turismo

Domingo, 15 de mayo de 2005

CHUBUT > ANTICIPOS DE TEMPORADA

Ballenas de vanguardia

Las primeras ballenas están llegando a las aguas del Golfo Nuevo. En Puerto Madryn pronto empieza la temporada de avistajes, una de las más fascinantes experiencias que pueda deparar el turismo en la Patagonia costera.

 Por Graciela Cutuli

En un mes justo, el 15 de junio, empieza la temporada oficial de ballenas en Puerto Madryn. Aunque ellas siempre estuvieron, fieles, hasta principios de los años ‘80 eran un goce sólo para lugareños, o unos pocos turistas aventureros, hasta que la presencia de los cetáceos en las aguas del Golfo Nuevo se hizo un secreto a voces y empezó a desarrollarse una importante industria turística en torno del avistaje de ballenas. Este desarrollo trajo consigo una fuerte conciencia de la importancia de conservar la especie, sometida durante muchos años a una presión tan fuerte de parte de los balleneros que estuvo al borde de la extinción.

La ballena franca austral, la especie que llega a las aguas patagónicas en una franja cada vez más extendida que excede a la sola península Valdés, era considerada como una verdadera “despensa ambulante”, por el amplio aprovechamiento de sus recursos, y por lo tanto fue una de las más buscadas y acosadas por los balleneros. Para peor, no era difícil encontrarlas: sus armoniosos saltos, la vistosa cola y el chorro de la respiración las hacían fácilmente identificables. Gracias a la prohibición de la caza, que llegó tardíamente en 1986, pero al menos llegó, la especie pudo recuperarse y está volviendo a colonizar las aguas que siempre fueron suyas: hoy se avistan ballenas desde Las Grutas, sobre el golfo San Matías, y probablemente con el tiempo su presencia se extienda cada vez más al norte. Se estima que gracias a la protección de los aproximadamente 7000 ejemplares existentes hoy en día, la población crece un siete por ciento anualmente.

Hoy ya no se las ve como los monstruos marinos de otros tiempos, dignos de Simbad, sino como un valioso testimonio de la evolución de la vida en nuestro planeta, como si una porción del pasado se acercara a saludar al ser humano en cada avistaje. Avistaje que casi se podría considerar mutuo.

La fiesta del regreso

Ahora, los “turistas balleneros” llegan con otro objetivo: la caza, sí, pero fotográfica. Las imágenes de estos cuerpos gigantescos moviéndose casi con dulzura en las aguas profundamente azules de la costa chubutense parecen siempre nuevas, y la llegada cada año de las ballenas es una verdadera fiesta, como el regreso de viejas y fieles amigas. Este año, independientemente de las fechas oficiales del comienzo de la temporada, los primeros ejemplares ya fueron avistados. Lo saben los investigadores del Instituto de Conservación de las Ballenas, que las “fichan” gracias a un cuidadoso programa de seguimiento (que también permite apadrinar diversos ejemplares), y lo saben los habitantes de Puerto Madryn y alrededores, que se preparan para recibir a los turistas. El regreso de las ballenas es cada año una fiesta, como una promesa cumplida de la naturaleza, y es noticia desde los medios masivos hasta las conversaciones familiares.

La temporada de avistaje se extiende hasta diciembre, y cada época tiene su encanto: en otoño e invierno, sobre todo, se aprecia en todo su esplendor la dimensión patagónica de lejanía y soledad, y el mar parece un verdadero paraíso de fauna intacta. También es un buen período para el buceo, a pesar del frío, ya que se considera que las aguas tienen mejor visibilidad.

Puerto Madryn es la capital nacional del buceo, y el mes próximo celebra también los diez años del Operativo Fondos Limpios, una iniciativa por la cual se busca limpiar el fondo del mar para que quede libre de cualquier impureza aportada por el hombre.

Orcas y toninas

Más adelante, en octubre y noviembre, también es buena época para el avistaje de orcas, en tanto las salidas embarcadas para avistar toninas overas se realizan preferentemente desde Playa Unión, sobre la costa de Rawson. Para divisar toninas –una variedad de delfín que vive desde el golfo San Matías hasta Tierra del Fuego– la mejor hora es la tarde, ya que por la mañana suelen permanecer en lo profundo para alimentarse. La especie se reconoce rápidamente gracias a los colores: tiene parte del cuerpo blanco, con la cabeza y la cola negras. Verlas es todo un espectáculo, de alegría contagiosa, que parecen brindar expresamente, cruzándose delante de los barcos y deslizándose al ras del agua, como surfeando sobre las olas. Para los fotógrafos, su rapidez es todo un desafío. Los encargados del avistaje, por su parte, saben dónde “rastrearlas”, pero a veces las toninas aparecen sorpresivamente también cuando se va en busca de las ballenas: entonces lo que el mar brinda es una fiesta completa, un regalo de la naturaleza que parece una ventana a los tiempos en que el Atlántico era el gran paraíso de la fauna marítima.

La “caza” del avistaje

Los avistajes de ballenas se realizan preferentemente desde Puerto Pirámides, la pequeña localidad situada en la entrada de la península Valdés, sobre el golfo Nuevo. También es posible realizar avistajes costeros desde las playas del Doradillo, cercanas a Puerto Madryn: algunas excursiones toman este camino de ripio para llegar hasta la península, y aprovechan entonces también la posibilidad del avistaje desde la playa. En las épocas de mayor presencia turística (fines de semana largos, particularmente el de octubre) conviene llegar temprano, ya que se forman largas filas de personas que esperan embarcarse. No hay un horario predilecto: las ballenas están activas durante todo el día, y es difícil elegir entre la tranquilidad del avistaje matutino, bien temprano, o la increíble belleza del atardecer sobre las “pirámides” que recortan la costa de la península. Este horario, el de la puesta de sol, es justamente el preferido de algunos expertos en avistajes. A toda hora, de cualquier modo, la principal recomendación para los pasajeros es mantenerse en silencio y refrenar el entusiasmo, para que el avistaje sea lo menos invasivo posible.

Los capitanes balleneros de Puerto Pirámides, que ya son maestros en manejarse con los vaivenes del cambiante clima patagónico y el comportamiento de las ballenas –una experiencia adquirida a fuerza de años, ya que son pioneros en esta actividad antes inédita en nuestras costas– explican durante el embarque las características de estos grandes animales, y subrayan que siempre se han comportado noblemente en el contacto con las embarcaciones. Todos destacan que al embarcarse no saben dónde están las ballenas: se hace una búsqueda intuitiva, y el factor sorpresa siempre está presente. Junto a una pequeña embarcación, nadan de pronto varios ejemplares que pueden pesar entre tres y cuarenta toneladas; es el momento de apagar los motores y sólo mirar. A algunas ballenas les gusta pasar por debajo de las lanchas, como jugando, y otras se mantienen más a la distancia para sus espectaculares saltos. Es común divisar a las madres con sus ballenatos, y los cortejos de apareamiento: es toda una vida en pleno movimiento la que se ofrece abiertamente a los ojos asombrados de la gente y las lentes fotográficas que intentan retener para siempre la magia de una cola erguida y quieta, a veces durante largos minutos, o el salto que tiñe de espumas el azul intenso del Atlántico sur. Entre los pasajeros del avistaje, lo que queda al desembarcar es una emoción intensa, una sensación de comunión con la naturaleza, con el mar, con un mundo a la vez accesible e inaccesible, que fija sus límites entre el hombre y el animal pero permite, en la frágil frontera, un contacto increíble e inolvidable con la vida marítima, una de las más antiguas y fascinantes de nuestro planeta.

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Magníficos cetáceos frente a la costa de Punta Norte, en Península Valdés.
 
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