turismo

Domingo, 9 de julio de 2006

BALCANES > UN NUEVO ESTADO SOBRE EL ADRIáTICO

Estampas de Montenegro

Playas idílicas, cumbres agrestes, antiguos monasterios. Montenegro, el Estado más joven del mundo, es también uno de los más bellos y antiguos. Sumido en una fiebre patriótica y una profunda división, el último país en lograr la independencia apuesta por el turismo.

 Por Pere Rusiñol *

El Estado más joven del mundo es también uno de los más antiguos. Montenegro, el pequeño país balcánico de 670.000 habitantes que el 21 de mayo votó separarse de Serbia, ya era independiente en 1878, tras el Congreso de Berlín, cuando entre tanto imperio apenas podían contarse 30 Estados en todo el mundo. Las hazañas de sus reyes-monje contra el avance otomano en Europa durante siglos se narran hoy con todo lujo de detalles –reales o imaginarios– en este país montañoso (de ahí el nombre) y de bellísimas playas sobre el Adriático, embebido de una marea nacionalista inimaginable hace una década. Entonces, sólo un grupo de entusiastas sabía de las supuestas peripecias nacionales de los reyes-monje. La única bandera que enarbolaba la mayoría, incluido el hoy héroe de la independencia –el primer ministro, Milo Djukanovic–, era la yugoslava, que, secuestrada por Slobodan Milosevic, se estaba troceando y manchando de sangre en las guerras de Croacia y Bosnia.

“Todavía me acuerdo de cuando sacábamos las banderas de Montenegro [el águila sobre el fondo rojo]. Todos se burlaban; ¡muchos de los que hoy celebran la independencia nos preguntaban con sorna si éramos albaneses!”, explica, con sonrisa extasiada, Igor Kapicic, de 30 años, rodeado de un mar de banderas montenegrinas. (...)

Siglos de historia en las estrechas callejuelas de un pueblo de Montenegro.

Igor es de los pocos que pueden decir en Montenegro que ya era independentista en los años noventa, bajo el paraguas de la Unión Liberal, ya disuelta. Vive en Cetinje, la coqueta capital histórica del país, que tras la Segunda Guerra Mundial perdió su condición a favor de la gris Podgorica. En Cetinje, de 20.000 habitantes, está enterrado el rey Nicolás, reinventado paradójicamente hoy como ícono de la modernidad, y la opción independentista logró en esa población casi el 85%. Sus habitantes muestran orgullosos las mansiones que en su día albergaron las embajadas extranjeras y susurran que Cetinje debería volver a ser la capital del país.

Pero nadie piensa seriamente en esta posibilidad. La capital seguirá fijada a unos 30 kilómetros de Cetinje, en Podgorica (ex Titogrado), de 170.000 habitantes, que de la noche a la mañana ha pasado de remota ciudad provinciana sin demasiado encanto, llena de edificios inspirados en el realismo socialista, a flamante capital de Estado. Debe de ser de las pocas capitales en Europa sin McDonald’s, en la que encontrar un café con Internet en el centro se convierte en una odisea y a la que no se llega por autovía o autopista.

La autoestima de los montenegrinos partidarios de la independencia está por las nubes. Su confianza es tal que escuchándoles parece que Podgorica vaya a convertirse casi en Nueva York por el mero hecho de librarse del supuesto yugo de Belgrado. Dijana, de 17 años, ondeaba una bandera montenegrina en el centro de la capital el último día de la campaña electoral y tenía muchas dificultades para elegir qué es lo que más le gusta de su país: “Todos amamos Montenegro; todo lo que tiene que ver con Montenegro nos apasiona”, explicaba con ojos refulgentes.

Igor es aún más contundente: “Tenemos las mejores playas de Europa, la mejor carne, el mejor pescado, los mejores paisajes”. Y añade: “Somos el pueblo más guerrero de los Balcanes, los que les paramos los pies a los turcos. Pero al mismo tiempo somos los más pacíficos”. De su bolsillo saca una reluciente pistola fabricada en la antigua Checoslovaquia y la muestra con orgullo. Casi todos los hombres –nunca una mujer– tienen armas en casa y disparan al aire en las grandes celebraciones, una peligrosa forma de expresar júbilo. La tradición está muy extendida en los Balcanes, pero Igor subraya que es básicamente montenegrina: “Es cierto que se dispara en toda la ex Yugoslavia, pero en ningún sitio tanto como aquí”, afirma con indisimulada satisfacción. La tendencia a exagerar, cuando no a fanfarronear, es definitivamente un rasgo que retrata a los montenegrinos, que se consideran por lo general muy latinos y mediterráneos. Producen buen vino y buen aceite, y se ven a sí mismos casi como primos de los italianos, que se encuentran a un paso, en la otra orilla del Adriático. Muy pocos hablan inglés o francés –incluso entre los jóvenes–, pero casi todos chapurrean italiano.

“Este país es pequeño, pero esto va a ser nuestra gran ventaja porque es extraordinario. Aquí podemos vivir todos, y muy bien, simplemente organizando un poco el turismo”, opina el alcalde de Cetinje. (...)

Potencial turístico

Un museo de plantas y hierbas medicinales en un hotel a orillas del lago Skadar.

Prácticamente todo este pequeño país de 13.812 kilómetros cuadrados y 670.000 habitantes –por tamaño y población, similar a Chipre o a Navarra– tiene potencial turístico. Y muy variado. Situado entre Croacia y Bosnia (al oeste) y Serbia y Albania (al este), dispone de 293 kilómetros de costa y cerca de 70 de playas que aún conservan a veces cierta virginidad, con agua mansa, verdosa y cristalina. Pero hay muchos otros atractivos en este Estado que en 1993 se autoproclamó “ecológico”: la deslumbrante bahía de Kotor, con fiordos únicos en la Europa meridional; montañas agrestes –la más alta, de 2500 metros– donde sobreviven tradiciones ancestrales y en las que es posible esquiar; uno de los mayores lagos de Europa –Skadar, 391 kilómetros cuadrados–, cuyo entorno es un paraíso para los ornitólogos; el espectacular cañón Tara (1300 metros); los fascinantes y antiquísimos monasterios ortodoxos diseminados por todo el país, entre los que se destaca el de Ostrog, incrustado en una gran roca... (...)

El turismo, que en 2004 generó el 15% del producto interior bruto, es ya el motor de una economía en la que la industria languidece y la agricultura retrocede sin pausa. Los organismos internacionales certifican el potencial turístico: un estudio reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos recalca que el sector lleva años creciendo con dobles dígitos y augura que en 2014 Montenegro será la economía basada en el turismo con mayor crecimiento en el mundo.

Sin embargo, el informe pone también de manifiesto debilidades importantes. Hoy, el 75% de turistas son nacionales –es decir, en su mayoría, serbios–, y todos auguran un descenso de visitantes serbios tras el referéndum en que se ha dado un portazo a Belgrado. Y el documento advierte de un problema de competitividad con respecto a destinos como Túnez, Turquía e incluso Croacia. En enclaves turísticos como Budva, los precios son más baratos que en España, pero no mucho más.

Las infraestructuras son otro problema: no hay autopistas ni autovías; sólo carreteras serpenteadas donde se conduce de forma un tanto temeraria. Cruzar distancias que en el mapa parecen cercanas puede llegar a convertirse en una larga aventura quizá demasiado indigesta para el visitante que simplemente busque relajarse y descansar.

La lluvia de turistas europeos está aún por demostrarse, aunque empiezan a dejarse ver los alemanes, italianos y franceses. Los españoles escasean —no hay conexión aérea directa–, si bien el grupo Iberostar acaba de inaugurar un lujoso hotel a pie de playa en Budva. “Estamos convencidos de que éste va a ser uno de los mejores resorts en el Adriático”, opina Gabriel Mas, ejecutivo de Iberostar. (...)

Serbios y montenegrinos

Imagen montenegrina. Un monje ortodoxo junto a antiguos frescos carcomidos por el tiempo.

Montenegro es independiente de facto desde 2002, año en que la UE impuso con fórceps la unión de Serbia y Montenegro sobre las ruinas de lo que un día se llamó Yugoslavia. A cambio, Podgorica recibió una autonomía casi indistinguible de la independencia, tiene desde hace años moneda distinta –prefirió el euro al imprevisible dinar de Belgrado–, ministro de Exteriores y una economía tan autónoma que exige incluso una frontera física entre Serbia y Montenegro debido a las diferencias en los impuestos. En las llamadas de celulares entre ambos Estados se aplica roaming y es imposible recargar en Podgorica una tarjeta adquirida en Belgrado.

La evolución económica en Montenegro es mejor que la serbia, al menos en las cifras macro. La inflación, que en Serbia sigue siendo de dos dígitos, lleva cinco años por debajo del 3% –1,8% en 2005– y el crecimiento ronda el 4% tras un período de estancamiento. La inversión extranjera se ha disparado y en 2005 sumó 380 millones de euros, cuatro veces más que el año anterior y proporcionalmente muy superior a la de Serbia. Incluso el paro –el gran talón de Aquiles– tiene una buena tendencia aunque roza el 20% (se ha reducido 10 puntos y también es una cifra mejor que en Serbia), aunque no se rebaja el porcentaje de ciudadanos que viven bajo el umbral de pobreza, que supera el 10%.

La gran diferencia entre Montenegro y el resto de repúblicas ex yugoslavas –Eslovenia, Croacia, Bosnia y Macedonia– que en la década de los noventa decidieron desprenderse de la tutela de Belgrado es que en esta ocasión el proceso no ha contado con episodios de violencia o de extrema tensión. Mucho ha llovido desde entonces, y ahora Belgrado, democrático y con muchos problemas internos, ha aceptado el adiós de Montenegro con resignación. Pero ello no garantiza que el nuevo Estado tenga por delante un camino de rosas. El país es independiente –a falta ya sólo de aspectos formales–, pero está muy fracturado y nadie es capaz de garantizar que las heridas abiertas cicatricen pronto.

“El mayor peligro para el turismo es que aumente la inestabilidad, y esta posibilidad no puede descartarse en ningún caso”, reconoce un gestor extranjero con intereses en el sector turístico. En Montenegro se reproducen en miniatura las características explosivas que hace tan poco tiempo llevaron a las guerras balcánicas. El último censo, de 2003, refleja la división: el 40% se define como montenegrino, frente al 30% que se considera serbio, la gran mayoría de los cuales votó en contra de la independencia. El 9% está registrado como bosnio; el 7%, como albanés; el 4%, como musulmán, y el 1%, como croata, entre otros. (...)

Todos los expertos coinciden en que es fundamental que los muchísimos que votaron a favor de la unión con Serbia –el 45% de la población– se integren cuanto antes. De lo contrario, aumentan las posibilidades de que la mecha –tan visible en tantos lados– se encienda en cualquier momento.

Montenegro es el Estado más joven del mundo, pero tiene mucha historia. Y en los Balcanes, la historia muestra que cuando prende la mecha, los sueños se convierten en terrible pesadilla.

* De El País Semanal, de Madrid. Especial para Página/12.

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Islote de Sveti Stefan. Uno de los bellos rincones montenegrinos sobre el Adriático.
Imagen: Stephan Gladieu
 
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