Dame fuego
Visto y leído II | Como un diamante facetado por las esquirlas de poder y vulnerabilidad que significan maternar surge Luna Plutón, primer libro de poemas de Flor Monfort.

En astrología, el aspecto Luna-Plutón expresa una intensidad particular: así como en el cráter de la tapa del libro de Flor Monfort, o la boca de un volcán, el momento de ebullición es inminente. Cuando sucede no se trata de un desborde nada más, sino de una actividad que desde el centro impulsa el temblor de la superficie, el fuego emanando desde el corazón, como se emana en los versos de este libro, bañándolo todo. Si no supiéramos qué es en el lenguaje de las estrellas, seguramente la sola sonoridad de la palabra aguda Plutón sería capaz de advertir sobre esa lluvia de esquirlas que el planeta contiene. Por su parte la Luna, símbolo de la madre y del amor protector, ese satélite que gran parte de la poesía y todo el romanticismo eligió como inspiración, en este título saca su lado infernal: “Cuidar no es controlar/ pero controlar se parece tanto”, dice en “Escribir con la mente”. Contrahegemónica y desobediente es la poética de Monfort negándose a las convenciones: “No quería ser madre - escribe taxativa-, quería tener un hijo”. Quizá porque la función “madre” –diferenciada aquí de la acción de gestar, parir e incluso amar–, es un significante demasiado cargado de sentidos contrapuestos, no siempre fáciles de asumir de por vida: “yo te pienso sin tiempo y espacio,/ el embarazo es la casa del ser/ un amor que no admite principio/ de no contradicción,/ porque G I A N es amor y es dolor,/ es ternura y es bronca/ es tiempo compartido y robado/ es yogur y carcasa/ mil caramelos que entran/ en la panza y no salen/ como mariposas, salen como/ cenizas que se juntan en un cuerpo”, dice en el poema “El nombre”. Esas cenizas hablan por supuesto de procesos terminados, de esas muertes diarias que la experiencia aparentemente más vital –maternar– trae también consigo. En “La madre”, uno de los primeros poemas, al destapar la olla Monfort no da con una pócima arquetípica, fantástica, de cuento infantil, sino que comprueba la temperatura corrosiva que invade la vida hogareña: “Abrir la tapa de una olla/ agua hirviendo con ajo/ no hay ni un sapo ni una bala/ Vapor desmoralizante/ furtivo, caliente más que fuego”, dice. Podría decirse que todos y cada uno de estos versos alcanzan ese mismo punto de hervor, y más allá de que la autora haya incluido un poema de título homónimo al del libro –que arranca de modo sincero y brutal: “Yo no te amo/ pero quiero que me ames”–, el tono volcánico inicial imprime ese color tan definido a todo Luna Plutón. Se trata de una serie de 16 poemas narrativos. Poemas que historizan, probablemente inspirados en lo biográfico, al modo en que lo hace la poesía: desprolijamente, armando un collage de imágenes e impresiones casi caprichosas, pero funcionales a la creación de una atmósfera (que en este caso arde, pero no por erotismo, por supuesto, sino por su alquimia transformadora del dolor). Como decía Virginia en Orlando: la poesía es una costurera que arma su vestido con retazos de memoria; esa memoria que sobre todo en los primeros libros de unx escritorx suele abrevar de los recuerdos familiares, como atinando a sacar un peso de encima. Aquí se percibe esa urgencia: como si nunca más se pudiera decir, los versos de estos poemas no desperdician la oportunidad de aprovecharlo todo, de decir lo máximo posible, concentradamente y a la vez desplegando largas estructuras. En ese decir no es solo la familia la que habla en todas sus formas y sus roles, sino, básicamente esa mezcla de poder y vulnerabilidad subjetiva que podría caracterizar a la mayoría de las mujeres de nuestra época (quizás a las de todas), expertas cada vez más en formar alianzas. Con el poema “Jefas de familia”, remata este potente libro Flor Monfort: “Chistes con mis vecinas/ Una taza de aceite, tambaleando/ A las 12 de la noche/ Los chicos respiran fuerte/ Estamos solas pero no./ Nuestra relación se compone/ de pequeños momentos de risa./ Diamantes perdidos en la bruma del día./ Ascensores que bajan pañales/ y charlas chiquitas en la ventana/ con la luz del espiral”.  Diamantes perdidos en la bruma del día, sí: si para algo sirve la poesía es para ayudar a encontrarlos.