Carlos Sorín presenta su nueva película, Joel, filmada en Tierra del Fuego
“Todo niño es un ser vulnerable”
El noveno largo del director de La película del rey e Historias mínimas presenta los dilemas de un caso de adopción de un chico de ocho años. “Lo esencial es esta mujer que tiene que asumir un rol muy deseado, pero para el cual no estaba preparada”, dice Sorín.
“Si bien hago ficción, trato de ser coherente con lo que pasa en la realidad”, afirma Sorín.“Si bien hago ficción, trato de ser coherente con lo que pasa en la realidad”, afirma Sorín.“Si bien hago ficción, trato de ser coherente con lo que pasa en la realidad”, afirma Sorín.“Si bien hago ficción, trato de ser coherente con lo que pasa en la realidad”, afirma Sorín.“Si bien hago ficción, trato de ser coherente con lo que pasa en la realidad”, afirma Sorín.
“Si bien hago ficción, trato de ser coherente con lo que pasa en la realidad”, afirma Sorín. 
Imagen: Guadalupe Lombardo

Hace seis años, Carlos Sorín tenía pensado realizar una película de ficción que iba a focalizar en una venta ilegal de dos mellizos recién nacidos en Santiago del Estero a un matrimonio francés que venía a la Argentina para comprar niños. El proyecto no prosperó. Hace tres años, el cineasta trabajaba sobre un personaje evangelista que decidía adoptar un niño de doce años que era delincuente. El proyecto quedó trunco, pero como dice el refrán: la tercera es la vencida. El noveno largometraje del director de La película del rey e Historias mínimas se nutrió un poco de las historias previas que quedaron en ideas, pero que sirvieron de disparadores para encarar un film sobre una adopción tardía, un tema que se le volvió recurrente como para dejarlo pasar sin dar testimonio cinematográfico. El resultado es Joel, que se estrena  hoy en los cines argentinos. 

La historia gira en torno a una pareja, Cecilia (Victoria Almeida) y Diego (Diego Gentile), que viven hace unos años en el pueblo fueguino de Tolhuin, un lugar donde las temperaturas suelen ser de varios grados bajo cero. Ellos no pueden concebir hijos. Esperanzados con ser padres, hacen los trámites para adoptar. La repentina llegada de Joel (Joel Noguera), de 8 años, quien carga con una dura historia de vida, revoluciona sus vidas. Dicen que se aprende a ser padre y madre siéndolo, porque no hay recetas. Y esto es lo que experimenta este matrimonio que no sabe cómo manejar la mochila con la que llegó su nuevo hijo. Un conflicto que se desata en la única escuela pública del lugar donde acude el niño pondrá en tensión el vínculo social y la propia relación de Cecilia y Diego.

Sorín tuvo la oportunidad de investigar bastante sobre las adopciones tardías hasta llegar al film que tenía en su cabeza. “Por un lado, investigué la parte legal de la nueva ley y de las guardias preadoptivas. Si bien hago ficción, trato de ser coherente con lo que pasa en la realidad y no inventar cosas por inventar”, cuenta el cineasta en diálogo con PáginaI12. “Después, tuve muchos encuentros y entrevistas con gente que adoptó. Y que adoptó, en algunos casos, chicos grandes para ver cómo fue el momento del encuentro, cómo fue esa primera semana, los primeros días, como ocurre en la película. Y después uno se imagina también si le pasase a uno mismo. Investigué también los colegios”, agrega el director. 

–Si bien es ficción, ¿cree que esta película es la más social y la más actual de las que dirigió?

–Sí, pero la otra puede ser El perro, que surgió en un momento cuando aparecieron los cartoneros y la desocupación trepaba al veintipico por ciento. Dejó de ser una cifra cuando las familias venían a revolver basura. Eso fue un shock para mí. Y ahí surgió El perro, en forma de comedia, pero con el tema de la desocupación. Era un tema muy social o, al menos, en el momento que surgió esa película era un tema muy candente. Y lo sigue siendo. Y yo creo que el de Joel es un tema muy actual, pero hay varios temas en la película. 

–Al principio, la madre parece tener algunos prejuicios sobre el niño, o más bien, temores. ¿Por qué eligió su punto de vista para la historia?

–Primero, porque yo quería hacer una película con una protagonista. Nunca la había hecho. En mis ocho películas anteriores, los puntos de vista fueron masculinos. Fue una cosa consciente. Primero, porque es un universo que me atrae pero que, al mismo tiempo, es desconocido. Para mí, lo esencial de la película era esta mujer que tiene que asumir un rol deseado para el cual no estaba preparada porque todo es de un día para otro. Con temor, con ansiedad, se pregunta: “¿No tendría que estar más alegre? ¿No le estaré exigiendo mucho al niño?”. Esas dudas, que conforman la primera parte de la película, son las que avalan el enfrentamiento final, donde ella sobreactúa para poder reafirmarse como madre con ese nuevo rol.

–Algo que debería ser un motivo de felicidad se transforma en un problema severo. ¿El enfoque de la película es no pintar un mundo de rosas ante la llegada de un hijo sino mostrar la problemática social alrededor de la adopción?

–Es un tema social: los padres que tienen una posición son víctimas de una situación social injusta porque la sociedad y el sistema son injustos. Pero al mismo tiempo, hay una frase que dice el pastor: “Si no se adopta a esos chicos, ¿qué futuro tienen?”.

–Justamente es algo que deja planteado también la historia: si nadie adopta a chicos “grandes” van a terminar institucionalizados o en la marginalidad. ¿Es su opinión también?

–Sí. Yo creo que, bien o mal, aun cuando no esté totalmente estructurada una familia, aun las más problemáticas, son un apoyo. Algo de cariño hay. Yo creo en eso. Y en cualquier tipo de familia, pueden ser familias del mismo género. Hablo de grupo familiar. Todavía la familia es muy importante, no es reemplazable.

–¿El entorno de un chico de un grupo socialmente vulnerable es el que hace todo más cuesta arriba para la adopción?

–Yo creo que sí. Es difícil pensar que se pueda adoptar a un chico de ocho años que venga de la clase media. En general, vienen de zonas muy humildes. Y de ahí hacia la marginalidad. Yo lo pensé así para que haya drama en la película. No era un tema que quería atenuar. Pero sin duda, este chico es un misterio para ella. 

–La película trabaja sobre un   tema no resuelto en la realidad. ¿Cómo piensa que debería darse  la reinserción social de un chico de estas características?

–Cualquier chico es un ser vulnerable de por sí. Depende de alguien. Hay algo de inmoral en hacerlo trabajar cuando no corresponde, que fume paco, que se ponga el pegamento. Capaz que uno lo acepta en un adulto, pero en un niño me pone mal. Hay un antecedente que tiene que ver con esto. Y ahí también arrancó el tema de la película. Tengo varios nietos, pero uno de ellos tenía tres años cuando sucedió lo que voy a contarle. Mi nieto iba a un jardín público para niños de tres en Vicente López. Se había armado un revuelo porque habían traído de una institución a un niñito que era portador de sida porque la madre tenía sida. Se armó un revuelo y los padres querían que lo echaran, se negaron a llevar a los chicos y otras cosas. A mí me mató eso, me provocó indignación, pero al mismo tiempo pensé: “¿Y si lo muerde a mi nieto?”. Porque a los tres años eso puede suceder, es normal. Ahí me indigné, me dolió, me parecía una cosa monstruosa que lo echaran. Es terrible, terrible, pero al mismo tiempo entendí la posición del otro. De ahí, surgió la idea de no hacer una película maniquea, que era más fácil. 

–No hay victimarios sino víctimas...

–Claro, todos son víctimas. En todo caso, el victimario es el sistema social. 

–El tema de la discriminación en el ámbito educativo también está presente en la película. ¿Por qué cree que prima el egoísmo en estos casos?

–Si bien investigué bastante el tema, de ahí toco un poco de oído. Como era un tema de la película, me puse a hablar con maestros. Creo que es el ámbito donde más discriminación hay en la Argentina. Y seguramente en otros países, no exclusivamente en la Argentina. La escuela es un ámbito de discriminación, no solamente de los niños a través del bullying sino también de los padres. Y, a veces, también de los docentes. Tengo una sensación que la pensé mucho tiempo después, que tiene que ver con mi vida personal. Vengo de una familia judía. Si bien no ejerzo la religión, me acuerdo que cuando iba a un colegio público cuando tenía seis o siete años trataba de ocultar que yo era judío para que no me rechazaran. ¿Entiende? Y eso que Sorín zafa... (risas). Goldstein sería distinto. Y ahí me quedó esta cosa de no pertenencia. Esa fue una reflexión posterior a la película. Me acuerdo que muchos años después yo ya era grande, tenía mi empresa y me había comprado un velero. Iba a hacerme socio de un club náutico grande. Para hacerme socio tenía que presentarme un socio porque era muy selectivo. Me presentó un amigo mío y, en cierto momento, el que me iba a asociar me preguntó: “Vos no sos judío, ¿no?”. Y ahí volvió toda esa cosa de no pertenencia, que es lo que la madre dice en la película. Ella, cuando hay algo malo, lo encapsula.

–A grandes rasgos, ¿la película reflexiona sobre la dificultad de la convivencia?

–Sin duda. Y también sobre la necesidad de que el Estado colabore con esa convivencia. Muchos padres dicen: “El Estado tiene que hacerse cargo de estos temas, no nosotros”. En cierto sentido tienen razón. De alguna forma, la película tiene una pequeña trampa, que es parte de la ficción: esto pasa en un lugar de seis mil habitantes donde hay una sola escuela. Si fuera una ciudad grande tendría escuelas especializadas para este tipo de casos, donde hay un período de preadaptación. Pero yo quería dramatizar la situación de la madre y, por lo tanto, tenía que ser en un lugar chico con una sola escuela. 

–¿Cómo eligió al niño que interpreta a Joel?

–Eso es otra película. Un niño no puede actuar. Quiero decir, no puede hacer más que las morisquetas que hacen en la televisión, pero actuar un personaje así donde tiene que tener una mirada agresiva, salvaje, pero al mismo tiempo con una ternura porque es un niño, tiene que salir de él. Yo no puedo obtener eso. El niño puede actuar de sí mismo o con muchos elementos que tenga de sí mismo. Hice un casting muy grande de noventa chicos en la zona. No me podía ir del lugar porque el Ministerio de Trabajo me obligaba a que el niño no perdiera la escolaridad en caso de aceptar el trabajo artístico. Nosotros hicimos toda la organización de la filmación en función de los horarios de la escuela. Entonces, vi noventa videos en Buenos Aires. Me parecía que tres podían ser, pero yo no sabía si eran mis miedos. Sabía que me jugaba la película con el nene. Y, entonces, los fui a conocer, vinieron los tres producidos por los padres como si fuera la primera comunión; o sea, totalmente alejados del personaje. Los filmé de vuelta y se acentuaron las dudas. Me fui a un lugar a tomar un café a ver si esos videos me daban la pauta de que uno de ellos podía ser. Cuando estaba pagando el café vi a un chiquito parado al lado mío. No lo pensé en ese momento. Fue un fogonazo. Le saqué diez fotos con el teléfono sin que se diera cuenta. Dije: “Esta es la mirada, éste es el chico”. Cuando me levanté, no estaba más. Salí, estaba nevando, volví a entrar y les consulté a las chicas que atendían en el comercio. Me dijeron: “Sí, claro, es Joel, viene todos los días a pararse al lado de los clientes a ver si le regalan una factura”. 

–¿Tiene una realidad parecida al personaje, entonces?

–Sí, no tan marginal. Yo no quería trabajar con un chico de la calle o un chico institucionalizado porque hay casos muy patéticos y trágicos cuando regresan. Es muy delicado lo de los no actores, no sólo los chicos. Me ha pasado en Historias mínimas, por ejemplo. Tenés que tener mucho cuidado y con un niño mucho más. No quería trabajar con un pibe que no tuviera una cierta contención. Por lo tanto, tenía que tener un chico de una zona de pobreza, de vida dura, pero que tuviera algo. Y lo elegí a Joel.