turismo

Domingo, 6 de noviembre de 2005

SANTA CRUZ AVENTURAS DESDE EL CALAFATE

Por la estepa patagónica

Excursiones en 4x4, cabalgatas y caminatas por las montañas próximas a El Calafate, bordeando el Lago Argentino, en cuyas celestes aguas navegan grandes témpanos a la deriva. En el itinerario, a través de la estepa patagónica, se recorren históricas estancias y un sector de extrañas formaciones de arenisca llamado el “Laberinto de piedra”.

 Por Julián Varsavsky

Santa Cruz es la provincia más grande de la Argentina y al mismo tiempo la más deshabitada. Y para el visitante eso se nota a la legua. Basta con salir apenas de cualquier poblado o ciudad para toparse con un horizonte de planicies interminables totalmente vacías, cubiertas por un tapiz irregular de pastos ralos llamados coirones y casi nada más, excepto las cadenas montañosas que se levantan en la lejanía. Pero al trepar alguno de esos cerros a caballo o en camioneta, se descubre que el paisaje tiene algo extraño y distinto para ofrecer.

REBAÑOS EN LA ESTEPA

La excursión en camioneta 4x4 llamada Balcón de El Calafate atraviesa las tierras de la estancia Williche y bordea el límite de otro latifundio que se hizo tristemente célebre como el epicentro de los fusilamientos de la Patagonia Rebelde (la estancia Anita, que sigue perteneciendo a la familia Menéndez Behety). Estas estancias son muy significativas sobre lo que es la Patagonia desde el aspecto geográfico, socio-económico y cultural. Anita, por ejemplo, mide 70 mil hectáreas y allí se crían 25 mil ovejas que son cuidadas por apenas quince personas. Con este simple dato resulta evidente, por ejemplo, que en Santa Cruz hay muchas más ovejas que personas: 2 millones de ovinos contra casi 200 mil personas. Y la razón de que la Patagonia sea ideal para la cría de ovejas es que este animal necesita enormes extensiones de tierra para poder vivir, ya que arranca de raíz los pastos dejando los campos inutilizados por el resto del año. Es así que para evitar quedarse sin pasturas, en las estancias ovejeras los rebaños son arreados todo el tiempo de un sector a otro del mismo establecimiento.

Por eso, una de las mejores opciones para conocer los aspectos esenciales de ese universo vasto y homogéneo que es la estepa patagónica, es hacer una excursión en 4x4 por las montañas de las estancias de Santa Cruz, desde cuyas laderas se ven las aguas celestes del Lago Argentino, donde fulguran como diamantes algunos grandes témpanos que parecen galeones a la deriva a punto de encallar.

EL LABERINTO DE PIEDRA

Tras la ventanilla de la camioneta se observan los pastos ralos del coirón y arbustos achaparrados como el calafate, que los indios utilizaban de protección contra los vientos fríos. Conviene recordar que la vegetación es característica de la estepa; los bosques andino-patagónicos recién aparecen en el área cercana a la Cordillera. Los grandes cañadones se suceden unos a otros y cada tanto aparecen rocas solitarias que no pertenecen a este lugar sino que fueron transportadas desde muy lejos por el hielo de los glaciares en la última glaciación, hace 20 mil años.

Por momentos, la camioneta tiene que bajar con una inclinación de 30 grados. Del lado opuesto al brillo del lago se levanta a pleno la Cordillera de los Andes con sus cumbres nevadas. Y el punto culminante del paseo es el “Laberinto de piedra”, donde extrañas formaciones de arenisca cinceladas por la lluvia y el viento le otorgan al paisaje un inconfundible aspecto lunar. Pero no es la luna sino el período cretácico de hace 85 millones de años que, después de haber sido tapado por sucesivas capas de sedimentos a lo largo del tiempo, afloró a la superficie cuando se elevó la Cordillera.

CABALLOS AL VIENTO

La forma más natural de recorrer y percibir la singularidad del paisaje estepario de la Patagonia es a caballo, como lo hacían los viejos exploradores, “echándole el pecho” al viento, componente básico de un paisaje ya legendario, que azota casi de manera permanente. Uno de los circuitos de cabalgatas más usuales que se realizan en los alrededores de El Calafate llega hasta lo alto del Cerro Frías, en los terrenos de la estancia Alice. Allí el punto previo de reunión es el quincho donde se organizan los grupos: hay quienes optan por subir en camioneta 4x4, otros eligen el trekking y el resto prefiere los caballos (también se pueden hacer combinaciones).

La cabalgata comienza con unos animales mansos y obedientes que conocen muy bien el camino a seguir. Se avanza por la precordillera andina entre coirones, matas de guanaco, orquídeas palomitas y magallánicas, y zapatitos de la virgen. Sobre la ladera de la montaña se atraviesa un bosque de ñires y lengas que resguardan del viento.

A cierta altura ya desaparece la vegetación esteparia y el cerro comienza a exhibir su desnudez de piedra, mientras el viento dice presente con toda su fuerza, anunciando que estamos en un lugar inhóspito donde el ser humano no es bienvenido. Luego de dos horas de cabalgata se llega al punto más alto del cerro, con una vista espectacular. Se ve el pueblo de El Calafate, el Lago Argentino en toda su extensión –del brazo norte al brazo sur–, el Lago Roca y las descomunales Torres del Paine con sus agujas de piedra al otro lado de la frontera. Estamos a 1030 metros de altura y confluyen en este lugar los pasajeros de la camioneta que hacen la excursión al Cerro Frías y los jinetes. Algunos prefieren dejar la 4x4 y animarse a los caballos... y viceversa. En total son ocho kilómetros de ida y vuelta y el paseo completo dura cuatro horas. Pero una vez en la base del cerro todos confluyen de nuevo en el quincho para saborear un asado de colita de cuadril y vacío al horno de barro, con verduras también asadas y guitarreada incluida.

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Vale la pena bajarse de la camioneta para contemplar desde lo alto las increíbles aguas celestes del Lago Argentino.
 
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