turismo

Domingo, 24 de julio de 2016

CHUBUT BALLENAS DESDE LA COSTA

¿Quién mira a quién?

En el Golfo Nuevo las ballenas no se dejan ver solamente desde los barcos. Basta con asomarse a algunas playas –El Doradillo sobre todo, en las afueras de Puerto Madryn– para tener un encuentro llamativamente cercano: como en un avistaje mutuo, los cetáceos llegan muy cerca de la costa.

 Por Graciela Cutuli

El sol naciente acaba de despertar a Puerto Madryn con un cielo rosado. Como es habitual en invierno, un nuevo día sin nubes está por empezar sobre las costas del Golfo Nuevo. Para celebrarlo, las ballenas se animan hasta las orillas mismas de la ciudad: no sólo se las ve, también se escucha el resoplido potente de su respiración y ocasionalmente aparece una cola o una aleta fuera del agua. “La gran mayoría de la gente nos viene a visitar durante la primavera, a partir de octubre, porque en un solo viaje hacen excursiones para avistar ballenas y pingüinos. Pero si realmente quieren ver ballenas de cerca, y sobre todo apreciar cómo interactúan con sus crías, es mejor venir ahora, en esta época del año, durante los meses de invierno”. Lo dice Leoni Gaffet, que tiene una experiencia de más de veinte años guiando a visitantes en la comarca de Puerto Madryn y la Península Valdés.

Avistaje mutuo. Las ballenas también parecen mostrar cierta curiosidad por la actividad humana.

SALIENDO A LA IZQUIERDA ¿Muchas ballenas y mucho frío en el invierno allá en el sur? Es cierto que hay que salir bien preparado, con campera, guantes, gorro y buen calzado; pero durante el día, el sol se hace lo suficientemente presente como para sacarse el abrigo. Y la buena noticia es que en Madryn –donde casi nunca llueve– el sol está prácticamente siempre presente en invierno.

Las excursiones embarcadas de avistaje de ballenas salen temprano por la mañana hasta Puerto Pirámides, el único pueblito de la Península Valdés. Desde su pequeña playa operan las seis únicas empresas habilitadas para botar lanchas al agua en temporada. Pero esta mañana, Leoni tiene otro plan… Propone una salida distinta. Promete que se verán ballenas por igual; pero desde la costa. “Vamos a ir a El Doradillo, una hermosa playa al norte de la ciudad, y se van a llevar una muy grata sorpresa. Vamos a ver lo que nosotros aquí consideramos como el kinder de los ballenatos; el lugar donde las madres llevan a los recién nacidos para que aprendan a nadar y a respirar”.

Con tal trailer, la película se espera con curiosidad. Para llegar hay que cruzar la parte norte de Puerto Madryn, y atravesar barrios nuevos donde las mismas casas se repiten a lo largo de calles en las que corren todavía nubes de polvillo y arena. Luego se pasa delante de la enorme planta de Aluar y delante de los depósitos de pórfido patagónico, una piedra que se exporta a todo el mundo y sirve en la decoración y la construcción de casas. Finalmente, la estepa retoma sus derechos y los últimos galpones ya no se ven en el retrovisor: se maneja entonces apenas unos minutos más por la ruta 42 que bordea el golfo (la misma que se une más lejos con la Ruta 2 que va hasta Puerto Pirámides y recorre la península).

Son las nueve de la mañana y el sol ha justo salido de atrás de las lomadas de la meseta. Ya llegaron algunas combis y unos vehículos particulares hasta las entradas a la playa, a la izquierda del camino. También llegó un bus escolar, que ha traído a una clase de primaria para una lección de ciencias naturales a cielo abierto.

El lugar está a la altura de las expectativas creadas por la guía, que bien alta había puesto la vara. El agua es celeste y transparente. Y se ven ballenas nadar hasta donde se pierde la vista. ¿Será un día excepcional? ¿Es la famosa suerte del principiante? “Nada de eso. Es así todos los días de invierno. El agua es muy tranquila en esta playa, y hay una pendiente que hace que sea profunda al borde mismo de la costa. Por esta razón las ballenas se pueden acercar tanto. El Doradillo forma además como una pequeña bahía y está mejor protegida de los vientos y del oleaje que otras partes del golfo. Por todas estas razones pensamos que a las madres les gusta venir con sus recién nacidos, ya que encontraron aquí un ámbito tranquilo. Como una especie de jardín para sus primeros días de vida”, cuenta Leoni.

El lomo del gigantesco mamífero surca las aguas y se ve desde los miradores en altura.

BALLENAS A METROS Tal como el maestro que habla con los chicos de la escuela sentados frente al agua a unas decenas metros de distancia, Leoni sigue con su charla: “Las ballenas francas australes son mamíferos como los demás cetáceos. Tienen que enseñar a los ballenatos a subir a la superficie para respirar oxígeno, algo que no saben hacer al nacer. También los deben entrenar para naden y adquieran la resistencia necesaria para emprender el largo viaje que los espera a fines de la primavera. Van a recorrer con sus madres el Atlántico Sur en busca del krill, su principal fuente de comida. Creo que les gusta venir aquí porque también son animales muy curiosos y les debe atraer venir a avistarnos a nosotros, los humanos. Por el mismo motivo se acercan tanto a los barcos”.

A lo lejos se ven algunas ballenas que saltan. Siguiendo los consejos de la guía, se preparan las cámaras porque el mismo individuo siempre da varios saltos seguidos por la misma zona. Si la foto falla, o el zoom no alcanza, queda la posibilidad de presenciar algún apareamiento frente a la costa.

“No es tan común, pero es algo que suele ocurrir durante los meses del invierno. Varios machos vienen aquí porque saben que acá hay hembras y algunas serán quizás receptivas. Se nota cuando tienen suerte, porque hay algún alboroto en la superficie del agua”. Leoni sigue con la charla, dando más detalles sobre el comportamiento de las ballenas, pero hay que reconocer que sus palabras se deshilachan con el viento. El espectáculo es tan sobrecogedor que se pierde la noción de la gente alrededor para concentrarse sobre la hermosa vista de la playa y el increíble espectáculo de varias ballenas que nadan a apenas algunos metros de la orilla. Imposible estar más próximo. Sobre todo cuando la marea está alta, y el calado de agua les permite nadar más cerca aún de la costa. No siempre se logra tanta cercanía en las salidas embarcadas.

El Doradillo figura entre las opciones de visitas de las agencias, pero curiosamente no tiene la misma popularidad que las salidas en barco. Aunque sea mucho más económica y uno hasta pueda hacerla por su cuenta si dispone de un vehículo. Además hay la misma seguridad de ver ballenas que desde las lanchas. Por este motivo, ciertas mañanas de invierno, la playa está prácticamente desierta y las ballenas tienen muy poca gente para avistar.

Al reparo de algún arbusto y bajo el sol, es posible burlarse del frío sin problema y aguantar horas mirando el desfile de las ballenas y sus ballenatos. Al momento regresar a la ciudad, se hace por lo general una parada en Punta Flecha, el acantilado que limita una de las extremidades de la playa del Doradillo. Es un excelente apostadero para ver las ballenas pasar, al pie de las rocas que dominan la costa. Es también un buen apostadero para escucharlas: la Fundación Patagonia Natural ha instalado allí un refugio desde donde se recibe el sonido de un hidrófono (un micrófono acuático) que capta el hipnótico canto –o lenguaje– de las ballenas que pasan en las cercanías.

Desde el deck de Punta Flecha se ve la inmensidad celeste del Golfo. Se observan ballenas saltar, nadar, enseñar a sus hijos y hasta reproducirse. A la derecha están las torres de la costanera de Puerto Madryn. Podrían ser un detalle incongruente dentro de tal panorama: pero hay que tomarlo con naturalidad, de la misma manera que lo hacen las ballenas que nadan hasta ahí para curiosear. Al anochecer, cuando los ruidos de la ciudad bajan de volumen, se escucha la respiración de los cetáceos y se adivinan sus masas oscuras justo por debajo de la superficie del agua. Sea desde el muelle de la ciudad o desde la playa del Doradillo, estos avistajes no son una razón para perderse el embarcado, pero bien vale saber que esta tradicional modalidad no es la única manera de ver ballenas desde cerca; o mejor dicho desde muy cerca.

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Un par de aletas asoma sobre la superficie del agua, a pocos metros de la orilla, en El Doradillo.
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