Carlos Ulanovsky publicó Nada más aburrido que ver filmar
“Este libro es un homenaje al mundo del espectáculo”
En la ficción, ambientada durante la dictadura, el periodista y escritor utiliza el humor como un pararrayos vital que conjura el espanto, en medio de listas de artistas prohibidos, censurados y secuestrados.
Ulanovsky dedicó la novela a la memoria de Chas de Cruz, “una biblia del espectáculo”.Ulanovsky dedicó la novela a la memoria de Chas de Cruz, “una biblia del espectáculo”.Ulanovsky dedicó la novela a la memoria de Chas de Cruz, “una biblia del espectáculo”.Ulanovsky dedicó la novela a la memoria de Chas de Cruz, “una biblia del espectáculo”.Ulanovsky dedicó la novela a la memoria de Chas de Cruz, “una biblia del espectáculo”.
Ulanovsky dedicó la novela a la memoria de Chas de Cruz, “una biblia del espectáculo”. 
Imagen: Bernardino Avila

La especie más temible es el ignorante con poder. Esta revelación se produce cuando Pablo Bernard, el director de cine más prestigioso del país, es citado por el Departamento de Control de Imágenes e Impresos de la Coordinadora de Fuerzas Militares en julio de 1976. Ante un censor que conoce previamente del mundillo del espectáculo, Vicente Godoy, “un personaje oscuro y resentido”, que como periodista “jamás había conseguido superar el nivel de la gacetilla banal”, le advierten que fue objeto de una denuncia anónima. Durante la filmación de su película número dieciséis, Los nuestros, los otros, se dirigió a un actor del elenco y le dijo: “Para que entiendas en qué clase de angustia pienso, imaginate que los milicos se llevaron a tu hermana y te enterás que en este mismo momento la están torturando”. Más allá del espanto que genera pensar quién fue el delator, el lenguaje de un expediente amedrenta hasta el más incauto de los creadores: “La frase legitima la idea, falsa, de que actos de esa naturaleza suceden con frecuencia en nuestro país. El exceso precedentemente descrito es tanto más grave cuanto fue pronunciado de un modo público por quien con sus obras y realizaciones tiene la posibilidad de influir sobre acciones y conductas masivas”. En Nada más aburrido que ver filmar, la segunda novela de Carlos Ulanovsky, publicada por Grupo Editorial Sur, el humor es un pararrayos vital que conjura el espanto en medio de listas de artistas prohibidos, censurados y secuestrados.

Pablo Bernard es un personaje memorable. La relación entrañable que tiene con su perro Fellini es medular en la novela. Habla con su perro, como habla con su asistente de dirección, con su abogado, con su viejo amigo Zeke o con su pareja, la actriz Elizabeth Randolph. “Lo único que te falta es leer. Te prometo que un día de estos, si tengo un poco más de tiempo, invento un sistema para que aprendas. Mañana será otro día. ¿Te imaginás si fuera el mismo? Chau, Fellini, no te olvides de despertarme. A la hora de siempre, ¿eh?”, le dice a su perro. Bernard rumbeará hacia una ciudad uruguaya para trabajar en publicidad y sobrevivir, armado hasta los dientes, con el humor como mejor aliado. La novela está dedicada a la memoria de Chas de Cruz, un periodista y crítico de cine que para Ulanovsky fue “una Biblia del espectáculo”, según lo define en la entrevista con PáginaI12.

–¿Por qué decidió ambientar “Nada más aburrido que ver filmar” durante la dictadura?

–Por mi trabajo pude acercarme a una cantidad de directores de cine y de artistas que estuvieron en la misma situación en la que empieza a estar Pablo. Después que tiene una enorme cantidad de señales, finalmente asume que está prohibido. Pablo se parece un poco a Leopoldo Torre Nilsson porque es un director de cine que siempre fue independiente y prestigioso. 

–En la novela no se sabe quién lo delató a Pablo. 

–En esa época sucedían cosas que tienen similitud con la novela. De repente por cuestiones no demasiado claras aparecías en una lista. 

¿Quién te había puesto allí? No por nada se llamaban “listas negras”; existía el propósito de inhabilitar. Pero no está en la esencia del libro reproducir textualmente lo que pasó en la década del setenta durante la dictadura. Lo que pasó durante la dictadura fue muchísimo peor, muchísimo más trágico, y sigue siendo muchísimo más doloroso. A Pablo le van dando señales, desde la primera reunión con el censor Vicente Godoy, pasando por los panfletos que recibe, hasta la definitiva prohibición. Pablo entra en contradicciones: por un lado no lo puede creer, porque no se considera merecedor de estar en esa situación. No cree que lo que él ha hecho, artísticamente hablando, justifique una medida semejante. Pero su amigo, el viejo Zeke, le hace entender que esto ya pasó en otros lados del mundo y que está escrito, que hay libros que lo cuentan. Por haber hecho periodismo de cultura, de espectáculos, siempre estuve cercano a este tipo de personajes. Algunos fueron grandes militantes, pero otros la ligaron porque a lo mejor estaban en una libreta inadecuada o porque participaron un día de una movilización y ahí lo ficharon. Pablo se adapta a una cantidad de situaciones nuevas, y eso me hizo acordar a mi vida en México porque yo no hice lo que imaginaba que iba a hacer, que es periodismo. Pero me la fui rebuscando y eso me modificó mucho. Yo volví de México siendo otra persona. Antes de irme tenía el sambenito de ser un periodista agresivo y sin haber hecho un tratamiento láser volví bueno (risas). Me gusta que Pablo pueda hacer una vida nueva en ese pueblo de Uruguay. Esta es mi segunda novela, soy un advenedizo de la literatura, de la ficción, y yo me sigo considerando un periodista, a pesar de que tengo veintiséis libros publicados. Lo que más me gustó de escribir esta novela fue inventar vidas y situaciones, inventar lugares en los que nunca estuve, como el pueblo Sarandí de Uruguay. Sarandí existe, pero yo nunca estuve ahí. Todo lo que está alrededor de Sarandí en la novela está inventado.

–¿Tuvo alguna relación intensa con un perro, como Pablo con Fellini?

–No, nunca. Mis dos novelas las soñé; hubo una época en mi vida, cuando trabajaba en Satiricón, que dormía con una libretita al lado de la cama y anotaba cuando se me ocurría un chiste porque teníamos que generar eso que llamábamos “pie de página”, pero en realidad era “cabeza de página”, unos ochenta por número, y había que aprovechar lo que se te ocurría.  Hace poco soñé otra novela, que espero poder escribir. A mí, que he sido educado en la verdad en el periodismo y en que no hay que mentir, poder inventar ilimitadamente me gustó mucho. Lo único autobiográfico que hay es el perfume que me ha dado haber pertenecido a un mundo periodístico que tuvo que ver con el espectáculo. Y que tiene que ver, porque en mi programa Reunión cumbre invito a gente de la cultura.

–Pablo es considerado un intelectual “resentido” y “peligroso” por el censor. ¿Por qué cree que a los intelectuales se les adjudica estos atributos?

–En la reunión que tienen los cinco cineastas prohibidos en la novela empiezan a contar cómo son las personas con las que les tocó tratar. Cada uno cree que es un salvador de la patria y todavía esa figura existe, es muy actual, mucho más en relación a esto que nos rodea, a esto que ocurre en este momento. Hay gente que se cree salvadora de la patria y acusa a otra de haber sido la destructora de la patria. Supongo que era mi manera de fijar posición. Godoy no es un intelectual, es un periodista de esos que merecerían llamarse “cagatintas”, un oportunista. Godoy aprovechó todo lo que pudo aprovechar, desde los canapés en los cócteles hasta la posibilidad de ser ahora quién es, lo cual le permite ejercitar una suerte de venganza. Muchas cuestiones se saldaron bajo el formato de la venganza personal y de los odios privados. En la novela, muchos de los directores prohibidos no son intelectuales; algunos hacen un cine muy comercial. Armando Bo fue el director de cine más censurado de la historia del cine argentino.

–¿De dónde viene el título de la novela?

–Yo trabajaba en Confirmado y me mandaron a cubrir la filmación de Psexo análisis de (Fernando) Ayala. La película la protagonizaban Libertad Leblanc y Norman Briski. Llegué al estudio que quedaba en Martínez y la escena que estaban filmando era una en la que Leblanc aparecía en tetitas y ella estaba con un deshabillé que se ponía y se sacaba. La escena se repitió no menos de quince veces. De ahí me quedó la idea de que no hay nada más aburrido que ver filmar, ¿no? Muchas veces se lo pregunté a directores y ellos me corroboraron esto. Lo más apasionante para ellos es el momento de la edición, cuando pueden agarrar el esqueleto fílmico y convertirlo en un cuerpo, darle forma, perfil, ojos, voz, color. El libro es un homenaje al mundo del espectáculo. Me gustan los diálogos que hay en la novela, me parece que yo podría haber sido un muy buen dialoguista. 

–En la novela, Elizabeth trabaja en dos obras de teatro: El zoo de cristal y La casa de Bernarda Alba. ¿Por qué eligió estas obras?

–Tiene que ver con el contacto que tuve con algunas actrices que me parecen interesantes, de las cuales seguramente me enamoré, sin habérselos dicho. Para una actriz no hay nada mejor que hacer un clásico. El perfil de Elizabeth en la novela es el de una actriz que ha desarrollado su carrera en los elencos estables del teatro oficial, me imaginaba que podía ser del San Martín o del Cervantes, y que podía ser parecida a Alicia Berdaxágar, Elsa Berenguer, Claudia Lapacó, Elena Tasisto. Las obras las elegí porque son clásicos; es otra arbitrariedad absoluta que te da la ficción. En el pueblo de Uruguay, Elizabeth se da cuenta de que las mujeres viven una vida con limitaciones. Cuando ella les cuenta que Lisístrata se escribió en el siglo V antes de Cristo, les advierte también que Grecia es la cuna del machismo. Entonces una de las mujeres del pueblo le dice: “ahora entiendo, mi marido deber ser griego”. Hace poco se murió Kive Staiff y Kive puso clásicos en el San Martín en momentos muy bravos, y la gente llenaba las salas y sentía que esas obras les decían cosas importantes. Para este momento tan aciago que vivimos, quizá los clásicos sean más efectivos que una obra que critique al presidente.

–Elizabeth hace teatro con las mujeres de Sarandí, que adquieren mayor conciencia y se vuelven feministas. ¿Cree que el impacto que está teniendo la participación de las mujeres en la lucha por la legalización del aborto influyó en usted a la hora de escribir esa parte de la novela?

–No, yo siempre llego tarde a las cosas. Pero sí imaginé a Pablo y a Elizabeth como los diferentes en ese pueblo de Uruguay, alrededor de los cuales se generaba una cosa mítica por ser un director de cine, por haber aparecido en televisión. Esa cosa de aparecer en los medios siempre da la idea de que sos alguien. Elizabeth se suma al principio con humildad y discreción, pero las demás mujeres perciben que ella es distinta. Ella se da cuenta de que las mujeres del pueblo empiezan a tener cambios pequeños, pero trascendentes para mujeres que ni siquiera viajaron a Montevideo. 

–¿Por qué dice que llega tarde a las cosas?

–No soy un periodista de actualidad, entonces las cosas me van llegando. Inevitablemente, todas las que me llegan me enseñan. Nada más aburrido que ver filmar fue un enorme aprendizaje, no solamente por el tema de la escritura y la organización. Yo siempre les decía a los chicos cuando era profe –por suerte, ahora no soy más–: “es importante la posibilidad de elección que ustedes tienen en cada trabajo que hagan, porque la decisión es lo que lo hace crecer a uno”. No sólo te hace crecer tener un punto de vista genial. Esta novela me hizo crecer muchísimo, así que ahora soy mucho más grande de lo que era (risas). Me siento un humorista y me gusta decir chistes, me ayudó mucho el trabajo en la radio. Me gusta la acotación chistosa, lo que muchos llaman el chascarrillo y me parece que tanto la primera novela, Nunca bailes en dos bodas a la vez, como ésta, las calificaría como novelas de humor. El solo hecho del vínculo extraño que tiene Pablo con Fellini y el hecho de que le haya puesto Fellini también me autorizan a pensar que este es un libro de humor.

–A Pablo le va bien como director de cine dedicado a la publicidad y le ofrecen hacer otra publicidad más. Él rechaza esa segunda propuesta. ¿Decir que “no” es difícil?

–Es lo más difícil para nosotros, los periodistas. Quizá como este es un momento de mucha precarización, decir que “no” es mucho más difícil. Pero hubo un momento en los 60 o en los 70 en que decir que “no” era decir “no te quiero”. Y corrías el riesgo real de que esa persona se ofendiera y no te volviera a llamar. “Pero a éste, ¿qué le pasa?, ¿Se agrandó?”. Y no te volvían a llamar. Pero yo hice mi carrera de periodista de más de cincuenta años diciendo muchísimas veces que “no”. Creo que dije más veces “no” que “sí”. 

–¿Por qué se considera más un periodista que un escritor?

–Fui formado como periodista y mis primeros maestros me dijeron que no había que mentir ni inventar cosas; entonces soy un tipo absolutamente apegado a la verdad, no a la realidad. ¿Cómo voy a estar apegado a la realidad en un país como este, en donde todo el tiempo le están organizando afrentas a la realidad y burlándose de nosotros? En un tiempo como este ocurren cosas como los cuadernos Gloria, que es muy difícil de creer. Si leyeras esto en una novela, dirías que el tipo exagera. Una característica de la época es que cualquiera puede creer cualquier cosa. Estamos nosotros para decir: ¿no te parece que es demasiado inverosímil? 

* La novela ya está en librerías y también se puede conseguir en la Feria de Editores (FED), stand 202, en Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131) hasta el domingo, de 14 a 21, con entrada libre y gratuita.

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