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Domingo, 31 de julio de 2016

TIERRA DEL FUEGO > AVENTURAS INVERNALES

Blancura del fin del mundo

Crónica de un viaje a Ushuaia en temporada de nieve, entre travesías en 4x4, caminatas con raquetas y paseos en trineos tirados por perros. Una estación para esquiar en Cerro Castor, navegar por el Canal de Beagle y sobrevolar en helicóptero las orillas de esta isla remota.

 Por Guido Piotrkowski

Fotos de Guido Piotrkowski

El tiempo / al sur del sur, se ha detenido, / se ha distraído con no se qué / y el aire / es en realidad una gelatina / tan cristalina que no se ve...”.
(“El Sur del Sur”, Jorge Drexler)

El tiempo es ecléctico en el fin del mundo. Suele decirse que Ushuaia puede condensar los climas de las cuatro estaciones en un mismo día. Así, el sol y la lluvia, el viento y la nieve se van alternan sin previo aviso aquí, al sur del sur. Aunque el invierno es una pequeña excepción a la regla, ya que no hay manera de tener un veranito en pleno julio. Pero sí es muy probable que se dé al revés, y si el viajero aterriza en pleno diciembre puede que lo sorprenda una nevada.

Una nevada que en tiempos de cambio climático se hizo rogar, pero que al fin llegó a este sitio que los indios yámanas –hoy extintos, habitantes naturales de la región– llamaron Bahía que mira el Poniente, según el significado de Ushuaia en su lengua nativa.

Por su ubicación extrema, por su naturaleza indómita, por su geografía sin par, Tierra del Fuego fue obsesión y desafío para los antiguos exploradores; fue cárcel para delincuentes peligrosos y castigo para presos políticos confinados al último rincón del planeta. Fue tierra fértil para los primeros colonizadores, evangelizadores, cronistas y científicos, como el naturalista inglés Charles Darwin, que estaba fascinado por este lado del globo, pero desdeñaba a esos indios gigantescos que encontró al desembarcar de la fragata HSM Beagle, comandada por el capitán Robert Fitz Roy. Para Darwin, esos hombres que andaban desnudos o apenas cubiertos con piel de lobo en medio de esta tierras gélidas eran lo más abyecto de la raza humana, aunque años después se retractaría. Para los colonos del siglo XIX aquellos hombres, dueños de las tierras que ahora ellos ocupaban, eran una molestia, porque les mataban su ganado. Así los persiguieron hasta casi exterminarlos.

Vista sobre la cordillera y la ciudad, para los yámanas la “bahía que mira al poniente”, desde el cerro Le’Cloche.

SUEÑO VIAJERO Ushuaia tiene mística. Hoy es el anhelo de viajeros del mundo entero que llegan atraídos por la naturaleza, las leyendas y el encanto de llegar, literalmente, al fin del mundo. Y también es tierra fértil para muchos emigrantes de este siglo, que, por razones diversas, dejan todo por esta tierra prometida: ya sea por razones económicas, en busca de mejorar la “calidad de vida”, o por razones políticas, como sucediera años atrás. Por eso la ciudad crece meteóricamente, a un ritmo cercano a los diez mil nuevos ciudadanos por año. Hoy se estima que en Ushuaia viven unas 90 mil personas, que trabajan en el sector público, la industria y el turismo principalmente.

Para el turismo, que es lo que hasta aquí nos trae, Ushuaia cuenta con un amplio abanico de actividades durante todo el año. Ahora, durante el invierno, reinan los deportes de nieve, pero más allá del esquí de fondo o el alpino y el snowboard, se puede caminar con raquetas o dar un paseo en trineos tirados por perros, navegar por el Canal del Beagle, recorrer los lagos y buena parte de la isla en 4x4. O sobrevolarla en helicóptero. Y también darse el lujo de probar centolla o merluza negra a un precio difícil de hallar en algún otro lado. Y comer, quizás, el mejor cordero de la Patagonia.

AVENTURAS EN EL BOSQUE La única vía de comunicación terrestre de la isla con el resto del mundo es la Ruta Nacional 3. Al salir del centro y a lo largo de los primeros 40 kilómetros se suceden una decena de centros invernales que ofrecen todo tipo de actividades: patinaje sobre hielo, motos de nieve, caminatas con raquetas, paseos en trineos tirados por perros y excursiones nocturnas.

El ladrido ensordecedor de una jauría de cien perros indica que estamos en valle de Lobos, ubicado sobre el kilómetro 3037, a 18 kilómetros del centro de Ushuaia. Son de raza Siberian y Laskan Huskies, y están desesperados por tirar de sus trineos en el bosque de lengas. Los perros son criados y entrenados acá, especialmente para esta actividad que sólo se puede hacer en invierno. Son muy territoriales, explica el musher o guía que va parado en la parte de atrás azuzándolos. El circuito tiene unos dos kilómetros de largo, con algunos pequeños desniveles donde el trineo pega algún que otro saltito y sube la adrenalina. Acá también hay opción de hacer caminatas con raquetas y, para el almuerzo, un buen cordero fueguino al asador.

Unos poco más adelante, a la altura del kilómetro 21 y al pie del cerro Alvear, encontramos el refugio del complejo Tierra Mayor, enclavado en este prístino valle del mismo nombre. Gustavo Giró fue uno de los primeros en llegar y se instaló con su familia para desarrollar este proyecto, donde se puede practicar esquí de fondo y caminar con raquetas, pasear en trineos o motos de nieve. Por las noches organizan una salida especial, la excursión nocturna Nieve y Fuego. Consiste en una cena al calor de un fogón en un refugio en medio del bosque, al que se llega caminando con raquetas a la luz de un farol, en trineo o motos de nieve. La comida es simple: pinchos de pollo asado, vino y un guiso potente para paliar el frío. Todo matizado por una guitarreada repleta de hits imbatibles a cargo de uno de los guías, bajo un manto de estrellas o la luz de la luna.

Excursión en 4x4 al lago Fagnano: a los saltos en el barro y entre bosques de lenga.

FAGNANO EN 4X4 Son las nueve de la mañana y aún es de noche. Parece una contradicción, pero no lo es. Acá, en invierno, clarea cerca de las diez. Así que surcamos el primer tramo de la RN3 rumbo al Lago Fagnano cuando aún está oscuro. La primera parada es en el mirador del Valle del Carbajal. Ahora sí está clareando, el cielo se tiñe de un tono rosa-anaranjado, por momentos violáceo. El sol asoma, tímido, detrás de los cerros que se elevan sobre el turbal del valle, y sus picos reflejan ahora la tonalidad del cielo.

Es en esta parte del mundo donde la extensa cordillera de los Andes va a hundirse en el mar, y es por eso que los cerros son los más bajos de todo el continente, con una altura promedio de 1000 metros, y no más de 1500 metros máximo. También es aquí donde la cadena montañosa corre de oeste a este, y no de norte a sur. Ushuaia es la única ciudad del país que se encuentra del otro lado de la cordillera de los Andes.

Desde el mirador, con buen tiempo y visibilidad, se pueden avistar tres glaciares colgantes: el Beban, el Ojo del Albino y el Alvear. Debajo de aquellos cerros que son parte de la Sierra del Alvear, sobre el valle ahora cubierto de blanco, se extiende un turbal. La turba se utiliza en Argentina para fabricar fertilizantes, mientras en sitios como Escocia se usa para la destilación del whisky. “La turba es una especie de musgo que crece con la descomposición orgánica en clima húmedo y frío –explica Cristian di Caro, guía y avezado conductor–. Ushuaia es el único lugar que está autorizado para trabajar con la turba en Tierra del Fuego y es el único que se puede explotar. El resto de los turbales está protegido porque tiene un crecimiento muy lento. No se llega a extinguir, pero lleva mucho tiempo para volver a crecer”.

Poco después atravesamos el Paso Garibaldi, el cruce hacia otro lado de los Andes, el paso de carretera cordillerano mas austral del mundo, que trepa a 450 metros sobre el nivel del mar en su punto más alto. Acá hay un mirador desde donde, en un día despejado –no hoy– se aprecian el lago Escondido y el Fagnano. Hoy, desafortunada y literalmente, están escondidos detrás de una espesa capa de niebla. “Acá hay varios tipos de microclima, que se ven mucho más en verano que en invierno. A veces en Ushuaia está lloviendo, hay viento y cruzás la cordillera y del otro lado hay un sol que raja la tierra. En invierno se da menos, pasa más que se nubla. Hay una niebla espesa que no deja ver nada”. Por eso se debe circular con sumo cuidado, ya que es una zona de avalanchas, la ruta se corta seguido y suele haber accidentes.

Un poco más adelante, detenemos la marcha en la cabecera norte del lago Escondido, frente a un sitio con galpones y tolvas para secar la madera. En el horizonte, la niebla se funde con el agua y el paisaje se vuelve fantasmagórico, monocromático.

Finalmente, llegamos al punto alto de la travesía, un bosque de lengas, coihues y ñires cubiertos por líquenes que se adhieren a sus ramas. La camioneta Land Rover piloteada por Cristian atraviesa a los saltos el camino de embarrado, lleno de pozos y lagunas que le imprimen la dosis de adrenalina a la excursión 4x4 . Un sendero semioculto en el bosque que ve la luz al desembocar en una playita de la costa de lago Fagnano.

Bajada de antorchas en Cerro Castor, el complejo de esquí de más larga temporada gracias a su ubicación geográfica.

CERRO CASTOR Esquiar debe de ser una de las experiencias más liberadoras que hay. Deslizarse suavemente o a toda velocidad, balanceando el cuerpo en zigzag o tirándolo levemente hacia delante y lanzado como una flecha en línea recta cerro abajo; sentir las caricias del viento, dejarse llevar por la suave cadencia del sonido que producen los esquíes en su roce con la nieve.

Cerro Castor, además de ser el centro de esquí mas austral de mundo, es el que -al menos en la Argentina- tiene la temporada más larga, que arrancó a principios de julio y va hasta octubre. Uno de los eventos más esperados es la tradicional bajada de antorchas, que se realizó el 23 de julio y dio así el puntapie inicial y oficial de la temporada. Hubo música en vivo, degustación de chocolate caliente y un recorrido por la historia del deporte invernal. Más de sesenta instructores dibujaron un zigzag en el cerro al bajarlo antorchas en mano

Entre las novedades de Castor para esta temporada, la más destacada es la apertura de una pista de patinaje sobre hielo natural en la base del cerro. Para esquiadores y snowboarders, la buena nueva es que se habilitó una nueva pista: Chimango, con 1050 metros de largo y un desnivel de 300 metros, desde la pista Aguila Mora hasta a la pista Senda Guanaco, una nueva alternativa para bajar desde la cumbre. También se construyó un nuevo circuito, que comienza, justamente en Chimango: es el Castor Cross, de 950 metros de longitud y un desnivel de 150 metros, para practicar Ski/Border. Además, se habilitó un sistema electrónico de compra de pases, que permite agilizar el trámite, no hacer cola y adquirirlo desde casa con tarjeta de crédito.

Castor tiene un amplio calendario de actividades para todo la temporada que van del Día del Montañés a la Final Copa Sudamericana de la FIS (Federación Internacional de Ski). Para los peatones o no esquiadores, además de la pista de patinaje hay un complejo de cabañas para hospedaje, bares y restaurantes, entre los que se encuentra Aguila Morada, donde se puede probar uno de los mejores –si no el mejor– cordero fueguino, que se asa a fuego lento desde la cuatro de la mañana.

ISLAS, LOBO, FARO La fantasía recurrente de quienes visitan Ushuaia es que aquí verán el Faro del Fin del Mundo, aquel que Julio Verne inmortalizó en la novela homónima. Falso. Aquel faro, que es el más antiguo de la Argentina, está en la Isla de los Estados. De todas maneras un faro existe, y es Les Éclaireurs, la postal del fin del mundo, que funciona como guía para los navegantes que entran a la bahía de Ushuaia a través del canal de Beagle. Construido en 1918 por la Armada, comenzó a operar un año más tarde. Mide 11 metros de alto y funciona a energía solar con dos flashes blancos, que destellan cada cinco segundos.

Caminando por la rambla de la ciudad se ve un buque semihundido, abandonado, que lleva añares en el mismo lugar. En el puerto hay contenedores y buques de carga. Más allá, en un extremo de la bahía, se ve una buena cantidad de veleros. Y a la altura del centro descansan los catamaranes que salen a recorrer el canal en excursiones de medio día y día entero, que navegan por las islas donde habitan lobos marinos y cormoranes, que dan la vuelta al faro y vuelven. Por aquí anidan también pingüinos de Magallanes y también de la especie papúa, revolotean en petrel, la gaviota cocinera, el pato vapor y el cauquén.

Un paseo alternativo, y más extenso, es el que surca el canal hasta llegar a la Estancia Harberton. Estas tierras son propiedad de los descendientes de Thomas Bridges, el primer misionero en llegar hasta aquí, un hombre que aprendió el idioma yámana y dejó un diccionario de aquella lengua. La estancia fue entregada a Bridges por el ex presidente Julio A. Roca, quien le otorgó al misionero veinte mil hectáreas en “cualquier lugar del territorio nacional”. El hombre eligió Ushuaia.

Navegamos ahora en silencio. Las aguas del canal están planchadas, serenas. La vuelta al Beagle llega a su fin. Es un día de sol, el cielo está diafano y el fin del mundo se ve radiante, luminoso. Ushuaia tiene mística. El tiempo es ecléctico en el fin del mundo.

Caminata con raquetas en el Valle de Tierra Mayor, una de las opciones para disfrutar la nieve sin esquiar.

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