Yo no soy Luis Arias
Imagen: Télam

Un conocido poema atribuido a Bertolt Brecht refleja la indiferencia de quien, ante la persecución nazi de judíos, comunistas, obreros, intelectuales y sacerdotes, nada dijo porque no pertenecía a ninguno de los grupos aludidos. Cuando finalmente, vinieron por él, ya era tarde. Esta importante referencia suele recordarse en momentos dramáticos como el que vive nuestro país. La brutal corporación gobernante, desde su primer día en el poder, persiguió  distintos colectivos. Definió a los miembros de la comunidad mapuche como violentos e incluso armados con pistolas y lanzas. Los demonizó y los atacó en una perversa empresa en la que desapareció Santiago Maldonado y luego apareció muerto, asesinando de un balazo en la espalda a Rafael Nahuel y encerrando a Jones Huala. Simultáneamente, elogiando, felicitando y  prometiéndole públicamente protección legal a Luis Chocobar, quien días antes había asesinado por la espalda al desarmado Pablo Kukoc. Mensaje perverso que motivó luego, entre otras muertes, la ejecución mediante un balazo en la nuca del niño Facundo Ferreyra en Tucumán y por esos tiempos, encarcelando decenas de opositores en una ilegal cacería nunca vista en lo que se suele llamar democracia. Hace horas, coronando una persecución brutal a un juez del pueblo, Luis Federico Arias, la corporación, siempre atenta, lo destituyó sin vergüenza ni pudor alguno. Es que, quienes resultan sicarios y socios a la vez de un sistema de persecución corrupto, que defiende intereses de clase de inequívoco contenido económico, no tienen ni vergüenza ni pudor. Tampoco tienen remordimiento ante las bestialidades que cometen, ya que su desprecio por el tejido vivo es condición del espacio social que ocupan y del rol de saqueadores que los caracteriza. Y ante ese plan siniestro de transferencia de recursos de pobres a ricos pierden siempre las víctimas, así como todo aquel que interfiera con la devastación en marcha. Arias es un claro ejemplo de esa interferencia. Si bien los buenos jueces contencioso administrativos (y de otros fueros) siempre fueron molestos para los poderosos, en el caso de gobiernos autoritarios como el actual, esa molestia se torna insoportable y comienza su persecución. Y la persecución se vuelve escarnio. Y el escarnio, en sutil – o no tanto – disciplinamiento de cualquier jueza o juez que piense siquiera en administrar justicia como mandan nuestras leyes más elevadas. Quien dicte sentencias acordes a las Convenciones sobre Derechos Humanos que enaltecen nuestro sistema jurídico, lo pagará caro. Es que, el sistema de protección diseñado en el art. 75 inc. 22 de la Constitución Nacional, es incompatible con el aludido saqueo de transferencia. No es posible vaciar el país y al mismo tiempo respetar derechos esenciales. Por eso, las vidas de Sandra Calamano y Ruben Rodríguez no valen un centavo para la gobernadora Vidal. Los numerosos reclamos previos a sus muertes, que en un contexto de vigencia jurídica, harían pagar con la cárcel a quienes los desoyeron, comenzando por la gobernadora –homicidio por dolo eventual -, valen menos que el centavo aludido. ¿Y entonces, cómo sorprenderse ante la destitución de un juez del pueblo? Pero, cuidado, que no sorprenderse no significa que no deba tomarse debida nota de tanto crimen, tanta injusticia y tanto dolor. Porque el día que logremos una justicia independiente y verdaderamente democrática cada criminal de Estado recibirá su factura. El carcelero se la acercará a su celda para que firme el recibo. El importe de esa factura lo irán pagando con los años de prisión proporcionales al dolor que están causando y a los delitos cometidos. Y en ese instante, decir “yo no soy Luis Arias”, no les va a ser de ninguna utilidad. Porque cuando un régimen como el actual  destituye a un juez honesto, es por dos poderosas razones. La primera, para reemplazarlo por uno corrupto. La segunda, para disciplinar a los indecisos. Y a la hora de la justicia, la factura llevará el nombre tanto de los verdugos como de los magistrados corporativos que hoy miran para otro lado, violando sus deberes y callando ante las atrocidades que cada día padecen los más vulnerables.

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