua calle León. Al doblar a la derecha, aun sin mapa en mano ni referencias exactas, la casi permanente presencia de grupos de turistas apuntando sus lentes a una fachada de color amarillo nos confirma que estamos ante la casa más importante de este barrio.

En esta propiedad, que logró sortear con los años demoliciones, intentos de salvataje, intervenciones de la realeza y reconstrucciones, pasó sus últimos días el escritor. La calle supo llamarse Francos aunque hoy, obviamente, se rebautizó Cervantes. Para 1616 el autor ya había publicado sus Novelas ejemplares y la segunda parte del Quijote (con éxito menor que la primera), y pasaba sus días bajo este techo, entre la pobreza y el empeño por dar las puntadas finales a Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que sería su obra póstuma.

AÑOS INCIERTOS España llegó a este aniversario de la muerte de su más ilustre hombre de letras envuelta en cierta polémica. Hace poco más de un año, cuando promediaba el mes de marzo de 2015, se hizo el anuncio oficial del hallazgo de los restos de Miguel de Cervantes Saavedra en las profundidades del Convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, un edificio de austera fachada de ladrillos que se levanta a solo dos cuadras de la última casa de Cervantes. Ese fue el sitio que eligió el escritor como destino. Allí fue enterrado en 1616 –en realidad en la localización primitiva del convento, distante unos cien metros– y en algún momento trasladado junto a otros restos. “Aquí yace”, marca una placa sobre la fachada que da a la calle Lope de Vega, aunque hasta el año pasado la ubicación exacta de sus restos era un misterio. Luego de los estudios el antropólogo forense Francisco Etxeberría dijo que eran “muchas las coincidencias y sin discrepancias” en la identificación de Cervantes. Para algunos, lo endeble de las pruebas se trata de un cierto “apuro” por decretar y anunciar un hallazgo.

Aun así, transitar esas dos cuadras adquiere una energía especial. Los portones del Convento de las Trinitarias permanecen cerrados, pero una pequeña puerta lateral nos permite quedar frente al sitio en que fueron depositadas las tres urnas con los restos hallados bajo este mismo suelo. En el marco de ese frío permanente de los templos, ante los ojos es solo otra placa de mármol. Pero es lo más cerca que se puede estar en cuatrocientos años de los restos de Cervantes.

EL LEGADO El edificio de la Biblioteca Nacional española en el Paseo de Recoletos es tan majestuoso como imponente. Espaldas con espaldas con el siempre recomendable Museo Arqueológico Nacional, la Biblioteca –esta, sí, más alejada del Barrio de las Letras– recibió el aniversario cervantino con una muestra inédita: Miguel de Cervantes, de la vida al mito (1616-2016).

Cuando la exposición –por la que pasaron cerca de 80.000 visitantes– está a punto de expirar, en la sala Recoletos de la planta baja del edificio un holograma del rostro grave de Cervantes nos da la bienvenida a viva voz. Así se inicia un recorrido por su vida, imagen y mito, en el que son de una fuerza contundente los documentos de la época. Se expone aquí por primera vez la mayor colección de sus firmas (incluso aquellas de demostrada falsedad), su partida de bautismo y hasta el libro de difuntos del Convento de las Trinitarias. Aquí también se abre al público el ejemplar que la Biblioteca Nacional guarda de la primera edición del Quijote, uno de los pocos que quedan de los que salió del sótano de Juan de la Cuesta.

La muestra, aunque ya no está disponible de manera física, puede recorrerse igualmente de manera virtual en el sitio web de la Biblioteca Nacional. Es otro acercamiento posible a la colección considerada, por su variedad e importancia de sus piezas, la mejor en el mundo.

Con los ojos todavía posados con cierta incredulidad y emoción sobre la primera edición del Quijote que la Biblioteca expone, cerramos un viaje de cuatro siglos. Del apogeo y la gloria de una novela de caballerías al derrotero centenario de los restos, frágiles y esquivos, de un hombre. Con todos esos condimentos –que van de lo mítico a lo terrenal– Madrid abre su costado cervantino para rendir homenaje a de quien, pasados varios siglos, sigue siendo centro de atracción para lectores de todo el mundo.

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El subsuelo de la antigua imprenta donde se dio forma a la primera versión del Quijote, a principios del siglo XVII.
 
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