La vieja del agua

Ella tenía la piel muy gris, del color de un elefante hindú que se había extraviado por esta zona. Un poco más claro, eso es cierto. Pero con las mismas arrugas. Esas arrugas dibujadas incansablemente sobre la piel finita, cual si el traje le quedara grande por todas partes. Casi acercándose a un pardo indefinido que tenía más de gris que de cualquier otra cosa. Era como una envoltura del yo‑piel que ya se había quedado muy sucia, tan sucia, de tanto ver pasar los años a través de su existencia que ya no le quedaban dudas de que su antigüedad había pasado a ser un hecho muy raro, casi extraño, diría...

A pesar de eso, era muy bonita. Había sabido ser más bella, es cierto, en las épocas en que esa misma piel guardaba la mejor lozanía de sus años mozos. Pero a pesar de ello seguía teniendo esa presencia como de ámbar, de azúcar meloso, extrañamente espléndida paseándose carismática por las orillas del agua, casi tan húmeda como el agua misma, como las orillas quietas y los fondos mansos, de barro, del humedal inmenso.

Sus ojos, galanes, sabían tener la mirada más dulce y seductora de todas. Su vientre, amplio para un pez, extrañamente triangular, sabía enterrarse suavemente, descaradamente, en los barriales del fondo durante horas, esperando, siempre esperando, algún elemento apetitoso para devorar, caracolitos, bagrecitos, cangrejos pequeños, algas del fondo, o lo que se pudiera encontrar por ahí.

No nadaba, o casi no. Le daba mucha vergüenza pasear su obesa figura sin cintura entre las anguilas esbeltas y lánguidas, los dorados esplendorosos y ágiles, de extasiado color y silueta grácil y las rayas manta que planeaban entre las profundidades con una elegancia entre medieval y posmoderna, de tal forma que no se sabía si los aleteos continuos de sus alas inmensas, en su esfera gigantesca, eran los de la capa de Batman planeando entre los edificios inmensos de una Nueva York extasiada en plena noche, luchando contra los malvados malhechores y mafiosos, o los de la manta de Monseñor Torquemada torturando gente en pleno juicio de la Santa Inquisición Española.

Era rara, de eso no cabían dudas.

Pero era tan coqueta que su suave figura, ni tan grácil ni tan esplendorosa como la de otros peces, sabía lucirse, en el fondo, con sus dibujos extraños en esa piel pardo grisácea, con sus ojos de sirena seductora y su rostro, bello, bello; bello como el remanso Valerio en pleno centro del Paraná cansado, entre los deltas inmensos y las barrancas interminables y profundas, derramadas a lo largo de toda la costa, sobre las cuales sabían vivir, algunos ricos, en algunos pocos casos, algunos pescadores, en los otros, algunos beneficiarios de planes sociales, en los más...

Pero barrancas verdes e inmensas, tupidas de una vegetación incansable e innumerable como el inmenso paisaje de ensueño, este paisaje que supo pintar Raúl Domínguez, hace unos cuantos años atrás, paisaje verde, verde, poblado de tanta flora y de tanta fauna...

Y ella era una más, una vieja que pasaba a ser parte de la fauna. Una vieja del agua que siempre andaba sola; extrañamente prefería eso, para cazar, si no se le complicaba cazar con otros, tenía que estar sola, enterrada en el fondo del barro, casi sin ser vista entre las oscuridades del fondo, así sus presas podían llevarse una buena sorpresa en cualquier momento...

Y desde allí sabía contemplar el mundo, el mundo sobre el que vivía, desde el fondo, siempre desde el fondo, oculta para las mayorías, con el solo anhelo de capturar una sola presa.

Pero de vez en cuando ella salía.

Le gustaba caminar sobre la superficie de las aguas, inclusive sobre el remanso Valerio mismo, deslizándose por sobre la correntada, como una sirena extraviada en un delta que le era ajeno, con tantas aguas fluviales dando vueltas...

Era una presencia extraña, su figura para nada sutil, parduzca y gris, dibujada en gráficos extraños y geométricos de amarillos y rojos, paseándose por sobre las orillas de las aguas...

Sabía arrepentirse a veces de su destino solitario e incierto, preguntándose, entre otras cosas, por qué no había nacido sirena o amazona guerrera y por qué no podría vivir, nunca, en alguna islita de arrecifes y corales perdida en las inmensidades del océano enorme, tomando sol en las playas plagadas de cocoteros y monos y doradas de tanta luz...

Pero ella era eso, una vieja del agua del color de un elefante hindú que se había extraviado por esta zona... Tenía la piel finita, dibujada de arrugas incansables, cual si el traje le quedara grande... de un color pardo grisáceo, raro, dibujado de figuras extrañas y geométricas, amarillas y rojas también...

A pesar de su antigüedad todavía seguía siendo muy bella... tenía esos ojos de sirena galante y seductora y su rostro, bello, bello, bello como el remanso Valerio en el centro mismo del Paraná cansado y plagado de aguas y correntadas turbulentas...

Toda la prehistoria de su piel y de su biografía sabía posarse sobre su figura, poco grácil, poco esbelta, poco bella... Pero a pesar de todo, ella había aprendido a ser feliz... Resignándose a protagonizar su propia historia, nada más que la pobre y anónima historia de una vieja del agua, encallada hasta el testuz en el barro del fondo, esperando, siempre esperando, durante horas, alguna presa para devorar.

 

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