turismo

Domingo, 25 de septiembre de 2016

NEUQUÉN > TENTACIONES PARA LOS SENTIDOS

Un triángulo en el paraíso

El reciente Festival Cocina de los Siete Lagos confirma al sur neuquino como un circuito donde los ineludibles sabores patagónicos les ponen un marco gourmet a los paisajes de bosques, montañas y lagos. Experiencias de exploración y disfrute en San Martín de los Andes, Villa Traful y Villa La Angostura.

 Por Paz Azcárate

Llegan desde Buenos Aires y alrededores a pasar unas vacaciones y se quedan. En los kilómetros que separan Villa La Angostura de San Martín de los Andes, y hasta en la pequeña Villa Traful, son muchos los que reconstruyen este tipo de historias. Se enamoran de los siete lagos del sur neuquino y de los ñires que crecen a su alrededor, pero más que nada se enamoran de un ritmo de vida patagónico, de su gente, de sus calles y sabores. “Quiero que mis hijos crezcan acá”, pensó Patricia Pincín, hoy guía turística instalada en Villa La Angostura, cuando vino de luna de miel con su pareja. El flechazo por el lugar fue tal que, al terminar la estadía, ella se quedó en el sur y su esposo volvió a Buenos Aires a vender los regalos de casamiento. No es para cualquiera, advierten: el invierno puede ser largo y la ciudad puede volverse extrañable. Por otra parte, está la actividad volcánica. Episodios como la lluvia de cenizas provocada por el volcán chileno Puyehue-Cordón Caulle, en junio de 2011, se vuelven todo un desafío para la vida en esta zona y, se dice, deja ver quiénes están realmente preparados para lidiar con todas las aristas de habitar la Patagonia.

HACIA EL SUR Desde el arribo al aeropuerto de San Carlos de Bariloche se anticipa un día frío. Las nubes espesas y oscuras techan el cielo y anticipan lluvia para las próximas horas. De marzo a diciembre, en esta parte de Neuquén las precipitaciones son frecuentes (rondan los 1500 mm anuales) y las condiciones suelen cambiar varias veces durante el día. Puede estar despejado por la mañana, llover al mediodía y volver a despejarse por la tarde. En ese sentido debe armarse la valija: todo puede suceder.

Para comenzar el paseo por el Corredor de los Siete Lagos nos trasladamos hacia su extremo sur, en Villa La Angostura, a unos 82 kilómetros del aeropuerto. Esta es sólo una opción para recorrer esta parte del mapa donde predomina el azul de los lagos, ya que también se puede llegar vía aérea o terrestre a San Martín de los Andes, en el extremo norte, para hacer el camino inverso.

En La Angostura nos recibe el bosque espeso y silencioso de Puerto Manzano, a 20 minutos del centro de la ciudad. Los caminos de tierra serpentean entre las cabañas de estilo alpino más tradicional y hoteles de alta categoría que conservan algo de esa impronta que hace ver el barrio como el escenario de un cuento. En esta zona, rodeada por las costas del río Bonito y del Nahuel Huapi, se concentra la mayor cantidad de alojamientos de La Angostura. Esto responde en parte a su belleza natural –desde aquí uno puede despertarse y ver el bosque, el lago y la montaña por una misma ventana– pero también a que resulta un punto estratégico para muchas de las actividades que atraen visitantes a la ciudad, como la pesca, el esquí y los paseos y deportes náuticos. Partiendo desde los puertos La Mansa y La Brava, y bordeando la península de Quetrihué, también se puede acceder al Parque Nacional Los Arrayanes, 1753 hectáreas de bosques dorados y antiquísimos.

Aunque la belleza natural es el fuerte del sur neuquino, el turismo gastronómico se hace un lugar cada vez más importante en el abanico de actividades que debe hacer el visitante a su paso por esta zona. Podría decirse que el recorrido de los Siete Lagos no está completo si no se prueba alguno de los platos regionales elaborados con carne de cordero patagónico, ciervo, jabalí o trucha (o si no se prueba el renombrado chocolate artesanal de alguna de sus fábricas). Del crecimiento de la cultura gastronómica en Neuquén da cuenta el Festival Cocina de los Siete Lagos, que por estos días celebró su segunda edición tanto en Villa La Angostura como en San Martín de los Andes, ofreciendo a los turistas importantes descuentos en restaurantes y hoteles para probar, a precios accesibles, cocina de alta categoría elaborada con productos locales.

El Mirador del Viento, en la margen sudeste del lago Traful, un acantilado de 70 metros que es la extensión del cerro Puntudo.

VILLA TRAFUL En poco más de una hora se puede recorrer el camino que separa a Villa Traful de Villa La Angostura. Para eso tomamos primero la ruta 234, más conocida como la Ruta de los Siete Lagos, donde –en este tramo– se llegan a ver el lago Espejo primero y el Correntoso después. Aquí comienza lo que se considera el bosque subantártico o andino patagónico, una franja que se recuesta sobre el macizo cordillerano y se extiende hasta Tierra del Fuego. Para llegar a Traful se abandona la 234 y se ingresa por la RP 65 a esa aldea de montaña de escasos 500 habitantes: en esos 80 kilómetros que nos desviamos hacia el este atravesamos el ecotono, la transición hacia la estepa patagónica.

Nos detenemos en una parada fugaz para conocer el Mirador del Viento, en la margen sudeste del lago Traful. Se trata de un acantilado de 70 metros, extensión del cerro Puntudo. Estas altísimas paredes, que hoy se aprovechan para contemplar uno de los mejores paisajes del recorrido de los siete lagos, tienen origen glaciar: se formaron con el arrastre de los gigantes bloques de hielo. Desde este punto se pueden observar –además del lago Traful, con sus diferentes tonos de azul, celeste y verde– los cerros Huelta y Frutilla; la Península Grande hacia el noroeste y el Cerro Negro al sudoeste. Nos toca un día excepcional, sin viento, por lo que no podemos comprobar lo que se dice de este sitio de la aldea, aquello acerca de que si se arroja una moneda, en lugar de caer al lago, las ráfagas la levantarán hasta pasar por encima de quienes están en el mirador, que suele recibir de frente el viento del lago.

Un cachorro de alaskan huskie, la raza que arrastra trineos en San Martín de los Andes.

SAN MARTÍN Hacia el norte, a 102 kilómetros, una mucho más poblada San Martín de los Andes completa el recorrido. Enclavada en la Cordillera de los Andes y a la vera del lago Lacar, San Martín se levanta a 640 metros sobre el nivel del mar y ofrece actividades para las cuatro estaciones. En el podio: verano en la costa del lago, invierno para disfrutar la nieve en la cima del cerro y trekking todo el año. Igual que en La Angostura, la gastronomía de San Martín, podría decirse, se encuentra en plena ebullición. Entre los lugares más importantes de la ciudad se destacan El Regional y Piscis (ver aparte), dos alternativas para confirmar la calidad de las propuestas gastronómicas de Neuquén y su vigencia como destino gourmet.

CHAPELCO EN TRINEO Ascendemos en el teleférico hasta la plataforma 1600, que nos indica la altura del cerro en la que estamos. El colchón blanco y helado sobre el suelo se sigue renovando: desde que subimos no ha parado de nevar. La estrella pálida de la temporada llegó tarde y se espera que se mantenga unas cuantas semanas más, situación que celebran los amantes del esquí y del snowboard. Pero este ascenso tiene un propósito distinto: no nos subiremos a esquís ni a tablas, sino a un trineo comandado por un grupo de perros siberianos.

Ya dentro del vehículo, Matías Nolazco –el musher o guía del trineo– presenta a Rosita, Solito, Pepita, Leo, Tito, Pimienta, Forest y Apache, los huskies que, ubicados en doble fila, van a tirar del trineo durante el paseo por el bosque de lengas del cerro. “La idea de la actividad es mostrar las formas en que se transportaban por el bosque durante las temporadas de nieve los antiguos pobladores de la zona”, explica Matías, mientras sostiene el trineo desde la parte trasera. El tiene dos funciones: por un lado, guía a los perros que, a través de palabras clave, entienden cuándo deben frenar, cuándo acelerar y cuándo se viene una subida. Pero además, Matías se encarga de sostener el vehículo para garantizar su estabilidad, al tiempo que –según indica su respiración entrecortada– acompaña la fuerza de los perros con sus piernas, como si se tratara de un monopatín.

Mientras nos movemos por un circuito fuera de la pista donde se deslizan los esquiadores, Nolazco explica todo sobre los ocho protagonistas de la actividad. “Los líderes van adelante, los perros que más capacidad de hacer fuerza hacen, van detrás. No se los entrena para correr porque debido a las características de su raza son perros con mucha energía, que corren solos más de 100 kilómetros por día. Lo que se les enseña es a salir en grupo, porque cada uno tiene su personalidad, un ánimo distinto y de algún modo necesitan conocerse”, apunta. El grupo se compone de dos razas distintas de perros: el siberian huskie –famoso perro de trineo– muy resistente al frío, y el alaskan huskie, que es una raza “mejorada” por los criadores para este tipo de actividades.

“No existen muchas diferencias entre las hembras y los machos, aunque ellas suelen ser más ordenadas, y ellos mucho más dispersos”, acota Matías. Esa diferencia se hace clara en la parte más alta del recorrido, cuando hacemos una pausa. Rosita, que lleva la delantera, se queda en silencio mirando hacia el frente, mientras la mayor parte del resto del grupo se alborota en aullidos, mira para los costados, patea nieve hacia atrás. No ladran como el resto de los perros, parecen más bien lobos conversando, que sólo terminan la charla cuando Matías da la orden de seguir hasta el final del trayecto.

HUELLA ANDINA “Huella Andina está preparada para cualquier persona que guste del trekking, o mejor dicho: cualquier persona, con mínimo estado físico, puede recorrer sus caminos”, nos anticipa el intendente del Parque Nacional Lanín, Horacio Pelozo. Se trata del primer sendero de gran recorrido del país, que une los lagos Aluminé, en Neuquén, y Baguilt, en Chubut. Al momento se encuentran habilitados más de 20 tramos de distinta dificultad y extensión, y cuando terminen por habilitarse todos, el sendero completo de Huella Andina recorrerá 650 kilómetros de la zona norte de la Patagonia, atravesando zonas naturales protegidas como Arrayanes, Lago Puelo, Los Alerces, el Parque Nacional Lanín y el Nahuel Huapi. No se paga un ingreso y no hay requisitos ni condiciones físicas, por ende, tampoco excusas para no recorrer alguna de sus etapas.

Nos trasladamos en auto al punto de inicio del tramo, que parte de laguna Rosales y nos llevará, por camino agreste, de vuelta a San Martín de los Andes. Este tramo tiene una extensión de 11,5 kilómetros y se recorre en tres horas y media. Su baja dificultad responde no sólo a que su exigencia física es mínima, sino también a que, además, la señalización es rigurosa y se repite con insistencia –cada unos pocos metros– con una pincelada celeste y blanca sobre el tronco de algún árbol o un poste. No hay modo de perderse en los caminos que se abren paso entre los árboles.

La riqueza del Parque Nacional Lanín, es, además de natural, cultural. En las 412.013 hectáreas que ocupa viven más de 11 comunidades, muchas de ellas de criollos nativos, otros de pueblos originarios. El Barrio Intercultural Lote 27, que se bordea en esta parte del recorrido, es sólo un ejemplo de esa riqueza. Se trata de un complejo construido sobre terrenos restituidos a familias en situación de emergencia habitacional, la mitad de las cuales son mapuches. “Van a notar que las construcciones tienen forma circular, esto responde a la cosmovisión mapuche”, nos explica Pelozo. “Lo mejor de este proyecto –continúa– es que se trabajó a la par de las comunidades, en la mayoría de los casos ellos mismos trabajaron en la construcción de las viviendas”.

Caminando cerca de la costa, la vista obliga a hacer unas cuantas paradas. De frente a la inmensidad del lago, Pelozo se queda rígido mirando las bandadas de pájaros que sobrevuelan el agua. Como si no dejara de maravillarse por el paisaje que le regala el camino, se queda en silencio y mira. En esta zona se pueden avistar patos, cauquenes, bandurrias y halconcitos. “Lo que no deja de sorprender es que un lugar tan agreste y tan poco intervenido pueda estar tan cerca de la ciudad”, dice, casi pensando en voz alta. Por momentos sale el sol y las cámaras disparan. Pero se sabe desde el momento en que se gatilla el aparato, no sin algo de desilusión: ninguna foto puede contar este paisaje, con este silencio que a veces interrumpen los pájaros, con este olor a bosque de ñires que se respira. Por eso se quedan los que se quedan; cuando se trata de la Patagonia, no alcanza con las fotos que uno pueda llevarse.

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Lupinos multicolores, una postal patagónica que engalana en primavera la costa de los lagos y los jardines del Sur.
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