ENTREVISTAS
El feminismo es un hogar
La actriz Calu Rivero se fue del país, hace cinco años, acorralada por excesos inapropiados mientras grababa una novela. A partir del movimiento MeToo, en Estados Unidos, se animó a compartir una carta contando su dolor y fue amenazada con un juicio para que se calle. Pero ella decidió alzar la voz, romper el silencio y marchar en el Paro Internacional de Mujeres. Calu dice que la sororidad de las jóvenes el 8M terminó de sanarla y que quiere seguir luchando para que el feminismo ayude a las chicas a alzar sus voces y a ser escuchadas, sin que las tilden de complicadas.

El feminismo es mi hogar”, dice Calu cuando culmina la marcha del Paro Internacional del 8 de marzo. Calu no tiene un hogar, sino muchos y la palabra hogar se vuelve una extensión global como el Paro, que hace de las diferencias una bandera común. Calu vive en Nueva York, donde también participó de la marcha de las mujeres, el 20 de enero pasado, y viajar es una forma también de residir en una vida sin ataduras. El feminismo luchó contra la vida obligada en el hogar y contra la idea que el hogar era un lugar de salvación dulce. Pero, también, se vuelve ahora un hogar ya sin fronteras y ya sin puertas clausuradas. Un hogar y una hermandad.

Calu estuvo la tarde del 8 de marzo en Chascomús, entre el barro y las fotos por trabajo y se bajó, sin escalas, a poner el cuerpo donde quería estar: una marea feminista, caminada entre la multitud, ralentando el paso, levantando los brazos con las cartulinas que, a mano, escribió su papá (Guillermo) con la consigna: “No es no y eso no me hace una chica complicada”. Calu se encontró, cerca de la Casa Rosada, con su hermana Marou Rivero, que se define como tejedora social y en su blog (chica lunar) su lema es: “La moda es un juego, no puede lastimarte”. Ella comanda el paso firme del grupo de amigas y no está improvisando. La última Marcha del Orgullo terminó en la comisaría declarando contra agresiones homofóbicas. Es, sí, la primera vez que marcha con Calu, en una movilización donde la hermandad traspasa las fronteras de la sangre y el territorio, y se vuelve una identidad colectiva. Calu avanza y la reconocen, la alientan, la hacen parte y se hace parte. Le piden una foto y su rostro se ilumina, entre la piel multiplicada y multicolor de grupos de chicas que hacen de la selfie una explosión de purpurina verde en homenaje al verde de los pañuelos de la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, y con las doñas que gritan cuando ven a la chica de la novela y piden foto contra el cordón de la seguridad. Le gritan, la alientan, la bancan:

–Te creemos Calu, la arengan y la calman. 

Calu tenía 25 años y era una de las protagonistas de la novela Dulce amor, de Telefé. Se sintió tan in-có-mo-da (como describió en el programa Intrusos el 12 de marzo) por los excesos inapropiados, que se tuvo que ir de la tira. Tenía escenas con el actor Juan Dhartés (hoy, protagonista en un rol responsable y paternal, en la tira para nenas y adolescentes Simona, de Canal 13) donde los besos no respondían al guión, las manos la dejaban inmovilizada y su voz no era escuchada ni respetada. Los excesos inapropiados la lastimaron tanto que tuvo que dejar su trabajo. La productora difundió la idea de que era una chica complicada, que se iba a estudiar inglés y que tenía un romance con Sean Penn. La frivolidad para minimizarla la arrinconó hasta que, después de los movimientos Ni Una Menos (en Argentina) y Me Too (en Estados Unidos) tomó valor y escribió una carta pública. El actor dijo que le daba risa, la amenazó con un juicio por daños y perjuicios, y fue invitado a los principales programas de televisión. Ella decidió romper el silencio, marchar, ser parte de una marea que dice No es No y que no acepta la revictimización de las víctimas. 

–No te dejes pisotear le piden y la alientan, en el coro colectivo, brillante, exultante, abrazador del 8M.

La marcha es de paso lento, de una multitud que la conoce y la cobija y de una actriz que camina sabiendo que cuando habla de ella no habla solo de ella, sino de su reflejo en las otras. Después de la foto se nota que cada una de las chicas que se llevan una postal no querían solo un souvenir farandulesco. Comparten algo más que una imagen. “Es muy valioso que pueda alzar la voz”, dice Camila D´Abarno, estudiante de turismo de 21 años. “Al hablar ayudo mucho”, rescata Natalia Capaso, de 19 años y estudiante del CBC. El grito viene de lejos, no llega a acercarse, pero retumba: “Calu las pibas estamos con vos”. La llegada al Congreso arriba con cámaras de televisión, fotógrafos de Hola y Gente, las lágrimas de ella ante la marea de alientos respetuosos y una sensación de victoria que se abriga con los días. “Es la primera marcha con Calu y es hermoso. El apoyo de la gente es un abrazo enorme. Como hermana mayor me enorgullece que esté en Argentina haciendo su aporte para cambiar el mundo”. 

La sororidad es una hermandad que camina para adelante. Y que, además, le devuelve una sonrisa magnética, aleteada por sus pestañas mariposas y por los hoyuelos que enmarcan una imagen que, más allá de las marcas que hagan de ella un ícono, tienen un secreto catamarqueño y mestizo en su piel cobriza que resaltan la risa como bandera reconquistada a la amenaza del silencio. Su boca ya no es una pose, sino una expresión de libertad que sí, brilla, como la brillantina colectiva. “La sensación con la que me desperté fue que sané finalmente” rescata Calu, un día después de la marcha del 8 de marzo, en una entrevista con Las/12 sobre el efecto de la marea feminista del 8M. 

¿Qué te sanó de la marcha del 8 de marzo?

-Sentí que los actos inapropiados que estaban fijados en mi cabeza se iban borrando en la medida que iba caminando, en cada abrazo, en cada grito. Siempre tuve el apoyo de mi familia, de mis amigas, de las actrices. Pero meterme en medio de la multitud y sentir esa fuerza y esa sororidad fue muy movilizante. Me sentí en mi casa, a salvo, empoderada. 

¿Por qué sentiste que el feminismo es un hogar? ¿Es una construcción de un hogar, ya no encerrado, sino de la calle como hogar?

-Hay cambios en los modelos de familia y cambios en todo. Hoy una familia son dos chicas, con su mejor amiga y un perro. Y antes era mamá y papá, con dos hijos. Es importante volver a considerar donde nos sentimos a salvo y en paz. El feminismo, para mí, es un hogar y con muchas voluntades pidiendo lo mismo: igualdad. 

En la marcha el aliento era muy concreto. “Las pibas te creemos, estamos con vos, no te dejes pisotear.” ¿Cómo te llegó?

-Fui una más y fui todas. Lo que me paso a mí era de todas y lo que le pasa a todas, ahora, es mío. Es una lucha que la voy a llevar con mucha responsabilidad. En la marcha tomé conciencia de muchas frases. En la acción está la realidad. Este abrazo, esta empatía significa “Nos tenemos”. Muchas no pueden irse de su trabajo por no tener plata y eso a mí me da dolor en el alma. Nadie merece estar ni cinco minutos en un lugar que le hace mal. Y lo que me gustó de la marcha es que vi todas las generaciones. Y muchas jóvenes con otra actitud, otra cabeza, muy seguras de sus cuerpos y mucha actitud. Van a dominar el mundo. 

Hay una diferencia entre la idea de fan pasiva y pedir sacarse una foto como parte de un protagonismo colectivo. ¿Qué implica para vos alzar la voz como mensaje para las chicas menores de 20 años?

–Es mucho el miedo, pero es más fuerte el amor propio y la integridad. Creo que a las chicas les llegó verme fuerte y verme bajón, y que el miedo no me va a limitar en nada. Eso vi en la marcha: muchas chicas con mucha personalidad. Era una multitud con personalidad, no sumisas. Todas decimos “Acá se nos va a escuchar” y llenas de purpurina y color.

En Estados Unidos La actriz Natalie Portman, contó en la marcha de las mujeres que empezó a vestirse sobria después de sufrir violencia y que ahora reivindica la revolución del deseo. ¿La purpurina en el rostro de muchas jóvenes es un reflejo de la reivindicación del deseo?

–La mirada prejuiciosa sobre el cuerpo se tiene que acabar. Tenemos que ir hacia una sociedad más libre y amorosa. 

A vos te califican de influencer, que es algo que trasciende el oficio e implica que influenciás a lxs demás. ¿Es una forma de impacto que el feminismo tenga influencia en las redes sociales?

–Yo soy actriz y después te van pegando títulos como influencer o it girl (la chica del momento). No me los abrocho. Yo no comparto los valores del consumo desmesurado, ni la idea de it girl para volver a poner a la mujer en un lugar de objeto del que hay que salir. Pero si ser influencer es contagiar para cambiar paradigmas, me pongo la bandera. 

Te reivindican como un ícono de belleza. ¿Estás en contra de los modelos estéticos uniformados?

–La belleza está ciento por ciento ligada a la actitud. Hay que ir cambiando los conceptos de belleza y ser más plurales. Hay que abrir la mirada. 

La palabra sororidad es hermandad. ¿Cómo es para vos el vínculo con tu hermana y que trascienda a la sororidad entre mujeres?

–Mi hermana es mi mejor amiga. La tengo tatuada “Marou es amor”. Un día estaba pasando música y la vi con su amor e incondicionalidad. Marchar con ella fue muy movilizante porque sanamos las dos, con mi mamá que me mandaba mensajes y los carteles de mi papá.

En la Argentina hay muchas madres protectoras que acompañan a sus hijas y representan un cambio en la escucha a las hijas. ¿Qué implicó para vos que te escuchen?

–Mi familia fue una contención absoluta. Pero también es importante hablar y salir del lugar de vergüenza porque te hacen creer que vos lo generaste y yo sabía que no lo había generado. Por eso decidí irme. 

Vos te fuiste de la novela y del país. Pero eso es algo grave, si se acepta, para vos y para otras chicas, que pueden ser empujadas de su carrera, su trabajo y sus deseos por la incomodidad. ¿Cómo fue ese proceso de empujarte a dejar tu trabajo?

–Eso habla de la insensibilidad frente a la palabra de una mujer que está contando “Estoy incómoda y me hace mal” y de cómo se desacredita la palabra de la mujer. Ese es el mayor problema. Cuando estás grabando ocho horas y comunicás cuando de la otra parte no hay escucha te sentís atropellada. Lo volvés a decir y lo vuelve a hacer. Lo volvés a decir y creés que no lo va a hacer. Y lo vuelve a hacer. ¿Tenés que quedar como la actriz que genera incomodidad en el set? Ese era mi sueño y yo creía que iba a pasar. Es peor que lo haga en un set, con cámaras y que salga reproducido. 

¿Cómo viviste el Me Too en Estados Unidos?

–Cuando leí la denuncia a Harvey Weinsten me di cuenta de que no pasaba solo en Argentina, sino a actrices empoderadas como Salma Hayek y Uma Thurman. Y sí, pasa. Hay momentos que estás confundida e insegura. Por eso estoy haciendo un ejercicio muy fuerte de escuchar solo comentarios que me empoderen. Necesito volver a tener la fuerza que tenía. Y si ayudo a sanar a otras chicas ya estoy hecha. ~

 

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