SOCIEDAD

De curiosos y sobrevivientes

Todas las cabezas que pasaban por la vereda del edificio de Pueyrredón 1316, inexorablemente, dirigían su mirada hacia arriba. Cada uno quería ver en vivo y en directo lo que el día anterior habían mostrado las cámaras de televisión. Claro que en lugar de fuego, debían conformarse con ver los manchones negros que dejó el humo, los vidrios molidos esparcidos en parte de esa cuadra y las cintas rojas y blancas de “peligro” que yacían pisoteadas innumerables veces.

“Yo me había ido a las 12, un rato antes –contaba a Página/12 Irma, que vive en el noveno piso y a esta altura se consideraba una sobreviviente–. Me iba a Belgrano a almorzar con mi hermana. Cuando volvíamos, el taxi tenía la radio prendida y escuché que hubo una explosión acá. Vinimos volando, pero no nos dejaron pasar.” Irma pasó la noche en la casa de su hermana y volvió ayer dos veces para intentar entrar a su departamento: quería llevarse el resultado de una resonancia magnética que le tiene que mostrar al médico. No hubo caso, los vecinos recién podrán volver hoy al mediodía, cuando ya estén hechas las pericias.

En parte, la cuadra de Pueyrredón, entre Charcas y Santa Fe, había recuperado ayer por la tarde su normalidad. La parte que permanecía fuera de lo común estaba modificada por las consecuencias de la explosión del departamento del cuarto B. Algunas camionetas cargadas con paneles de vidrio esperaban para descargar, aunque la mayoría de los comercios que perdieron sus vidrieras con el estallido las habían repuesto por la mañana. Las tareas de refacción continuaban en una zapatería y en una boutique, donde los escaparates sufrieron el sacudón y aún estaban cubiertos por pequeños trozos de vidrio. Y el frente del 1316 estaba vallado, custodiado por la policía. El local de venta de alfajores marplatenses permanecía con la cortina baja.

Según contaron los pocos que pudieron entrar al edificio por la mañana, el fuego quemó e hizo que se desprendieran las cerámicas de los palliers, las puertas del ascensor estaban quemadas y los cables de electricidad se derritieron. Incluso algunos creían que se volvería habitable dentro de un par de meses.

No sólo la curiosidad o el morbo afloraba entre los transeúntes, algunos intentaban elaborar hipótesis y dar alguna explicación a lo que había pasado. Una vecina, convencida de sus ocurrencias y segura de que a ella no le pasaría, sostenía: “Dejan la calefacción prendida, se olvidan el gas abierto y después pasan estas cosas”.

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