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Domingo, 7 de mayo de 2006

ARTE ETNICO > PUEBLOS ORIGINARIOS DE AMéRICA

Las manos sin tiempo

América es una fuente inagotable de creatividad indígena y popular, prehispánica y colonial, autóctona y mestiza, donde las tradiciones que se pierden vuelven a nacer. En nuestro continente, más de 25 millones de artesanos, la mayoría indígenas, llevan su arte a todas las instancias de la vida cotidiana, recreando con sus manos la magia del mundo que los rodea.

 Por Marina Combis

El arte étnico contiene un universo de texturas y colores en los objetos que nacen de la identidad y de las manos hacedoras de los pueblos originarios de América. Pero esas manos también dibujan otras formas, simbólicas, mapas invisibles de pertenencia a una tierra, a una historia, que se erigen como instrumento de resistencia cultural y de recuperación de la memoria.

En una pequeña y paradisíaca isla del Caribe, dos niñas ofrecen al turista fragmentos del mundo que las representa. En el archipiélago de San Blas, en Panamá, los indígenas kuna recuerdan una vieja leyenda: Kikardiryai, hermana del profeta Ibeorgun, bajó del cielo para enseñar a las mujeres a confeccionar las Molas que, cubiertas con diseños del tiempo mítico, forman parte de su vestimenta. Hoy en día, la Cooperativa Kuna-Yala agrupa a más de 2000 mujeres de catorce comunidades cuya sabiduría guarda los secretos de la artesanía tradicional.

No son las únicas. En toda América, más de 25 millones de artesanos, la mayoría indígenas, conservan las expresiones más dinámicas de diversidad cultural y riqueza creativa. Están en todas partes, en los pueblos rurales, en los caminos, en las ferias, en los grandes mercados, están allí porque son parte de este continente que produce más de lo que muestra, que sabe más de lo que dice, que piensa más de lo que piensa. Memorias de mujeres y de hombres, de niños, de adolescentes, de ancianos que no han hecho otra cosa en su vida que expresar la magia del mundo que los rodea.

Miles de rostros, cargados de memoria, que no parecen diferenciarse unos de otros salvo por aquellos pequeños milagros que brotan de sus manos. Son manos sabias las que nos ofrecen su cultura y su vida misma en el mercado popular de Puebla de Los Angeles, en México, las que hacen nacer de su herencia africana instrumentos musicales de viejos ritos en las islas del Caribe, o en los pequeños pueblos de pescadores que cubren la costa de la Bahía de Todos los Santos, en Brasil, porque detrás de cada una de ellas late una historia.

GUARDIANES DE LA MEMORIA

Amèrica es una fuente inagotable de creatividad indígena y popular, rural y urbana, prehispánica y colonial, autóctona y mestiza, donde las tradiciones que se pierden vuelven a nacer, y donde la síntesis interpreta las historias compartidas. Los pueblos indígenas de Canadá y los Estados Unidos hacen de su arte un “arte mayor”. Centroamérica se alimenta de la herencia recibida de aztecas, olmecas y mayas, y traduce en objetos simbólicos la diversidad cultural que abarca desde el río Grande hasta el golfo de Darién, y desde Guerrero a Yucatán. Tzotziles, nahuas y purépechas en México, lencas en Honduras, quichés en Guatemala, kunas y guaymíes en Panamá, miskitos en Nicaragua, centenares de grupos étnicos habitan el centro del continente y renuevan, día a día, su incomparable universo expresivo.

Hacia el sur, la selva y la montaña albergan a otros pueblos indígenas cuyo arte trasciende los territorios ancestrales. Los wayú’u de La Guajira y los arhuac de Santa Marta, en Colombia, tejen con maestría hamacas, bolsos y cestos. Al oriente, la selva une a los pueblos que habitan el reino de los árboles, desde las nacientes del Amazonas hasta el río Xingú, donde dominan las fibras vegetales, las maderas y las materias primas de la naturaleza, en un mundo donde las máscaras todavía ocultan los rostros de los dioses cambiados. Los quechuas de las tierras altas que van desde el Ecuador hasta Bolivia conservan intactas las antiguas técnicas y diseños donde exteriorizan su inalienable identidad. En las tierras bajas, los habitantes de la selva y del monte chaqueño renuevan los diseños de la pintura corporal y el pensamiento mítico para imprimirlos en grandes cántaros rituales, en el arte plumario y en la vestimenta.

En Argentina, más de dieciséis pueblos originarios son los guardianes de la memoria. Los kollas del Noroeste mantienen viva la tradición textil de las antiguas culturas andinas. Los tobas, pilagás, mocovíes, wichí, chorotes, nivaklés, chiriguanos, chanés y guaraníes de la región chaqueña tejen su romance en fibra vegetal y tallan caricias en las maderas del monte. Los mbyá-guaraníes de Misiones vuelcan en sus tallas y cestos los diseños ancestrales que alguna vez volverán a habitar la mítica Tierra sin Mal. En la Patagonia, mapuches y tehuelches siguen tejiendo los símbolos eternos de su identidad.

Pero el arte de estos pueblos no ha permanecido estático. Se alimenta de la memoria, de las migraciones, de las conquistas, de los encuentros y desencuentros que todas las culturas, aun las más aisladas, han vivido a lo largo de su historia, aunque sin alejarse definitivamente de sus raíces. En sus representaciones renacen las esperanzas de las sociedades que llevan su arte a todas las instancias de la vida cotidiana, imprimiéndole su percepción sensible del universo y su particular sentido de la belleza.

TEJER LA VIDA

El mexicano Octavio Paz, en su ensayo El uso y la contemplación, exaltaba la armónica convivencia de la belleza, la utilidad, la forma y los diseños presentes en cada uno de los objetos nacidos de las manos del pueblo. No estaba equivocado: el arte indígena, el arte mestizo, el arte rural y el arte tribal son todos sinónimos de sociedades con memoria, capaces de expresar en su estética la vigencia indeleble de sus orígenes, imprimiendo de manera simbólica su cosmovisión y su pertenencia étnica en cada objeto que los representa.

El arte étnico es resultado de sistemas culturales que sintetizan diferentes modos de vida y percepción de la naturaleza, sistemas de socialización y maneras de entender el mundo. Es símbolo de identidad y de pertenencia. En el arte de los pueblos con memoria conviven oficios de larga tradición y novedosas búsquedas creativas que palpitan en el universo de los objetos de la religiosidad popular, en el mundo mágico y misterioso de la culturas cestrales, en la imagen tribal.

Al igual que otros mecanismos de adecuación social de los primeros pueblos, en muchos casos el arte indígena intenta integrarse y participar del mundo moderno sin perder sus raíces profundas, pero lo hace en medio de una contemporaneidad que, en ocasiones, niega su pasado. Es posible que la preservación del arte tradicional represente una de las formas en que las comunidades aborígenes luchan por mantener su identidad étnica, su propiedad de la tierra, su lengua y su religiosidad, porque los discursos simbólicos y expresivos del arte indígena contemporáneo también contienen, en cada una de sus representaciones, el símbolo de la resistencia.

A fin de cuentas, el arte de las culturas indígenas no es sino el reflejo de su propia existencia. Así lo percibía el Gran Jefe Seattle, indio Salish, en una carta que escribió a George Washington en 1854: “El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que le hiciere al tejido, lo hará a sí mismo”.

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Panamá. Niñas kuna del archipiélago de San Blas muestran sus Molas.
 
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