EL PAíS › UN ESCENARIO LECTORAL INCIERTO EN EL QUE NADIE GANA DEL TODO

Jardín de los senderos que bifurcan

Las quejas sobre De la Sota y los crecientes límites de Menem pintan el cuadro de una interna de resultado incierto. Rodríguez Saá crece, pero también mete la pata. Una chance para los carismáticos. ¿Y el Canciller?

 Por Mario Wainfeld

El decano de la Universidad de Estocolmo echa sapos y culebras contra su protegido, el politólogo sueco que hace su tesis de posgrado sobre la Argentina. El estudioso envía material, qué duda cabe, tarea sencilla en un país tan feraz en hechos políticos. Pero al mismo tiempo ha adquirido cierta impronta cultural que incordia al decano, quien, prejuicioso quizá, atribuye a que se está mimetizando con ciertas costumbres argentinas. No cumple horarios ni pautas de rendimiento, abulta las cuentas de gastos (que igual terminan siendo irrisorias) y, por decirlo al modo criollo, macanea de lo lindo.
“No estoy convencido de que deba quedarse hasta que se resuelva la interna peronista –espeta el decano en un correo electrónico que tipea enrojecido de bronca y a veces perdiendo el estilo– faltan todavía tres meses y usted me la cuenta como si fuera a suceder mañana. Dejéme de joder con eso de que es el ‘partido político más grande de Occidente’. He investigado que esa es una autodefinición del PJ, que contradice sus propios informes acerca de que los padrones están abultados, que hay miles de personas afiliadas sin saberlo y muchas más que lo están, pero que nada tienen que ver con la vida partidaria”. “Tampoco me gusta que me corra explicando que Duhalde augura que la segunda vuelta del ballottage será entre dos peronistas. ¿No se ha cansado usted de relatarme que Duhalde no acierta una? ¿Olvida que en marzo me pidió quedarse hasta julio para presenciar, in situ, los efectos económico sociales de la reactivación que prometió el Presidente?”
El politólogo sueco recibe el correo justo antes de que comience la transmisión de Manchester versus Boca. No se intimida en lo más mínimo, sabe que tiene elementos para convencer al más pintado. Pero no se apura. Ceba un mate, se mune de abundante ración de bizcochitos de grasa y se sienta a ver al pibe Tévez jugando en la cuna del fútbol. “Aguante Boquita,” dice el hombre, ya masticando.
El compañero Avellaneda
Para empezar, el politólogo podría contarle la sorpresa que infunde a sus compañeros el estilo de campaña de José Manuel de la Sota. Apegado por demás a los consejos de su asesor brasileño Duda Mendonça, el Gallego no consigue salirse de un estilo acartonado y formal que no parece para nada el adecuado para una interna justicialista. Los operadores del duhaldismo menean la cabeza, preocupados. “En el acto de Avellaneda del sábado 3 arrancó explicando largamente quién era Nicolás Avellaneda. ¡En un acto nuestro, con gente que viene de la mano de nuestros punteros! ¿A usted le parece que tiene sentido explicarle a la base peronista quién era Avellaneda?” interroga, se sorprende, se preocupa y –muy en el fondo– se divierte una espada del duhaldismo que habla a diario con los principales operadores delasotistas. Los peronistas, para regodeo del sueco, suelen estar dotados de un corrosivo sentido del humor que, para desdicha del peronismo y de los argentinos en general, puede derivar fácilmente al sarcasmo o al cinismo.
“El Gallego es un cuadro, el más presentable de todos los candidatos en danza, puede crecer, pero tiene que soltarse, ser más natural, no estar todo el tiempo en pose,” resumen cerca de Duhalde. Por ahora, De la Sota no acusa recibo. Tal como se cuenta en otra parte de este diario (ver página 6) ha dedicado parte del fin de semana en viajar a Brasil para entrevistar a su asesor. Duda también está trabajando con Lula, un cliente con mayores virtualidades, que lo induce a no salir de Brasil. De la Sota, que aspira a representar al “partido más grande de Occidente” debe ir a la cola, todo un símbolo que podrá mencionar el cientista social sueco en su respuesta al decano.
Lo notable de la interna peronista es que el otro aspirante fuerte que “va por dentro”, Carlos Menem, no pega una. Su presencia en los mediosgráficos sólo se deriva de causas judiciales en su contra o de escraches. Su presencia televisiva, que en algún caso tuvo el beneficio de reporteros “pintados” que le hicieron de partenaire antes que de entrevistadores, no lo muestra con la velocidad y picardía de otros tiempos. “Ha perdido jovialidad, está casi siempre reconcentrado, no conserva la gracia de hace años” asume un pilar de su búnker, preservando su identidad.
Por añadidura, la tendencia al escrache que lo persigue como la sombra al cuerpo (en Mendoza acumuló dos y una manifestación en contra en cuestión de horas y suman siete en un cuatrimestre) pasa a plantearle un problema severo. Una campaña, especialmente una interna en las actuales condiciones, se dirime en parte en la arena mediática pero tiene un componente ineludible de “cuerpo a cuerpo”, de caminar los territorios, de hablar con la gente. En sus buenos tiempos Menem hacía un culto de eso, a pie, a caballo o en menemóvil. Ahora se le ha tornado imposible... no es menudo escollo.
Otra paradoja para el paper del escandinavo: el peronista que mejor anda está casi resuelto a no participar en la interna. Adolfo Rodríguez Saá piensa –y él sabe de qué se trata– que la primaria ofrece (muchísimas) menos garantías que la elección nacional. Y, aunque no dice nada irrevocable, arma su juego para “ir por afuera” siendo que es el candidato que más conmueve a los peronistas. Vaya un ejemplo. El intendente de La Matanza Alberto Balestrini, uno de los muchos que sigue balconeando a ver qué hace, tuvo acceso a una peculiar encuesta: su universo fueron los Jefes y jefas de hogar que cobran el ingreso ciudadano. La performance del sanluiseño en ese universo, acotado pero pertinente para los peronistas, fue notable. La de Carrió, en un bastión peronista, demuestra que ya es mucho más que un fenómeno porteño.
El hecho maldito
“El Adolfo es el que arrastra rating para los programas periodísticos, el que llega a la tele rodeado de movileros y hasta de vedettes, el que levanta sonrisas, el dueño de la frescura y de las sonrisas. Menem está huraño, reconcentrado, litigioso, algo que en el peronismo se traduce como una actitud defensiva, perdedora”. Un avezado consultor describe, con alguna fascinación, al candidato que más ha prosperado desde que se convocó a elecciones. Bueno, es un modo de decir, la convocatoria aún no se ha plasmado legislativamente. Todo un detalle que todavía puede dar que hablar.
Que a Rodríguez Saá le vaya bien no quiere decir que tenga la vaca atada, ni que esté exento de errores o tropelías. La incorporación de Aldo Rico a sus huestes, tiene el tufillo de una metida de pata que le dificultará expandirse más allá de su núcleo sólido, los más humildes de los peronistas. Amén de ser cuestionable licitar por un carapintada de muy opinables pergaminos democráticos, el histriónico Rico le puede significar un abrazo del oso cuyas contrapartidas “pragmáticas” parecen irrelevantes. En el entorno del sanluiseño hay varios que rezongan por haber arrimado a quien puede funcionar como mancha venenosa. Otros privilegian un apolillado discurso movimientista que propugna que el peronismo puede combinar, con feliz alquimia, a derechas e izquierdas aún extremas. Una fantasía que desde los ‘70 viene siendo sepultada por la realidad: la acumulación de izquierdas y derechas no produjo jamás una síntesis deseable pero sí muchos tiroteos.
Imagen, solo imagen
Si algo caracteriza a las actuales encuestas preelectorales es su provisoriedad, según reconocen los consultores más afamados, hablando en confianza. “En verdad, sea lo que sea lo que se pregunte, lo que se termina midiendo es la imagen antes que la intención de voto. La gente notiene decidido a quién va a elegir, falta mucho tiempo y hay que ver cuáles son los escenarios,” explica uno de ellos.
También parece de libro que la actual situación, una crisis fenomenal de toda índole, prefigura un escenario más propicio para personalidades carismáticas que para los “administradores”. La ruptura del contrato social adunada a la de los pactos con los bancos interpela a quienes proponen un orden nuevo, antes que a los que propugnan gerenciar con pulcritud el actual. Dicho sea al desgaire, la idea de gestionar de modo exitoso un Estado inexistente, sin moneda ni poder es una utopía aún mayor que la de crear nuevas reglas de convivencia, una reforma constitucional como propone Elisa Carrió o hacer caducar todas las leyes como desliza Rodríguez Saá.
Los textos canónicos de la sociología explican que el carisma es la obtención de legitimidad, esto es de obediencia voluntaria, basada en virtudes del líder y no apenas en la emanación de la tradición o de las leyes. Rupturas de la historia facilitan la emergencia de figuras que proponen órdenes nuevos y que ostentan atributos personales que los hacen creíbles. En esa horma calzan, cada uno a su modo Carrió, Rodríguez Saá y lo que queda de Menem.
La Argentina ha perdido la estabilidad económica, ve zozobrar la estabilidad política, vio naufragar a uno de los estados benefactores más abarcantes que se haya conocido y ha desleído la banderas de dos partidos populares de vasta implantación territorial y lo social que lo han azotado con veinte años de alternancia pacífica. Esa hecatombe, pues, no fue alumbrada por fuerzas conservadoras sino por representantes de tradiciones nacionales, populares y antiimperialistas, lo que –si bien se mira– es bastante peor.
La situación propicia la germinación de una propuesta restauradora –o regeneradora si prefiere el lector– en sentido amplio. Una que recupere, bajo nuevas simbologías y con nuevos métodos, derechos y garantías que alguna vez tuvieron vigencia. La restauración ética, la social, la de la estabilidad están demandadas y en juego. A su modo, parcial por ahora, Carrió, Rodríguez Saá y Menem simbolizan un tramo de esas tres restauraciones.
No son tres candidatos que tengan actualmente paridad de condiciones. La chaqueña y el puntano están mucho mejor posicionados que el riojano. Los sondeos, cuya precariedad se vuelve a enfatizar, tienden a posicionar a la líder del ARI como primera minoría en la primera vuelta pero suelen predecir que el ballottage Rodríguez Saá la doblegaría. Claro que ninguno tiene una intención de voto superior al 20 por ciento y que sigue siendo un enigma el peso del voto bronca.
Para Menem la cosa pinta muy peliaguda. Mantiene un nivel de rechazo que en cualquier lugar del orbe lo sacaría de la pista. Pero acá nunca se sabe. Un contendiente con buenas chances desistió de enfrentarlo y el aparato del peronismo bonaerense, de a ratos, hasta duda de confrontar, vía De la Sota, con un rival en apariencia tan vencible. Tanto es así que, como ya adelantó el domingo pasado Página/12 el Ministerio del Interior tiene encargada una encuesta descomunal, miles de casos en todo el país, diz que encargada a Hugo Haime, Ricardo Rouvier y Julio Aurelio, destinada a ponderar “si el Gallego ‘mide’”. ¿Y si no “mide”? ¿Abandonaría el oficialismo, dueño de la aceitada máquina bonaerense, la brega contra un rival vulnerable? Todo puede ocurrir en este suelo de portentos, aduce el politólogo sueco en su mail de respuesta y ya saborea su victoria. Sabe que se va a quedar unos meses más a puro asado, mujeres hermosas y fútbol de primera.
La visita del anciano amo
Un daño colateral produjo la visita de Paul O’Neill. Fue revelar lo obvio, la inexistencia rayana en la frivolidad del Canciller de la Argentina. Carlos Ruckauf volvió a estar en su lugar favorito: donde no tiene tareas que cumplir. Estaba en Nueva York, en una de sus tantas vacaciones, cuando la acción pasaba por acá. Hubo furia en la Rosada, aún de Duhalde pero es improbable que haya represalias: muchos pactos ligan a “Rucu” con el Presidente y este gobierno no está para afrontar el trauma de cambiar ahora de Canciller. El embajador en Washington sí estaba a mano para la reunión pero el Presidente decidió dejarlo afuera posiblemente enconado por una visita que hiciera Diego Guelar a Carlos Menem un día antes del cónclave. Guelar tiene aceitados lazos con el menemismo y está tratando de tenerlos con el adolfismo y esa versatilidad enfureció al Presidente. Eduardo Amadeo, que tiene una larguísima historia de broncas con Guelar, azuzó el fuego y salió ganador por partida doble: fue él quien lo sustituyó en el cónclave con O’Neill. Otra interna de un gobierno que tiene muchas, que no sofrena a su propia tropa y que es demasiado proclive a la pelea entre aliados cuando sale de sus cíclicos síndromes depresivos.
El Secretario del Tesoro hizo su visita de médico y el Gobierno dedujo como saldo que el acuerdo con el FMI está más cerca. En el marco de la ciclotimia que caracteriza a la Rosada y suburbios ese módico logro obró algo parecido a la euforia.
En Economía se analiza la gira como un éxito y ya están redactando los borradores de la carta de intención con el FMI. Cerca de Lavagna consideran que el anuncio de un aumento de tarifas no es una concesión exagerada al FMI y que no será un problema para la pervivencia del Gobierno. Su argumento es que el debate público que precederá al tarifazo –que Hacienda se precia de haber impuesto a las privatizadas– insumirá un buen tiempo y obligará a las prestadoras de servicios a mochar sus pretensiones. “El acuerdo llegará antes que las subas de tarifas” prometió Lavagna en Gabinete y justificó que ésa fue otra mínima cruzada en la que el Fondo atendió sus razones.
Una sola hazaña puede estar cerca de las manos del actual oficialismo y es la de llegar al final de su mandato. En marzo eso parecía imposible y hoy –sí que merced a un acortamiento de la convocatoria a elecciones– eso suena como posible, aunque no como seguro.
Esa irrisoria proeza no debería inducir a nadie a un optimismo banal. El Gobierno sobrevive pero ya ha contagiado al que lo seguirá los virus que lo aquejan desde la cuna: el de su provisoriedad, el de su improbable viabilidad y el de su endeblez de recursos para garantizar gobernabilidad.
En ese escenario, la sociedad –cuya bronca e incredulidad son fenomenales pero todavía no se transmutan en desbordes– necesita oír de sus dirigentes un esbozo de nuevo país, una propuesta mínima que dé cuenta del futuro, esa dimensión que los argentinos parecemos haber abolido.
Pero, por ahora, lo trivial, lo episódico, las astucias de comité del Gobierno colman la agenda pública de un país que necesita angustiosamente empezar a pensar en algo que trascienda a su ominoso y asfixiante presente.

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