VERANO12 › HEBE UHART

Un día cualquiera

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Me despierto a las cinco o a las seis y pongo la radio para saber la sensación térmica. Una vez, una conocida dijo despreciativamente, en general: “Necesitan escuchar la sensación térmica para saber si tienen frío o calor”. Yo no le dije nada, pero soy muy sensible a ese tipo de apreciaciones que corresponden a la estética del alma. Porque va más allá de mí: necesito saber la temperatura y la hora. Me fastidia cuando la CNN, después de cada programa (cada media hora), pasa la temperatura de todas las ciudades del mundo; en Estambul siempre hace frío y a Buenos Aires le encajan como siete grados de más de los que hay realmente. Cuánta impostura.

También quiero saber la hora, y algo más poderoso que yo me lleva a mirar el reloj de pared; antes tenía idea de la hora que era, ahora no, miro el reloj y si son las dos, digo: “A dormir de nuevo”. Pero por mí podrían haber sido las siete. Para dormirme repito listas de nombres de la A a la Z: Abraham, Abdel, Abenámar, Abdocia, Abdullah. Y son todos nombres que existen. Pero cuando estoy contenta por algo y siento que el mundo me aprueba, me invento algún nombre. Y también cuando estoy en baja o muy cansada. (Uno solo.) Si uno repite la cadena de nombres a la siesta en la misma sucesión, se duerme. Y entonces empiezo a pensar: “¡Qué curioso es el cerebro!”. Por eso es mejor ni menearlo porque entonces el sueño se va. Antes no. Para dormirme usaba una lista de ofensas y deudas a cobrar con un novio que había tenido. Varios años usé la lista, las ofensas tenían que llegar a veinte. Eran más o menos así:

1) Me dejó plantada.

2) Armó un escándalo porque yo le conté que una señora dijo la palabra “merendero”.

3) Desapareció por quince días.

4) Me dijo que fuera a fumar a la habitación de al lado.

Y todo así. Me aburrí cuando quise llegar a veinte y no encontraba, así que cambié por los nombres; hay muchísimos más.

Bueno, si son las seis y no es sábado prendo la radio Continente y ahí está todo el equipo amigo mío. Llegan siempre a la misma hora y conduce Pérez, que a veces es un poco primario en sus juicios literarios, me parece que es creyente, me cae simpático en general. Más tarde viene Antonio Terranova, que es editorialista, tiene el derecho de hacer reflexiones sobre lo que ocurre y lo que no ocurre; a veces va bien, a veces la pifia, porque cree que tiene él derecho de hacer observaciones de todo tipo sobre la marcha de las cosas del país y del mundo. Se hace preguntas del tipo de: “¿No nos estaremos volviendo un pueblo de...?”. Y ahí ya no me gusta, porque si algo no me gusta son las profecías. Ni las de la Biblia ni las ecológicas. El sábado no la prendo porque está Fernando Cuenca con un programa agropecuario de tres horas. Dice: “Vaca preñada usada”, “saldo remanente”, “vaca vieja para conserva”; también habla de la diarrea del ganado. Entrevista a personas que hablan del gusano de la soja. Cuando él empieza el programa, pide la bendición a la Virgen de Luján y me vienen ramalazos del aspecto triste del interior del país, donde las oficinas grises que funcionan en casas viejas tienen una imagen de la Virgen de Luján y afuera están las vacas preñadas o sin usar. Y no quiero que el interior se me vuelva triste, yo no digo “vaca usada”. Pero a veces lo escucho igual los sábados porque entrevista a un ingeniero agrónomo; no me acuerdo de su nombre porque no importa: importa la voz. Es un hombre grande y tiene la voz pausada, como de quien ha tomado suavemente las riendas de su vida, habla con mucha claridad, como si los demás fueran un poco niños, y logra tranquilizar a Fernando Cuenca, que debió ser siempre un atropellado, que termina diciendo: “Lo que escucha el campo argentino” con tono altisonante. Si se creerá representante del campo, que si vivió en él, seguro que lo pateó un caballo; y si lo mandaron a reeducar al campo, seguro que se metió en todos los lugares equivocados y se dedicó a correr a los pollos. En cambio, con el ingeniero agrónomo me casaría. Mejor dicho, no sé si me casaría a esta altura de la vida, pero me gustaría pasar una larga temporada con él en una casa de campo (si la tiene) o de un pueblo, para que me explique qué es un novillo liviano, qué quiere decir “vacas de invernada y cría”, y todas esas cosas. Seguro que a los diez minutos me olvidé de todo, pero para escuchar esa voz. Pero no es cuestión de quedar enchufada a la radio todo el día. Entonces me digo: “Dale, Catriel, que es polca” (se lo decían al indio Catriel para que bailara a buen ritmo) y me cambié el ritmo. Debo levantar la copita que dejé en la mesa de luz para tomar una pastilla a la noche. Las copitas son preciosas, son como campanillas, pero tienen dos defectos: que se caen y se rompen inmediatamente, y que tienen una costura. Y yo no se las vi. Es como si estuvieran hechas con sobras de algún material, y otra vez me acuerdo de esa conocida cuando decían que precisan saber la sensación térmica para saber si tienen frío o calor. También me peleó una vez por un tema de copitas o tacitas. Yo afirmaba que si me gustaba la forma de una taza o vaso, no me importaba si eran ordinarios o finos. Entonces ella dijo: “Vos no apreciás el trabajo humano, ni la cultura que producen la porcelana, etcétera”. Voy a apreciar el trabajo humano; me voy a poner unas medias un poco mejores. Dios mío, ¿cómo es que salgo a la calle con esas medias? Hoy las vi bien, y me doy cuenta de que son imposibles. Un día uno ve algo que siempre había visto bien con malos ojos. Pero oscilo tanto que lo veo con malos ojos, y a lo mejor dentro de dos horas veo lo mismo con buenos ojos. Entonces las dejo en un lugar del placard, que es como el limbo de las medias, los pulóveres y otras cositas. Un día voy a ordenar ese limbo, sí, pero no hoy. Después de todo es bueno esconder cosas, olvidarse de que se las tiene y descubrirlas como si fueran nuevas. ¿Será eso un atisbo de vejez? Siempre me acuerdo del mito del brujo Titonio y la sibila Cumana, que hablaba sola encerrada en una burbuja. Yo hago como el brujo: voy de la cocina a la pieza llevando y trayendo cosas; me olvido de una y vuelta a la pieza. ¿Qué me deparará la vejez? ¿Daré vueltas en redondo sin sentido ni objetivo visible, o iré a buscar una papa o una toalla con un gesto de decisión heroica? Vaya uno a saber. A eso hay que contrarrestarlo: voy a salir a caminar, caminar cambia los pensamientos y entona las tabas.

Bueno, hay que caminar. Pienso primero en qué rumbo tomar. Tengo pocos, el norte, el centro-norte, por Córdoba hasta Serrano, y si estoy muy contenta, unas cuadras hasta los barcitos de Palermo Viejo. No bien llego a “El taller” o a cualquier otro, me pongo contenta: la gente toma sol en las veredas mientras atan sus perros por ahí, y en la placita de enfrente hay una feria. El contento me dura poco; hay gente ociosa desde temprano y todo ese lugar me hace pensar en una vida de permanente ociosidad, leyendo el diario al sol, después llevar un poco el perro a la plaza, la feria... Además, el camino que me lleva hasta ahí desde Córdoba es oscuro, ni el sol logra aclarar esas moles que parecen viejos dromedarios. Puedo ir derecho al norte y llego a Palermo, pero lo tengo muy gastado y además el pasaje entre Almagro y Palermo es duro para atravesar: es una zona en la que venden bulones, tuercas y tuercones, parece tierra de nadie. Y además mi sentido de justicia me dice que no puedo andar siempre por los mismos caminos, le voy a dar una oportunidad al oeste. Mi sentido de justicia es así: un poquito para cada barrio, un poquito para cada comerciante, cuando hace mucho que no vuelvo a un comercio, me acuerdo y digo: debo ir allá. Le voy a dar una oportunidad al oeste, voy a caminar por Rivadavia hasta Primera Junta, aunque también pienso en un negocio que se llama “Los diseños del alma”, que queda por el Abasto, pero no quiero exponerme a una desilusión si cambio de rumbo, porque siempre lo vi cerrado y tiene una vidriera oscura y sucia. Voy a Rivadavia, que se va poniendo tan ancha a medida que avanzo que me recuerda la llanura, más allá está el campo. Rivadavia está flanqueada por moles, pero son más claras que las de Serrano: rojizas, amarillentas y marrón claro. Es tan ancha la calle que uno ve llegar el 26 desde lejos. Los colectivos a esa altura no irrumpen; van viniendo con cierta solemnidad no exenta de cortesía. El 26 dobla por varias laterales, como si dijera: “Si usted vive por acá, yo lo dejo”. Si yo hubiera nacido en Caballito y permanecido allí toda la vida, me hubiera casado con un maestro mayor de obras que quiso ser ingeniero, pero no pudo llegar porque tuvo que contribuir en su casa; pero, a cierta altura, hubiéramos pasado de una casa baja a un departamento de paredes rojizas con un poco de dorado en la puerta (el dorado da brillo a las ilusiones) y sería como esa señora que sale ahora bien arreglada, con su pelo rubio oscuro. Está bien arreglada, pero orgullosa de ser una persona de trabajo; más aún, le gusta que le vean sus manos gastadas. Están gastadas porque trabajó en pulir el dorado de la puerta y en cuidar mucho, mucho a su marido, como yo hubiera cuidado al maestro mayor de obras hasta que fuera viejito y también al perro, fabricándole tapados para el invierno. Tapados escoceses, porque el escocés queda fino. Y llegó la hora de los perros, la del peludito de patitas tiki tiki que marcha decidido y va otro con cara de rectángulo, al que yo llamo “cara de candado”; me asombra esa cara. Hablo con la dueña de un perro de ésos y le pregunto:

–¿Se acostumbró, señora, a la cara de su perro?

–¡Cómo no, señora, si es un santo!

La virtud atraviesa las apariencias más inverosímiles. En mi barrio hay uno diminuto, la dueña le pone una hebilla en el pelo y pesa un kilogramo. Una vez hablé con la dueña y me dijo:

–Es nena y se sofoca con el pelo en la cara.

Cómo no se va a sofocar si es más pelo que cuerpo. En Almagro les ponen nombres más fantasiosos a los perros, como Madonna y Beethoven; en Caballito son más tradicionales, se llaman Batuque y Colita. Sí, en Caballito los graffitis son correctos. Son así:

“Iglesia = Censura”

“Combatiendo al capital”

“Rock alucinado”

“La gran maula”.

En Almagro se usa escribir jeroglíficos ilegibles, nombres de bandas de rock escritos con pintura roja y negra, desprolijos, y muy claramente “Lucas puto”.

No prospera mi conversación con las dueñas de los perros y es porque yo tomo la iniciativa con un elogio: “¡Qué lindo perro, qué bien abrigado!”, etcétera. ¿Y la gente qué me va a decir, qué lindo bolso? Se limita a responder. El otro día le conté a una mujer lo que hicieron los perros del departamento octavo. Sacaron todo al balcón, pero parecía que tuvieran un objetivo premeditado: un día estaban en el balcón restos de Harry Potter, la boleta del teléfono, papel higiénico; ese día, papel. A la tarde siguiente sacaron calzado: botas, chancletas y zapatillas. Y la última vez rompieron todo lo de balcón; bolsas de carbón y macetas; o sea, una ruptura temática. La señora sólo me dijo: “Y sí, son muy rompedores”. Nada más. Yo empecé con: “No deberían esos perros grandes estar en un departamento”. Y no es que crea eso, con lo que me divertiría si hubiera algún elefante, pero lo digo por decir cualquier cosa. “No deberían” es mi especialidad, pero he notado que los discursos sobre el deber no prenden. Y ahí me quedé, medio embarazada, sin saber qué otra cosa decir porque ella iba por el mismo camino que yo, le dije: “Bueno, hasta luego”. Ella atrás y yo dos metros más adelante, con ganas de darme vuelta.

Pero por suerte ya llegó otra hora del día, hay un tráfico que mata, ya pasó la hora en que la única luz es la de las panaderías. La luz de las panaderías sale difusa y tenue, como si viniera de un hornito central, sale la luz y el olor a pan todo junto. Ahora llega la hora de los chicos del colegio, con sus grandes mochilas. Es hora de tomar un café. Yo agradezco tanto que pasen las horas y que cambie el movimiento de la calle, cuando uno cree que sólo va a haber panaderías abiertas, al rato van los chicos a la escuela y cuando salgo del café ya se ve un movimiento frenético. Como he estado leyendo, me distraje del tiempo; llega la hora de los empleados empilchados rumbo al microcentro. Yo en el café leo sobre historia argentina y también sobre la vida de los animales. Según el café, llevo un libro de cada rubro; a los que están cerca de mi casa, donde los mozos me conocen, no llevo libros de animales porque tienen grandes ilustraciones, tengo una de un mono dándole el desayuno a un bebé con una cucharita. Tengo miedo de que los mozos vean que miro eso y piensen que me falta un piolín. Los que más me gustan son los libros sobre chimpancés: recuerdo el momento exacto en que compré Nuestros primos los monos. Y a ése no lo presto ni lo prestaré. Si yo tuviera otra vida iría al Africa para investigar la vida de los chimpancés, anotando los progresos todos los días en una libreta. Parece que después de dos años uno logra que el chimpancé dé la mano. Lo mismo pasa con los delfines; un hombre entrenó a uno y a los cinco años le dijo: “Papá”. El hombre lo abandonó diciéndole secamente: “Yo no soy tu papá”. Yo no quiero defraudar a nadie, ni que nadie me defraude; tampoco quiero producir una mala impresión. Por eso a veces voy a esos cafés enormes, donde el mozo no mira a nadie, y cambio constantemente de sitio porque, si no, pensarán: “¿Quién es esa mujer que se pasa la vida leyendo y anotando?”. A veces deseo que el mozo o el diariero me vean con alguien, para que no crean que mi vida se reduce a estudiar, siempre sola. Las raras veces en que voy con alguien, a la mañana, paso delante del quiosquero y del mozo con aire de triunfo.

De ninguna manera me voy a quedar en la calle hasta las doce porque los asuntos se acumulan y se paran en seco, uno tras el otro, y producen un chirrido que indica el fin de la mañana. A esa hora empiezo a confundir los carteles: donde dice “Resfriol”, leo “refrán”. ¿Y qué será eso de cambiar caprichosamente los nombres, como si tuvieran que ser los que yo pienso? Hago lo mismo con los nombres de las personas, si se llama Liliana pero le veo cara de Gabriela, la pienso Gabriela. Por suerte debo volver para ver si recibí mensajes, alguien me debe haber llamado. Pongo el contestador y una voz me dice:

–Usted no ha recibido ningún mensaje.

Y me parece que la voz suena contenta de que yo no haya recibido ningún mensaje y que en algún lugar alguien sabe que yo confundo los nombres y leo libros de monos; ese alguien piensa que yo no los merezco. Pero después llama uno que me ofrece banda ancha, otro Jardín de Paz y tocan el portero eléctrico los miembros de la secta de los Niños de Dios. A todos les digo que no de mal modo. No quiero nada, ni parcela en el cementerio, ni tarjeta, ni el mensaje del Señor. Por mí se van todos a la mierda. Pero de vez en cuando aparece uno o una que pregunta con aire picarón: “¿Sabés quién soy?”. No quiero dar a entender que no sé y les doy un poquito de charla; pero por una parte estoy dura para las voces y sólo registro las que oigo siempre; no me rindo, sigo la charla un ratito, pero se hace insostenible; quiero saber sin que me diga. Del otro lado me dicen alegremente:

–No sabés quién soy.

–No –contesto como una estúpida cazada en una trampa. Casi siempre es alguien que no me interesa: una ex compañera de colegio que quiere hacer no sé qué y todo así.

–No, no puedo ir.

No puedo, no quiero, no debo. ¿Todo no?

Voy a tender la ropa en perchas en memoria de Arturo, gran lavandero de ropa; se encerraba en el baño y lavaba su ropa en la bañadera dándole grandes golpes que sonaban como palazos; nunca pude ver con qué golpeaba porque se encerraba para esa actividad; después salía raudo al balcón y yo lo veía de perfil. Voy a cocinar con pocos tachos en memoria de mi mamá, que decía: “Cuanto menos se saque, mejor”. Y también hago la cama porque también decía que una casa con las camas hechas y los platos lavados es otra cosa. También doy vuelta el pan, en memoria de mi papá, que decía que el pan no debe estar dado vuelta sobre la mesa y que el dulce de tomate se come con nueces.

Voy a cocinar y me asombro de mi eficiencia porque hace poco que la adquirí. Cómo me vino, no sé, pero un día me di cuenta de que podía hacer tres cosas al mismo tiempo, por ejemplo, poner a hervir el agua, llenar la bañadera y hablar por teléfono. Y con esta nueva habilidad mis gestos son mínimos, echo sal y pienso en otra cosa, echo sal con el mínimo movimiento, no como antes, que me parecía que echar sal era un acontecimiento o miraba el agua de la pileta hasta que desagotara como si fuera un misterio, o esperaba hasta que hirviera el agua, no sé qué creería, que no iba a hervir si no la miraba. Me viene como un orgullo de verme tan canchera, que se desbarata cuando voy a la pieza: tengo medias amontonadas debajo de la almohada, para más calor o más frío. Ahí hay un nido. No me gusta que toda la casa se vuelva un nido de gallina. Otro nido tengo en el placard, con ropa que no es ni limpia ni sucia. ¿Dónde va esa ropa? Al limbo. Esa ropa es por si acaso, vaya a saberse, en caso de... Al limbo mandó Dios cuando no pudo decidir si irían al cielo o al infierno. Habrá pensado: “Quién sabe, más adelante cuando haya lugar, por ahora...”. Pero lo que sí me gusta mucho es mandar cosas al infierno, o sea, tirarlas a la basura. Lleno con placer el tacho y pareciera que las cosas me dijeran: “Tirame”. Tan a mi mano y a mi vista se ponen que me asusta la próxima etapa. ¿Qué pasará? ¿Los objetos saltarán directamente a mi mano? Está nublado. Voy a regar las plantas en memoria mía.

Ahora cierro la cortina para dormir la siesta; la voy a dejar cerrada mucho tiempo para que los vecinos crean que desarrollo alguna actividad importante fuera de mi casa, como si tuviera obligaciones que me requieren; me voy a dormir la siesta y empiezo con la “E”; me pongo contenta cuando descubro nombres nuevos (rara vez) y me conformo con no olvidar los que ya sé. ¡Se me están acabando las letras, me voy aburriendo! ¿Qué voy a hacer? Bah, me quedan los países y los ríos, aunque de ríos sé poco; los ríos se me aparecen como algo opacado y deprimente. Sueño y nunca me acuerdo de los sueños de la siesta, como si fuera un dormir absurdo. Tampoco hago mucho esfuerzo por acordarme; falta mucho para terminar el día. ¿Para hacer qué? ¿Para hacer qué? A las cuatro de la tarde no se me ocurre nada. Se me atasca la mente y aunque diga: “Dale, Catriel, que es polca”, es inútil; yo creo que se me sulfata el cerebro. Hay unas cuantas pavadas por hacer; ordenar los impuestos, ir a hablar desde el locutorio a una conocida del sur para... Antes yo ordenaba los impuestos y creía hacer algo necesario. Ahora me parece que si están ahí nadie los va a robar. Porque pienso que debería hacer otra cosa, ¿pero qué? Ir al locutorio es para mover las tabas, y si no la encuentro a mi conocida me da igual. Antes yo creía que era absolutamente necesario llamar; ahora pienso que me muevo por moverme, nomás. No es bueno descubrir lo que está detrás de lo que uno hace, pero cuando lo sabe, es como que no hay más remedio. Antes, cuando llegaba el sábado, yo creía que debía salir o hacer algo que corresponda al día sábado. Como agasajándolo porque viene; era como si no estuviera segura de que el sábado fuera a llegar; ahora sé que viene el sábado y el domingo y todo el almanaque entero; hago cualquier cosa cualquier día. ¿Qué voy a hacer? Podría caminar un poco a la tarde, pero debo poner coto al “todo vale” porque se me hace que caminar a la tarde es un acto absurdo. ¿Para qué está hecha la tarde? Para esperar el atardecer; quiero ver cómo atardece. Está mal decir “se hizo de noche” porque no se hace de repente. A la mañana, sí; el sol sale de repente; ilumina todo. A la tarde se va haciendo lentamente de noche. Ahora el tiempo me parece paradójicamente más corto y más largo a la vez. No suspendo el tiempo en función de algún hecho central en el que antes ponía todas mis fantasías; ahora es como si todo fuera importante e irrelevante a la vez. Y si el tiempo se ha adueñado de mí, me parece que me he hecho a la vez más dueña del tiempo. Ojalá que me dure.

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Imagen: Rafael Yohai
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