turismo

Domingo, 31 de julio de 2016

BUENOS AIRES > CARHUé Y LAS RUINAS DE EPECUéN

La ciudad que quería vivir

Villa Lago Epecuén era un balneario floreciente en el sur bonaerense, hasta que quedó sumergido por una gran inundación en 1985. Tiempo atrás, las aguas bajaron revelando calles y casas de un mundo fantasmal que hoy se visita desde la vecina Carhué, famosa por la torre municipal de Francisco Salamone y heredera de las benéficas aguas minerales de la región.

 Por Graciela Cutuli

Fotos de Graciela Cutuli

Un solitario cartel de ferrocarril sobre una vía muerta marca el lugar donde se levantaba la estación de Villa Lago Epecuén. Al lado, un pequeño museo revive las glorias pasadas de un balneario que supo levantar cabeza frente a la todopoderosa Mar del Plata, con sus 5000 plazas hoteleras y cientos de emprendimientos comerciales. Y a dos kilómetros, el pueblo mismo resurge no de las cenizas, sino de las aguas: fue en noviembre de 1985, cuando la crónica de una inundación anunciada se hizo realidad y hundió para siempre hoteles, piscinas, calles y casas arrastrando consigo objetos personales, recuerdos de vidas enteras, años de trabajo y proyectos de crecimiento. Mirando en el museo el documental con testimonios de los pobladores que sufrieron el desastre, que reconocen su propia negativa a aceptar lo que inevitablemente se venía o siguen sin comprender que no hay terraplén que pueda detener la naturaleza, no se puede sino pensar en el Dr. Stockmann de Un enemigo del pueblo. En la remota Noruega, Ibsen imaginó personajes que podrían haber vivido en Villa Lago Epecuén un siglo más tarde…

Junto a las ruinas de lo que fue Villa Lago Epecuén, una fotografía recuerda los tiempos de esplendor previos a 1985.

ENTRE RUINAS Lo que quedó, lo poco que el agua no se llevó, volvió a asomar a la superficie hace pocos años, cuando la inundación empezó a bajar. El ciclo de la naturaleza empezó a cumplirse, una vez más: porque Epecuén es la última del sistema de lagunas encadenadas del oeste bonaerense, formado por cinco espejos de agua interconectados, y durante miles de años fue recibiendo aguas que, al evaporarse, dejaban un residuo mineral formando una enorme salina. Durante muchos años, paradójicamente fue la falta de agua lo que afectó el desarrollo turístico de la región: las fotografías de la época muestran a los pioneros cavando canales para llevar el flujo que permitiría los baños curativos. Cuando finalmente una serie de obras terminaron este problema, un ciclo húmedo y la falta de previsión generaron exactamente lo contrario. Las lagunas encadenadas se fueron llenando y la última, Epecuén, ya no tenía dónde desbordar: lo hizo sobre la ciudad balnearia que se preparaba –era el mes de noviembre– para lo que debió haber sido una nueva y próspera temporada turística.

Lo que hoy queda de aquella ilusión son ruinas. Casas sepultadas por el agua durante décadas, ahora descubiertas, jalonadas de árboles solitarios –los más alejados aún flotantes en la laguna- de troncos blanqueados a la sal. Los carteles de hoteles que supieron de tiempos mejores; los negocios mudos que fueron bares, discotecas, almacenes; las piletas que se llenaban con las voces de grandes y chicos; todo habla de un pasado fantasmal. Se llega a lo que fue Villa Lago Epecuén desde la muy cercana Carhué, por un camino que pasa por un emblemático Cristo del arquitecto Francisco Salamone, seguido más adelante por las no menos emblemáticas ruinas del Matadero, proyectado por el mismo arquitecto. La rara sugestión del lugar, que en los atardeceres parece incendiarse con los reflejos del sol que se pone sobre las aguas, es un imán para los fotógrafos. Un poco más de trayecto y se habrá llegado a la entrada del antiguo pueblo, donde hay que dejar el auto para caminar a pie entre las ruinas. Y luego, el recorrido termina en el museo: pero convendría hacer el paseo al revés, y conocer primero la historia de Epecuén y los motivos que causaron la inundación, para caminar finalmente entre las calles ahora desnudas de vida pero cargadas de memoria.

Hoy convertida en museo, la antigua estación de ferrocarril de Villa Lago Epecuén era el punto de arribo de los turistas.

TIERRA DE FRONTERA La soledad de Epecuén, sin embargo, es engañosa. El flujo turístico se concentra ahora en la vecina Carhué, una de las ciudades que nacieron durante la Campaña al Desierto a medida que se iba corriendo la frontera sobre territorio indígena: no es un azar si el monumento central de la plaza carhuense es en homenaje a Nicolás Levalle, militar allegado y subordinado de Alsina que encabezó la avanzada en esta parte de la provincia.

El otro monumento que sobresale es muy posterior y pone a Carhué entre los lugares más destacados de una ruta que muchas veces despierta más atención entre investigadores extranjeros que entre los visitantes argentinos, como observa Javier Andrés, secretario de Turismo local, en conversación con Turismo 12: se trata de la Ruta de Salamone, el itinerario que sigue los curiosos edificios públicos –municipios, mataderos, cementerios– proyectados a mediados del siglo pasado por el arquitecto ítalo-argentino que dejó un raro sello de grandiosidad en la pampa. En Carhué, Salamone diseñó la alta torre del edificio municipal, una suerte de faro urbano que se levanta vigilante sobre las casas bajas de la ciudad: imposible no verlo, de día recortada contra un cielo donde no hay edificios que le compitan, o de noche sugestivamente iluminada.

MAR DE EPECUEN No es mucha la gente que se ve por las calles de Carhué. Porque la mayoría de los visitantes están “pileta adentro”, disfrutando de las piscinas de los hoteles, que ofrecen el agua altamente mineralizada del lago Epecuén a temperaturas ideales para el invierno. El alto nivel de sal se respira en el aire: basta acercarse al agua para sentir en el aire una cierta picazón inasible, que gracias a la inmersión se traduce en beneficios para la piel, los dolores musculares o reumáticos. Las aguas son tan salinas como las del Mar Muerto, con unos 100 gramos de minerales por litro: intente hundirse y le será imposible. Cada piscina es una suerte de enorme flotario que concentra las propiedades del lago Epecuén. En verano, existe la opción de disfrutar de la playa ecosustentable instalada en las orillas del espejo de agua, esta vez a la temperatura real, que ronda los 21 grados. Próximamente –adelante Javier Andrés– Carhué tendrá además un complejo hidrotermal con un área de pileta recreativa con toboganes, y piscinas cubiertas de aguas cálidas abiertas todo el año: la apertura se espera entre 2017 y 2018.

NIEVE SALADA Pero no todos los visitantes de Carhué están en las piscinas minerales. O al menos no todo el día: porque muchos salen en grupos -sea durante las recientes vacaciones de invierno que colmaron la capacidad hotelera o en los fines de semana largos- sumándose a los paseos organizados por la dirección de Turismo que llevan hasta las orillas del lago, para avistar flamencos o las formaciones de sulfato de sodio. Se trata de los cristales que se forman cuando llegan el frío y las heladas, provocando la precipitación de la sal disuelta en la laguna en forma de cristales. Parece nieve y parece sal; las orillas del lago toman entonces una rara dimensión de aspecto surreal que le da al invierno carhuense una dimensión particular. No hay que perdérselo; es otro atractivo para fotógrafos y para quienes gustan de sorprender preguntando a sus interlocutores dónde creen que se encuentra ese paisaje: no se asombre si nadie acierta, porque todavía es un secreto para pocos.

Mientras tanto, crece también otra opción natural: los paseos en el bosquecito de caldén y las salidas de avistajes de aves, una actividad que suma adeptos en todo el país y en Carhué no es una excepción. Ya son decenas las personas que se reúnen, provistas de largavistas y guías, para descubrir las especies que cruzan los cielos bonaerenses. Y la región, que ya fue declarada Area de Importancia para la Conservación de las Aves (AICA), está por incorporarse también el Corredor de Aves Playeras. Puede depender de la época del año y de las migraciones de algunas especies, pero seguramente el avistador volverá por lo menos con el falaropo común, el macá, el coscoroba y naturalmente los flamencos australes marcados en su check-list. Un buen cierre para un viaje que en un radio de pocos kilómetros abarca los orígenes de la nación argentina, la historia de la “frontera interna”, la insólita arquitectura monumental de la pampa y el recuerdo de una población otrora próspera cuyas ruinas parecen marcar una advertencia sobre el respeto a la naturaleza y la importancia de la previsión.

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El municipio, con la alta torre proyectada por el arquitecto Francisco Salamone, en el centro de Carhué.
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