UNIVERSIDAD › OPINION

La crisis en Filosofía

Por León Rozitchner, Horacio González y María Pía López

Las diversas crisis que se desataron en la Facultad de Ingeniería y en la de Filosofía y Letras exigen una urgente revisión crítica de la función que ha cumplido la Universidad (Nacional) de Buenos Aires y la enorme responsabilidad que muchos de sus integrantes han tenido en el silencio o el apoyo a las políticas que desintegraron y empobrecieron la vida nacional y universitaria.
Una nueva alianza entre algunos intelectuales progresistas, otros francamente reaccionarios, y viejas instituciones periodísticas dependientes de arcaicos privilegios culturales y económicos, induce a alarmismos de oratorio. En vez de imaginar incumplimientos “democráticos” de una “tiranía mayoritaria” o de falta de “excelencia”, sería necesario percibir la crisis profunda que la UBA viene atravesando desde hace décadas.
Quienes tuvieron peso en el gobierno de la Facultad de Filosofía y Letras en las décadas anteriores son también responsables de haber reemplazado la autonomía intelectual por la lealtad de capillas. Y ahora sus posiciones empalman con la visión de quienes fantasean sobre “gobiernos montoneros” o “peligros estalinistas”. Una mera cátedra paralela parece ser una amenaza a la ciudadela de los señores profesores: se sienten “alarmados”.
Pero asimismo pensamos que la tarea de quienes quieren renovar con nuevos criterios a la Universidad –en especial, las izquierdas– sería la de formular un planteo donde la transformación que anhelan para el país pueda verificarse también en el campo que nos es propio: la universidad como el lugar creador de nuevas formas de cultura y de saber. Antes que considerar a la universidad sólo como un espacio del cual extraer militantes para una acción política partidaria externa, se la debe privilegiar como un lugar de irrenunciable, específica y peculiar eficacia cultural, que puede irradiar nuevas potencias transformadoras. Un proyecto alternativo requiere otra filosofía, otra historia, otra ingeniería, otra literatura, otras ciencias, cuyas pautas de “excelencia” no pueden extraerse del arsenal ya cristalizado.
Un poder mayoritario de profesores ha llamado al escándalo y recurre al apoyo de rígidos poderes externos a la universidad. Pero las definiciones políticas sumarias de la izquierda también corren el riesgo de permanecer inmutables sin que el debate universitario las transforme. Esta crisis irrisoria podría servir para poner de relieve la dimensión teórica y científica no debatida en la comunidad de estudiantes y profesores.
Evidentemente, la cátedra alternativa no debe considerar desechable gran parte del pensamiento filosófico del siglo XX por sus supuestas afinidades con los momentos más graves de la historia. Del lado de la cátedra tradicional, no debe sentirse inmune a la crítica exigente, por ser poseedores de la herencia de un patrimonio bibliográfico que es de todos y que sin duda hay que volver a interrogar.
Aun siendo difícil, es necesario reconstituir el ámbito en el que el vínculo polémico sea posible. Por ello, no es admisible que se acepten fórmulas cuasi golpistas para defender posiciones puestas en discusión por el juego democrático –y en ese sentido apoyamos la declaración del Consejo de la Facultad de Filosofía y Letras–, pero también es necesario que cualquier posición alternativa se presente dispuesta a aceptar críticamente las más diversas vetas del pensamiento contemporáneo.

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