UNIVERSIDAD › OPINION

La política como vocación

Por Horacio González *

La carrera de Sociología de la UBA siempre fue un ámbito efervescente, sensible a los climas de debate nacional. La historia de la sociología universitaria es parte esencial de la crónica intelectual del siglo XX. Capta muy pronto lo que emerge y suele ver su drama interno como una metáfora viva de una sociedad en conmoción. Entre nosotros, la sociología fue envuelta en los años ‘60 por la “modernización y el desarrollo”, de inmediato por el “nacionalismo de izquierda”, después por los socialismos republicanos y las diversas teorías del ciudadano. Este ciclo fue acompañado por distintos programas de lectura: primero, las teorías de la transición de Germani y el semiologismo estructuralista de Verón; luego, a fines de los `60, el gramscismo del “intelectual orgánico”, el althusserismo de la “revolución teórica” y el politicismo tercermundista de las “cátedras nacionales”; en los ‘80 el análisis del discurso y en el final de los ‘90, el metaforismo post-estructuralista y un conjunto de importantes investigaciones en las que no cuesta ver la influencia de Pierre Bourdieu.
Ahora, la carrera de Sociología es el primer espacio universitario a tener directores surgidos de un proceso de elección apartado de los lineamientos habituales del modo tradicional, tripartito, de la universidad pública. Por primera vez se han relativizado o desconocido a los claustros, con argumentos en gran parte aceptables referidos a las deficientes rutinas políticas que los caracterizan. Es evidente que frente a ello es pertinente un reclamo de ventilación democrática. Pero el voto directo que fue suscitado, verdadero desafío de crecimiento colectivo, suponía que se lo articulase con el juego íntegro de los claustros revitalizados. Esto exigía una nueva imaginación institucional, la vuelta al debate en torno de los linajes intelectuales argentinos y una delicada revisión de las relaciones entre ciencia y política, entre conocimiento y sujetos sociales. De no ser así, se rompería el sutil equilibrio entre lo que ocurre en las clases y lo que ocurre en el autogobierno universitario. La relación en las clases entre profesores y alumnos es la dramatización del vínculo entre claustros. Y las cuestiones de gobierno universitario son homólogas a ese mismo vínculo vital. Nada podrá construirse si se rompe esta relación. Y lo que pareciera un avance democrático podría convertirse en el comienzo del fin de una antigua institución, en los mismos términos en los que advertía Max Weber en sus célebres conferencias póstumas.
El modo avasallador en que acaba de resolverse la disputa por el poder en la carrera de Sociología no estuvo a la altura de las exigencias que deberían presidir un cambio de la envergadura del voto directo. Los que estamos a favor del voto directo pero no del modo en que se ha expresado ahora seguimos dispuestos al debate, con nuestro textos, con nuestros itinerarios culturales, con nuestros compromisos públicos. Rechazamos cualquier imposición política para resolver cuestiones de conocimiento. Nos oponemos asimismo a estilos reglamentaristas y a decisiones tomadas fuera de la facultad o de la carrera, que solo empeorarían las cosas. Más que nunca, es preciso ahora que todos los alumnos de la facultad y el conjunto de los profesores comiencen a discutir seriamente este tema. Lo que entre chicanas, miedos y presiones, todavía no ha ocurrido.

* Profesor de la carrera de Sociología (UBA).

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