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Domingo, 9 de octubre de 2016

EGIPTO > MUCHO MAS QUE PIRAMIDES

Experiencia El Cairo

La capital egipcia es un auténtico mundo de sensaciones. Sonidos, olores y sabores dan la bienvenida a una ciudad que atraviesa tiempos difíciles, pero sigue apostando a un increíble patrimonio arqueológico para atraer visitantes: un pasado grandioso que choca con un presente complicado.

 Por Florencia Tapia Gómez

Llegar a El Cairo no es para todos. El tráfico es terrorífico y las disparidades culturales pueden resultar abrumadoras. Sin embargo, es un lugar ideal para descubrir aromas, costumbres, tradiciones y geografías nuevas.

Las diferencias son continuas. Los llamados a la oración, por ejemplo, parecen un millón de moscas zumbando juntas y son para nuestros oídos un espectáculo en sí mismo. En determinados horarios, en las calles suenan viejos y oxidados megáfonos que emiten el sonido durante unos breves instantes.

En este sentido, una de las experiencias más significativas es la noche. En estas tierras la vida nocturna es cosa de hombres: a quien sea turista y mujer le tocará sentirse, por lo menos, desubicada. Ni hablar si se quiere ir a bailar. En los hoteles como el Hilton hay espacios previstos, pero bailar –lo que se dice bailar– sólo lo hacen los hombres. Otra salida nocturna ideal para las noches cálidas de El Cairo en diciembre son las terrazas de los hoteles, donde se puede tomar una cerveza o fumar una shisha (el sabor a manzana es el más clásico). Esto último es lo que hacen los hombres musulmanes cuando salen a divertirse.

Arena y faraones. Las tres pirámides de Giza son la visita más tradicional de Egipto.

IMPRESIONES EGIPCIAS Visitar las pirámides es un acontecimiento único, acompañado de mucho calor, mucha arena y camellos disfrazados para pasear turistas deseosos de una foto típica. Una vez cumplido el rito y con un rico té, se podrá reflexionar mucho sobre los misterios que encierran estas moles mágicas.

Los mercados, por su parte, son colores, bochinche y sabores. En resumidas cuentas, una fiesta de la que no podemos privar a los sentidos. La compra típica de todo buen turista es una chalina, algunas especias y –si en la valija hay espacio y mucho entusiasmo– hay quienes se vuelven también con una shisha.

Viajar en tren o ver los cruceros que hay en el Nilo es descubrir el esplendor de una época pasada... no la de Tutankamón, sino más reciente. Los trenes parecen de colección. Subirse es viajar en el tiempo. Los cruceros son retro. Comer en el tren, al igual que en la mayoría de los restoranes no turísticos, podría decirse que conlleva cierto riesgo. La higiene es un tema cultural, pero entre el polvo y la contaminación esta ciudad no pasa los estándares occidentales. Este supuesto riesgo tiene sabor a aventura ¿y de qué se trata el viajar si no de aventurarse?

Como es sabido, una de las visitas más destacadas es llegar a las pirámides de Giza, a solo 18 kilómetros de El Cairo. Por las noches hay un show de luces que acompaña el relato histórico de los hechos interpretado por actores de la era dorada del cine de Hollywood. No tiene nombre lo bizarro que se vuelve ese momento.

En El Cairo, como en pocos lugares, se experimenta la sensación de ver la modernidad de lo antiguo y el atraso del presente. Las columnas gigantescas, o las propias pirámides, muestran precisamente que hubo en el pasado algo grande hoy arrasado, algo cuya grandeza nunca pudo recuperarse.

LO QUE HAY QUE SABER No da lo mismo cuándo llegar a El Cairo: en plena Fiesta del Sacrificio y sin saberlo –tal como me pasó– es como mínimo una buena aventura. Digamos que mi primer contacto con la cultura árabe fue un poco intenso. Esa primera noche no solo se escuchaban las habituales e incesantes bocinas, también se sentían los corderos chillar: estaban a horas de ser sacrificados y parecían saberlo. Aid al Adha es el nombre de esta fiesta que conmemora la historia del profeta Abraham, quien según la tradición musulmana ofreció a Alá a su hijo Ismael (y no a Isaac, como narra la Biblia). La celebración marca que las personas tienen que estar en sus casas hasta que se oculta el sol, pero ni bien cae el sol la gente llena las calles otra vez.

El clima, por su parte, no es un tema menor a la hora de elegir cuándo visitar El Cairo. Las temperaturas del invierno son como las de nuestro verano. En diciembre (pleno invierno), los hombres cairotas andan en suéter y campera, mientras los turistas visten solo remera y algo corto abajo. Además del calor hay que tener en cuenta el permanente polvo de la ciudad y cómo seca la piel: por eso es aconsejable ir con botella de agua en mano y tener una crema humectante cerca. Para combatir el polvo y el calor, los japoneses no dudan en calzarse gorros y barbijos.

El tráfico es un caos, pero una vez que se va el susto de presenciar un inminente choque, el viajero se toma con humor la manera de conducir en esta ciudad. Andar en taxi se parece mucho más a estar en los autos chocadores de un parque de diversiones que a cualquier otra cosa. La contaminación sonora es un hecho: la bocina se usa tanto como el volante.

Mientras tanto, el regateo se práctica para todo. El turista tiene que estar listo para recibir un acoso permanente. Les alcanza escuchar dos palabras para descubrir de qué nacionalidad es cada pasajero. Al identificar un argentino empieza el listado: “Messi, Maradona, Boca, el Che, No llores por mí Argentina…”. De esta manera logran generar un diálogo y sin saber cómo uno se encuentra negociando el precio de algo que no sabe bien si le interesa o no. Es ridículo cómo se puede llegar a bajar los precios. Pero el regateo y el acoso al turista resultan cansadores para cualquiera, y conviene prepararse para manejar la situación.

Según el tipo de viaje que se busque, estar sin agencia contratada no es un problema porque los guías se encuentran en donde sea. El confort será inferior, pero no deja de ser interesante. Recorrer la ciudad durante casi cinco días con un guía y su taxista amigo tiene un encanto aparte y termina generando generalmente un lindo vínculo. No hace falta decir que el taxi era un Peugeot 505 destartalado. Los autos –así como los estratos económicos– son extremos y se encuentran autos de alta gama o autos chatarra.

Una postal de la vida cotidiana en El Cairo, una ciudad intensa que se vive con todos los sentidos.

ELLOS, ELLAS En una ciudad musulmana está claro que no es lo mismo ser hombre o mujer. Los primeros doce días de mi estadía en Egipto fueron junto a un yanqui que conocí no bien llegué. Si bien era particularmente alto, era también notablemente extranjero y constantemente en la calle la gente lo saludaba como si fuera una persona importante, diciéndole “Mustafá”, que vendría a ser “el elegido”. El mismísimo día que se fue me di cuenta de que me había vuelto invisible. Comprar un pasaje de tren resultó ser una misión imposible. No hacen fila para comprar los tickets, sino que se agolpan todos y estiran el brazo hasta que el boletero azarosamente va tomando el dinero de las distintas manos. El tema es que eso no sucedía conmigo. Quedarme sin guía, sin su taxista amigo y sin el gringo de dos metros fue como comenzar un viaje nuevo. Por suerte, solo quedaban unos días en estas tierras.

Fuera de la recorrida tradicional hay un lugar –paradójicamente– recomendable. En El Cairo se encuentra “la ciudad de la basura” y conocerla es estremecedor. Hacia el sudeste de la capital, bajo las colinas de Mokattam, se extiende a lo largo y ancho de más de cinco kilómetros cuadrados una comunidad de recolectores de basura, los llamados zabbaleen. El nombre real es Manshiyat Naser, pero comúnmente se la llama “la ciudad de la basura”. Los zabbaleen son considerados una de las comunidades que más recicla en todo el mundo (más del 80 por ciento de todos los residuos que recogen). En lo alto del barrio, en la ladera de la montaña, se encuentra la iglesia de San Simón el Curtidor, la iglesia ortodoxa copta más grande de Oriente Medio, construida a fines del siglo pasado.

EL GRAN MUSEO El Museo Egipcio de El Cairo es imperdible e impactante, aunque se haya visitado el Museo Británico, que retiene varias de las piezas más importantes de esta cultura. Tal vez sea el estar en el lugar de los hechos, pero lo cierto es que impresiona. Aunque no haya sido Tutankamón lo que más captó más mi atención, sino la enorme cantidad de piezas y piecitas usadas en la vida diaria, que me trasladaron en el tiempo y me hicieron pensar en ese pueblo como en algo real. Sentirse frente a tantísimos utensilios de uso cotidiano, tan semejantes a los que usamos hoy, asombra y desconcierta. No tenemos mucho de avanzado: aquellos señores ya habían inventado casi todo.

Y como la panza me puede, e información de las pirámides hay en todos lados, mejor dedicarse a la comida de este país, que es una delicia. Para quienes gustan de probar sabores nuevos y se animan, este lugar en el mundo presenta un atractivo importante. El comino, la cúrcuma y otras especies típicas del mundo oriental están presentes en todos los platos. Es imperativo probar el Egipto el pan árabe (que no tiene nada que ver con el que conocemos aquí) y abundan los pescados en las comidas. El pepino refresca todo los platos. Si es el primer país árabe que se pisa, es deber intentar con el falafel y el shawarma. Lo que sea que se pruebe, será una experiencia nueva.

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Minaretes y mezquitas dibujan el perfil fuertemente musulmán de la capital egipcia, más aún.
Imagen: Mira Pavlakovic/FreeImages
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