UNIVERSIDAD › ENTREVISTA A MARIO MARGULIS, EX DECANO ORGANIZADOR DE SOCIALES

La invención de una facultad

Margulis describe cómo fue el proceso de creación de la Facultad de Ciencias Sociales, que acaba de celebrar su 25º aniversario. Realiza un balance y cuestiona las cesantías de profesores mayores de edad que promueve la UBA.

@En el marco del 25° aniversario de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), el profesor e investigador Mario Margulis, quien fue el decano organizador de la institución, relata en esta entrevista cómo fue el proceso de puesta en marcha de la facultad entre 1988 y 1990, realiza un balance de este cuarto de siglo y destaca la incidencia negativa de las cesantías de profesores mayores de 65 años que impulsa el rectorado: “Personalidades como Eric Hobsbawm, Norbert Elias o Zigmunt Bauman no hubieran tenido cabida en nuestra universidad”, advierte.

–¿Cómo fue el proceso de apertura de la nueva facultad?

–Supuso una serie de desafíos inmediatos. Se juntaban cinco carreras, unidas en una facultad, no como resultado de un consenso intelectual dentro de la comunidad académica, sino como emergente de una circunstancia administrativa: eran aquellas que en la reorganización y reinicio de las disciplinas sociales y humanísticas, con posterioridad a la dictadura cívico-militar, aún funcionaban como carreras dependientes del Rectorado.

–¿Cuál era el principal desafío en aquel entonces?

–El desafío era múltiple y complejo. No sólo había que hacer converger en una sola facultad cinco carreras que tenían historias diferentes, distintos regímenes administrativos, variado grado de complejidad y escasa vocación para unificarse –era percibido como una pérdida de independencia y amenaza a la identidad–; también había que resolver problemas académicos vinculados con los distintos grados de renovación de los planes de estudio, sistemas de cursada, promoción, horarios, etc. Además, había cinco centros de estudiantes, cinco bibliotecas, poco presupuesto y carencia de equipamiento básico. Se sumaba la necesidad de articular una administración unificada con empleados provenientes de las diferentes carreras, y todo ello en la urgencia de continuar con las clases, tomar exámenes, otorgar diplomas y, en un tiempo relativamente breve, llamar a elecciones para normalizar la facultad.

–¿Cómo influyó el contexto político de aquel entonces?

–La primera gestión debió desenvolverse en un marco nacional agitado. Era el final del gobierno del doctor Alfonsín. Se trató de un período atravesado por complejas circunstancias políticas y económicas que envolvían la vida universitaria; levantamientos militares, hiperinflación, elecciones, cambio de gobierno. La flamante facultad no podía permanecer ajena y era escenario cotidiano de la discusión política y la movilización social. Aparecían necesidades imperiosas; una de ellas tenía que ver con la dispersión edilicia y se requirió una gran energía para trasladar rápidamente las cinco carreras al edificio de la calle Marcelo T. de Alvear –donde se iniciaron las clases conjuntas en abril de 1989–, lo que supuso complejas negociaciones para poder disponer de ese predio con plenitud. Otras decisiones de la gestión tendían a construir la vida académica. Se evaluó que era imprescindible apoyar y mejorar los cursos de grado, emprender una enérgica acción en el plano de los concursos, la activación y enriquecimiento de la biblioteca e impulsar la investigación. Estas actividades se iniciaron de inmediato, a la par que se unificaba la administración, se ordenaban horarios, se habilitaban aulas y se procuraba equipamiento.

–¿Cómo fue el proceso en el que se realizaron las primeras elecciones?

–Desde julio de 1989, se iniciaron las tareas para llevar adelante las primeras elecciones, que llevarían a la normalización de la facultad. El proceso electoral fue precedido por meses de reuniones en las cuales se discutieron los problemas que aparecían con representantes de todas las organizaciones que actuaban en la facultad. El resultado de esa larga tarea fue la creación de un clima de confianza y el logro de un acto electoral pacífico, excepcional en el clima político que entonces se vivía, sin impugnaciones, y del cual emergieron las autoridades que iniciarían el período normalizado de la facultad, que asumieron sus cargos en marzo de 1990.

–¿Qué balance hace de estos 25 años de Sociales? ¿Cuáles diría usted que son los mayores logros que ha tenido?

–Hoy, 25 años después, es sorprendente el exitoso desarrollo de la facultad, contemplado desde aquel humilde comienzo. Sería larga la enumeración de los logros. Baste mencionar el número de alumnos y de egresados, la calidad de la enseñanza, la puesta en funcionamiento de excelentes maestrías y un doctorado que ya tiene cientos de egresados. A esto se suma un extraordinario desarrollo en la investigación y la producción de numerosos libros y artículos, además de múltiples revistas de calidad originadas y auspiciadas por la facultad. También se ha logrado un edificio muy importante, donde ya se dicta la mayor parte de los cursos y que promete incluir en un plazo breve a todas las carreras, institutos y demás actividades de la facultad.

–¿Qué objetivos cree que aún falta cumplir?

–Mencionaré un hecho que empaña la exitosa situación descripta. Esta facultad ha sido fuertemente afectada por una política de la UBA dirigida a las generaciones docentes de mayor edad y que determinó cesantías o amenazas de ella, disminución de ingresos y otras formas de maltrato para un gran número de personas. Los afectados pertenecen a la generación que contribuyó en gran medida a la puesta en marcha de la facultad, los docentes que aportaron al despegue de la docencia y la investigación, a su exitoso desarrollo. Los excluidos pertenecen a una generación que sobrevivió a la dictadura, que vino del exilio o permaneció en el país, donde se mantuvo al día con la bibliografía y la teoría en una época en que era peligroso tener libros. Gran parte de ellos había luchado, en períodos anteriores, para que fuera posible una universidad democrática y plural, con ingreso irrestricto y participación de los tres claustros en su gobierno. La exclusión de estos profesores se nutre en un reglamentarismo rígido, en criterios basados sólo en la edad, sin tener en cuenta los que deberían prevalecer: la capacidad, el talento, la dedicación, el compromiso. Con estos criterios habrían sido separados de la enseñanza y la investigación figuras notables de nuestras disciplinas que prolongaron su vida creativa hasta elevada edad, como León Rozitchner o Gregorio Klimovski. Personalidades como Eric Hobsbawn, Norbert Elias o Zigmunt Bauman, igualmente longevos, no hubieran tenido cabida en nuestra universidad.

–¿Cómo se podría solucionar esta problemática?

–Hay que superar esta política de exclusión o discriminación por edad. El desafío consiste en hacer que la institución pueda cobijar a las diferentes generaciones, armoniosamente, sin que los mayores obstruyan el camino de los más jóvenes. Toda discriminación empobrece. Empobrece a nuestra facultad al excluir a profesores valiosos, se pierde diversidad, afectando uno de los aspectos más importantes que procuramos defender: el pensamiento crítico. Construir espacios en la facultad que permitan la convivencia de las generaciones, reteniendo todo el talento y la experiencia disponibles, sin otro criterio regulador que el desempeño, la capacidad y el compromiso.

Entrevista: Laura Guarinoni.

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