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Domingo, 28 de mayo de 2006

VIDEO > POR FIN SALE LA TORMENTA DE HIELO

El frio es un cazador solitario

Antes de que Tobey Maguire fuera El Hombre Araña, Elijah Wood, el hobbit de El señor de los anillos y Ang Lee, el director consagrado de Secreto en la montaña, todos filmaron una extraordinaria novela del norteamericano Rick Moody: La tormenta de hielo. Eso fue hace casi diez años y nunca se vio en la Argentina, ni en cine ni en video. Ahora, el lanzamiento en dvd le hace demorada justicia a este drama de los ‘70 sobre matrimonios, confesiones e infierno de pueblo chico bajo la nieve. (Atención: a continuación el autor del libro revela información clave de la película. Quizá sea mejor primero ver y después leer.)

 Por Rick Moody

En un momento central, tanto del libro como de la película La tormenta de hielo, un chico se electrocuta accidentalmente. Me llevó mucho tiempo, cuando escribía la novela, imaginarme cómo ejecutar a este chico, y fue un giro esencial en mi vida como escritor. Hasta entonces, me había sentido limitado por las dificultades de llegar a ser publicado. Pensaba que tenía que comportarme de determinada manera si quería que me publicaran. El pobre Mikey Williams (al que le cambiaron el apellido por el de Carver en la película, por motivos legales) fue el sacrificio ritual que me permitió empezar a pensar acerca de qué quería hacer yo como artista, qué material me llamaba, cómo sonaba mi propia voz. De hecho, el comienzo de la tercera sección del libro, en la que Mikey encuentra su muerte, me inició en el tipo de frases más largas que caracterizaron todo lo que he escrito en estos diez años trascurridos desde que terminé La tormenta de hielo. Por lo tanto, sé, con tanta certeza como si yo fuera un sacerdote maya y el pobre Mikey fuera presentado sobre una piedra ante mí, que su sacrificio hizo sonreír a los dioses. Porque la naturaleza es cruel, la naturaleza es discontinua, la naturaleza está repleta de irregularidades. Los niños mueren, y los aviones se vienen abajo, las seguridades se caen del cielo. Y aun así el cine es ese arte popular en el que ningún niño debe ser asesinado. Una vez más, está este asunto de las inversiones económicas muy grandes. “¿Vas a matar al chico?”, me llegó, como una pregunta ansiosa, de parte del estudio que estaba financiando La tormenta de hielo. Probablemente quedaron aún más ansiosos cuando les llegó la respuesta: Ang Lee (el director) y James Schamus (el guionista) pretendían, efectivamente, matar al niño. En los ‘70, uno todavía podía salirse con la suya en este tipo de cosas: con La conversación, o en Bonnie & Clyde, uno podía hacer una película fotografiada en tonalidades oscuras, mortales; pero no ahora, en esta época de entretenimientos familiares. ¿El adulterio, la sexualidad infantil, las muertes accidentales de adolescentes? No es demográficamente “correcto”. Y aun así, La tormenta de hielo se hizo. El sacrificio funcionó. O tal vez fue sólo la “Ceremonia de la buena suerte” de Ang. El primer día de rodaje. Su ceremonia involucraba un bol de arroz y alguna reverencia. Fue digno y extraño. Y funcionó.

Me gustaba ir al set donde estaban haciendo la película sobre mi libro. También me gustaba irme del set. Iba principalmente cuando filmaban en New Canaan, Connecticut. El primer día, filmaron en el parque donde alguna vez yo había jugado al fútbol en cancha cerrada. Pero estaba toda esta gente alrededor: los tipos enormes del sindicato manejando camiones, trailers por todas partes, un tipo cuyo trabajo era pararse ahí, pareciéndose a Kevin Kline, hasta que el verdadero Kevin Kline hubiera terminado con su maquillaje. Cuando imaginé la historia, hacia 1989 o 1990, trataba sobre el aislamiento en New Canaan, acerca del modo en que los anglosajones protestantes del nordeste podían estar rodeados de gente y aun así estar sitiados por su soledad. Y ahora, acá estaba esta producción gigantesca, con representantes gremiales, iluminación y varias personas dedicadas al peinado y el maquillaje. ¿Sería posible que todos ellos produjeran este silencio, este miedo a la conversación, esta vergüenza e incomodidad de los anglosajones protestantes del nordeste en un set multitudinario y desordenado? ¿Sería posible para ellos crear la ilusión de cosas que no estaban a su alrededor y que quizá jamás habían experimentado? Por esto me refiero a lo “extraño” en la manera en que Sigmund Freud usaba la palabra: familiaridad e incomodidad en partes iguales. Unheimlich. Mi experiencia fue de lo más unheimlich por el hecho de que el equipo de filmación estaba en mi pueblo y había pedido permiso para filmar en mi viejo colegio secundario, justo frente al parque, cruzando la calle. Y apenas el pueblo de New Canaan le pudo echar un vistazo al guión y al libro (habían ignorado mi novela cuando se publicó por primera vez), el pedido fue denegado. ¡Mi propio pueblo prohibió que filmaran en mi escuela secundaria! ¡Dijeron que el libro no reflejaba el espíritu de New Canaan! ¿Cuál podría ser un mejor ejemplo de das unheimlich?

Eventualmente uno empieza a olvidar su infancia y recuerda solo las fotos que se amarillentan en los álbumes en el placard y uno se aferra a esas fotos como si ellas mismas fueran recuerdos. Pero aun si la película basada en tu novela no se filma en tu pueblo, aun así se da das unheimlich, por la colisión entre tu imaginación y el equipo de filmación, el director, los productores, los ejecutivos del estudios, el director de fotografía, el editor, etcétera. Como cuando vi el corte final, en un día gris de enero de 1997. Ang y James me invitaron a una de estas salas de proyección de pueblo, mullidas y con poca gente. Eramos seis: Ang Lee, James Schamus, mi padre, mi socia, Amy, yo, y un distribuidor extranjero al que no conocí. Ang se sentó justo detrás mío, así que me preocupó que yo pudiera llegar a estornudar o cambiar de posición, y que que pareciera que me estaba burlando de la seriedad de su trabajo. Recuerdo que hacia el final, empecé a sollozar, en parte por alivio (porque la película era tan buena que no tendría que simular satisfacción después), en parte porque era genuinamente triste, pero también porque la historia estaba tan lejos de lo que yo había imaginado que ya no era necesario pensar en ella como propia. Había regalado exitosamente mi libro, y era una sensación agridulce. La noche en que la proyectaron en el New Canaan Playhouse, das unheimlich se volvió real y ambiental: había una tormenta de nieve. Los árboles y el cableado eléctrico y las veredas y los caminos de mi pueblo estaban cubiertos de hielo.

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