turismo

Domingo, 13 de agosto de 2006

BRASIL > RíO DE JANEIRO EN SUBTE

Ese viejo encanto carioca

Sin pisar la arena, un recorrido por la “cidade maravilhosa” a bordo del subte. De Copacabana a pleno centro de Río, pasando por barrios con sorprendentes palacios y jardines de otros tiempos, hoy restaurados y convertidos en museos y centros culturales.

 Por Leonardo Larini

A pocas cuadras del aeropuerto Antonio Carlos Jobim, un domingo a las ocho de la mañana y bajo una lluvia torrencial, decenas de hombres, jóvenes y niños juegan al fútbol en las canchas aledañas a un humildísimo barrio de casas de ladrillo y ropa tendida que se ondula en el viento. Como espectadores, en lo alto de los alambrados que rodean a las canchas, una infinidad de extraños y grandes pajarracos negros permanecen inmutables bajo el agua (horas más tarde, un atento conserje hará saber que se llaman urubú).

Minutos después bordeamos el centro urbano que, debido al día y la hora, aparece espectral, desolado y silencioso como un gigantesco Edward Hopper. Y finalmente, cuando llegamos al hotel de Copacabana, se produce una rara sensación ante la ausencia del sol carioca y el típico gentío que se amontona en las playas. A cambio, bajo un cielo gris y amenazante, unas pocas personas pasean en bicicleta y la inconfundible brisa de la ciudad es casi un viento marplatense. Pero, de todos modos, es inevitable percibir el olor de la ciudad, ese perfecto olor entre maracuyá, sudor y bruma.

DESDE EL SUBSUELO

¿Cuántos turistas saben que en Río de Janeiro hay subte? Sin duda, muy pocos. Y ése es uno de los motivos por los cuales esta estadía es diferente. Es que el cronista, después de haber cumplido sus obligaciones laborales, decide obviar los sitios clásicos ya conocidos y recorrer ciertos puntos de la ciudad trasladándose por los subsuelos de las avenidas y los morros.

Las líneas de subterráneo son dos, administradas por la empresa Metrô Rio. La Línea 1, que va desde Copacabana hasta los distritos ubicados a espaldas del Corcovado; y la Línea 2, que parte desde las cercanías del centro y llega hasta los más alejados barrios periféricos, esos a los que Chico Buarque les dedicó la canción “Suburbio” (“Allá no hay doradas muchachas expuestas / los que andan desnudos por tus barrancos son los diablos...”).

Con vagones más anchos que los porteños, y equipados con aire acondicionado y puertas que indican “entrada” y “salida” a cada uno de sus costados –y evitan así los clásicos empujones que conocemos los argentinos–, el subte permite llegar en muy pocos minutos de un extremo a otro de la ciudad.

EL PALACIO DEL BARON

Las magníficas fachadas de las antiguas mansiones cariocas.

En la estación Siquiera Campos de Copacabana se inicia el recorrido que, arbitrariamente, hace escala en el barrio de Catete. Allí, apenas se sale a la superficie, la vista se choca -literalmente– con un increíble edificio de estilo neoclásico coronado por cinco enormes e intimidantes águilas de hierro. Se trata del Palacio Catete, ubicado sobre la calle del mismo nombre y sede del gobierno federal hasta 1960, cuando la capital federal fue trasladada a Brasilia. Ese mismo año se transformó en el actual Museo de la República.

Construido entre 1858 y 1886 para ser la residencia urbana de la familia del Barón de Nova Friburgo, de origen portugués, se lo llamó entonces Palacio de Nova Friburgo. Su parte trasera, donde hoy se encuentra el llamado Jardín, daba a la playa, que en esos años llegaba todavía hasta la actual rua Praia do Flamengo. En 1890, los herederos del barón y su esposa lo vendieron a un grupo que fundó en sus instalaciones el lujoso Grande Hotel Internacional. Pero el proyecto fracasó y, después de pasar por varias manos, fue comprado en 1897 por el Estado durante el gobierno de José de Morais Barrios.

Su elegante fachada revestida de granito y mármol rosa y blanco, con claras influencias del Renacimiento florentino y veneciano, sobresale en este barrio de construcciones coloniales impregnadas del cálido color local que le dan las diversas peluquerías, supermercados, pequeños restaurantes y pintorescos bares. El Palacio Catete albergó a 18 presidentes brasileños y fue escenario de importantes acontecimientos como la discusión de la participación o no de Brasil en las guerras mundiales y el suicidio del presidente Getúlio Vargas en 1954. Actualmente, el museo conserva 20 mil libros, 7 mil objetos y 80 mil documentos relacionados con la historia del país. Además hay una librería, bar, restaurante y salas dedicadas a eventos culturales.

UN BARRIO CON JARDIN

El Jardín Histórico del Palacio Catete, que conserva su trazado original, es un hermosísimo parque de 24 mil metros cuadrados que se extiende desde los fondos del edificio hasta dos cuadras y media hacia el lado del mar, más precisamente hasta la rua Praia do Flamengo y en paralelo a la rua Silveira Martins. Proyectado por el paisajista francés Paul Billón, permaneció cerrado al público en los tiempos del Barón de Nova Friburgo. Hoy, abierto todos los días de 8 a 18.30, recibe los fines de semana a unos 3 mil visitantes. En su amplio predio hay un lago artificial con tres puentes para cruzarlo, tres fuentes, una cascada y numerosas sendas, además de especies típicas como la palmera imperial y el pau Brasil, que se confunden bellamente con árboles de frutas como mangueiras, jambeiros, caramboleiras, tamarineiros y abacateiros, y otras más exóticas que no se consiguen en los supermercados, entre ellas abiu, tamarindo, abricode-macaco y pêssego da India.

En sus instalaciones funcionan la Reserva Técnica, el Laboratorio de Restauración, el Espacio Educación, el bistró Lavazza y un área para yoga, tai-chi-chuan, diseño y pintura. Caminando lentamente es posible apreciar 8 esculturas originales de 1896, provenientes de Francia, y otras dos de origen desconocido y, claro, disfrutar del silbido de los pájaros.

CASTILLO DE BRUJAS

A sólo cuatro cuadras de allí, en una de las esquinas más originales de Río –rua Praia do Flamengo y rua Dois de Dezembro– se encuentra el Castelinho do Flamengo, donde actualmente funcionan el Centro Cultural Oduvaldo Viana Filho y la Secretaría Municipal das Culturas.

También conocido cariñosamente como “Castelhinho das brujas”, debido a improbables leyendas barriales, fue construido en 1918 para ser la residencia del comendador Joaquim da Silva Cardoso, un millonario portugués. El adinerado personaje y su familia vivieron en el castillo hasta 1932 y a partir de ese año pasó por diferentes manos: fue vendido a otra familia de Belo Horizonte, más tarde a un senador y, en 1983, cayó en desgracia, siendo totalmente abandonado, invadido, ocupado y desvalijado.

Finalmente, en 1989, después de un arduo trabajo de restauración, fue transformado en el Centro Cultural Oduvaldo Viana Filho, nombre asignado en honor a “Vianinha”, prestigioso dramaturgo y actor. Como tal fue inaugurado en 1992 y actualmente dispone de una videoteca con más de 1500 títulos y 14 cabinas individuales para video y TV por cable. Asimismo, en el segundo piso funcionan el Auditorio Lumière, dos salas para workshops y una para exposiciones. En la cuarta planta se encuentra el Espacio Curinga, destinado a la lectura de textos dramatizados.

GLORIA CARIOCA

La pausa obligada en el barrio de Catete es en el Bar Getúlio, ubicado haciendo cruz al Palacio y denominado así en homenaje al presidente Getúlio Vargas, que una vez cumplidas sus tareas sólo debía cruzar la calle para tomar un refresco o un café en una de sus mesas ocupadas por poetas y escritores. Entre bohemio y moderno, aún continúa siendo frecuentado por artistas e invita a pasar un grato momento en compañía de excelentes platos y tragos.

Una vez concluido el descanso, la opción para continuar el itinerario es conocer el legendario hotel Gloria. Se trata de uno de los edificios más emblemáticos de Río y fue, durante otras décadas, sede de los encuentros sociales más glamorosos de la ciudad. De impecable fachada blanca, y con dos parisinas terrazas desde las cuales se puede contemplar la playa de Flamengo y el Pan de Azúcar, es dueño de señoriales ambientes donde todo,o casi todo, es de bronce, incluso dos enormes ceniceros ubicados detrás de las elegantes columnas de la entrada. Con un lobby en el que abundan muebles de una notable distinción, y salones con esculturas y aristocráticas cortinas, el hotel Gloria mantiene en vida el glamour de las épocas doradas cariocas.

BELLEZA MARAVILLOSA

Elegancia y glamour en la tradicional confitería Colombo.

A sólo dos cuadras de sus instalaciones se encuentra la estación Gloria de la Línea 1. Desde allí, en apenas siete minutos, se llega a la estación Cinelandia, en pleno centro urbano. Y ahora, con sol brillante, un tremendo gentío y un intenso tráfico, la imagen típica de los cuadros de Edward Hopper contemplada el día anterior parece inconcebible. Acá es donde Río es una perfecta mezcla de La Habana y Nueva York –los taxis, de color amarillo, colaboran con esta referencia a La Gran Manzana–, con la bellísima yuxtaposición de lo colonial y lo moderno, con la mezcla y el choque de las cúpulas de las iglesias con los frentes espejados de los edificios de vanguardia, con la fusión del exquisito olor del pescado frito con los perfumes europeos que se desprenden de los cuellos de algunas mujeres. Hombres con carretillas llenas de bananas, pasando delante de las vidrieras más sofisticadas de ropa masculina. Y el magnífico Teatro Municipal, y la elegante Confitería Colombo, y el Palacio Tiradentes, y las librerías, las ferias, las disquerías.

Clásica, moderna y tropical, Río de Janeiro brilla siempre en la noche.

Todo queda grabado en el regreso en subte desde la estación Uruguauaiana. Y arriba, como siempre, esa ciudad única, bella como pocas, inigualable. Es una redundancia, pero por qué no repetirlo por millonésima vez: esa cidade maravilhosa.

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Castelinho do Flamengo. Su tan particular arquitectura desconcierta a los turistas.
 
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