Dos espantos

Llego a las Jornadas un rato antes de que me toque hablar. El evento ocupa dos aulas en la Facultad, que para la altura del año y la cantidad de ofertas de congresos y demás, están bastante concurridas. Flota un ambiente simpático en esta zona que es la construcción nueva, "el edificio que hizo Cristina", como decimos en casa. La vista es agradable, entre el río y el pasto del patio interno. Hay entusiasmo en los estudiantes a los que las jornadas les están saliendo bien. La mesita con los libros a la venta. Una mesa donde te ofrecen café.

Entro a la sala en la que están hablando tres conocidos. Disertan sobre la resistencia en el psicoanálisis como un concepto al que no se le ha dado la relevancia indicada. El primero es serio y riguroso. Recorre los diferentes momentos en el pensamiento de Freud, desglosa las diferencias, destaca el olvido del concepto y la necesidad de su actualidad en la clínica. Sus frases son cortas, las pronuncia bajo una mirada sostenida desde una musculatura fibrosa, ejercitada. El segundo, como es común, retoma lo que ya dijo el primero, suena más afable, su cuerpo acompaña los movimientos que pretenden ser relajados. Deriva en la conexión con la resistencia política. Allí su voz se enciende, marca lo urgente de nuestra reflexión ante el actual estado de cosas. Es sabido que la atención de quien escucha no dura más de cuarenta minutos. Los que conforman el auditorio, compuesto en su mayoría de estudiantes militantes del grupo que organiza las jornadas, entran y salen de la situación mirando sus teléfonos, pasándose un mate o hablándose al oído. Aunque algunos asienten a sus dichos, lo miran como si fuese la culminación apasionada de una pieza teatral. Que termine les resulta un alivio, la posibilidad de postergar ser consecuentes con sus palabras.

El tercer colega, sentado en el medio entre los otros dos, espera ansiosamente su momento. Ha acompañado con gestos generosos las intervenciones anteriores. Con su histrionismo despierta al público dormido, modulando los tonos de voz para darle fuerza al contenido. Ser el último le permite pegar mejor. La coordinadora de mesa le pide que concluya porque están atrasados con los tiempos de las siguientes ponencias. La tensión acumulada en el ambiente como quien aguanta la respiración, obra de la ilación artesanal de la palabra, se desvanece. Los aplausos disuelven la quietud. Como quien patea un hormiguero todos se levantan a fumar, ir al baño o tomar algo.

Saludo gente a medida que me acerco al escritorio. Acomodo mis libros que están prolijamente marcados con señaladores fluo. Es la primera vez que me invitan a hablar. He participado en numerosos congresos pero siempre por voluntad propia. Esto es diferente. Suponen que tengo algo para decir y quieren escucharlo. Me tocó con dos colegas que tienen un recorrido inmenso. Trabajan desde siempre por los Derechos Humanos. Una fue profesora mía. La otra es una amiga reciente pero entrañable. En principio parece que no va a entrar nadie a escucharnos pero la escena se vuelve a componer como un rompecabezas. Me piden que arme el mate que tengo en el bolso. La gente va aminorando su actividad a medida que entra, como si atravesaran una malla invisible que los apacigua.

No puedo evitar el nerviosismo, aunque estoy entre amigos, colegas, alumnos y pacientes. 

Cuando nos sentamos y voy a silenciar el teléfono, veo que me ha llegado un Whatsapp en cadena: "Urgente. En este momento están reprimiendo brutalmente a los trabajadores azucareros del Ingenio Ledesma. La policía está desalojando por la fuerza a la protesta. Hay heridos". La coordinadora de mesa, con una panza de seis meses, nos presenta de forma muy amorosa. Prefiero hablar segunda, le digo. Cebar mate mientras Liliana comienza me tranquiliza. Mido mi pulso cuando intercambio el objeto y está bastante bien. Tengo la boca seca pero no tiemblo.

Liliana hace un desarrollo clínico sobre un caso que refiere a la época con mayor potencial traumático de nuestro país. La dictadura cívico‑militar que comenzó en el '76. La intimidad de una vida detenida por esa escena donde se llevan a su marido y a su hijo. "Debe construirse una voz nueva que llame", dice.

Me toca el turno. Decido no leer y sólo apoyarme en algunas notas. Tengo que hablar de "escritura y trauma". De ese acontecimiento en la vida de cada uno que no fue necesariamente terrible, horroroso o violento, una especie de sorpresa en su vertiente siniestra. Algo extraño, sin sentido, que no puede explicarse. El trauma es sin motivación, dijo Lacan. Qué acontecimiento cobre potencia traumática será obra de la insondable decisión del ser. Porque lo crucial del trauma no es lo que efectivamente sucedió si no aquello que no sucedió. Lo que el Otro no hizo frente a nuestro desamparo. Es algo familiar que se vuelve extraño, inexplicable, y por eso vigoroso, eterno, porque es esa irrupción que desbarata el mito familiar, esa fórmula discursiva que nos daba cierta estabilidad.

Hay escrituras ‑trato de explicar‑, que pugnan por convertir lo insoportable en otra cosa. Traducen y a su vez inventan una lengua. Esas escrituras que son textos de gozo, según Barthes, ásperas, agujereadas, no intentan esconder aquello que pretenden dominar. Leo una frase de Luis Gusmán: "Mi verdadera herejía literaria es introducir en la religión familiar un estilo propio, privado". Un colega sentado en la primera fila dice: "extraordinario". Sigo con Libertella. Los dos autores permeables a la lógica del inconsciente. Después voy al texto de oro, Aparecida, de Marta Dillon. Voy a leer dos fragmentos, advierto, puestos en las páginas como islas. Separados como perlas en su ostra. El texto va en pendiente emotiva: "...Chasquido de huevos, bolsa de huesos, huesos descarnados sin nada que sostener, ni un dolor que albergar. Como si me debieran un abrazo". Tengo que respirar para sostener la enunciación. "...Como si fueran míos. Los había buscado, los había esperado. Los quería". Miro al público. Les digo que tuve que leerlo muchas veces antes para no llorar. Algunos con los ojos aguados. La atmósfera se espesó. Pero también hay algo de descarga, de liberación dulce. Liliana dice que en algún momento hay que dejar de llorar por esto. Escribir para sobreponernos de la actualidad del trauma, que no pertenece al pasado, está aconteciendo en este mismo instante. Nos pasa. Entonces tomo el último texto que es de Silvia Schwarzböck, un texto maldito de tanta verdad, de esos que se abordan de a poco, con cautela para que no te queme. Los espantos. Dice: "la posdictadura es lo que queda de la dictadura, de 1984 hasta hoy, después de su victoria disfrazada de derrota... al no triunfar la revolución, los espantos permanecen". Estoy en lo último de mi presentación intentando comentar un texto que no termino de descifrar,  del que estoy apresada. La autora habla de cómo aparecen los espantos en la película de Lucrecia Martel, La mujer sin cabeza. En los espejos, como sombras, son bultos desenfocados que parecen niños nativos. En el film la tía de Vero (la protagonista) le dice: "Shhh, son espantos, no los mires... y se van". Vero es una mujer de la clase acomodada de Salta, explico.

-- Ahí vive mi primo ‑irrumpe una voz, fuerte, grácil, espontánea‑. En Salta vive.

 

Todos giramos la cabeza hacia la puerta. Dos nenes, tez oscura, remeras rotas, uno más bajito que otro.

‑- Ah, ¿sí? le digo.

‑- ¿Puedo decir algo?

‑- Sí, claro.

‑- Me da un poco de vergüenza.

‑- Y... hay mucha gente.

‑- Bueno, lo digo. ¿Alguien tiene para darme para comprar comida para llevar a casa esta noche?

 

Los presentes se mueven como la superficie del agua cuando el viento pasa sobre ella. Las otras dos expositoras buscan en sus carteras. Los dos deambulan, algunos estiran la mano con la cabeza gacha, juntan el dinero en una gorra, se van habiendo cumplido su cometido. Aún sobre la exposición de Laura que es brillante, flota una sombra, esa angustia de cuando recibís una mala noticia de forma inesperada.

 

Cuando todo termina ya es de noche. Nos aplaudimos. El mismo colega de la primera fila, dice:

-- Los universitarios pensamos que podíamos dejar de lado la realidad. Ella, sin embargo, vino por nosotros.

Una reflexión que todos quieren soltar como una olla caliente. Salimos, nos saludamos, nos felicitamos, compramos libros. Volvemos a nuestras casas. Ya se hizo la hora de dormir.

 

* Del libro Escribiendo por la memoria. Publicación del Foro en defensa de los DDHH, Colegio de Psicólogos Provincia de Santa Fe, segunda Circunscripción. Compiladoras: Nilde Cambiaso, Agustina Ferraguti, Sol Barrionuevo. Año 2018.