turismo

Domingo, 15 de mayo de 2005

COLOMBIA > TESOROS PREHISPáNICOS

El Museo del Oro

El pasado mes de diciembre reabrió sus puertas el famoso Museo del Oro de Bogotá, luego de su ampliación y la instalación de tecnología museográfica de avanzada que acentúa el esplendor de una de las colecciones de orfebrería prehispánica más importante del mundo. Un recorrido por la destellante exhibición de 30.500 piezas de oro de las antiguas culturas indígenas de Colombia.

Por Julián Varsavsky
Fotos: Alejandro Elías

Según los estudios arqueológicos, la zona de la actual Colombia tuvo sus primeros pobladores hace unos 16.000 años. Estos grupos desperdigados comenzaron a establecerse hace 5000 años y nombraron líderes y caciques para ordenar su vida en sociedad. Pero fue recién hace 2500 años cuando estos líderes incorporaron la orfebrería como símbolo de poder y surgió el nuevo arte de trabajar el oro, cuyas técnicas llegaron desde el Perú, donde tenía ya mil años de existencia.

Así, desde el año 500 a.C. hasta la conquista, el trabajo metalúrgico floreció entre las culturas indígenas del área andina y el litoral colombianos. Con más de una docena de estilos diferentes se elaboraron miles de objetos en diversos metales que no eran simples adornos sino parte de la simbología ritual ligada al chamanismo. Los conquistadores españoles no pudieron encontrar El Dorado en esta zona, pero dieron en cambio con deslumbrantes máscaras de oro, pectorales, brazaletes, diademas, collares, aros y todo tipo de figuras creadas con fulgurante oro. De las piezas que se salvaron del saqueo español, unas 30.500 permanecen en el Museo del Oro de Bogotá.

Del saqueo al resguardo

Hasta bien entrado el siglo XX en Colombia –año 1939–, cada vez que alguien descubría una sepultura indígena con su ajuar funerario recogía la serie de brazaletes, orejeras, pectorales y pequeñas esculturas para colocarlas en una mochila e ir directo al banco o a la Casa de la Moneda más cercana. Allí se pesaba el botín de oro y le entregaban al portador la contrapartida en billetes de papel. Ni siquiera las señoras tuvieron la extravagancia de conservar curiosidades indígenas para usar como broches o aretes. Todo iba a parar al banco y de allí directo al crisol de fundición.

Fue recién en 1939 cuando el gerente del Banco de la República le aconsejó a la Junta del Emisor detener el saqueo de la memoria americana y comenzar a guardar esos tesoros irrecuperables. Si bien no hubo una sistematización ni un estudio de las piezas, al menos comenzaron a quedar a buen resguardo. Hay que recordar que el trabajo de orfebrería indígena prácticamente desapareció como resultado de la colonización, aunque los pueblos nativos todavía sigan existiendo. En Colombia hay 84 grupos étnicos americanos puros que hablan 64 lenguas e incluso mantienen algunas religiones paganas que utilizan el oro en su ritualidad.

Hasta 1959 el privilegio de vislumbrar esos tesoros se limitó a los colombianos destacados y delegaciones diplomáticas. Ese mismo año se habilitó la primera sala de exposiciones en el sótano del banco, que funcionó hasta 1968.

Hoy en día el Museo del Oro ubicado en la casa central del Banco de la República dispone de tres pisos completos que han sido reacondicionados hace muy poco luego de un año de trabajos que culminaron en diciembre pasado. Hubo también una ampliación y se aplicaron modernas tecnologías como vitrinas herméticas, iluminación con fibra óptica, soportes invisibles para los objetos y una sala multimedia. Además se ideó un novedoso criterio didáctico para organizar las exposiciones.

Hacia la sala de oro

En el segundo piso del museo se exponen las obras de las principales culturas prehispánicas de Colombia: Tumaco, Nariño, San Agustín, Tierradentro, Tolia, Quimbaya, Calima, Sinú, Tairona y Muisca. Cada una de estas culturas está tratada por separado con una explicación general y muestras de su estilo alfarero, su orfebrería y objetos de piedra, huesos y cerámica. En el tercer piso están algunas de las piezas más deslumbrantes del museo, verdaderas obras de arte con sello único de autores anónimos que abarcan 1500 años de producción artística.

El punto culminante de la visita –y que todos recuerdan por sobre los demás–, es la Sala de las Ofrendas. Allí los visitantes esperan turno para ingresar en grupo a una sala circular con una puerta automática que se cierra dejando al público a oscuras. La música comienza a crear un clima misterioso y las luces se encienden de a poco. En el centro de la sala, bajo el suelo que pisamos, se ilumina un hoyo con un juego de espejos que simboliza la laguna de El Dorado. En el fondo se ven tesoros verdaderos –de oro puro– dispuestos en forma circular y que parecen infinitos gracias al reflejo de los espejos. Pero a medida que la luz va alumbrando toda la sala, crece el asombro al descubrir las millares de piezas de oro que parecen flotar sobre las paredes circulares. Un novedoso sistema de soporte con varillas de acero abraza los objetos por detrás y los aleja de la pared produciendo la sensación de que estuvieran suspendidos en el aire.

El vuelo chamánico

La pieza emblemática del Museo del Oro de Bogotá es una balsa en miniatura de la cultura muisca cuyo contenido simbólico encierra gran parte de la cosmogonía indígena de la región. Esta balsita de oro encontrada en Pasca (Cundinamarca) en 1969 tiene una relación directa con la figura del chamán, que cumplía un rol fundamental en la sociedad americana. Era él quien en sus trances alucinatorios se transformaba en ave y realizaba largos vuelos corporizado en un cóndor, un gallinazo rey, un colibrí o una garza. El chamán muisca de la zona de Ubaque –por ejemplo– contaba a los españoles que podía volar hasta la ciudad de Santa Marta.

En su vuelo el chamán alcanzaba otras dimensiones y entraba en contacto directo con los espíritus. Los consultaba sobre enfermedades y el futuro, aprendía sus bailes y cantos, y negociaba peces y animales de cacería con sus propios “dueños”. En sus rituales el chamán usaba máscaras, coronas de plumas, maracas y sonajeros que ahora se exhiben en el museo. Alguno de estos iconos prefiguran aves que son el símbolo primordial del chamán, ya que comparte con ellas la capacidad de volar. Los guacamayos y los loros, por ejemplo, “llevaban” sus recados.

¿Cuál es la relación entre la balsa de oro y el rito chamánico? La respuesta la da el cronista español Juan Rodríguez Frayle en un relato de 1636: “En aquella laguna se hacía una gran balsa de juncos. Desnudaban al cacique en carnes vivas y lo espolvoreaban en polvo de oro molido de tal manera que la balsa iba cubierta toda de ese metal”. Esto ocurría en las tribus muiscas en la laguna de Guatavita, cerca de Bogotá. “Hacía el indio su dorado ofrecimiento echando todo el oro y las esmeraldas que llevaba en medio de la laguna”, aseguraba el español asombrado por el derroche de tesoros que probablemente haya contribuido a desatar el mito de la búsqueda de El Dorado. Estas eran las ceremonias de investidura de los caciques. Y además no eran el derroche irracional que parecían sino que tenían un significado simbólico muy concreto. Bajo la mirada del pueblo congregado y con la supervisión de los chamanes, el ritual de El Dorado servía para ofrendar a las divinidades una serie de riquezas que en realidad estaban siendo devueltas a su dueño –la Madre Tierra– para conseguir a cambio cosas para la comunidad. De alguna manera era como un pago por utilizar sus recursos naturales. Así se completa también el ciclo vital: el oro se extrae, se lo trabaja, se usa y se ofrenda para volver a la tierra, lanzándolo al fondo del lago. La representación de la balsa de Pasca parece representar el sentido último de este ritual.

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Máscaras de oro para los míticos rituales de las culturas prehispánicas colombianas.
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